La cruz en nuestra vida

Domingo 3 de la gran cuaresma – Domingo de la adoración a la Santa Cruz (Marcos 8, 34- 9, 1)

"Niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame"

En la vida de un cristiano, la presencia de Jesús y también la del evangelio requieren de una decisión firme para seguirle y cumplir Sus mandamientos, negarse uno a sí mismo y tomar su cruz. Así como el Santo Altar es el mejor lugar en la Iglesia para guardar el Evangeliario Santo, así también el corazón de un cristiano es el mejor lugar para guardar la enseñanza del evangelio. El corazón de uno deviene, de hecho, en un altar santo dónde los mandamientos de Cristo se guardan. Esta interpretación es consistente con la declaración de Jesús, en cuando habla con relación al tesoro de uno: “…donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón” (Lucas 12, 34).

Negándose uno a sí mismo es la acción que alguno toma para ‘mudarse fuera’ de sí mismo. Este mudar, de uno, fuera de sí mismo, es el requisito previo para que Jesús ‘se mude adentro’. La negación propia produce un cambio de ocupantes en el corazón de uno. Este cambio ocurre cuando alguien toma su cruz, es decir se despoja de su egoísmo y se viste del amor a fin de recibir al Rey de todos. Es una cruz, porque está como atravesar la más difícil de las muertes: mi egoísmo propio tiene que morir a fin que nazca el Otro en mí. El cumplimiento de los mandamientos de Cristo, como son citados en el evangelio, constituyen, en efecto, la cruz que un cristiano decide tomar.

Emprender el esfuerzo para cumplir los mandamientos de Cristo brota del amor de uno a Jesús. Atravesar la más difícil de las muertes se entiende solamente cuando se emprende por amor a Jesús y el cumplimiento de los mandamientos. El amor a Jesús se expresa por el intento de cumplir sus mandamientos. Esta acción atrae a Jesús para morar en el corazón de uno: “El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él” (Juan 14, 21). El Rey de todos viene entonces y reina en el corazón de uno, o en otras palabras, es el Reino de Dios que viene con poder (Ver Marcos 9, 1).

Mas aún, tomar su cruz, nos conduce a compartir la Cruz de Cristo. Según Padre Dimitru Staniloae, un gran teólogo ortodoxo del siglo XXº, ninguno de nosotros se halla en condiciones de homologarse con la situación de Cristo, una situación de pureza total, teniendo una capacidad única de llevar la Cruz, sin pecado personal alguno. Sólo Cristo conoció esta condición; solamente en Él, la Cruz es verdaderamente la fuerza de Dios (Ver I Corintios 1, 18). En nosotros, la pureza está siempre mezclada con la impureza, la inocencia con la culpa, y la cruz, en gran parte, viene a nosotros debido a nuestra falta. Nosotros sufrimos en la lucha para lograr nuestro propio crecimiento en la perfección, mientras Cristo sufrió, exclusivamente, por causa de otros, para su perfección y su salvación.

El tiempo de la gran cuaresma es una convocatoria a nosotros mismos para que, conscientemente, asumamos la responsabilidad para con nosotros y con el mundo. Por nosotros, es un tiempo para la preparación de nuestro santo altar interno para recibir al Rey de todos. También es un tiempo por nosotros, para ser un altar de Su presencia en el mundo para la santificación del mundo.

La gran cuaresma es el tiempo para vivir la paradoja de la fe cristiana, es decir morir para vivir; crucificándose para ser resucitado; aceptar una derrota aparente con la esperanza de la victoria por venir. La Cruz, en la mitad de esta temporada bendita, simplemente es el ‘amanecer’ de la victoria por venir. Solamente al final, podemos decir con el Apóstol Pablo: “Estoy crucificado con Cristo; y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gálatas 2, 19-20). Amén.

+Metropolita Siluan

 

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci