La realización de la disposición divina y la explicación de “la vida en Cristo”

Domingo 3 de Pascua – Domingo de las miroforas (Marcos 15, 43 – 16, 8)

“Saliendo, huían del monumento, porque el temor y estupor se habían apoderado de ellas, y a nadie dijeron nada”

Sin la resurrección, todo aparece como si fuera una ilusión. Hasta la resurrección, el Salvador hablaba de la vida eterna; pero con su resurrección manifestó que Él es, en verdad, la vida eterna. Hasta la resurrección, el Salvador predicaba la resurrección de los muertos; pero con su resurrección manifestó que Él es, en verdad, la resurrección de entre los muertos. Hasta la resurrección, Él estaba predicando que la fe en Él hace pasar de la muerte a la vida; pero con su resurrección, reveló que Él ha vencido la veracidad de la muerte, por consiguiente, logró asegurar, para los muertos, el tránsito de la muerte a la vida. En palabras breves, toda la evangelización de Cristo y sus enseñanzas erigieron su poder y señorío de su resurrección.

Si Cristo no ha resucitado y llenado a sus discípulos con su poder vivificador y su sabiduría, entonces, ¿cómo sus temerosos y dispersos discípulos pudieron reunirse y colmarse de sabiduría, valentía y coraje, para anunciar Su resurrección sin temor, y andar junto a Él con alegría y hasta la muerte? Y, ¿cómo han sido capaces de encender al mundo con el fuego de la evangelización, siendo personas sencillas y pobres, faltos de conocimiento y cultura?

Sin la resurrección del Salvador, habría sido imposible interpretar la evangelización de los Apóstoles, la muerte de los mártires, la santidad de los santos, la dedicación al ascetismo de los piadosos, los prodigios de los milagrosos, la fe de los creyentes, el amor a los enemigos y la esperanza de aquellos que están en apuros, enfermedades y angustias, etc.

La evidencia clara de la resurrección de Cristo es que, el Cristo muerto manifestó, después de su muerte, un poder de una magnitud tal que incentivó a los vivos a dejar de lado su patria, sus casas, amigos, parientes y su propia vida para confesar su fe en Él, y preferir el ascetismo, los peligros y la muerte sobre los placeres del mundo. Éstas no son propiedades de un muerto en un sepulcro, más bien de un Resucitado y vivo, según lo expresado por San Juan Crisóstomo.

Los mismos Apóstoles no pudieron comprender la necesidad de la muerte del Salvador para nuestra salvación, hasta que el Salvador mismo, después de su resurrección, iluminó sus mentes: “Les abrió las mentes para que entendieran las Escrituras” (Lucas 24, 45), o sea acerca de lo escrito con relación a su muerte salvífica y a su resurrección. Del mismo modo, siendo iluminado Pablo por el mismo Cristo resucitado, no se cansó en aclarar y comprobar que Cristo había de sufrir y resucitar de entre los muertos. Del mismo modo los Ángeles, siendo iluminados por Dios, ellos también confesaron la necesidad de la muerte del Salvador y su resurrección en su disposición salvífica para con los hombres (Lucas 24, 7). Difícil es entender y confesar esto, para aquél que no ha sido renovado interiormente, porque la gracia de Aquél resucitado de entre los muertos no ha tocado su mente; pues el Crucificado y Resucitado deviene en un escándalo y locura para él y para sus semejantes (I Corintios 1, 23), y la misma resurrección se convierte en una burla (Hechos 17, 32) y un acontecimiento que indigna a los que lo escuchaban (Hechos 4, 2).

Si la lógica no puede comprender una resurrección común, porque es un hecho que sobrepasa la disposición de las cosas perceptibles por ella, ¿Cómo pues, puede comprender la resurrección de Cristo que es fundamentalmente diferente de otras? La llave es la fe.

Pero el modo de contemplar la resurrección de Cristo, con relación a cada fiel, no radica en desear las apariciones, sino la fe en el Cristo resucitado de entre los muertos: “Dichosos los que no han visto y han creído” (Juan 20, 29). Las oraciones de la Iglesia Ortodoxa, durante el periodo de los cuarenta días después de la Pascua afirman esta certidumbre; por ejemplo, en su oración de Las Horas Pascuales, dice: “Habiendo visto la resurrección de Cristo, adoremos al Santo Señor Jesús, el único exento del pecado”. ¿Cómo es posible que el Espíritu Santo inspire a la Iglesia a que diga: “Habiendo visto la resurrección de Cristo” y la Resurrección había ocurrido dos mil años atrás? Esto forma una revelación de una verdad viva de que la resurrección mora en cada uno de nosotros, de los fieles; por lo tanto, Cristo es visto espiritualmente por nosotros, según lo expresado por san Simeón el Nuevo Teólogo (+1022). Por ello en las Katavasías de la Pascua entonamos: “Purifiquemos nuestros sentidos, para ver a Cristo res­plandeciendo como el relámpago con la luz inaccesi­ble de la resurrección…”. La contemplación de la Resurrección es posible con los sentidos espirituales que se cristalizan después de que el hombre se purifique de todo pecado. En agradecimiento entonamos: ¡“Cristo resucitó”!

+Metropolita Siluan

 

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci