Morir para vivir

La Pasión de Cristo – Jueves y Viernes Santos

“Aquel que muera antes de morirse, no morirá cuando muera”

En este día glorioso, los cristianos con gran reverencia acompañan a Cristo para que sea depositado en el sepulcro. Unos meditan sobre el misterio de Su amor hacia nosotros, soportando todas estas dolorosas vivencias por nosotros. Otros se preguntan: ¿la muerte se habrá terminado con la muerte de Cristo? ¿Acaso no he de morir ya que Jesús murió por nosotros, moriremos después de Él?

La literatura espiritual cristiana responde a esta pregunta con el famoso dicho: “Aquel que muera antes de morirse, no morirá cuando muera”. Esta expresión contiene el compendio del trabajo que un cristiano puede realizar durante su vida para no morir en cuanto se presenta la hora de la muerte. 

El problema que enfrentamos ante todo es “el temor a la muerte”. El temor a la muerte nos aparta de cargar con la responsabilidad, nos conduce a escapar de la verdad, y nos incita a andar en caminos equivocados. Este es el problema que surgió con Adán y Eva en el Paraíso: cuando Dios descubrió que ellos habían comido del árbol de la ciencia del bien y del mal, les preguntó la razón por la cual se escondían de Él; Adán se justificó, y le echó la culpa a la mujer quien le había dado de comer; Eva le echó la culpa a la serpiente que la había seducido. Ninguno de ellos dos asumió la responsabilidad, y prefirieron ocultarse de la vista de Dios. Nosotros también hemos aprendido de ellos a justificarnos, y a echar la culpa a otro, así también preferimos adormecer la percepción del temor a la muerte al correr detrás del placer; o esconder nuestra debilidad dominando a los otros; u olvidarnos de la percepción mortificadora de ser mortales, con la búsqueda de posesiones y del poder, de la riqueza y de la gloria. Son manipulaciones que nos otorgan una percepción mentirosa de que somos fuertes y que la muerte no nos vencerá. La búsqueda del placer bajo, el ejercicio de una aplastante dominación sobre los otros, como así también la búsqueda excesiva de posesiones son signos ciertos de nuestro profundo temor a la muerte.

Con la muerte de Jesús, la muerte ya no tiene poder sobre el hombre; ya que con Su Resurrección, Él ha demostrado que la vida es el destino de todos los que creen en Él. Él nos ha dado, por medio de la fe en Él, el poder para destruir la muerte en nosotros y en especial el temor a la muerte. Vencemos el temor a la muerte con una conciencia viva, el poder de la fe y el ejercicio del amor. El temor de Dios en el corazón aparta el temor a la muerte. La conciencia viva es guardia del corazón para con todo temor destructor, y el amor aleja al miedo de las mentes de los demás. Es así que a la muerte no le queda oportunidad alguna de triunfar en nosotros. Así, morimos antes de morir. Si vencemos el temor a la muerte, no moriremos cuando llegue el día de nuestra partida. El cuerpo morirá, pero el alma estará regocijándose a causa del poder de la fe, de la esperanza y del amor que ha vivido en Cristo Jesús. 

Con Su Muerte, Jesús nos mostró cómo podemos morir para vivir después de la muerte. Nos mostró cómo dar muerte a la muerte mientras estamos vivos, para que la muerte no nos mortifique cuando morimos. A cambio del placer instituyó el sacrificio y la dádiva; en lugar de poseer, enalteció la donación y la participación; y al final, en vez del predominio, recomendó el servicio. Y la corona de todos estos es el amor. 

Hoy hacemos la procesión con el Epitafio y cantamos las lamentaciones, pero en nuestros corazones hay una verdad siempre presente: que hemos elegido ser libres de la muerte antes de la muerte y nos hemos comprometido con Aquél a quien seguimos ahora, y cuya muerte por nosotros ha movido el deseo de estar con Él todos los días, allí en el Gólgota, esperando el amanecer de la vida en nosotros. Amén.

+Metropolita Siluan

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci