1 de enero

San Basilio el Grande

Tropario - Tono Primero

En toda la tierra que recibió tus palabras, ¡venerable padre! apareció la melodía de tus enseñanzas; por medio de la cual educaste como es digno de Dios, revelaste la naturaleza de las criaturas y formaste los caracteres de los hombres; ¡Poseedor del Sacerdocio Real, Basilio! Suplica a Cristo Dios por la salvación de nuestras almas.

 

Su Vida

Nació en Cesarea de Capadocia hacia el año 330, en el seno de una familia famosa por su espíritu cristiano. Estudió primero en su ciudad natal, más tarde en Constantinopla, y en el año 351 se encontraba en Atenas donde conoció y estrechó una profunda relación de amistad con San Gregorio de Nacianzo.

Hacia el 356 regresó a su tierra natal y empezó la carrera de retórica. Basilio muy pronto renunciaría a su porvenir humano para dedicarse completamente a las cosas de Dios. Primero recibe el sacramento de la Iniciación Cristiana; luego realizó un viaje por Egipto, Palestina, Siria y Mesopotamia para conocer las formas de vida de los monjes y relacionarse con famosos ascetas.
Retornando a Cesarea, distribuyó sus bienes a los pobres, se retiró a la soledad del desierto, pero muy pronto se encontró rodeado de compañeros que buscaban seguir su ejemplo evangélico. En el año 358 escribió dos reglas monásticas. Más tarde, en el 364, fue ordenado sacerdote por el obispo Eusebio; a la muerte de éste, Basilio le sucedió como obispo de Cesarea. Basilio, obispo y pastor, fundó hospitales para enfermos, hogares para pobres, a cuyo cuidado dedicaba gran parte de su tiempo, y hospicios para viajantes y extranjeros.
Fue incansable su labor por la unidad de la Iglesia, como así también su lucha contra las herejías de la época que ponían en peligro la fe ortodoxa del Cuerpo de Cristo. San Basilio murió en 1 de enero de 379.
La Iglesia distinguió a San Basilio con el sobrenombre “el Grande”, por su extraordinaria capacidad como administrador, organizador, pastor, exponente máximo de la doctrina cristiana, defensor de la fe ortodoxa, padre del monaquismo cenobítico, reformador de la liturgia y padre de los pobres y desamparados.

 

18 de enero

San Atanasio y San Cirilo

Tropario a San Atanasio y San Cirilo

Brillasteis por las obras de la fe recta; y callasteis toda insalubre opinión. Así habéis llegado a estar revestidos de la victoria.  Habéis enriquecido a todos con la buena alabanza y embellecisteis la Iglesia con gran atavío; dignamente encontrasteis a Cristo Dios, otorgando a todos, por vuestras oraciones, la gran misericordia.

 Kondakio

 Oh grandes Arzobispos de la Iglesia y fervientes defensores de la buena alabanza de Cristo, protejan a todos los que cantan: Salva, Oh Compasivo, a los que te veneran con fe.

Sus Vidas

Ellos son dos sabios Maestros de la Verdad, grandes luchadores por la Iglesia de Cristo. Ambos nacieron y habitaron en Alejandría.

            Atanasio nació a fines del siglo III, según algunos, en el 296 d. C. Siendo diácono aún, participó del primer Concilio Ecuménico en la ciudad de Nicea (325 d. C.) que se reunió para refutar las enseñanzas de Arrio, y en el cual participaron 318 santos Padres. Atanasio se destacó entre ellos por su celo y sus enseñanzas acerca de la igualdad en la esencia de las Tres Personas Divinas. Al año siguiente (326 d. C.) sucedió en el trono de Alejandría a Alejandro, y rechazó totalmente la herejía de Arrio, considerando que éste no cambiaría por cuanto las ideas heréticas se habían apoderado de su corazón. Por eso, fue atacado permanentemente por los arrianos, quienes trataron de desacreditarlo realizando varios concilios falsos. Sin embargo, este firme Pilar de la fe ortodoxa resistió a las persecuciones de Constantino el Grande, su hijo Constancio, Julián quién regresó a la fe y Walis, un ferviente y firme defensor de los arrianos. Constantino entendió que los arrianos estaban levantando falsos testimonios contra Atanasio, sin embargo los otros tres, adoptaron y defendieron la doctrina arriana.

            En muchas oportunidades, Atanasio padeció los feroces ataques de los herejes arrianos y de sus aliados que estaban en el poder. Varias veces, tuvo que dejar la sede de Alejandría para evitar el derramamiento de la sangre inocente del pueblo fiel. Una vez fue llevado preso a una ciudad de Francia;  otra vez, se escapó de sus enemigos refugiándose en Roma; en otra oportunidad, se escondió en unas cuevas durante varios meses. En resumen, soportó los peligros y las persecuciones durante cuarenta y seis años, siendo convocado y luego expulsado. Finalmente, se calmó la ira que se había levantado contra él, y así pudo conducir su sede, destacándose y brillando como un astro luminoso. Esto duró poco tiempo, pues le llegó la muerte y partió dejando a muchos con hambre y sed de sus enseñanzas. Durmió en el Señor en el 373 d. C.

            Cirilo era sobrino de San Teófilo, obispo de Alejandría, de quién aprendió desde su juventud. Por un largo tiempo vivió en un monasterio. Y en el 412, sucedió a su tío en la sede de Alejandría, de la cual fue expulsado por los herejes nestorianos. Luego de un breve período de tiempo, regresó a ella. Cirilo participó del tercer Concilio Ecuménico en Efeso (431 d. C.), en época de Teodosio “el joven,” junto a otros 200 Padres. Este Concilio fue presidido por el mismo Cirilo, quién con sus sabias palabras y sus veraces argumentos refutó las enseñanzas del blasfemo Néstor contra la Madre de Dios.  Después de haber pastoreado el rebaño de Cristo durante 32 años, durmió en el Señor en el 444 d. C.

            Ambos Padres han dejado muchos volúmenes de ensayos de respetada fama, estudios interpretativos de los Libros Sagrados, tratados dogmáticos relacionados con la fe en Cristo, tratados apologéticos en defensa de la verdad en Cristo y otros tratados críticos combatiendo la equivocación herética.

 

 20 de enero

San Eutimio, el Grande

Su Vida

San Eutimio, el Grande, nació en la ciudad de Melitina en Armenia, cercana al río Eufrates. Sus padres, Pablo y Dionisia, eran personalidades ilustres de la ciudad y también cristianos piadosos.  Durante mucho tiempo ellos no pudieron tener un hijo, pero por medio de fervientes oraciones y súplicas, Dios le concedió la gracia de concebir, y además de tener una visión divina a través de la cual se les anunciaba un promisorio futuro para el niño.

Pronto murió su padre, y su madre, fiel a la promesa que había hecho a Dios de dedicarle su hijo, lo entregó al cuidado de su hermano el monje Eudoxio, quien a su vez lo presentó ante el obispo en la Iglesia de la ciudad. Este último, lo recibió con amor y por su buena conducta y dedicación a la Iglesia, lo bendijo con la orden de lector. Más tarde, Eutimio aceptó la orden monástica y luego fue ordenado presbítero. Al mismo tiempo, le confiaron la administración de todos los monasterios de la ciudad.

Frecuentemente Eutimio visitaba el monasterio de San Poliectos, y durante los días de la gran cuaresma, se retiraba al desierto para orar. La tarea de administrador de los monasterios pronto pesó sobre su búsqueda de la quietud y la paz, así que,  a la edad de treinta años, se retiró al monasterio de Tharan Lavra. Habiendo encontrado fuera del monasterio un lugar vacío y solitario, se ubicó en él, y para poder lograr su subsistencia tejía canastas y las vendía. Cerca de él, el monje Teoctisto buscaba también el ascetismo. Ambos tenían un mismo sentimiento y deseo de esforzarse para alcanzar a Dios. Generalmente, después de la fiesta de Epifanía, se internaban en el desierto de Kutilia, cerca de la ciudad de Jericó, en lugares de difícil acceso en la montaña. Sin embargo, el Señor reveló el lugar solitario en el que se encontraban, para beneficio de mucha gente. Es así, como unos pastores que conocieron la cueva donde se encontraban, avisaron a la gente de la aldea, y muchos, buscando ser bendecidos, llegaban hasta el lugar donde se encontraban las ermitas. Gradualmente, una comunidad monástica comenzó a crecer en el lugar, y muchos monjes del monasterio de Tharan, entre ellos, Marino y Lucas, vinieron a habitar con ellos. Eutimio confió el funcionamiento del creciente monasterio a su amigo Teoctisto, y él mismo se convirtió en su hermano espiritual. Este exhortaba a sus hermanos diciéndoles: “Sepan que quien quiera dirigir la vida monástica no puede hacer su propia voluntad, sino que siempre debe encontrarse en obediencia y humildad, teniendo siempre presente el pensamiento de la muerte, el temor al Juicio Final y al fuego eterno, y anhelar el Reino de Dios.”

El monje recomendaba a los nuevos novicios que realizaran su labor diaria pensando internamente en Dios. Les decía: “Si los laicos trabajan mucho para alimentarse y suplir las necesidades de sus familias, y además dan ofrendas y sacrificios al Señor, entonces más debemos trabajar nosotros como monjes para evitar el ocio y no ser alimentados por el trabajo de extraños.” El abad exigía a los monjes guardar silencio en la Iglesia durante los servicios divinos y las comidas. No permitía que los monjes jóvenes, quienes deseaban ayunar más que los demás, hagan sus propios deseos, sino más bien los instaba a participar y comer todo el alimento de manera que suplieran sus necesidades sin satisfacerse más de lo necesario.

En aquellos años el monje Eutimio convirtió y bautizó a muchos árabes, entre los que se encontraba el jefe del ejército Aspevet y su hijo Severo a quien Eutimio curó de su enfermedad. Aspevet recibió en su bautismo el nombre de Pedro y después de un tiempo llegó a ser obispo entre los árabes.

La fama de los milagros realizados por Eutimio muy pronto se expandió por toda la región. La gente comenzó a llegar de todas partes, trayendo sus enfermos y recibían sanidad. Por ello, y no deseando tener la fama y la gloria de los hombres, el monje secretamente abandonó el monasterio llevando con él a su discípulo Domiciano. Se internó en el desierto de Ruv y se ubicó en las alturas de la montaña de Mardes, cerca del Mar Muerto. En su búsqueda de soledad, Eutimio exploró el desierto de Zef y encontró la cueva en la que el Rey David se escondió de Saúl, y se estableció allí. En ese lugar fundó un monasterio y en la cueva de David  hizo una Iglesia. Durante este período el monje Eutimio convirtió a muchos monjes de la herejía de los Maniqueos, obró milagros, sanó a enfermos y expulsó a los demonios.

Los visitantes del santo rompieron la tranquilidad del desierto, sin embargo él, buscando el silencio decidió regresar al monasterio de San Teoctisto que había abandonado. Transcurrido un tiempo el monje buscó un lugar solitario en la montaña y permaneció allí. Este fue el lugar donde se enterró su santo cuerpo.

El bendito Teoctisto acompañado de otros hermanos buscó al Monje Eutimio y le suplicó que regresara al monasterio, pero éste se negó rotundamente. Sin embargo prometió ir al monasterio los domingos para el servicio Divino comunitario.

San Eutimio deseaba vivir apartado de todos, sin organizar un monasterio o lavra, pero el Señor le ordenó en una visión que recibiera a todos aquellos que lo buscaban para la salvación de sus almas. Pasado el tiempo, como algunos monjes se agruparon otra vez alrededor suyo, organizó un lavra, al modo de Tharan lavra. En el 429, cuando el monje Eutimio tenía 52 años, el Patriarca Juvenalio de Jerusalén consagró la iglesia del lavra y la proveyó de sacerdotes y de diáconos.  El lavra era al principio pobre, pero el monje confiaba firmemente en la providencia de Dios para satisfacer todas las necesidades para la gente.

Una vez llegaron al lavra cerca de cuatrocientos peregrinos masculinos - Armenios de Jerusalén- que desfallecían de hambre. Viendo esto, Eutimio llamó al administrador y le ordenó alimentar los peregrinos. El administrador contestó a que no había tanta cantidad de alimento en el monasterio. El monje, sin embargo, insistió. Yendo al cuarto en donde se guardaba el alimento, el administrador encontró allí una gran cantidad de pan. Además de vino y aceite. Los peregrinos comieron para la gloria de Dios: comieron hasta saciarse y después de esto aún hubo alimento para los hermanos por tres meses. Así el Señor obró un milagro por la fe de San Eutimio.

Una vez un monje del monasterio se negó a realizar una obediencia asignada por él. A pesar de que el monje le aconsejó conformarse, el religioso seguía estando obstinado. El monje entonces gritó en alta voz: “Conocerás cuál es la recompensa por desobediencia”. El religioso entonces cayó a tierra en un ataque de delirio. Los hermanos comenzaron a suplicar al Abad por él, y entonces el Monje Eutimio curó el insubordinado quién, volviendo en sí, pidió perdón y prometió corregirse. “la obediencia, dijo san Eutimio, es una gran virtud. El Señor ama la obediencia más que el sacrificio, pero la desobediencia conduce a la muerte”.

Dos de los hermanos del monasterio de San Eutimio se cansaron de la forma  de vida austera que llevaban y resolvieron huir. Eutimio, habiendo conocido por el Espíritu la intención de ambos, los convocó y los exhortaba a deponer su actitud y vencer esa tentación destructiva. Él les decía: “No presten atención al estado de la mente, al estado de dolor y odio por el lugar en el que vivimos, siendo incitados a retirarse a otro lugar. No debe un monje pensar que yendo a otro lugar va a llegar a algo mejor, pues las buenas acciones no son observadas por un lugar sino por una firme voluntad y por la fe. Así como el árbol que constantemente es transplantado de un lugar a otro no puede dar frutos.”

En el 431 tuvo lugar en la ciudad de Éfeso el tercer Concilio Ecuménico dirigido contra la herejía de Nestorio. El Monje Eutimio se regocijó por la afirmación de la fe ortodoxa, pero estaba afligido por el Arzobispo Juan de Antioquia, quien defendió a Nestorio.

En el 451 se realizó en la ciudad de Calcedonia, el cuarto Concilio Ecuménico contra la herejía de Dioscóreo quien, contrariamente a Nestorio, afirmaba que en el Señor Jesucristo había una sola naturaleza, la Naturaleza Divina que en la Encarnación  absorbió a la naturaleza humana. Así, esta herejía fue llamada Monofisismo.  El monje Eutimio aceptó la confesión de Calcedonia y la reconoció como ortodoxa. La noticia de esto rápidamente se esparció entre los monjes y los ermitaños, y muchos de ellos, que habían mantenido una fe incorrecta, a través del ejemplo de San Eutimio aceptaron la confesión del Concilio de Calcedonia.

Por su vida ascética y por su firme confesión de la fe ortodoxa, san Eutimio, recibió el título de “el Grande.” La interconexión con el mundo cansó un poco al santo abad, por lo que tuvo que internarse por un tiempo en la soledad del desierto.  Después de su regreso al monasterio,  algunos de los hermanos vieron que, mientras celebraba la Divina Liturgia, descendía fuego desde el cielo que rodeaba al santo.  El monje mismo le había revelado a muchos de los monjes que frecuentemente veía un Ángel que celebraba con él la Santa Liturgia.  Eutimio tenía el don de discernimiento y podía  ver  la profundidad del alma y discernir los deseos y los pensamientos de los hombres.  Cuando los monjes recibían los Sagrados Misterios (Sacramentos) él conocía quien los recibía dignamente y quien lo hacía para su propia condenación. (1 Corintios 11:27-29)             

Cuando Eutimio tenía 82 años de edad, vino a él Saba (quien sería san Saba, cuya fiesta se conmemora el día 5 de diciembre), quien en aquel entonces era muy joven. El anciano lo recibió con amor y lo envió al monasterio del monje Teoctisto, y predijo que el Monje Saba brillaría en la vida monástica.

Cuando san Eutimio alcanzó los 90 años, su compañero el monje Teoctisto se enfermó gravemente. Entonces Eutimio fue a visitar a su amigo y permaneció en el monasterio con él cuidándolo y estando a su lado hasta el final. Luego de sepultar su cuerpo regresó al monasterio.

El tiempo de su muerte le fue revelado a Eutimio por medio de una particular gracia de Dios. El día de la conmemoración de San Antonio el Grande, el 17 de enero,  el Monje Eutimio dio la bendición para hacer una vigilia durante toda la noche, y convocando los presbíteros al altar, les dijo que ya no celebraría más otra vigilia con ellos, porque el Señor lo convocaba a partir de la vida terrenal. Todos estaban llenos de una gran tristeza, pero les ordenó a los hermanos que se juntaran con él a la mañana.  Así, comenzó a enseñarles: “Si ustedes me aman, guarden mis enseñanzas, adquieran el amor que es la unión de la perfección. No hay virtuosidad sin amor ni humildad. El Señor mismo, por Su amor hacia nosotros se humilló a sí mismo y se hizo hombre como nosotros. Por eso, necesitamos incesantemente ofrecerle alabanzas, especialmente nosotros que hemos renunciado a las pasiones de este mundo.  Nunca abandonen los servicios litúrgicos de la Iglesia, y observen cuidadosamente la Tradición y las reglas monásticas.  Si cualquiera de los hermanos está luchando contra malos pensamientos, incesantemente guíenlo e instrúyanlo para que el mal no lleve al hermano al pozo. Agrego otro mandamiento,  nunca cierren las puertas del monasterio a los necesitados y todo lo que tengan ofrézcanlo al que lo necesita; y para el pobre en su desgracia, hagan todo lo que puedan para ayudarlo.” Luego de dar las instrucciones para guiar y cuidar de los hermanos, Eutimio les prometió estar con ellos en espíritu y con todos aquellos que deseen seguir el ascetismo para siempre.

Habiendo despedido a todos, San Eutimio se quedó solamente con su discípulo Domiciano y permaneció con él durante tres días dentro del Altar. Murió un 20 de enero del 473 a la edad de 97 años.

 El funeral del Santo Abad atrajo inmediatamente una multitud de monjes de todos los monasterios y del desierto, entre los cuales estaba san Gerásimo. El patriarca Anastasio vino también con el clero y con los monjes Martirio y Elías, que fueron,  más adelante, patriarcas de Jerusalén, acontecimiento que había sido profetizado por san Eutimio.  El bendito Domiciano bendecido no salió del sepulcro de su preceptor por 6 días. En el séptimo día, vio al santo abad, felizmente volviendo con amor hacia su discípulo y diciéndole: “Yo vengo, hijo mío, para instruirte en la paz. Pues he rogado al Señor Jesucristo para que estés conmigo.” Habiéndole contado a sus hermanos la visión, Domiciano fue a la Iglesia y con alegría ofreció su espíritu a Dios. Fue enterrado junto a san Eutimio. Las reliquias de San Eutimio fueron colocadas en un monasterio en Palestina. El Peregrino Ruso, higúmeno Daniel, las vio en el siglo XII.

 

21 de enero

 

San Máximo el Confesor

Tropario de San Máximo el Confesor

 Tono 8

“Te has manifestado como guía hacia la verdadera fe y maestro de la buena alabanza y de la pureza; ¡Orador de Dios Máximo, astro del universo y sabio adorno de los jerarcas! Más, con tus enseñanzas iluminaste a todos, ¡Oh Trompeta del Espíritu!; intercede, pues, a Cristo Dios, que salve nuestras almas”. 

 

Su Vida

Se llama a San Máximo "el Confesor" en razón de sus trabajos y sufrimientos por la fe ortodoxa. Fue Máximo uno de los más distinguidos teólogos del siglo VII, verdadera columna de la ortodoxia contra la herejía de la única voluntad (llamada Monotelíta). Nació hacia el año 580, en Constantinopla. En su juventud entró a servir en la corte y llegó a ser el principal de los secretarios del emperador Heraclio. Pero, al cabo de algún tiempo, renunció a su cargo (tal vez porque el emperador defendía ciertas opiniones heréticas) y tomó el hábito monacal en Crisópolis. Ahí escribió algunas de sus obras de mística y fue elegido abad. El año 638 murió San Sofronio, patriarca de Jerusalén, a quien Máximo llamaba su maestro, padre y profesor. Entonces, el santo se convirtió en el gran campeón de la ortodoxia contra el monotelismo del emperador Heraclio y de su sucesor, Constante II. Como se sabe, el monotelismo sostenía que Cristo no poseía voluntad humana sino sólo divina.

El año 645, Gregorio, gobernador de las provincias de África y amigo de Máximo, organizó un debate público entre el santo y Pirro, quien era uno de los más fervientes defensores del Monotelismo. El resultado fue que Pirro tuvo que ir a Roma para abjurar de la herejía monotelita. Tres años más tarde, el emperador Constante II publicó el decreto llamado "Typos" en favor del monotelismo. San Máximo atacó siempre este decreto llamado "Typos" ante los legados imperiales. Así, fue llevado prisionero a Constantinopla, a pesar de que tenía ya setenta y cinco años. En Constantinopla fue juzgado por conspirar contra el Imperio. Máximo afirmó que en el asunto del "Typos" estaba de parte de la fe de la Iglesia. Cuando se le arguyó que por su declaración misma condenaba a la Iglesia, replicó: "Yo no condeno a nadie; pero preferiría perder la vida antes que apartarme un milímetro de la fe." Los jueces le desterraron a Bizia en la Tracia, donde el frío, el hambre y el abandono le hicieron sufrir mucho. Al tiempo, San Máximo fue trasladado a un monasterio de Regium, a donde fueron a verle Teodosio de Cesárea y otros enviados imperiales para ofrecerle en nombre del emperador toda clase de honores, con tal de que aceptase el "Typos." Máximo recordó a Teodosio el juramento que había hecho "sobre los santos Evangelios, sobre la Cruz y sobre la imagen de la Madre de Dios."Máximo permaneció firme. A causa de ello, fue golpeado y cubierto de escupitajos, sus pocas posesiones le fueron confiscadas y, el año siguiente, fue trasladado a Perberis, donde se hallaban ya prisioneros sus dos amigos, Anastasio el Abad y Anastasio el Apocrisiario.

Ahí vivieron los tres, en la miseria, durante seis años. Finalmente, el emperador los convocó a Constantinopla para juzgarlos. Los tres fueron condenados por el tribunal y, con ellos, la memoria de San Sofronio. Los jueces los sentenciaron a ser azotados, a que se les cortasen la lengua y la mano derecha (que debían exponerse al público en cada uno de los doce barrios de la ciudad) y a prisión perpetua. Al perder la lengua, ya no podían predicar la fe ortodoxa y, al perder la mano, ya no podían defenderla con sus escritos; pero todavía podían confesarla si sufrían con fortaleza y morían con valor.

Poco después, el Señor reveló a San Máximo el día de su muerte (el 13 de agosto de 662), al cabo de un terrible viaje a Skhemaris, sobre el Mar Negro. Tres velas aparecieron sobre su sepulcro y se consumieron milagrosamente. Esto era una muestra que San Máximo fue una luz de la ortodoxia durante su vida, y continúa brillando aún como un ejemplo de virtud para todos. Muchos milagros ocurrieron en su tumba.

San Máximo, gran confesor de la fe y notable autor místico, murió a los ochenta y dos años. Dejó muchos escritos; entre otros, algunos comentarios alegóricos de la Sagrada Escritura y de las obras de Dionisio Areopagita, un dialogo entre dos monjes sobre la vida espiritual y la "Mystagogia", que es una explicación de los símbolos de la liturgia. San Máximo no fue el padre del misticismo bizantino, como se ha afirmado algunas veces, pues le habían precedido ya en ese camino los antiguos padres del desierto, pero sí fue sin duda su punto culminante.

En el calendario griego, el 13 de agosto se conmemora el traslado de las reliquias de San Máximo de Lazika en la orilla sud-oriental del Mar Negro a Constantinopla, al monasterio del Theotokos en Chrysopolis (donde había sido higúmeno), en el Bósforo de Constantinopla. Este traslado ocurrió después del sexto concilio ecuménico.
Es posible que su conmemoración principal fuera movida al 21 de enero porque el 13 de agosto es la despedida de la fiesta de la Transfiguración del Señor.
 

 

Palabras de Esperanza

“Sin el amor, todo es vanidad de vanidades. El amor es aquella buena disposición del ánimo que nada antepone al conocimiento de Dios. Nadie que esté subyugado por las cosas terrenas podrá nunca alcanzar esta virtud del amor a Dios. El que ama a Dios antepone su conocimiento a todas las cosas por él creadas, y todo su deseo y amor tienden continuamente hacia él. El que me ama, dice el Señor, guardará mis mandamientos. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros. Por tanto, el que no ama al prójimo no guarda su mandamiento. Y el que no guarda su mandamiento no puede amar a Dios. Dichoso el hombre que es capaz de amar a todos los hombres por igual. La caridad no se demuestra solamente con la limosna, sino, sobre todo, con el hecho de comunicar a los demás las enseñanzas divinas y prodigarles cuidados corporales. El que ha llegado a alcanzar en sí la caridad divina no se cansa ni decae en el seguimiento del Señor, su Dios, sino que soporta con fortaleza de ánimo todas las fatigas, oprobios e injusticias, sin desear mal a nadie. El fruto de la caridad consiste en la beneficencia sincera y de corazón para con el prójimo, en la liberalidad y la paciencia; y también en el recto uso de las cosas.

San Máximo el Confesor, De las Centurias sobre el amor. (Centuria I, cap. I,)

 

28 de enero

San Efrén el Sirio

Tropario de San Efrén el Sirio

Tono 8

Con los arroyos de tus lágrimas, fructificaste el árido desierto, y con los suspiros desde lo profundo, con tus esfuerzos, diste frutos cien veces más. Has devenido en astro del universo, resplandeciendo por los milagros. Oh nuestro piadoso padre Efrén, intercede, pues, ante Cristo Dios, que salve nuestras almas.

Su Vida

Efrén nació alrededor del año 306, en la población de Nísibis (hoy llamada Nusaybin, en Turquía), región dominada por Roma. No se sabe por cierto si sus padres eran cristianos.  El reconoce que de joven no le daba mucha importancia a la religión hasta que llegaron las pruebas. A la edad de dieciocho años recibió el bautismo y permaneció junto al famoso obispo de Nisibis, San Jacobo, con quien, se afirma, asistió al Concilio de Nicea, en 325.  Tras la muerte de San Jacobo, Efrén mantuvo estrechas relaciones con los tres jerarcas que le sucedieron. 

