El Espíritu Paráclito

Lunes del Espíritu Santo (Mateo 18, 10-20)

“Rey celestial, paráclito, espíritu de verdad…”

 

Al desarrollar los oficios litúrgicos durante el ciclo anual, y con el fin de contemplar el rol que los protagonistas hayan tenido en la realización de la Providencia de Dios hacia nosotros, nuestra Iglesia invita a los fieles a festejarlos el día que sigue a la fiesta principal. En nuestro caso particular, al celebrar el domingo la fiesta de Pentecostés, la Iglesia conmemora el lunes siguiente al Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Santa Trinidad, quien se derramó en forma de lenguas de fuego sobre la Iglesia el día anterior.

Por un lado, el Espíritu Santo es coeterno al Padre desde antes de la creación del mundo, y por otro lado, siempre existente en el marco de la providencia divina hacia la humanidad. Por Su inspiración hablaron los profetas; por Su acción se encarnó el Verbo de Dios en el seno de la Virgen María; por Su venida en forma de lenguas de fuego, estableció en Pentecostés la Iglesia a partir de los apóstoles reunidos en la espera del cumplimiento de la promesa de Cristo; por Su inspiración, los apóstoles y predicadores predican la fe de generación en generación; por Su gracia, los confesores y los mártires de la fe proclaman a Cristo, Dios y Salvador de la humanidad; y en fin, por Él la reunión de la comunidad de los fieles se vuelve un Cuerpo cuya cabeza es Cristo.

Por el Espíritu Santo, se santifica la creación y la humanidad por medio de los sacramentos que se realizan en la Iglesia. Por Él, nacimos en la pila bautismal a la vida eterna y estamos sellados con el santo Miron para estar exclusivamente unidos a Cristo, y no a otro. Es Él quien transforma el pan y el vino en cuerpo y sangre de Cristo; quien entroniza a cada uno en su dignidad, tanto al obispo (por su ordenación), como al laico (por el santo Miron), ya que ninguna función en la Iglesia es accesible al hombre por su propia voluntad. Asimismo, Él lleva a cabo a través del clero toda obra santificadora como la santificación de las aguas en Epifanía, la bendición de una nueva casa, o la consagración de una iglesia nueva. De esta forma vivimos un Pentecostés permanente.

El Espíritu Santo reúne a la Iglesia en la comunión de la palabra de Dios y de los Preciosos Dones de Cristo. Es Él quien atiende la oración de la Iglesia reunida por la presidencia del obispo o del sacerdote, según la promesa de Cristo. Por ello, la Iglesia inicia todo oficio litúrgico invocando Su presencia: “Oh Rey celestial, Paráclito, Espíritu de verdad, que estás en todas partes y todo lo llenas, tesoro de todo lo bueno y dador de la vida, ven y mora en nosotros; purifícanos de toda mancha y salva, oh Bueno, nuestras almas”. Este Espíritu nos hace parte de la familia del Padre, y podemos llamar a Dios: “Abba” (Rom 8:15), o sea Padre mío. No podemos rezar sin la iluminación del Espíritu Santo. Su rol en el Nuevo Testamento es único en comparación con el Antiguo Testamento, porque Él no está solamente con nosotros sino más bien en nosotros, según la palabra de Jesús: Él “permanece con vosotros y está en vosotros” (Jn 14:17). Él no nos abandonará si somos fieles a Jesús, ya que mora en el corazón de cada bautizado y crismado con el Santo Miron, transformándolo en preciosísimo templo Suyo.

Después de la ascensión de Cristo al cielo, el Espíritu Santo nos pastorea. Si la verdad se manifestó entera por Cristo y en Él cuando estuvo en la carne, el Espíritu, pues, nos enseña toda cosa y nos recuerda todo lo que el Señor había dicho, sin revelarnos nuevas verdades: introduce las palabras del evangelio en nuestros corazones, nos inspira a guardarlas y obedecerlas, de modo que nos volvamos testigos vivos de Cristo. El Espíritu no agrega algo nuevo a la enseñanza de Cristo, pero incita a comprender y vivir lo que Cristo reveló. Desde esta perspectiva, los escritos de los Santos Padres tienen el mismo sentir que Cristo (Cf. Fil 2:5) y los enunciados de los Concilios Ecuménicos fueron inspirados por el Espíritu: “Porque ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros…” (Hech 15:28). Este mismo Espíritu inspiró también a los compositores de los oficios litúrgicos, himnos y oraciones.

A nivel de su desarrollo histórico, el Espíritu envía a la Iglesia a quienes renuevan su vida, de generación en generación, cuando el amor se enfríe en ella y la ignorancia se extiende. Sopla el viento de la renovación, la conduce con gente que Él elije, así como lo expresa el libro de la Apocalipsis: “El que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias” (2:5). Por Él, aparece toda inclinación hacia el bien, todo arrepentimiento sincero, todo intento de la comunidad para renovar su vida, toda revuelta en la Iglesia contra la pereza y la flaqueza.

A nivel de la vida personal, el Espíritu aviva el entusiasmo espiritual, motiva la entrega total a Cristo, genera la pureza, e inspira el coraje para confesar la verdad y dar testimonio de fe con la palabra o con la sangre. Por ello, es necesario reactivar la gracia recibida en el bautismo, sino el árbol queda seco, porque el bautismo no cambia al ser humano de manera automática. “Quien no se bautizó por sus lágrimas (arrepentimiento), habrá sido lavado por las aguas únicamente”, como lo afirma san Simeón el Nuevo Teólogo (+1022).

Bienaventurado es quien acepta la acción del Espíritu en sí mismo y se hace dócil en Su mano; éste será una nueva creación; en cambio, recriminado es aquel que Lo aminora en sí mismo y los demás. “El Espíritu Santo es luz, vida, y fuente racional viva; espíritu de sabiduría, bondadoso, recto, racional, señorial y purificador de las faltas; Dios y deificante, fuego sobresaliente de fuego, elocuente, activo y distribuidor de los dones” (Maitines de Pentecostés). Amén.

+Metropolita Siluan

 

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci