Domingo posterior a la fiesta de la Epifanía

8 Enero 2012

Jesús

Simples Miradas hacia el Salvador

 

El Padre Lev Gillet es un gran personaje espiritual del siglo XX. Nacido en 1893 en Francia de padres devotos católicos. Estudió filosofía en la Universidad de Grenoble. Fue movilizado durante la Primera Guerra Mundial y hecho prisionero en 1914. Pasó tres años en cautiverio, donde fue atraído por el espíritu y la espiritualidad de los prisioneros ortodoxos rusos. Estudió matemáticas y psicología en Ginebra y se unió a los benedictinos de Clairvaux en 1919. Atraído por el mundo cristiano oriental, entró en contacto con Andreas Szeptycki, Metropolita de la Iglesia Ucraniana Católica Griega en Galicia, y pronunció sus votos perpetuos en el monasterio Estudita de Ouniov en Galicia.

Decepcionado por la actitud de la Iglesia Católica Romana para con la Iglesia Ortodoxa, el padre Lev se puso en contacto con la Iglesia Ortodoxa en Niza y París. Fue recibido en la Iglesia Ortodoxa por el obispo Eulogio, jefe de la Iglesia Rusa en Europa occidental, en París, en mayo de 1928, donde se hizo cargo de la primera parroquia de habla francesa. En 1938 abandonó París para instalarse en Londres y trabajó, en el marco de la Comunidad de San Albano y San Sergio. Allí permaneció hasta su muerte en 1980.

Realizó muchos viajes al extranjero, en particular a Francia, Suiza y el Líbano, donde participó en el renacimiento espiritual del Patriarcado de Antioquía en el marco del Movimiento de la Juventud Ortodoxa. Tiene muchas publicaciones en francés (bajo el seudónimo de “un monje de la Iglesia de Oriente”) las cuales se encuentran traducidas en varios idiomas, tal como “La oración de Jesús”, “Introducción a la espiritualidad ortodoxa”, “El año de gracia del Señor”, etc.

Presentamos en nuestro boletín una traducción de su libro en francés “Jesús - Simples Miradas hacia el Salvador”, donde él ofrece sus meditaciones sobre varios temas del Evangelio, las que pueden ayudarnos a entender mejor la Palabra de Dios y vivirla personalmente.

 

A Ti, Señor

 

A Ti, Señor, consagro humildemente estos pensamientos que maduraron a lo largo de tantos años sobre el mismo camino por el que marchaste durante los días de Tu vida terrestre, en la misma ciudad dónde sufriste. Son el fruto de Jerusalén y del mar de Galilea, y el fruto de casi toda una vida.

¿Por qué agregar una gota de agua a este océano de libros que hablan de Ti? Osaré decir con simplicidad: es porque he creído que a mí también me decías que hable de Ti. “Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales…” (Mc 5:19). Y el poseído que curaste, en la tierra de los Gadarenos, se fue y empezó a proclamar cuán grandes cosas habías hecho por él, y cómo tuviste misericordia de él.

Yo esperaba que, al compartir con otros lo que me ha sido dado, ayudaría probablemente a algunas almas. He intentado contar, balbuceando, lo que me aparecía cuando fijaba mis ojos sobre Ti, y lo que me parecía escuchar, cuando me callaba para escuchar Tu voz. Hay muchas cosas que alguien podría encontrar aquí y que no he dicho. He querido describir, Oh Salvador mío, ciertos aspectos de Tu rostro, algunos instantes de una entrevista a solas contigo, ciertas fases de una experiencia personal. No podía, no quería pretender otra cosa. He tenido algunas veces la impresión – no lo debería decir sin temblar – que algunas palabras, ciertas imágenes venían de más lejos y de más alto que mí mismo. ¡Señor, ten piedad de un pobre pecador que osó hablar de Ti, sin que sus labios hayan sido purificados por el carbón encendido (Cf. Is 6:6-7)!

Sé que las palabras no valen nada, no son nada. El único resultado que deseo es tocar algunas almas y llevarlas a Ti. Señor, conduce a aquellos que leerán mis palabras a tal punto que, al dejar estas páginas, abran de nuevo, o quizás por primera vez, Tu Evangelio, a tal punto que, en silencio, dejen entrar en sus corazones Tu palabra.

 

Padre Lev Gillet

 

Tropario de la Resurrección (Tono 5) 

 

Al coeterno con el Padre y el Espíritu, al nacido de la Virgen para  nuestra salvación, alabemos, oh fieles, y  prosternémonos. Porque se complació en ser elevado en el cuerpo sobre la cruz, y soportar la muerte, y levantar a los muertos por su Resurrección gloriosa. 

 

Tropario de la Epifanía (Tono 1)

 

Cuando fuiste bautizado, Señor, en el Jordán, la adoración a la Trinidad fue manifestada. Porque la voz del Padre dio testimonio de Ti, llamándote: ‘Hijo Amado’, y el Espíritu en forma de paloma, confirmó la certeza de la Palabra. ¡Cristo nuestro Dios que apareciste e iluminaste al mundo, Gloria a Ti!

 

Kontakion (Tono 4)

 

Hoy Te has manifestado al mundo, Oh Señor, y Tu Luz se alzó sobre nosotros, quienes con conocimiento cantamos Tu alabanza diciendo: “Has venido y has te manifestado, Oh Luz inaccesible”

 

Carta a los Efesios (4:7-13)

 

Hermanos, a cada uno de nosotros le ha sido concedida la gracia a la medida de los dones de Cristo. Por eso dice: Subiendo a la altura, llevó cautivos y repartió dones a los hombres. ¿Qué quiere decir “subió” sino que también bajó a las regiones inferiores de la tierra? Éste que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos, para llenar el universo. Él mismo dispuso que unos fueran apóstoles; otros, profetas; otros, evangelizadores; otros, pastores y maestros, para la adecuada organización de los santos en las funciones del ministerio, para edificación del cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la plena madurez de Cristo.

 

Santo Evangelio según San Mateo (4:12-17)

 

En aquel tiempo, cuando Jesús oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazaret, vino a residir en Cafarnaúm junto al mar, en el término de Zabulón y Neftalí; para que se cumpliese el oráculo del profeta Isaías: ¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, allende el Jordán, Galilea de los gentiles! El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte, una luz les ha amanecido. Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: “Arrepiéntanse, porque el Reino de los cielos se ha acercado”.

 

¿Qué conmemoramos hoy?

La fiesta de la Teofanía de Nuestro Señor Jesucristo

 

“Epifanía” es la fiesta que manifiesta a la Santísima Trinidad en el mundo a través del Bautismo del Señor (Mt 3:13-17; Mc 1:9-11 y Lc 3:21-22). Dios el Padre habló desde el cielo sobre el Hijo, el Hijo fue bautizado por San Juan Bautista y Precursor, y el Espíritu Santo descendió sobre el Hijo en forma de una paloma. Desde tiempos antiguos, esta fiesta se llamaba “el Día de la Iluminación y la Fiesta de las Luces”, ya que Dios es Luz, y apareció en el mundo para iluminar a “los que estaban sentados en la oscuridad”, y “en las regiones de la sombra de la muerte” (Mt 4:16), y para salvar a la raza caída de la humanidad por la gracia.

En la Iglesia primitiva existía la costumbre de bautizar a los catecúmenos en las vísperas de la Epifanía, por lo que el bautismo también se revela como la iluminación espiritual de la humanidad.

El origen de esta fiesta se remonta a los tiempos apostólicos, y se menciona en las Constituciones Apostólicas (Libro V, 13). Desde el siglo II tenemos el testimonio de San Clemente de Alejandría sobre la celebración del Bautismo del Señor, y la vigilia de la noche anterior a la fiesta.

Hay un “diálogo”, entre el santo mártir Hipólito y San Gregorio Taumaturgo que existe hasta el día de hoy y que data del siglo III sobre los oficios de Epifanía. En el siglo siguiente, a partir del siglo IV, todos los grandes Padres de la Iglesia: Gregorio el Teólogo, Juan Crisóstomo, Ambrosio de Milán, Juan de Damasco, escribieron comentarios sobre esta fiesta.

Los monjes José el Estudita, Teófanes y Bizancios compusieron la música litúrgica para esta fiesta, que se canta hoy en día. San Juan Damasceno dijo que el Señor fue bautizado, no porque él mismo tenía necesidad de limpieza, sino “para enterrar al pecado del hombre por el agua”, cumplir la Ley, revelar el misterio de la Santísima Trinidad, y, por último, para santificar “la naturaleza del agua” y ofrecernos la forma y el ejemplo del bautismo.

En la fiesta del Bautismo de Cristo, la Santa Iglesia proclama nuestra fe en el misterio más sublime e incomprensible para la inteligencia humana: Un solo Dios en tres Personas. Nos enseña a confesar y glorificar a la Santísima Trinidad, una en esencia e Indivisible. Expone y derroca los errores de las antiguas enseñanzas que trataron de explicar al Creador del mundo por la razón, y en términos humanos.

La Iglesia muestra también la necesidad del bautismo para los creyentes en Cristo, y nos inspira en un sentimiento de profunda gratitud por la iluminación y la purificación de nuestra naturaleza pecaminosa. La Iglesia enseña que nuestra salvación y purificación del pecado es posible únicamente por el poder de la gracia del Espíritu Santo, por lo tanto, es necesario mantener dignamente estos dones de la gracia del santo bautismo. Mantener limpias nuestras vestiduras no tiene precio, ya que “los que se han bautizado en Cristo, también se han revestido de Cristo” (Gal 3:27).

 

La Divina Liturgia (II)

Explicando la Liturgia semana a semana

 

Como la acción mística central de toda la Iglesia, la Divina Liturgia posee siempre el espíritu de la resurrección de Cristo. Siempre la Liturgia es la manifestación del pueblo de Cristo resucitado. Ella siempre es una efusión del Espíritu creador de la vida. Siempre es la comunión con Dios Padre. La Divina Liturgia, por lo tanto, nunca es triste o penitente. Nunca es la expresión de la oscuridad o de la muerte de este mundo. Siempre es la expresión y la experiencia de la vida eterna del Reino de la Santísima Trinidad.

La Divina Liturgia que casi siempre celebramos en la Iglesia Ortodoxa se llama “Liturgia de San Juan Crisóstomo”. Se trata de una liturgia más corta que la liturgia llamada de San Basilio el Grande y que se utiliza sólo diez veces durante el año litúrgico. Estas dos liturgias probablemente recibieron su forma actual después del siglo IX. No fueron escritas tal y como se encuentran actualmente por los santos cuyos nombres llevan. Es muy cierto, sin embargo, que las oraciones eucarísticas de cada una de ellas fueron formuladas ya en los siglos IV y V, cuando estos santos vivían y trabajaban en la Iglesia.

La Divina Liturgia consta de dos partes principales además de la preparación que lleva a cabo el sacerdote en el interior del Santuario. La primera parte es la reunión o la asamblea, llamada “Synaxis”. La misma tiene su origen en las reuniones de la sinagoga del Antiguo Testamento, y se centra en la proclamación y la meditación de la Palabra de Dios. La segunda parte de la Divina Liturgia es la del sacrificio eucarístico y tiene su origen en el culto del templo del Antiguo Testamento, los sacrificios sacerdotales del Pueblo de Dios, y en el acontecimiento salvífico central del Antiguo Testamento: la Pascua.

En la Iglesia del Nuevo Testamento, Jesucristo es la Palabra Viva de Dios. Los evangelios y los escritos apostólicos son los que se proclaman y se meditan en la primera parte de la Divina Liturgia. Y en la Iglesia del Nuevo Testamento, el acontecimiento salvífico central es el sacrificio perfecto, eterno y completo de Jesucristo, el gran Sumo Sacerdote, que es también el Cordero de Dios inmolado por la salvación del mundo, la nueva Pascua. En la Divina Liturgia los fieles cristianos participan en la entrega voluntaria de Cristo al Padre, realizada una vez y para siempre en la cruz por el poder del Espíritu Santo. En y a través de este único sacrificio de Cristo, es que los fieles reciben la Sagrada Comunión con Dios.

Durante siglos la práctica de la Iglesia ha sido la de admitir a todas las personas a la primera parte de la Divina Liturgia, reservando la segunda parte estrictamente para aquellos que se comprometieron formalmente con Cristo por medio del bautismo y/o la crismación en la Iglesia. A las personas no bautizadas no se les permitía presenciar, ofrecer ni recibir la Santa Comunión. Así, la primera parte de la Divina Liturgia recibió el nombre de “liturgia de los catecúmenos”, es decir, la liturgia de las personas que estaban recibiendo instrucciones en la fe cristiana con el fin de convertirse en miembros de la Iglesia por el bautismo y la crismación. También llegó a ser llamada, por razones obvias, como “liturgia de la Palabra. La segunda parte de la Divina Liturgia se dio en llamar “Liturgia de los Fieles”.

Aunque por lo general la práctica en la Iglesia Ortodoxa el día de hoy es permitir a los que no son ortodoxos, e incluso a los que no cristianos, que presencien la Liturgia de los Fieles, sigue siendo la práctica en toda la Iglesia el reservar la participación en el sacramento de la eucaristía sólo a los miembros de la Iglesia Ortodoxa, que están plenamente comprometidos con la vida y las enseñanzas de la fe ortodoxa como es conservada, proclamada y practicada por la Iglesia a lo largo de su historia.

En el comentario que vamos a hacer a la Divina Liturgia, vamos a centrar nuestra atención en lo que sucede con la Iglesia en esta que es su “acción común”. De esta manera vamos a tratar de penetrar en el sentido fundamental y esencial de la liturgia para el hombre, su vida y su mundo. Este será el punto de partida para la interpretación de la Divina Liturgia. No vamos a comentar la Divina Liturgia como si se tratara de un drama teatral representado por el clero y “asistido” por el pueblo, en el que cada parte representa algún aspecto de la vida de Cristo y su obra. (Por ejemplo, la pequeña entrada significa el comienzo del ministerio público de Jesús, el evangelio de su predicación, etc.) Esta forma de interpretación de la Divina Liturgia es una invención, que, aunque tal vez resulte interesante e inspirador para algunos, es sin embargo completamente ajeno al verdadero significado y propósito de la Divina Liturgia en la Iglesia Ortodoxa.

 

Continúa la semana próxima

 

En Epifanía bendecimos los hogares

 

En la Iglesia Ortodoxa, existe la costumbre de bendecir los hogares después de la fiesta de Epifanía. Los sacerdotes salen a bendecir los hogares de todos los fieles en este tiempo hasta el inicio de la Cuaresma. La costumbre suele ser acogida como un acto de fe de toda la familia y el momento en el que el Sacerdote puede encontrarse con sus fieles en sus propias casas. El contacto entre los sacerdotes y el núcleo familiar es una de las sanas costumbres que nuestra Iglesia conserva como parte de su tesoro.

Para preparar la bendición de la casa es costumbre también que se cubra una pequeña mesa con un mantel de preferencia blanco. Allí se pone el agua bendita que la familia ha recibido durante el oficio de Epifanía y una vela encendida frente al icono que la familia tiene en su casa. La familia reza unida y el Sacerdote bendice todos los lugares de la casa pidiendo a Dios la protección para ese lugar y que la Salvación de Dios esté siempre con los miembros de la familia.