Efrén se hallaba en Nisibis las tres veces en que los persas pusieron sitio a la ciudad, puesto que en algunos de los himnos que escribió, hay descripciones sobre los peligros de la población, las defensas de la ciudad y la derrota final del enemigo en el año 350. La entrada de los persas hizo huir a los cristianos, y Efrén se refugió en una caverna abierta entre las rocas de un alto acantilado que dominaba la ciudad de Edessa. Ahí vivió con absoluta austeridad, sin más alimento que un poco de pan de centeno y algunas legumbres; y fue en aquella soledad inviolable donde escribió la mayor parte de sus obras espirituales.  Era un asceta y se le notaba en su apariencia. Según dicen las crónicas era  de corta estatura, medio calvo y lampiño, tenía la piel apergaminada, dura, seca y morena; vestía con andrajos remendados, y todos los parches habían llegado a ser del mismo color de tierra. 

Si bien la solitaria cueva era su morada y su centro de operaciones, no vivía recluido en ella y con frecuencia bajaba a la ciudad para ocuparse de todos los asuntos que afectaban a la Iglesia.  A Edessa la llamaba "la ciudad bendita" y en ella ejerció gran influencia. Predicaba a menudo y, al referirse al tema de la segunda venida de Cristo y el juicio final, usaba una elocuencia tan vigorosa, que los gemidos y lamentos de su auditorio ahogaban sus palabras.

El obispo lo nombró director de la escuela de canto religioso de su ciudad, y allí formó muchos maestros de canto para que fueran a darle solemnidad a las fiestas religiosas de diversas parroquias.  Allí estuvo por 13 años (del 350 al 363).

Se dedicó a defender la doctrina antigua por medio de la poesía.  Bardesanes y otros utilizaban las canciones y la música populares para propagar falsas doctrinas.  Efrén comprendió la importancia de estos medios y valoró mucho los cánticos sagrados como un complemento del culto público. Se propuso imitar las tácticas del enemigo y, sin duda, gracias a su prestigio personal, pero sobre todo el mérito grande de sus propias composiciones, las que hizo cantar en las iglesias por un coro de voces femeninas, consiguió suplantar los himnos gnósticos por sus propios himnos.  

No llegó a ser diácono sino a edad avanzada. Su humildad le obligaba a rehusar la ordenación y, el hecho de que a veces se le designe como a San Efrén el Diácono, apoya la afirmación de algunos de sus biógrafos en el sentido de que nunca obtuvo una dignidad eclesiástica más alta.  Por otra parte, en sus escritos hay pasajes que parecen indicar que era sacerdote.

Alrededor del año 370, emprendió un viaje desde Edessa a Cesarea, en Capadocia, con el propósito de visitar a San Basilio, de quien tanto y tan bien había oído hablar.  San Efrén menciona aquella entrevista, lo mismo que San Gregorio de Nissa, el hermano de San Basilio, quien escribió un encomio del venerable sirio.

Terminada su misión en Edessa, regresó a su cueva y sólo vivió treinta días más.  Las "Crónicas" de Edessa y las máximas autoridades en la materia, señalan el año de 373 como el de su muerte. 

 

Palabras de Esperanza

 “¿Quién hay capaz, Señor, de penetrar con su mente una sola de tus frases? Como el sediento que bebe de la fuente, mucho más es lo que dejamos que lo que tomamos. Porque la palabra del Señor presenta muy diversos aspectos, según la diversa capacidad de los que la estudian. El Señor pintó con multiplicidad de colores su palabra, para que todo el que la estudie pueda ver en ella lo que más le plazca. Escondió en su palabra variedad de tesoros, para que cada uno de nosotros pudiera enriquecerse en cualquiera de los puntos en que concentrara su reflexión. La palabra de Dios es el árbol de vida que te ofrece el fruto bendito desde cualquiera de sus lados, como aquella roca que se abrió en el desierto y manó de todos lados una bebida espiritual. Comieron, dice el Apóstol, el mismo alimento espiritual y bebieron la misma bebida espiritual”.

San Efrén el sirio, La palabra de Dios, fuente inagotable de vida. (Del comentario de San Efrén al Diatesaron)