El poder de perdonar y el poder de arrepentirse

Domingo 2 de la gran cuaresma – Domingo de San Gregorio Palamás (Marcos 2, 1-12)

“Hijo, tus pecados te son perdonados”

El paralítico del evangelio era pecador como todos los hombres. Seguramente que se preocupaba para recuperar su salud. Cuatro lo llevaron a Jesús, por tener fe en el poder del Señor de sanarlo. Pero el Señor no les atendió inmediatamente; se preocupaba por otra cosa: quiso que el paralítico tenga lo mejor, o sea la liberación del pecado, porque sólo el alma purificada de los pecados y de las pasiones puede ver a Dios. Por ello, Él dijo al paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados”; diciendo esto ratifica que ésta es la cosa más importante en la vida. Nada es importante si no nos reconcilia Dios con Él y si no sentimos que Él es toda la existencia.

Los escribas, o sea los teólogos de aquel entonces, quienes estuvieron con la gente, pensaron: “¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?”. Consideraron que Jesús blasfemaba, porque ningún profeta o maestro en Israel dijo a alguien: “tus pecados te son perdonados”, ya que sólo Dios puede perdonar los pecados: “Soy yo quien por amor de mí borro tus pecados, y no me acuerdo más de tus rebeldías” (Isaías 43, 25). Aún el mismo Mesías no tiene tal poder; la tradición judía no lo menciona. Los escribas entendieron bien que Jesús no quiso decir “te deseo el perdón de tus pecados”. Él usó la forma pasiva que era la forma habitual de referirse a Dios sin mencionarlo. Quedó, pues, claro que el actor aquí era Dios. El Señor se atribuyó el poder de perdonar que sólo Dios tiene, y aprovechó de esta ocasión para afirmarlo: “Pues para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados”. Al contestar el pensamiento de los escribas, Jesús mostró que Él tiene también el poder de conocer los corazones, algo que sólo Dios puede. Es decir que Él es uno con Dios.

¿Qué nos enseña este milagro? Cada enfermo de nosotros tiene la posibilidad de pedir la salud, pero debe, en una primera instancia, pedir el perdón de sus pecados. Hay una jerarquía en los pedidos. Por ello, el Señor dijo: “Buscad, pues, primero el reino y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura” (Mateo 6, 33). ¿Quién no está convencido de que el pecado no solamente es una gran desgracia, sino que es la única; y de que no hay salvación si no nos acercamos a Jesús para que nos toque con su gracia y nos abrace sobre su pecho? El verdadero bienestar se encuentra en el arrepentimiento. Todos nuestros problemas siguen sofocándonos porque prestamos una atención superficial al arrepentimiento, mientras que otros asuntos nuestros tienen una mayor significación. Aquí radica el error, porque el regreso a Dios no puede compararse con nada. Si nos arrepentimos, vamos a la casa de Jesús, así como este paralítico se fue a su casa. Tendremos una morada en Él como así también Él tendrá una morada en nosotros, a pesar de nuestro cuerpo cansado, de nuestros asuntos cotidianos obstaculizados o de nuestro trabajo inmovilizado. No importa cuales sean las vicisitudes de nuestra vida diaria que tengamos que enfrentar.

Él se levantó seguidamente” y regreso a su casa. Sí, podemos arrepentirnos en forma inmediata; o sea, enseguida, sentimos que Dios es todo para nosotros. A menudo, el arrepentimiento lleva tiempo y nos instruye en el conocimiento de Dios. Por ello, la Iglesia quiso que el arrepentimiento se extienda durante toda la gran cuaresma, ofreciéndonos disfrutarla día tras día, domingo tras domingo, con el objetivo que seamos los queridos de Dios. ¡He aquí la lógica del arrepentimiento! Si tenemos conciencia de que somos amados y que en esto se encuentra nuestra alegría, iremos directamente hacia Dios y nos quedaremos en su seno.

Al poder del Señor de perdonar, respondamos con el poder del arrepentimiento. Que nuestras oraciones se eleven, semana tras semana, para que el Señor no nos encuentre discapacitados como el paralítico. El objetivo es poder caminar hacia Su resurrección siendo sanos, y ser de Su género el día de la Pascua. Que la palabra que sanó al paralítico, sane hoy también a todos los paralíticos de espíritu, a todos los quebrantados por el pecado y paralizados espiritualmente. En nosotros, hay una confusión, porque prestamos atención a la palabra que surge de nuestros intereses y nuestras pasiones. ¿Cuándo vamos a escuchar sólo la palabra de Dios? Ella es la respuesta suficiente a cada inquietud de nuestra alma cuando esté en aflicción, en desorden, en duda, etc.

Por fin, la vida es un aprendizaje para desear y adquirir el perdón del Señor. Lástima tener solamente cuidado de la salud del cuerpo sin cuidar la santidad del alma que se logra animándola a amar lo que ama el Señor y a mantenerse en Su compañía. Si el corazón es rígido o paralizado, pidamos a Jesús de hacerlo clemente y benigno; y si la mente está oscura, solicitémosle iluminarla con Su palabra. Así, por el poder de nuestro arrepentimiento, requiramos al Señor su poder de perdonar, para que nuestro corazón Lo glorifique y confiese: “Jamás hemos visto cosa tal”. Amén.

+Metropolita Siluan

 

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci