¿Portadoras del bálsamo o de la nueva de la resurrección?

Domingo 3 de Pascua – Domingo de las mirroforas (Marcos 15, 43 – 16, 8)

“Compraron aromas para ir a ungirle... Id a decir a sus discípulos y a Pedro…”

Hoy es el único domingo del año litúrgico donde la Iglesia propone una lectura conjunta de la sepultura de Cristo y de su resurrección, conmemorando a los protagonistas y testigos referentes a la sepultura y de la resurrección, a saber: las mujeres portadoras de bálsamo o de mirra, además de José de Arimatea y Nicodemo, el fariseo que vino a ver a Cristo de noche. Por ello, la Iglesia llamó el segundo domingo después de la pascua Domingo de las mirroforas (portadoras de mirra), refiriéndose a las mujeres que fueron al sepulcro del Señor en la madrugada del día de la resurrección para ungir su cuerpo, conforme a la tradición judía vigente, y fueron las primeras en encontrarse con Cristo resucitado y en dar testimonio de la resurrección. Eran las primeras que dijeron “Cristo resucitó”. De sus bocas aprendió la humanidad acerca de la victoria de Cristo sobre el mal y la muerte.

La más conocida entre las mujeres mirroforas era María Magdalena, quien siguió a Jesús junto con las otras mujeres de Galilea a Jerusalén, sirviéndolo, y en oposición con los discípulos, ellas permanecieron con Él durante la crucifixión y después de Su muerte en la cruz, aún más cuando fue abandonado por todos los discípulos. El evangelio menciona a María, “la de Cleofás” (Juan 19, 25) y madre de Santiago (Mateo 27, 56); a Salomé, la madre de los hijos de Zebedeo (Mateo 27, 56); a Juana, mujer de Cusa, y a Susana (Lucas 8, 2-3). Lloraron por Él en el camino hacia el Gólgota (Lucas 23, 27-28), observaron la crucifixión desde lejos, y Le acompañaron junto con José de Arimatea hasta el sepulcro (Lucas 23, 55).

Muchos se preguntaron por qué fueron mujeres las que habían visto antes que todos al Resucitado y estuvieron a cargo de anunciarlo, ya que el testimonio de una mujer para los judíos era sin valor legal alguno. Es por ésta razón que no figura ninguna mujer en el primer inventario oficial, redactado por el apóstol Pablo, de los que habían visto al Resucitado (I Corintios 15, 5-8). Además, la nueva de la resurrección difundida por medio de las mujeres sería menos creíble. El evangelio confirma que, a los mismos apóstoles, en una primera instancia, “les aparecieron desatinos tales relatos y no los creyeron” (Lucas 23, 11).

Contestando la pregunta, San Romanos Melodos (+550) argumenta en uno de sus himnos que la primera en ver al Resucitado fue una mujer porque era también una mujer, Eva, que primera pecó. Pero, la respuesta es otra: las mujeres fueron las primeras en ver al Resucitado porque fueron las últimas en dejarlo muerto, y aún más, después de su muerte, Le trajeron aromas a su sepulcro.

Es cierto que hay mujeres piadosas, pero éstas son mujeres bravas. Desafiaron el peligro de mostrarse abiertamente a favor de un condenado. ¿Acaso Jesús no ha dicho: “Bienaventurado quien no se escandaliza de mí” (Lucas 7, 23)? Ellas fueron las únicas en no escandalizarse por Él. Pero, ¿por qué ellas resistieron al escándalo de la cruz? ¿Por qué estuvieron tan cerca cuando todo parecía terminar, y que todos los discípulos Le habían abandonado y preparaban su regreso a casa? Jesús dio la respuesta de manera anticipada, cuando, en la casa de Simeón, hablando de la mujer pecadora que Le había lavado y besado sus pies, reveló la razón: “amó mucho” (Lucas 7, 47).

Estas mujeres siguieron a Jesús por Su persona, en reconocimiento del bien recibido de Él, y no en la espera de hacer una carrera tras Él. No se les había prometido sentarse “sobre tronos como jueces de las doce tribus de Israel” (Lucas 22, 30), tampoco habían pedido sentarse a su derecha o su izquierda en su gloria (Marcos 10, 37). Le siguieron, como está escrito, para servirle (Lucas 8, 3; Mateo 27, 55). A la mujer que le había ungido en Betania, en la casa de Simón el leproso, el Señor señaló: “Derramando este ungüento sobre mi cuerpo, me ha ungido para mi sepultura. En verdad, os digo, dondequiera que sea predicado este evangelio en todo el mundo, se hablará también de lo que ha hecho ésta para memoria suya” (Mateo 26, 12-13).

Tres etapas marcan la entrega de estas mujeres. Primero, se distinguieron por su fidelidad y su amor durante los tres años de la predicación del Señor: “les servían de sus bienes” (Lucas 22, 30). Además, Lo acompañaban tanto en los momentos de alegría (por ejemplo: la entrada triunfal a Jerusalén), como en los momentos donde aparece hundirse la esperanza del reino de Dios (por ejemplo: la condenación, la pasión y la crucifixión). El peligro de formar parte de su compañía no las indujo a huir. Se quedaron con Él, observando su muerte. Participaron de la sepultura, junto con José y Nicodemo. Allí pusieron junto con el cuerpo, su amor, su corazón, todo. Y, por último, estuvieron a cargo del anuncio de la resurrección. Ellas Le habían servido humildemente durante su vida, habían ofrecido su tiempo, su fortuna, quedándose en el último rango. Son éstas mujeres, tan poco mencionadas, quienes son las primeras testigos de la resurrección y las primeras a llevar la buena nueva a los apóstoles.

A los Once, el Señor les había reprendiendo su incredulidad y dureza de corazón: “por cuanto no habían creído a los que le habían visto resucitado de entre los muertos” (Marcos 16, 14), como así también a los dos discípulos de Emaús: “¡Oh hombres sin inteligencia y tardos de corazón!” (Lucas 24, 25). En cambio, el Señor invistió a estas mujeres de una misión, la única en el evangelio, de anunciar la resurrección a sus discípulos: “No temáis; id y decid a mis hermanos que vayan a Galilea, y que allí me verán” (Mateo 28, 10). Fueron enviadas a los apóstoles, quienes permanecían atemorizados, y quienes, en varias oportunidades, no pudieron reconocerlo en sus apariciones. Fueron instituidas primeras testigos de la resurrección, y como dicen unos padres de la Iglesia, fueron “maestras de los maestros”, mientras que María Magdalena fue intitulada “apóstol de los apóstoles”.

En realidad, el cambio era indescriptible. De portadoras del bálsamo, a sea de la nueva de la muerte, estas mujeres se transformaron en portadoras de la nueva de la resurrección. El amor transformó los testigos de la muerte en testigos de la resurrección. Es el amor valiente que no teme a nada ni a nadie. Es el amor que se entrega al servicio, y crece en el servicio. Ojala este amor valiente nos toque y transforme nuestro ministerio y nuestro servicio. ¡“Cristo resucitó”!

+Metropolita Siluan

 

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci