Conclusión IVº E.N.A.C.O

22 Abril 2012

Estimados y queridos en nuestro Señor

Los catequistas de nuestras parroquias en Argentina

¡Cristo resucitó! ¡Verdaderamente ha resucitado!

En esta temporada pascual, los saludos a todos, deseándoles que la luz de la resurrección ilumine sus corazones, que Su palabra los renueva, y que su propio compromiso para con la siembra de la Palabra de Dios se asemeja aún más con el entusiasmo que los apóstoles han tenido.

Quiero compartir con ustedes una reflexión sobre el trabajo catequístico a través de la experiencia del E.N.A.C.O., y su propio testimonio y protagonismo en esa labor. Dios quiera que la Iglesia pueda brindarle todo lo necesario para su formación y su vida.

¡Que el Señor bendiga sus esfuerzos y los multiplique para Su gloria!


+ Metropolita Siluan
Arzobispo de Buenos Aires y toda Argentina

 

La conversión de Cornelio y los de su casa

Todos nosotros estamos aquí presentes delante de Dios,
para oír todo lo que el Señor te ha mandado
” (Hechos 10:33)

 

Cada encuentro arquidiocesano tiene su belleza y vivencia, compartiendo entre ellos un denominador común que es la excelente disposición de los participantes para reunirse y trabajar juntos. Con esa disposición se reencontraron todos los catequistas de nuestra Iglesia en el marco del IVº E.N.A.C.O. realizado del 31 de marzo al 2 de abril en Santiago del Estero.

El lema del encuentro se basaba en la solicitud de Cornelio a Pedro, al recibirlo en su casa en Cesárea: “Todos nosotros estamos aquí presentes delante de Dios, para oír todo lo que el Señor te ha mandado” (Hechos 10:33). En estas palabras está resumida la actitud propia a los catequistas y los catequizados.  En efecto, los catequistas son “mandados” por la Iglesia para anunciar Su palabra, ofrecerla con fe y la entera conciencia que es una palabra de salvación que proviene de Dios; mientras los catequizados han de estar atentos a “escuchar” y recibir dicha palabra con la conciencia que es una palabra de salvación para su propia vida. De esa forma, la catequesis se vuelve un espacio sagrado de comunión en el Señor. Catequista y catequizado están en comunión en la palabra de Dios, anunciada y recibida a la vez, siempre en Su presencia, “delante de Dios”.

Particularmente, ese encuentro fue un punto de inflexión en el trabajo a nivel arquidiocesano para con la catequesis. Ya podemos distinguir dos testimonios y aportes distintos pero complementarios entre los catequistas, ya sean jóvenes o mujeres. En efecto, gracias a la catequesis parroquial, muchos padres de los catequizados se han acercado más a la parroquia, han descubierto nuestra vida litúrgica y han experimentado una linda recepción en la comunidad. De ahí nació en el corazón de ciertas madres la vocación de colaborar en la catequesis. Además, la juventud encontró en la catequesis un espacio dentro de la Iglesia que les gusta, y tomaron progresivamente conciencia de la necesidad de formarse para formar “en Cristo”.

En ese ministerio de la palabra de Dios, se complementan los catequistas jóvenes y mujeres. Es remarcable constatar que entre ellos ha crecido un espíritu fraterno, el respeto mutuo, la apreciación de los dones y talentos, la creatividad, la humildad y las ganas de aprender uno de otro. Ambas edades tienen mucho para brindar en la catequesis, tanto a los catequizados como a sus padres, demostrando cariño, brindando contención, preocupándose por ellos y trabajando para acercarlos más todavía a la fuente de la Vida. Contenidos por la Iglesia, se vuelven ellos mismos los que contienen a otros. En ese clima, la catequesis, en algunas parroquias, fue una verdadera “pesca” de los padres de los catequizados.

¡Cuán preciosa es esa vivencia y eso crecimiento en la Iglesia! La experiencia demuestra que la catequesis, especialmente para los catequistas jóvenes que la toman en serio y buscan formarse, es un gran aprendizaje en la vida en general, y en la fe y el amor a la Iglesia, en especial. Para ellos, es una experiencia que apreciarán cuando empiecen a elegir su pareja, formar su familia y criar a sus hijos. En cuanto a las mujeres, encuentran en la vida en la Iglesia una fuente de vida verdadera y un espacio de servicio a una altura de su vida llena de experiencias.

Además, esos encuentros del E.N.A.C.O., desde 2008 hasta la actualidad, permitieron responder progresivamente a las distintas necesidades de la catequesis a nivel de la formación, del intercambio de material, de la comunicación entre los catequistas, de la orientación y organización de la misma. En especial, el trabajo de los dos últimos años permitió dar a la formación un contenido que refleja la vivencia, la espiritualidad, la enseñanza y la tradición de nuestra Iglesia, tratando de poner a disposición de los catequistas las herramientas necesarias par descubrir y trabajar los elementos y los modos para anunciar la Buena Nueva. En ese porvenir, redescubrieron su propia identidad de catequistas, profundizaron su fe, con el anhelo de un modo de vida consecuente con ella. En ese proceso de renovación personal, ya las miradas entre sí, la alegría en la misión confiada a ellos, la capacidad de mejora y de aprendizaje, aparecen en las caras y los corazones de cada uno, siempre acompañadas con una actitud colectiva donde descubrir, escuchar, aprender, ejercitarse, trabajar en equipo, respetar al otro, acompañar al recién incorporado prevalecen entre todos.

La catequesis ha crecido en nuestra Iglesia, y cada vez se tinta de una madurez y de un aporte reconfortante y esperanzador. Comparando nuestra situación con la que prevalece en otra iglesia, basándonos en experiencias personales y las del clero, llegamos a la conclusión de dar gracias a Dios por lo que somos y lo que tenemos, pese a la carencia en la metodología, el material, la formación, el diagnóstico eficiente de nuestra situación. Porque, a cambio, beneficiamos de aspectos muy positivos, como son las relaciones fraternas entre catequistas, la excelente colaboración para con el párroco y la parroquia, el grado de responsabilidad, la creatividad y las ganas de aprender. En cuanto a las carencias, estas se pueden suplir progresivamente.

Todos somos concientes de los desafíos actuales, a nivel de la familia, la pastoral, la moral y la vida social. Servir, acompañar, vivir y difundir su fe es un testimonio precioso e inigualable. Ojala los padres de los catequizados, y los fieles en general, puedan renovar su mirada hacia la Iglesia: en vez de verla como una institución, verla como comunidad y vida divina; en vez de considerar la catequesis como una obligación, descubrir en ella una oportunidad de crecimiento para ellos y para sus hijos en la vida divina y la fe; en vez de descuidar la vida sacramental, solicitar conocerla y vivir su esencia. Con tal mirada renovada y vivencia, la vida personal e institucional en nuestra Iglesia tendrá otro alcance y contenido.

Con ciencia, consciencia y conocimiento, la familia del E.N.A.C.O. - los catequistas - crece y madura. Son frutos provienen de su sinergia con la gracia de Dios, y su voluntad y esfuerzo que la palabra de Dios eche primero raíces en sus corazones antes de pensar sembrarla en los corazones de los demás. En eso, verídica es la constatación del Señor: “Nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque entonces los odres se revientan, el vino se derrama y los odres se pierden; sino que se echa vino nuevo en odres nuevos, y ambos se conservan” (Mateo 9:17). Todos somos concientes de ello, y nos alegramos al preparar nuevos odres para recibir vino nuevo en ella. Amén.

 

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