Jesús
Simples
Miradas hacia el Salvador
El Padre Lev Gillet
es un gran personaje espiritual del siglo XX. Nacido en 1893 en Francia de
padres devotos católicos. Estudió filosofía en la Universidad de
Grenoble. Fue movilizado durante la Primera Guerra Mundial y hecho prisionero en 1914.
Pasó tres años en cautiverio, donde fue atraído por el espíritu y la
espiritualidad de los prisioneros ortodoxos rusos. Estudió matemáticas y
psicología en Ginebra y se unió a los benedictinos de Clairvaux en 1919. Atraído
por el mundo cristiano oriental, entró en contacto con Andreas Szeptycki, Metropolita
de la Iglesia
Ucraniana Católica Griega en Galicia, y pronunció sus votos
perpetuos en el monasterio Estudita de Ouniov en Galicia.
Decepcionado por la
actitud de la Iglesia
Católica Romana para con la Iglesia Ortodoxa,
el padre Lev se puso en contacto con la Iglesia Ortodoxa
en Niza y París. Fue recibido en la Iglesia
Ortodoxa por el obispo Eulogio, jefe de la Iglesia Rusa en
Europa occidental, en París, en mayo de 1928, donde se hizo cargo de la primera
parroquia de habla francesa. En 1938 abandonó París para instalarse en Londres
y trabajó, en el marco de la
Comunidad de San Albano y San Sergio. Allí permaneció hasta su
muerte en 1980.
Realizó muchos
viajes al extranjero, en particular a Francia, Suiza y el Líbano, donde
participó en el renacimiento espiritual del Patriarcado de Antioquía en el
marco del Movimiento de la Juventud Ortodoxa. Tiene muchas publicaciones en
francés (bajo el seudónimo de “un monje
de la Iglesia
de Oriente”) las cuales se encuentran traducidas en varios idiomas, tal
como “La oración de Jesús”, “Introducción a la espiritualidad ortodoxa”,
“El año de gracia del Señor”, etc.
Presentamos en
nuestro boletín una traducción de su libro en francés “Jesús - Simples Miradas hacia el Salvador”, donde él ofrece sus
meditaciones sobre varios temas del Evangelio, las que pueden ayudarnos a
entender mejor la Palabra
de Dios y vivirla personalmente.
A Ti,
Señor
A Ti, Señor,
consagro humildemente estos pensamientos que maduraron a lo largo de tantos
años sobre el mismo camino por el que marchaste durante los días de Tu vida
terrestre, en la misma ciudad dónde sufriste. Son el fruto de Jerusalén y del
mar de Galilea, y el fruto de casi toda una vida.
¿Por qué agregar
una gota de agua a este océano de libros que hablan de Ti? Osaré decir con
simplicidad: es porque he creído que a mí también me decías que hable de Ti. “Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales…”
(Mc 5:19). Y el poseído que curaste, en la tierra de los Gadarenos, se fue y
empezó a proclamar cuán grandes cosas habías hecho por él, y cómo tuviste
misericordia de él.
Yo esperaba que, al
compartir con otros lo que me ha sido dado, ayudaría probablemente a algunas
almas. He intentado contar, balbuceando, lo que me aparecía cuando fijaba mis
ojos sobre Ti, y lo que me parecía escuchar, cuando me callaba para escuchar Tu
voz. Hay muchas cosas que alguien podría encontrar aquí y que no he dicho. He
querido describir, Oh Salvador mío, ciertos aspectos de Tu rostro, algunos
instantes de una entrevista a solas contigo, ciertas fases de una experiencia
personal. No podía, no quería pretender otra cosa. He tenido algunas veces la
impresión – no lo debería decir sin temblar – que algunas palabras, ciertas
imágenes venían de más lejos y de más alto que mí mismo. ¡Señor, ten piedad de
un pobre pecador que osó hablar de Ti, sin que sus labios hayan sido
purificados por el carbón encendido (Cf. Is 6:6-7)!
Sé que las palabras
no valen nada, no son nada. El único resultado que deseo es tocar algunas almas
y llevarlas a Ti. Señor, conduce a aquellos que leerán mis palabras a tal punto
que, al dejar estas páginas, abran de nuevo, o quizás por primera vez, Tu
Evangelio, a tal punto que, en silencio, dejen entrar en sus corazones Tu
palabra.
Padre
Lev Gillet
Tropario de la
Resurrección (Tono 5)
Al coeterno con el
Padre y el Espíritu, al nacido de la
Virgen para nuestra salvación, alabemos, oh fieles,
y prosternémonos. Porque se complació en ser elevado en el cuerpo sobre
la cruz, y soportar la muerte, y levantar a los muertos por su Resurrección
gloriosa.
Tropario de la
Epifanía (Tono 1)
Cuando fuiste
bautizado, Señor, en el Jordán, la adoración a la Trinidad fue manifestada.
Porque la voz del Padre dio testimonio de Ti, llamándote: ‘Hijo Amado’, y el
Espíritu en forma de paloma, confirmó la certeza de la Palabra. ¡Cristo nuestro
Dios que apareciste e iluminaste al mundo, Gloria a Ti!
Kontakion (Tono 4)
Hoy Te has
manifestado al mundo, Oh Señor, y Tu Luz se alzó sobre nosotros, quienes con
conocimiento cantamos Tu alabanza diciendo: “Has venido y has te manifestado,
Oh Luz inaccesible”
Carta a los Efesios (4:7-13)
Hermanos, a cada
uno de nosotros le ha sido concedida la gracia a la medida de los dones de
Cristo. Por eso dice: Subiendo a la altura, llevó cautivos y repartió dones a los
hombres. ¿Qué quiere decir “subió” sino que también bajó a las regiones
inferiores de la tierra? Éste que bajó es el mismo que subió por encima de
todos los cielos, para llenar el universo. Él mismo dispuso que unos fueran
apóstoles; otros, profetas; otros, evangelizadores; otros, pastores y maestros,
para la adecuada organización de los santos en las funciones del ministerio,
para edificación del cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de
la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la
plena madurez de Cristo.
Santo Evangelio según San Mateo (4:12-17)
En aquel tiempo,
cuando Jesús oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea. Y dejando
Nazaret, vino a residir en Cafarnaúm junto al mar, en el término de Zabulón y
Neftalí; para que se cumpliese el oráculo del profeta Isaías: ¡Tierra de
Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, allende el Jordán, Galilea de los
gentiles! El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban
en paraje de sombras de muerte, una luz les ha amanecido. Desde entonces
comenzó Jesús a predicar y decir: “Arrepiéntanse, porque el Reino de los cielos
se ha acercado”.
¿Qué conmemoramos hoy?
La fiesta
de la Teofanía
de Nuestro Señor Jesucristo
“Epifanía” es la fiesta que manifiesta a la Santísima Trinidad
en el mundo a través del Bautismo del Señor (Mt 3:13-17; Mc 1:9-11 y Lc
3:21-22). Dios el Padre habló desde el cielo sobre el Hijo, el Hijo fue
bautizado por San Juan Bautista y Precursor, y el Espíritu Santo descendió
sobre el Hijo en forma de una paloma. Desde tiempos antiguos, esta fiesta se
llamaba “el Día de la Iluminación” y “la Fiesta de las Luces”, ya que Dios es Luz, y
apareció en el mundo para iluminar a “los
que estaban sentados en la oscuridad”, y “en las regiones de la sombra de la muerte” (Mt 4:16), y para
salvar a la raza caída de la humanidad por la gracia.
En la Iglesia primitiva existía
la costumbre de bautizar a los catecúmenos en las vísperas de la Epifanía, por lo que el
bautismo también se revela como la iluminación espiritual de la humanidad.
El origen de esta
fiesta se remonta a los tiempos apostólicos, y se menciona en las
Constituciones Apostólicas (Libro V, 13). Desde el siglo II tenemos el
testimonio de San Clemente de Alejandría sobre la celebración del Bautismo del
Señor, y la vigilia de la noche anterior a la fiesta.
Hay un “diálogo”, entre
el santo mártir Hipólito y San Gregorio Taumaturgo que existe hasta el día de
hoy y que data del siglo III sobre los oficios de Epifanía. En el siglo
siguiente, a partir del siglo IV, todos los grandes Padres de la Iglesia: Gregorio el
Teólogo, Juan Crisóstomo, Ambrosio de Milán, Juan de Damasco, escribieron
comentarios sobre esta fiesta.
Los monjes José el
Estudita, Teófanes y Bizancios compusieron la música litúrgica para esta
fiesta, que se canta hoy en día. San Juan Damasceno dijo que el Señor fue
bautizado, no porque él mismo tenía necesidad de limpieza, sino “para enterrar al pecado del hombre por el
agua”, cumplir la Ley,
revelar el misterio de la Santísima Trinidad, y, por último, para
santificar “la naturaleza del agua” y ofrecernos la forma y el ejemplo del
bautismo.
En la fiesta del
Bautismo de Cristo, la
Santa Iglesia proclama nuestra fe en el misterio más sublime
e incomprensible para la inteligencia humana: Un solo Dios en tres Personas. Nos
enseña a confesar y glorificar a la Santísima Trinidad,
una en esencia e Indivisible. Expone y derroca los errores de las antiguas
enseñanzas que trataron de explicar al Creador del mundo por la razón, y en
términos humanos.
La Iglesia muestra también la
necesidad del bautismo para los creyentes en Cristo, y nos inspira en un
sentimiento de profunda gratitud por la iluminación y la purificación de
nuestra naturaleza pecaminosa. La
Iglesia enseña que nuestra salvación y purificación del
pecado es posible únicamente por el poder de la gracia del Espíritu Santo, por
lo tanto, es necesario mantener dignamente estos dones de la gracia del santo
bautismo. Mantener limpias nuestras vestiduras no tiene precio, ya que “los que se han bautizado en Cristo, también
se han revestido de Cristo” (Gal 3:27).
La Divina
Liturgia (II)
Explicando
la Liturgia
semana a semana
Como la acción mística
central de toda la Iglesia,
la Divina Liturgia
posee siempre el espíritu de la resurrección de Cristo. Siempre la Liturgia es la
manifestación del pueblo de Cristo resucitado. Ella siempre es una efusión del
Espíritu creador de la vida. Siempre es la comunión con Dios Padre. La Divina Liturgia,
por lo tanto, nunca es triste o penitente. Nunca es la expresión de la
oscuridad o de la muerte de este mundo. Siempre es la expresión y la
experiencia de la vida eterna del Reino de la Santísima Trinidad.
La Divina Liturgia que casi siempre
celebramos en la
Iglesia Ortodoxa se llama “Liturgia
de San Juan Crisóstomo”. Se trata de una liturgia más corta que la liturgia
llamada de San Basilio el Grande y que se utiliza sólo diez veces durante el
año litúrgico. Estas dos liturgias probablemente recibieron su forma actual
después del siglo IX. No fueron escritas tal y como se encuentran actualmente
por los santos cuyos nombres llevan. Es muy cierto, sin embargo, que las
oraciones eucarísticas de cada una de ellas fueron formuladas ya en los siglos
IV y V, cuando estos santos vivían y trabajaban en la Iglesia.
La Divina Liturgia consta de dos
partes principales además de la preparación que lleva a cabo el sacerdote en el
interior del Santuario. La primera parte es la reunión o la asamblea, llamada “Synaxis”.
La misma tiene su origen en las reuniones de la sinagoga del Antiguo
Testamento, y se centra en la proclamación y la meditación de la Palabra de Dios. La
segunda parte de la
Divina Liturgia es la del sacrificio eucarístico y tiene su origen en el culto del templo del
Antiguo Testamento, los sacrificios sacerdotales del Pueblo de Dios, y en el
acontecimiento salvífico central del Antiguo Testamento: la Pascua.
En la Iglesia del Nuevo
Testamento, Jesucristo es la
Palabra Viva de Dios. Los evangelios y los escritos
apostólicos son los que se proclaman y se meditan en la primera parte de la Divina Liturgia. Y
en la Iglesia
del Nuevo Testamento, el acontecimiento salvífico central es el sacrificio
perfecto, eterno y completo de Jesucristo, el gran Sumo Sacerdote, que es
también el Cordero de Dios inmolado por la salvación del mundo, la nueva
Pascua. En la Divina
Liturgia los fieles cristianos participan en la entrega
voluntaria de Cristo al Padre, realizada una vez y para siempre en la cruz por
el poder del Espíritu Santo. En y a través de este único sacrificio de Cristo, es
que los fieles reciben la
Sagrada Comunión con Dios.
Durante siglos la
práctica de la Iglesia
ha sido la de admitir a todas las personas a la primera parte de la Divina Liturgia,
reservando la segunda parte estrictamente para aquellos que se comprometieron
formalmente con Cristo por medio del bautismo y/o la crismación en la Iglesia. A las personas
no bautizadas no se les permitía presenciar, ofrecer ni recibir la Santa Comunión. Así,
la primera parte de la
Divina Liturgia recibió el nombre de “liturgia de los catecúmenos”, es decir, la liturgia de las
personas que estaban recibiendo instrucciones en la fe cristiana con el fin de
convertirse en miembros de la
Iglesia por el bautismo y la crismación. También llegó a ser
llamada, por razones obvias, como “liturgia
de la Palabra”.
La segunda parte de la
Divina Liturgia se dio en llamar “Liturgia de los Fieles”.
Aunque por lo
general la práctica en la
Iglesia Ortodoxa el día de hoy es permitir a los que no son ortodoxos,
e incluso a los que no cristianos, que presencien la Liturgia de los Fieles,
sigue siendo la práctica en toda la
Iglesia el reservar la participación en el sacramento de la eucaristía
sólo a los miembros de la
Iglesia Ortodoxa, que están plenamente comprometidos con la
vida y las enseñanzas de la fe ortodoxa como es conservada, proclamada y
practicada por la Iglesia
a lo largo de su historia.
En el comentario que
vamos a hacer a la
Divina Liturgia, vamos a centrar nuestra atención en lo que
sucede con la Iglesia
en esta que es su “acción común”. De
esta manera vamos a tratar de penetrar en el sentido fundamental y esencial de
la liturgia para el hombre, su vida y su mundo. Este será el punto de partida para
la interpretación de la
Divina Liturgia. No vamos a comentar la Divina Liturgia
como si se tratara de un drama teatral representado por el clero y “asistido” por el pueblo, en el que cada
parte representa algún aspecto de la vida de Cristo y su obra. (Por ejemplo, la
pequeña entrada significa el comienzo del ministerio público de Jesús, el
evangelio de su predicación, etc.) Esta forma de interpretación de la Divina Liturgia es
una invención, que, aunque tal vez resulte interesante e inspirador para
algunos, es sin embargo completamente ajeno al verdadero significado y
propósito de la Divina
Liturgia en la Iglesia Ortodoxa.
Continúa
la semana próxima
En Epifanía bendecimos los hogares
En la Iglesia Ortodoxa, existe la
costumbre de bendecir los hogares después de la fiesta de Epifanía. Los
sacerdotes salen a bendecir los hogares de todos los fieles en este tiempo
hasta el inicio de la Cuaresma. La
costumbre suele ser acogida como un acto de fe de toda la familia y el momento
en el que el Sacerdote puede encontrarse con sus fieles en sus propias casas.
El contacto entre los sacerdotes y el núcleo familiar es una de las sanas
costumbres que nuestra Iglesia conserva como parte de su tesoro.
Para preparar la
bendición de la casa es costumbre también que se cubra una pequeña mesa con un
mantel de preferencia blanco. Allí se pone el agua bendita que la familia ha
recibido durante el oficio de Epifanía y una vela encendida frente al icono que
la familia tiene en su casa. La familia reza unida y el Sacerdote bendice todos
los lugares de la casa pidiendo a Dios la protección para ese lugar y que la Salvación de Dios esté
siempre con los miembros de la familia.