La resurrección convirtió a pecadores en predicadores

Domingo 5 de la Pascua – Domingo de la Samaritana (Juan 4, 5-42)

“Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en Él por la palabra de la mujer”

En este domingo, el cuarto después de la Pascua, el evangelio nos sorprende y nos muestra cuan poderosa es la fuerza de la resurrección: convirtió a la mujer samaritana, a su propia familia, a sus correligionarios, y luego a muchos otros en África y Roma. Por el testimonio de esta mujer, se entiende la palabra del Señor: “El que beba del agua que yo le diere no tendrá jamás sed, que el agua que yo le dé se hará en él una fuente que salte hasta la vida eterna”. Por haber bebido de esta agua, la samaritana pudo dar a beber de la misma fuente a otros.

En realidad, la samaritana presenta una conversión muy interesante conducente a imitar: vivir con cinco hombres y luego convivir con un sexto, y al mismo tiempo, hablar con el Señor sobre temas teológicos; confesar su vida pecaminosa con toda simpleza: “No tengo marido”; tener fe en la palabra del Señor que Él es el Mesías: “Soy yo, el que contigo habla”; dejar todo, tanto “su cántaro” como su vida anterior, para tener a Cristo como principio de su vida; asumir plenamente la vergüenza salvífica por su vida anterior y, por medio de ello, convocar a los samaritanos a conocer a Cristo.

El diálogo del Señor con la samaritana tuvo una repercusión tan enorme que no solamente la sensibilizó, sino que logró su conversión y movilización. En efecto, ella se sensibilizó tanto acerca de su propia realidad, como acerca de la vida que se le estaba ofreciendo. Además, se convirtió al conocimiento de la vida verdadera, y adhirió a “los verdaderos adoradores (del Padre) en espíritu y en verdad”, cuya adoración no se logra con sacrificios, sino con el corazón limpio y lleno del Espíritu Santo. Luego, se movilizó motivada para propagar la Buena Nueva entre sus pares.

Así, la samaritana salió del abismo del pecado, y ayudó a otros a salir del mismo. Resucitó y ayudó a la resurrección de los demás. Es una prefiguración de la predicación que los apóstoles iban a vivir después de Pentecostés, y también una muestra irrefutable de la fuerza de la resurrección que convierte a pecadores en predicadores. ¡Tal es la fuerza de la conversión al apostolado de Cristo!

Según la tradición de la Iglesia, la samaritana se llamaba Fotini, un nombre griego que significa Lucía en español. Después de su conversión, evangelizó junto con sus dos hijos y sus cinco hermanas a los habitantes de Samaria, así como lo relata san Juan: “Venid a ver a un hombre… ¿No serás el Mesías?”. Luego, todos se fueron a predicar en el continente africano. Fueron detenidos por los romanos, sin embargo continuaron su predicación entre los mismos prisioneros. Por esta labor, Domnina, la hija del emperador Nerón, se convirtió al cristianismo. Al final, la samaritana fue martirizada por haber predicado y practicado una religión prohibida. Por su actividad misionera extensa y su deseo de predicar el evangelio, Santa Fotini ingresó a la cohorte apostólica y está considerada igual en dignidad a los apóstoles. Su labor apostólica en Samaria facilitó la predicación de los apóstoles a los samaritanos después de Pentecostés, así como les había indicado el Señor en la Ascensión (Hechos 1, 8).

No cabe duda que el Señor se volvió todo para la samaritana: comienzo y finalidad, como así también el camino a seguir. Su ejemplo es provechoso para nosotros. Ella vino a la fuente para satisfacer una necesidad material, cuando el Señor le habló del agua viva del Espíritu Santo. Por haber escuchado al Señor, confesado sus pecados ante Él, aceptado asumir la responsabilidad tanto de la vergüenza de su vida anterior como la gracia de su vida posterior, las palabras del Señor la elevaron del estado del pecado al estado de gracia, pudiendo así acceder a la adoración de Dios. Por la fuerza de la humildad, de la fe y de la voluntad, venció al pecado que añadía en ella. Si su vida inmoral anterior la afectó a ella, y probablemente a sus hijos, a sus hermanas y a su entorno, ahora, las semillas de la resurrección encontraron en ella una tierra fértil, y fueron tan abundantes que desbordaron hasta germinar en otros campos sedientos.

La revolución que ocurrió en la vida de la samaritana no es un fenómeno raro o reservado por unos pocos elegidos. El evangelio menciona que el Señor “tenía que pasar por Samaria” no por una necesidad geográfica, sino que meditaba intencionalmente encontrarse con la samaritana. Así también, el Señor busca encontrar en nosotros una tierra donde pueda sembrar las semillas de la resurrección. Sus palabras a la samaritana - “Ya llega la hora, y es ésta” - reflejan Su preocupación, hoy y aquí, con respecto a la resurrección del mundo, a la resurrección de cada uno de nosotros, a la renovación de toda alma por la gracia del Espíritu, y al amanecer del tiempo de la siembra de la palabra de Dios y de la vida eterna.

¿Acaso tienes sed de beber de esta agua viva y dejarte transformar por el Espíritu en un testigo vivo de la resurrección? Ojala tu propio testimonio nos incentiva siempre vivirlo. ¡“Cristo resucitó”!

+Metropolita Siluan

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci