Mensaje de Apertura del Congreso General Arquidiocesano

"El espíritu de la Resurrección

de la familia argentina antioquena"

"A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos" (Hechos 2, 32)

¡Qué lindo es estar juntos en este Congreso, especialmente luego de la Pascua! En verdad, toda la fuerza de la resurrección se encuentra en esta tierra fértil, la tierra de sus almas, sembrada por la gracia de Dios y la labor de los pioneros sacerdotes y laicos que cimentaron las bases de nuestra Iglesia en Argentina.

Este espíritu de la resurrección caracterizó a nuestros antepasados, tanto en su vida personal y familiar, como en su vida religiosa y social. Con este espíritu, se enfrentaron y vencieron a todo tipo de dificultades, de debilidades, de necesidades, y optaron por una vida de entrega, de sacrificio, de dádiva, etc., o sea una vida dedicada a la resurrección. En realidad, toda su vida se fundamentó en esta fe. La misma pobreza que conocieron, fuera esta material cultural o social, puso en evidencia la riqueza de sus almas, la fuerza de su entrega, solidaridad y sacrifico. A pesar de las apariencias de flaqueza, de hambruna, de inseguridad, de incertidumbre, de ignorancia, se embarcaron en el navío de la fe sobre el mar de este mundo, y mostraron que la vida triunfa, un triunfo en todo el sentido de la palabra. Ellos creyeron, obraron y se entregaron a Dios para que cumpliera sus deseos.

Nuestras iglesias en Argentina son una muestra de este triunfo de la fe. Es así que nuestras iglesias se construyeron. Tan genuina era la fe y tan profundo era el espíritu de entrega, que se reflejaba en la disposición personal para dichas construcciones, así como lo muestra este ejemplo: Cuando un padre de familia en Buenos Aires entregó su ahorro a favor de la construcción de la Catedral, su esposa lo retó: "Este ahorro es para nosotros y para nuestros hijos", sin embargo, él afirmó: "La iglesia va primero, y Dios bendecirá nuestro trabajo".

Es un honor para mí estar entre ustedes, admirar y valorar este espíritu y lo que logró. Este mismo espíritu caracteriza a los que se sumaron a la fe de los antepasados a lo largo del proceso de su integración en este país, de modo que podemos constatar que este espíritu no se alienó, sino que se propagó y se difundió. He aquí nuestro misterio: una presencia ortodoxa argentina antioquena homogénea, si bien imperceptible en un país tan inmenso, sin embargo eficaz, necesaria y no se puede ignorar.

Después de muchas décadas de presencia y de lucha, años de expectativas y de sueños, quizás dudemos de la existencia de este espíritu de la resurrección en nosotros, así como lo tuvieron y vivieron nuestros antecesores, quizás nos preguntemos si es posible seguir dando el mismo testimonio, o si no escucharemos otra vez lo que no conduce a concretización alguna. Sin embargo, siendo fieles al testimonio de los pioneros y de los que se sacrifican hoy, estas preguntas o dudas no deben ser las señales que vamos a seguir en nuestra ruta. Si fuera así, no tendríamos fundamentada nuestra existencia, porque todos los antecesores no permitieron que la duda, la desgana, la frustración, la desesperanza, etc., los vencieran y no permitieron que reinaran estos sentimientos en sus corazones.

No cabe duda que el Señor trabaja hasta ahora para extirpar de nuestro interior nuestras dudas e incredulidad, así como lo hizo con los discípulos después de la resurrección, apareciéndose a ellos once veces, dándoles pruebas de su resurrección y enseñándoles los misterios del reino de Dios durante cuarenta días. Del mismo modo, Él reafirma en nuestros corazones las mismas semillas de la resurrección que tuvieron los pioneros de nuestra Iglesia en Argentina, mostrándonos la verdad, la vida y el camino desde los propios ojos de Dios, desde Su perspectiva, y enseñándonos cómo permanecer en la otra orilla de la vida, la vida de la resurrección, donde desaparecen las frustraciones, las decepciones, la incredulidad, la cobardía, etc.

Para que estas semillas crezcan y esta vida prevalezca en nosotros, necesitamos vivir en la Iglesia como una familia, como un cuerpo, así como lo expresa el apóstol Pablo. Es un cuerpo que tiene una voluntad, la voluntad de Dios, y no varias voluntades, convicciones, etc. Por ello, les pido que recen para que se manifieste y se haga la voluntad de Dios, no la mía o la vuestra. Hacer la voluntad de Dios es nuestro refugio ante las adversidades y los desafíos que encontramos.

Es también un cuerpo que se mantiene por la fuerza de Dios, de quien tenemos toda abundancia y toda gracia. No nos ilusionemos que nuestra fuerza intelectual, económica, social o relacional pueda sustituir a la fuerza de Dios. Sobre esta base, nos entregamos y ofrecemos nuestro talento, conocimiento, riqueza, etc. Así creció la Iglesia: María y José sirvieron al misterio de la encarnación del Señor y también los discípulos difundieron la fe en Cristo, siendo impotentes ante la hostilidad de todos los poderosos de aquel entonces, sean religiosos, políticos u otros.

No menos importante para la vida de este cuerpo es la confianza, en primer lugar en Dios y también en la jerarquía. Con este espíritu, se mantendrá y se desarrollará el espíritu de paz y de reconciliación. Sobre esta base, edificaremos nuestra unión y reinará entre nosotros el amor, la corona de toda labor y toda existencia.

Quisieron un obispo joven, aquí está, pero no solamente para bendecir mesas, sino para trabajar, organizar y acompañarlos en esta última hora. He estado quince meses escuchando a los sacerdotes, las comisiones, las familias, buscando saber qué quiere Dios de nosotros y cómo se presenta la situación de nuestra Iglesia, de nuestras familias, etc. Los desafíos son enormes, pero vamos a trabajar. Mi responsabilidad es darles un panorama de este trabajo de terreno a varios niveles, canalizar sus inquietudes y sus requerimientos en esquemas de trabajo y proyectos, sometiéndolos a su consideración y evaluación. Sueños, ideas y sugerencias abundan. Coordinar y trabajar en conjunto es el espacio que les ofrece este congreso, siempre en la perspectiva de un testimonio digno de nuestra presencia y de nuestra fe.

Tengo que expresar mi agradecimiento a Dios y a todos ustedes, porque aprendo, gracias a esta experiencia, a conocer y a vivir nuestra fe más profundamente, y a ser un testigo de la voluntad y de la gracia de Dios en su Iglesia en Argentina y en las almas de los que encuentro en cada lugar. En cada encuentro y cada visita, observo en sus caras la herencia de los pioneros y siento que soy un privilegiado por estar entre ustedes. Privilegiado, porque veo que el mensaje de la resurrección viene desde ustedes mismos, desde sus propios corazones.

Quiero agradecerles por venir, por dejar sus casas, familias y trabajos, para pensar en la iglesia. Pido a Dios que bendiga sus esfuerzos, ilumine sus corazones para que tengan siempre las mejores intenciones. Tienen una gran responsabilidad. Espero que tengan éxito en todo. ¡Cristo resucitó!