La Resurrección de Cristo y nuestra Resurrección

Domingo de Pascua (Juan 1, 1-17)

“¡Cristo Resucitó! ¡Verdaderamente resucitó!”

¡Este es el signo de nuestra vida! Cristo triunfa sobre la muerte, no sólo en el sepulcro y en Su Cuerpo, sino sobre todo tipo de muerte que anida en la naturaleza humana. Esta, nuestra fiesta, no sólo es la del triunfo de Cristo sobre la muerte, sino también es la fiesta de nuestro triunfo sobre la muerte en nuestra vida. Es una fiesta doble por la victoria del Dador de la vida sobre la muerte que ha concretado de una vez y para siempre, por una parte, y por concedernos vencer la muerte a través de su triunfo, por otra parte.

A fin de reflexionar sobre este evento nos preguntamos: ¿de qué manera la resurrección de Cristo puede afectar nuestra vida? ¿Qué significado tiene para nosotros vencer la muerte? ¿Existe un camino que podamos seguir para llegar de la tierra de la esclavitud y de la muerte a la tierra de la libertad y de la vida?

Nos es útil, en este sentido, seguir las huellas de la muerte en nuestra vida para deshacernos de dicha muerte. Por ejemplo, el irascible es esclavo de su propia cólera, no puede hablar con nadie o escuchar a alguien sin molestarse; el avaro es esclavo de sus posesiones, no puede dar algo de lo que posee; el envidioso es esclavo del mal celo, no sabe como alegrarse por el éxito de otro y por el desarrollo de sus capacidades y dones; el fastidioso es esclavo de la insatisfacción, no sabe mirar las cosas de manera positiva y agradecer a Dios por ellas; el rencoroso es esclavo de la mala memoria, no conoce el camino del perdón; el altanero es esclavo del egoísmo y del desprecio a los demás, no conoce la humildad; y el obstinado es esclavo de su voluntad y no conoce el significado de la obediencia.

Todas estas son pequeñas esclavitudes. Cada una representa una pequeña muerte, que acontece cuando el hombre la deja reinar en su vida y no se arrepiente de ella, ni se auto-corrige, ni tampoco pide la gracia de Dios para que limpie el alma de cada tipo de esclavitud. El aumento de estas pequeñas muertes lleva a la gran y definitiva muerte, no sólo la corporal, sino también la espiritual. El resultado es obvio cuando el cuerpo va a la tierra y el alma se presenta ante Dios. Allí, el alma que lleva muchas esclavitudes verá que está totalmente paralizada, pues no tendrá la energía para ver la luz del Sol Verdadero, concebir el soplo del amor vivificador y oler la dulce fragancia de la santidad. Tal alma, aunque sea puesta en el paraíso, su fin será el disgusto y el fastidio, pues no tendrá compañeros a su semejanza. Por lo tanto no amaría la vida en el paraíso y se sentiría totalmente extraña y muy lejana. Se ha acostumbrado a vivir contraria a la vida del paraíso y no ama otra. 

La resurrección de Cristo nos llama a dejar de lado, en nuestra vida, estas esclavitudes y nos abre la puerta para que lleguemos a la libertad verdadera. Si respondemos al llamado cosecharemos la alegría verdadera. La vida brotó del sepulcro, y se nos ha sido dada, si nosotros nos procuramos vencer las pequeñas y grandes muertes que anidan en nosotros. Si proseguimos en ese camino triunfaremos sobre las pequeñas muertes y la luz de la vida de la resurrección llegará a nuestra vida. Cuando la vida de la resurrección llegue a mi vida, mi corazón exclamará: ¡Cristo Resucitó en mí y pido que resucite en ti y en todos! Además toda la Iglesia, al unísono, dirá: “¡Cristo resucitó en nosotros! ¡Verdaderamente resucitó en medio nuestro!”.

+Metropolita Siluan

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci