El octavo día de la semana

Domingo 2 de Pascua – Domingo de Tomás (Juan 20, 19-31)

“La tarde del primer día de la semana… pasados ocho días…”

La Iglesia Ortodoxa se fundamenta en la resurrección, como revelación de la salvación realizada en la cruz. Su comprensión del misterio de la resurrección se desarrolló a través de su culto y se incorporó en los oficios litúrgicos. Así, ésta interpretación se reflejó en el esquema de la semana posterior a la Pascua y se extendió a lo largo de la articulación litúrgica de todo el año.

Era práctica habitual entre los ancianos guardar la conmemoración o el festejo de algunos de los más destacados hechos. Cuando el ciclo de un año se cerraba, se acostumbraba realizar, en aquel día, la memoria anual a fin de que no se perdieran en el olvido los grandes acontecimientos. Así, de todos los aspectos destacados de la vida del Señor, celebramos el que supera a todos, a saber, su Resurrección; y no sólo se conmemora cada año, sino también cada octavo día. La primera de estas conmemoraciones, que es este domingo, puede ser designado, con mucha razón, el octavo y el primero;  es el octavo día, a la luz de la Pascua, y es el primero como principio de todos los demás.

Es importante señalar que el número ocho tiene un significado simbólico, tanto en la tradición espiritual judía como cristiana. Esto significa más que la realización y la plenitud; significa el reino de Dios y la vida del mundo venidero, porque el número siete es el número del tiempo terrestre. El sábado, el séptimo día, es el día en que culmina la semana. Por lo tanto, "el primer día de la semana, el día después del sábado", día en que todos los evangelios insisten en que es el día de la Resurrección de Cristo (Marcos 16, 1; Mateo 28, 1; Lucas 24, 1; Juan 20, 1; 19), es también, desde entonces, el octavo día, el día que va más allá de los confines de este mundo, el día que señala la vida del mundo por venir, el día del eterno descanso del Reino de Dios (véase, Hebreos 4).

En efecto, el misterio de la Pascua trasciende nuestra temporalidad, el curso sucesivo y repetitivo de la semana, del primero al séptimo día, que se repite de forma interminable. Este tiempo cíclico es encerrado en sí mismo, es un tiempo de este mundo. Por su resurrección, el Señor rompió el cuadro cerrado de este tiempo cíclico: "el primer día de la semana, el día después del sábado" resucitó. Él puso un Octavo Día fuera de la sucesión temporal de nuestra semana. No sólo el Octavo Día es el día que anuncia la Resurrección, sino también es el que representa el Reino de Dios, donde no hay sol o luna, donde el Cordero mismo será nuestra iluminación, y donde estaremos en una resurrección y en una incesante contemplación del Resucitado y de su gloria. El Octavo Día es aquel día sin fin, que, en el siglo venidero, será el primero y único, en absoluto, porque no será interrumpido por una noche.

A nivel litúrgico, la semana que separa el primer día de la Pascua y el octavo día se llama Semana Radiante. Se vive como si fuera un único día, una única celebración, la de la resurrección. Durante esta semana se celebran los oficios pascuales en todo su esplendor. Las puertas reales del altar permanecen abiertas, porque la piedra del sepulcro está removida. En el último día de la Semana Radiante, se conmemora la aparición de Cristo al apóstol Tomás, "después de ocho días" (Juan 20, 26). Por ello, se llama Domingo de Tomás. Y como es el primer domingo después de Pascua, la otra vertiente de la Pascua, se llama también el Segundo Domingo. Además, como en aquel día se renueva la celebración de la Pascua, se llama el Domingo Nuevo, o también el Domingo de la renovación. En la Iglesia antigua, los recién bautizados cristianos se sacaban, en aquel el día, sus túnicas blancas que se habían vestido al bautizarse durante la celebración de la vigilia pascual.

El espíritu de la resurrección se desarrolla durante los cuarenta días que separa la Pascua de la Ascensión. Durante este período, se repite la salutación pascual, “Cristo resucitó”, y se canta el himno de la Resurrección todos los días, mientras que en las celebraciones dominicales, se canta el Canon de Pascua y sus himnos, y se repite la celebración del "primer día de la semana," cuando Cristo resucitó de entre los muertos. En todas las divinas liturgias, se hacen lecturas del Libro de los Hechos de los Apóstoles, donde se constata la acción del Espíritu Santo en las iglesias por medio de la evangelización, la misma que realizó la renovación de las naciones por haber aceptado la palabra de Dios y el bautismo, quienes permanecieron en comunión con Cristo resucitado. También se hacen lecturas del evangelio según san Juan, visto por muchos como escrito especialmente para los recién bautizados en nombre de la Santísima Trinidad, los muertos y nuevamente nacidos en Cristo.

El mismo espíritu de la resurrección se profesa también todos los domingos del año. En aquellos días, la Iglesia vive una pascua miniaturizada. Este espíritu se refleja en los himnos de las vísperas y los maitines dominicales. En los maitines, la lectura del evangelio trata de las apariciones del Señor a los discípulos, domingo tras domingo, en un ciclo de once semanas que se repite durante el año. Es una forma de vivir la resurrección, sin despedirse de ella.

En realidad, la Pascua es la finalidad y el comienzo de todo en la vida de la Iglesia. En este domingo, los fieles están particularmente llamados a renovar su vida, viviendo en el espíritu de la resurrección. Todo esto fue desarrollado, así como le testifica san Juan, "para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre" a cada vez que participamos de la celebración dominical. ¡“Cristo resucitó”!

+Metropolita Siluan

 

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci