Agua, ruido y lenguas de fuego en Pentecostés

Domingo de Pentecostés (Juan 7, 37-52; 8,12)

“El que cree en mí… ríos de agua viva correrán de su vientre.

Esto dijo del Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en Él”

 

A través de las lecturas bíblicas en la divina liturgia de Pentecostés, se nos presentan varias expresiones para hablar del Espíritu Santo, de su presencia y de su acción en los fieles. En efecto, en el evangelio se habla de agua viva, mientras que en los Hechos de los Apóstoles se habla de ruido y de lenguas de fuego.

La promesa del Señor de que “El que cree en mí… ríos de agua viva correrán de su vientre. Esto dijo del Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en Él” se realizó en Pentecostés. El Espíritu Santo está personalizado por el agua viva que iba a correr del vientre de quien cree en Cristo. Sin embargo, la imagen que el agua corre del vientre nos deja meditativos, por la relación que el vientre puede tener con los placeres terrenales, y por la experiencia humana de que si comemos demasiado, estaremos cansados, sin ganas para rezar o trabajar. ¿Acaso no hubo “mejor” parte del cuerpo del cual el agua viva podría correr? A pesar de esta aparente contradicción, el Señor apuntaba, por el uso de esta imagen, hacia una nueva realidad donde, precisamente, lo corrupto se hará incorrupto, donde la llegada del Espíritu transformará nuestra corruptibilidad en incorruptibilidad; donde lo que se realizó en la resurrección del Señor se nos está ofrecido a realizar en nuestra propia existencia.

Si el agua corriente, cuando está en un torrente, no se puede frenar, sino limpia y elimina lo que se le resiste, así el Espíritu nos hará perfectos, pero siempre con la diferencia de que, cuando un diluvio cae sobre nosotros, no es por nuestra propia voluntad que el agua viene, mientras que el Espíritu Santo viene sólo si lo deseamos y buscamos hacer la voluntad de Dios y guardar Sus mandamientos. Es bajo esta sola condición que el agua viva fluye y nunca termina, no solamente desde nuestro vientre, sino también de cada parte de nuestro cuerpo.

Cuando el Señor envió a su Espíritu Santo es a fin de guiar hacia la perfección a los que estarían dispuestos a escuchar. Es cierto que no todos estuvieron dispuestos a tal fin. Muchos escucharon a Cristo, como por ejemplo los fariseos, pero pocos creyeron en Él. Por ello, en Pentecostés observamos dos aspectos complementarios, por una parte, “un ruido, proveniente del cielo, como el de un viento que sopla impetuosamente”, y por otra parte, “lenguas de fuego, que se posaron sobre cada uno de ellos”. Resulta que los reunidos se quedaron llenos del Espíritu Santo y “empezaron a hablar… según lo que el Espíritu otorgaba expresarse”.

Si las lenguas se posaron sobre cada discípulo es porque el don del Espíritu Santo es personal. Cada uno lo recibe personalmente. El mismo fuego divino se derramó sobre todos, pero se dividió para mostrar que cada uno recibe el mismo y único Espíritu Santo. Además, el Espíritu no se derramó sobre toda la humanidad “porque el mundo no le ve ni le conoce” (Juan 14, 17), sino solamente sobre los discípulos. Las lenguas se posaron sobre los que Jesús había preparado para recibir al Espíritu Santo, los que estuvieron “todos juntos en un lugar”, perseverando “unánimes en la oración” (Hechos 1, 14).

A la disposición de recibir al Espíritu sucede la predicación, el testimonio. Efectivamente, el Espíritu descendió en forma de lenguas, porque la lengua es la herramienta de la habla. Quien recibe el Espíritu en forma de lengua de fuego se vuelve portador de la palabra de Dios y responsable de anunciarla y difundirla. Por ello, los discípulos empezaron a hablar en varios idiomas, y el mensaje de Jesús, por la gracia del Espíritu, empezó a difundirse en todo el mundo. Así, si la recepción del Espíritu dependía de la voluntad del receptor, sin embargo, después de haberlo recibido, tiene la obligación de predicar, de dar testimonio de Él.

Es cierto que agua y fuego no pueden coexistir, pero sí, de acuerdo a Dios. Agua y fuego indican dos acciones distintas del Espíritu en nosotros: por una parte, el Espíritu nos hace nuevas criaturas, nos limpia, así como el agua; y por otra parte, Él elimina lo sucio en nosotros, arde en nuestros corazones y nos anima para dar testimonio de Cristo. El testimonio, verbal o de conducta, que dieron los apóstoles, y desde entonces todos los santos, es parecido a “un ruido, proveniente del cielo, como el de un viento que sopla impetuosamente”, porque se trataba de una atestación muy fuerte de la presencia del mismo Espíritu por medio ellos. Es por esta razón que la lectura de los Hechos en la liturgia de este domingo está precedida por elProkímenon: “Por toda la tierra resuena su proclama, por los confines del orbe sus palabras” (Salmo 18[19], 5).

En definitiva, quien tiene al Espíritu nunca conocerá la sequía, tampoco el fuego lo quemará. Tanto bajo la forma de agua como en forma de fuego, el Espíritu le dará eternamente la vida y encenderá su corazón con la certeza y la esperanza que, efectivamente, llegará de la “imagen” a la “semejanza” de su Creador (Génesis 1, 26). Indudablemente, se transformará en portavoz del Espíritu y dará su propio testimonio, a pesar de la incredulidad del mundo. Amén.

+Metropolita Siluan

 

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci