Mensaje de cierre del Congreso General Arquidiocesano 2008

"Construir una comunidad"

"Habrá un solo rebaño y un solo pastor" (Juan 10, 16)

El mundo vive desafíos tremendos ante la embestida del secularismo, la globalización y el consumismo exagerado. Son desafíos que se interrelacionan e impactan fuertemente sobre la cohesión y la solidaridad a nivel familial, social y espiritual. Además, tuvieron una incidencia de índole destructiva sobre todas las células primigenias de la sociedad. Así se observa la desintegración de la familia, la desorientación de la juventud, la destrucción de los lazos relacionales, la desarticulación de las comunidades y la alineación de los valores e ideales.

En este contexto, no cabe duda que el horizonte espiritual actual es parecido a la constatación del Señor durante su predicación: "Viendo a la muchedumbre, se enterneció de comisión por ella, porque estaban fatigados y decaídos como ovejas sin pastor" (Mateo 9, 36). Por ello, y ante dicha situación, la Iglesia no puede tomar una actitud pasiva y sólo observadora, sino que necesita tener una respuesta viva y firme. Y ¿qué mejor respuesta tiene sino que manifestar su identidad y revelar el espíritu que rige su vida? Así, el momento es oportuno para que ella se manifieste como una comunidad de los creyentes en Cristo, donde el Espíritu de amor, de unión y de solidaridad constituye el nervio inspirador, director y motriz de este tejido divino-humano.

Desde esta perspectiva, es necesario valorar las características de la vivencia pastoral a nivel de nuestras iglesias y parroquias en Argentina, a través de su desarrollo histórico. En efecto, en las comunidades de los descendientes sirio-libaneses, la presencia parroquial se desempeñaba entre los paisanos según una semántica relacional personal muy fuerte. La función principal y casi predominante del sacerdote era la administración de los sacramentos y celebrar la divina liturgia. Mantenía relaciones personales estrechas con la comunidad a través de visitas que hacía a los hogares o los negocios. Muchos fueron pioneros en la labor de la construcción de templos o instituciones sociales y educativas. Los paisanos, a pesar de su poca educación religiosa, mantenían en sus corazones la llama de la fe y se entregaban generosamente a la tarea de afirmar su presencia religiosa y social. Actuaron de esta forma a fin de proteger los lazos familiares y los valores religiosos que vivían. Luego de la fase de la construcción, las comisiones se dedicaron a la administración y al mantenimiento de la misma. Ese era el esquema preponderante de la vida parroquial a lo largo del siglo pasado y que reflejaba la vida y la mentalidad de los paisanos, como así también su percepción del rol que debían desempeñar en la Iglesia.

Sin embargo, ante el cambio drástico ocurrido en la sociedad occidental en general y el cambio sucedido a nivel de nuestras comunidades originariamente de inmigrantes, especialmente en cuanto al nivel de su integración en la sociedad, la extensión de la aglomeración y la repartición demográfica de los fieles, la desintegración de los lazos familiares y conyugales, la desgana de la juventud, etc., el esquema anterior del rol del binomio clero-comisión aparece muy frágil para poder enfrentar los desafíos surgidos, ya que la misma existencia de estas comunidades está peligrando. Una simple evaluación de la concurrencia de los fieles a la Iglesia permite tener una cierta apreciación de la situación actual.

En realidad, hemos pasado la etapa de la construcción de edificios, sea templos o instituciones. Ahora, debemos abocarnos a la construcción de la comunidad parroquial dispersa o ausente. Los edificios fueron construidos para dicha finalidad. Por ello, estamos invitados a reflexionar sobre la posibilidad de implementar un esquema de trabajo parroquial más adecuado y propicio.

La transición hacia tal esquema necesita tener en cuenta percepciones actuales en la actuación parroquial: la preocupación económica y administrativa predomina en el trabajo de las comisiones, mientras que el trabajo parroquial carece de carácter colaboracionista entre las comisiones, y entre las comisiones y los sacerdotes. Esta situación se reforzó por la dicotomía entre lo material y lo espiritual y una exclusión de roles laico-clero: los laicos perciben su rol en la Iglesia como administradores mientras que el sacerdote se dedica exclusivamente a lo pastoral o espiritual. Esta dicotomía, acrecentada por la falta de colaboración, deja el campo pastoral y su desafío a cargo de una sola persona, el sacerdote, en un contexto contemporáneo complicado y difícil tanto para la familia como para la Iglesia.

Por ello, a nivel del trabajo parroquial, es necesario, por una parte, profundizar un sentido de solidaridad pastoral y de colaboración, y por otra parte, dar prioridad no tanto a lo económico sino más bien a lo pastoral. La debilidad económica que enfrentan las iglesias no debe monopolizar toda nuestra atención. El enfoque no debe ser unidimensional sino bidimensional: la subsistencia económica en conjunto con la construcción de la comunidad de los fieles. Y la tarea no debe ser singular, sino conjunta entre comisiones y clero. Así, prima la solidaridad y la unificación de criterios de trabajo y de objetivos a realizar.

Ante este planteo, nuestro objetivo es lograr la contención de la familia, de los jóvenes y niños en la Iglesia, y también ofrecerles un espacio de crecimiento en la fe y de servicio hacia el prójimo. Preparar este espacio y tener colaboradores dispuestos para tal fin es una tarea que necesita toda nuestra disposición y colaboración. La Junta Parroquial como espacio de planificación y de colaboración entre clero y comisiones, y también entre las mismas comisiones, es una solución adecuada para lograr este objetivo. Pero, y en una primera instancia, llamamos especialmente a las comisiones de damas para tener la primacía en esta transición, ya que, como madres, están gratificadas de un sentido innato maternal, de conservación de la vida, de lo sagrado, de la unión. Ellas pueden promover a nivel parroquial una compaña de convocatoria, de incorporación y de inserción de la familia, de los matrimonios y de la juventud.

Definir y establecer un calendario pastoral permite concretar nuestro objetivo, coordinar el trabajo de las comisiones, distribuir las tareas en cuanto a su organización, difusión y realización. Así se puede definir la planificación financiera de la parroquia que reflejaría, además de la preocupación administrativa, la diagramación de la actividad pastoral fija (Catequesis, Juventud), o móvil (eventos, fiestas, etc.). La evaluación de la actividad realizada enfocaría a la contención de la familia y al crecimiento en la fe y en la pertenencia a la parroquia. En consecuencia, se puede lograr captar y formar a los colaboradores necesarios para consolidar la vida parroquial.

En las parroquias existen espacios de crecimiento en la fe para niños (catequesis infantil o sacramental), para adultos, matrimonios, damas; y también espacios de servicio benéfico o social. La juventud desarrolla, tanto a nivel parroquial como a nivel nacional, lazos de solidaridad, de hermandad, de crecimiento en la fe, de servicio, desarrollando actividades y proyectos desde la Iglesia. Esperamos que surjan vocaciones y que podamos ofrecerles la debida formación.

En definitivo, construir una comunidad tanto a nivel local como a nivel arquidiocesano es un proceso que abarca a todas las manifestaciones de la vida. Requiere de la buena voluntad, tanto a nivel de la entrega personal, como a nivel de las relaciones; tanto a nivel de la solidaridad, como a nivel de la perseverancia; tanto a nivel de la convocatoria, como a nivel de la respuesta; tanto a nivel de la preocupación y de la reflexión, como a nivel de la contención y de la realización. Ante esta responsabilidad, no vamos a dejar de exclamar el saludo de triunfo pascual: ¡"Cristo resucitó"!