Cuaresma de reconciliación y de solidaridad

 “¡Señor de las potestades esté con nosotros! Porque no tenemos, por Auxiliador en las tristezas, otro que a Ti”

 

Mañana empezamos la gran cuaresma, este espacio bendito de revivificación y de santificación de nuestra alma, de nuestras relaciones, de nuestra comunión con el Señor. Preparémonos, pues, para lograrlo desarrollando la asiduidad, el compromiso y la dedicación, sometiéndonos a la labor de ayuno, de oración, de reconciliación y de solidaridad. Ya que al final, en la Pascua, queremos que nuestros corazones canten al unísono: “¡Cristo resucitó! ¡Verdaderamente ha resucitado!

No cabe duda que todos nosotros somos pecadores ante nuestro Señor, en menor o en mayor medida. Nos hallamos en falta, y aún más ahora, ante Su bondad, Su misericordia y Su gracia. Olvidamos Su palabra, no la leemos, tampoco la buscamos o la vivimos. Nuestra ignorancia y también nuestra rebeldía ante la ofrenda de nuestro Señor dada muy generosamente y humildemente hacia todos, sin excepción, no tiene sentido, sino que se refleja la experiencia del hijo pródigo del evangelio, quien tomó conciencia y regresó a la casa paterna. No nos ilusionemos que nos quedaremos para siempre en la tierra, con nuestras riquezas materiales, espirituales, etc., o con nuestros dolores, sufrimientos, etc. ¡No! Esto no es nuestra suerte, tampoco nuestro destino. Pero, sí, nos falta arrepentirnos y postrarnos humildemente ante nuestro Señor.

Por suerte que todos poseen el libre albedrío de decidir qué camino quiere seguir. ¡Qué mejor camino sino que hacer la voluntad de Dios! Más bien, nuestra conciencia nos lo informa, si nos ponemos atentos y en actitud de escucha. La Iglesia hoy les empuje a tener este entusiasmo de permanecer en la fidelidad de su compromiso cristiano, con alegría, de todo el corazón, superándose día tras día por la fe y la gracia de Dios.

Ante todo, la gran cuaresma es un período de reconciliación uno con otro. Recelos, resentimientos, condenaciones, chismes, habladuría dañina, arrogancia, desprecio, etc., son cosas incompatibles con nuestra búsqueda de alegría y de paz, y contradicen con lo que vamos a proclamar el día de Pascua: “¡Hoy es el Día de la Resurrección! ¡Resplandezca­mos con la fiesta! Abracémonos unos a otros y diga­mos, ¡hermanos! En la Resurrección, perdonemos en todo, a los que nos odian” (Oficio de los maitines, Estijéras de la Pascua). Perdonar para que seamos perdonados. Todos tienen del Señor el poder de perdonar, es nuestra fuerza invisible para usar, y no para enterrar. Sino, ¿cómo justificamos que somos cristianos? Quien tiene dificultad de ejercerlo, ¡que pida al Señor Su misericordia incesantemente para ambos!

Además, la gran cuaresma es un período de solidaridad; solidaridad en el espíritu de arrepentimiento, solidaridad en la atención uno para con otro, solidaridad con la Iglesia por la oración, solidaridad con los necesitados por el ayuno.

Este año en particular, queremos expresar nuestra solidaridad con la tierra de nuestro Patriarcado de Antioquía, con el Líbano, Siria e Irak, como así también Palestina, en fin con todo el Medio Oriente, por la situación infernal que vive especialmente hoy: guerras, asesinatos, discordias, tensiones, intenciones malas, acciones dañinas, etc. En una palabra, el mal crece sin control, y se manifiesta cada vez de modo más funesto que antes. Los poderes políticos muestran una impotencia ante la resolución de los problemas. Quizás, para unos, el mal aparezca como adueñándose de la situación y como regente de la vida de la gente. Esto puede ser fatal, si desistimos de nuestra responsabilidad. Por suerte, tenemos la resolución firme de no ser cómplices de esta situación por nuestra inercia o indiferencia.

Nuestra Iglesia les invita a asumir su parte de responsabilidad. Los políticos no pueden escuchar la voz del sufriente, pero Dios, sí. Ofrezcamos, pues, nuestro ayuno y nuestra oración durante la gran cuaresma a fin de que el mal se detenga, y que el bien, la paz y la razón se restablezcan. No es por casualidad que el Señor dijo: “Esta especie (el diablo, y por consiguiente, todo tipo de mal) no puede ser expulsada por ningún medio si no es por la oración y el ayuno” (Marcos 9, 29).

Tengamos fe en Dios y en su misericordia. Ya el Señor nos aseguró: “En verdad os digo que, si tuviereis fe como un grano de mostaza, diríais a este monte, vete de aquí allá, y se iría, y nada os sería imposible” (Mateo 17, 20), y lo confirmó: “Si me pidiereis alguna cosa en mi nombre, yo la haré” (Juan 14, 14). Pidamos al Señor que detenga la pasión dolorosa que viven todos allí, que otorgue paciencia y fe a los sufridos, que ilumine la inteligencia y el corazón de los poderosos, y que despierte las conciencias de los malhechores.

La oración puede cambiar todo para los que tienen fe. El mal no puede prevalecer. Confiamos en la palabra del Señor: “En el mundo habéis de tener tribulación; pero confiad; yo he vencido al mundo” (Juan 16, 33). Toda la voluntad del mal no pudo atar a Cristo en el sepulcro, sino que Él salió victorioso, resucitando de entre los muertos y dándonos el poder de sembrar las semillas del bien, del amor, de la vida y de la verdad, donde prevalecen el mal, el odio, la muerte y la mentira. La experiencia confirma que una oración y un ayuno practicados desde nuestro corazón son indudable e incomparablemente más poderosos que cualquier mal actual o intencional, individual o colectivo, somático o psicológico.

Unámonos, pues, en este esfuerzo, y repitamos esta oración del oficio de las Grandes Completas que recitamos en la gran cuaresma: “¡Señor de las potestades esté con nosotros! Porque no tenemos, por Auxiliador en las tristezas, otro que a Ti. ¡Señor de las potestades esté con nosotros!”.

Que Dios bendiga sus esfuerzos y les recompense por Su misericordia. Amén.

+Metropolita Siluan

 

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci