El testimonio y el testamento de San Jorge

“Os envío como ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas” (Mateo 10, 16)

Es cierto que la fama de San Jorge es tan grande que abarca no solamente a todo el mundo cristiano en oriente y occidente, sino también al mundo musulmán en Medio Oriente Próximo donde San Jorge tiene su sepultura.  Su nombre es tan querido y su fe es tan contagiosa que sus iglesias y monasterios se volvieron refugios seguros para cada suplicante. Su mérito no se limita a una u otra virtud, sino que toda su personalidad incentiva, en realidad, a ir al encuentro tanto del verdadero hombre como del verdadero Dios.

San Jorge es un testigo y un guardián de la fe cristiana. Mostró, desde su adolescencia, el carácter de un hombre que fue valeroso y conciente en su profesión, compasivo con los pobres dándoles sus pertenencias y clemente con sus esclavos liberándolos antes de presentarse ante el emperador. No tuvo vergüenza de vivir su fe y confesarla públicamente. Su vida demuestra su espíritu de entrega, de sacrificio y de servicio. No prestaba atención a los elogios ni a las seducciones, tampoco temía a las torturas o a la muerte. Sabía alabar y rezar durante todas las etapas de su pasión, poniendo su esperanza en Dios. Su amor a Dios y al prójimo era notable, y se expresaba especialmente durante sus últimos días. Le importaba que, a través de su pasión y de los milagros sucedidos, la gente conociera al Señor y que aprendiera las verdades de la fe, lo que él se encargó de hacer con los que concurrían a él mientras estuvo encarcelado.

Por tal disposición, la gracia de Dios se complacía vivir en él, emanaba de él y se manifestaba en sus palabras y en los milagros que sucedieron. Su fe viva, probada e inquebrantable abrió a la gente incrédula una nueva perspectiva de vida, y conmovió los corazones del público, de toda clase y origen, a tal grado que se convirtieron a la fe en Jesucristo y se ofrecieron ellos mismos para estar bautizados por su propia sangre. Entre ellos, cabe mencionar gente poderosa, maligna, instruida, y simple.

Es muy característico cómo San Jorge, mientras estuvo en medio de los lobos, fue prudente así como una serpiente, reflejando esta palabra del Señor: “Os envío como ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas” (Mt 10:16). La prudencia de la serpiente se observa cuando ella está en peligro de morir, porque lo primero que hace es envolver su cabeza con su cola para protegerse; no importa si le cortan la cola, ya que puede crecer de nuevo, mientras que si le cortan la cabeza, moriría ciertamente. La metáfora consiste, pues, en que la cabeza de la serpiente representa a la fe cristiana, e imitar la actitud sabia de la serpiente ante los peligros significa proteger sobre todo su fe y no su vida cuando su propia existencia está amenazada, para no caer en la negación como Pedro, en la traición como Judas, en la incredulidad o en el miedo como los demás apóstoles a la vigilia de la Pasión del Señor. Por ello, cuando San Jorge supo la intención del emperador de perseguir a los cristianos, se preparó para salvar no su vida, sino la de los cristianos, presentándose ante el tirano, denunciando la locura del emperador de derramar sangre inocente y dispuesto simultáneamente a morir por ello.

Es notable, por otra parte, cómo la conciencia cristiana milenaria guarda un incidente particular de la vida de este santo, la matanza del dragón, cuyo ícono es más que popular. En la actualidad, el milagro se interpretó más allá de su contexto histórico, porque se relacionó con la lucha de los cristianos contra el mal en todas sus formas, y se vinculó con el deseo y la esperanza de poder superar las dificultades y los desafíos que enfrentan. El mensaje que dejó este milagro se asemejó con la misma victoria del Señor sobre la muerte, el mal y el diablo, anunciando la victoria del amor, de la fe y del bien, y por supuesto, la restauración del hombre a su dignidad verdadera.

Si la hazaña de la vida de San Jorge nos deslumbra, sin embargo, el momento de su muerte corona todo. Ahí, él mostró un corazón de diamante y qué cercano y acreditado está ante Dios. Su desapego ante su destino próximo dio lugar a un interés desinteresado hacia los sufrientes y los necesitados. Buscaba la forma cómo poder continuar ejerciendo su ministerio a favor de la fe cristiana. Por ello, antes de ser decapitado, pidió al Señor que acepte su oración a favor de los que piden y pedirán su intercesión. La historia de la Iglesia y la conciencia milenaria de los fieles confirman la actualización de esta valiosa oración y todo el beneficio que la Iglesia y también la humanidad tuvo a través de los siglos.

El testimonio de San Jorge muestra en qué consiste el verdadero consuelo y la verdadera fortaleza ante las dificultades de la vida que inevitablemente no faltan a nadie. Mantener la fe es seguramente el testamento que él nos dejó. Esto significa mantener inalterable la actitud de confianza en Dios. A pesar de que Dios es el Creador de todo, sin embargo, el mayor aporte del cristianismo consiste en revelar a Dios como Padre. La vida de San Jorge confirma, sin duda, su certeza en esta realidad. Y si la gente siente un fervor particular por nuestro Santo y pide su intercesión, esto es porque sabe que él es un servidor fiel del Señor y amigo muy querido Suyo. He aquí la razón de la concurrencia de la gente y el poder magnético que él sigue ejerciendo sobre sus corazones.

El testimonio de San Jorge sigue vivo hoy en nuestras almas. Por ser joven, San Jorge llama a la juventud para seguir la senda de la verdad, del amor, del sacrificio, de la entrega, de la honestidad, del compromiso, y de todo bien en general. En él, la juventud puede apreciar el sentido de la vida que la sociedad actual no muestra. A los más maduros espiritualmente, San Jorge les llama a tener paciencia, piedad, buena voluntad, a confesar la verdad, a enseñar la fe, a enfrentar los problemas con un espíritu positivo y a mantener la alegría que la fe inspira. Y por fin, le agradecemos por su intercesión para todos, exclamándonos: ¡“Cristo resucitó”!

 

+ Metropolita Siluan

 

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci