Las manos extendidas

Domingo de Pascua (Juan 1, 1-17)

“Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho”

 

¡He aquí la pasión y la gloriosa resurrección de nuestro Señor! En ambos momentos, Sus manos se extendieron a toda la humanidad, tanto a los vivos como a los muertos. En la cruz, se extendieron para cargarse de los pecados del mundo, y llevarse todo dolor, sufrimiento e injusticia. También se extendieron en el infierno a los muertos, representados en el ícono de la resurrección por Adán y Eva, para llenar a todo mortal de Su vida. Tanto a vivos como a muertos, Sus manos se extendieron para que, al tocarlas, todos nos llenemos de Él, de Su vida, amor y verdad.

Estas manos extendidas nos introducen a la misión que Jesús recibió de su Padre, y que vivió entre nosotros. Así, con Sus manos trabajó como el común de los mortales, y por ello Lo llamaron “hijo del carpintero[1]. Con Sus manos bendijo a los niños[2]; también bendijo en el desierto los cinco panes y los dos peces y sació a miles de personas. Con Sus manos sanó a gran multitud de gente de toda dolencia y enfermedad[3], pero también sanó en forma individual a ciegos[4], leprosos[5], a la suegra de Pedro[6], al sordo y al tartamudo[7], a la mujer que había pasado enferma dieciocho años[8], y al siervo del Sumo Sacerdote, cuando Pedro le cortó la oreja en el jardín de Getsemaní[9]. Con Sus manos salvó a Pedro del peligro de hundirse en el mar y de su falta de fe[10]. Con Sus manos resucitó a la hija del jefe de la sinagoga[11], y también tocó el féretro que llevaba el hijo de la viuda de Naín y lo resucitó[12]. Al celebrar la Última Cena, bendijo con Sus manos las especies representando  Su cuerpo y sangre, e instituyó la Divina Eucaristía[13], y directamente después, lavó con ellas los pies de los discípulos[14]. Estas manos fueron traspasadas por los clavos en la crucifixión, y se volvieron huellas de su identidad después de Su resurrección[15], cuando se apareció a Sus discípulos y en particular a Tomás[16], el discípulo incrédulo que buscaba averiguar la veracidad sobre dicha resurrección. Y por último, con estas manos dio su bendición final a sus discípulos al subir al cielo[17].

Estas manos se extendieron y se extienden a toda la humanidad; manos santísimas y santificadoras, pero también manos que llevan nuestras dolencias, enfermedades y pecados. Son manos que intercambian vida por muerte, fe por incredulidad, esperanza por desesperanza, fuerza por debilidad, vista por ceguera, movilidad por parálisis, salud por enfermedad, bendición por maldición.

Si Jesús no tuvo vergüenza, durante su vida en la tierra, de tocar nuestra realidad de pecadores, tampoco ahora, sentado a la diestra del Padre, nos señalará para condenarnos, tal como el hermano mayor condenó, ante su padre, a su hermano menor, en la parábola del hijo pródigo[18]. Por lo contrario, Jesús es nuestro intercesor, con Su propia sangre, ante el Padre[19], siempre y cuando nosotros nos comportemos como hijos[20]. En realidad, durante toda Su vida no condenó a nadie, sino al pecado, clavándolo sobre la cruz. Y a aquellos que Le extienden sus manos, Él anuncia que les servirá con Sus propias manos en el banquete que ofrecerá en su Reino[21].

En realidad, el Padre “ha entregado todas las cosas en las manos” de Jesús[22]. Y más, Jesús guarda en estas manos a todos aquellos que el Padre Le ha encomendado, y “nadie los arrebatará de Su mano[23], de manera que ninguno de ellos perezca, sino que obtenga vida eterna[24]. El ejercicio de este ministerio lo confirió Cristo a la Iglesia, siendo Él siempre “quien ofrece y es ofrecido[25]. Así, como vida ofrecida, recibimos por Sus manos la santa comunión[26]; y como servicio conferido, este ministerio se mantiene por la imposición de las manos en la ordenación episcopal, en la ininterrumpida sucesión apostólica.

Así, las manos traspasados por los clavos que surgen del sepulcro el día de la resurrección son manos de esperanza para todo desesperado; manos de compasión para con todo dolido y enfermo; manos de salvación para todo pecador. Son las manos de nuestra resurrección espiritual, invisiblemente extendidas hacia nosotros, las que nos abrazarán al volver a la casa paterna[27].

Por nuestra parte, extenderemos nuestras manos para llevar, como Simeón de Cirene[28], la cruz que el Señor nos ofrece; para tocarle el costado, como Tomás[29], en el momento de la incredulidad y confesar Su señorío y divinidad; para tener Su mano, como Pedro[30], en el momento de hundirnos en la desesperanza y la infidelidad; para pedirle Su gracia sanadora, como la mujer “sufriendo de flujo de sangre por doce años, que se le acercó por detrás y tocó el borde de Su manto[31].

Pero también, con nuestras manos echaremos las redes donde el Señor nos encomiende[32]; serviremos a nuestro prójimo dándole pan y peces[33]; nos acercaremos a los heridos y les vendaremos sus heridas, derramando aceite y vino sobre ellas[34]. Nuestras manos trabajarán por la justicia, la paz, y la difusión de la palabra de Dios[35]; firmarán justos acuerdos; saludarán con honestidad e integridad, sin engaño.

Esta es la Resurrección que celebramos hoy. Quiera Dios que toquemos las manos del Resucitado con fe y esperanza, con corazón compasivo y manos extendidas a nuestro hermano, con alma arrepentida, para anunciar a todos verdaderamente que ¡Cristo resucitó!

+Metropolita Siluan



[1] Mateo 13:54.

[2] Mateo 19:13-15.

[3] Marcos 6:5.

[4] Marcos 8:23; Lucas 4:40; Mateo 9:29.

[5] Marcos 1:41; Lucas 5:13.

[6] Mateo 8:15.

[7] Marcos 7:32.

[8] Lucas 13:13.

[9] Lucas 22:51.

[10] Mateo 14:31.

[11] Mateo 9:25.

[12] Lucas 7:14.

[13] Mateo 26:26-27.

[14] Juan 13:5.

[15] Lucas 24:39-40.

[16] Juan 20:27.

[17] Lucas 24:50.

[18] Véase: Lucas 15:30.

[19]  1 Juan 2:1.

[20] Véase: Juan 14.

[21] “Dichosos aquellos siervos a quienes el señor, al venir, halle velando; en verdad les digo que se ceñirá para servir, y los sentará a la mesa, y acercándose, les servirá” (Lucas 12:37).

[22] Juan 3:35.

[23] Juan 10:28-29.

[24] Juan 17:12; 2.

[25] Oración del Himno de los Querubines de la divina liturgia de San Juan Crisóstomo y san Basilio el Grande.

[26] Véase el texto de la oración antes de la comunión en las liturgias de san Juan Crisóstomo y de san Basilio el Grande.

[27] Véase: Lucas 15:20.

[28] Marcos 15:21.

[29] Juan 20:27.

[30] Mateo 14:31.

[31] Mateo 9:20.

[32] Lucas 5:5; Juan 21:6.

[33] Mateo 14:19.

[34] Lucas 10:34.

[35] Mateo 5:3-11.

 

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci