Domingo de la Gloriosa Pascua de Resurrección

15 Abril 2012

Los acusadores de Dios y el Testigo del Padre

“Nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación se pierda” (Jn 11:50)

Es cierto que no faltaban razones para decidir la muerte de Jesucristo. Su accionar y Su testimonio a favor de Su Padre molestaban. En esta perspectiva, es notable lo dicho por Caifás: “Vosotros no sabéis nada; ni pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación se pierda” (Jn 11:49-50); lo que san Juan comentó directamente: “Mas esto no lo dijo de sí mismo; sino que, como era el sumo sacerdote de aquel año, profetizó que Jesús había de morir por la nación; y no solamente por aquella nación, más también para que reuniera en uno los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn 11:50-52).

Si son muchos los que asumen una responsabilidad directa en la muerte del Señor, sin embargo, esta muerte los trasciende, tanto a nivel temporal como a nivel geográfico, pues en dicha decisión no se implicaba solamente a los protagonistas directos, sino también a otros, o mejor dicho a todos, desde Adán. Pues, en la muerte de Jesucristo, se reflejaba la responsabilidad de cada uno de nosotros: todos nos hemos alejado de Dios y hemos desobedecido a Su voluntad. No hemos sabido asumir la responsabilidad de nuestros actos, tampoco el manejo de nuestra libertad. Es así que se expresó Adán después de la caída: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí” (Gn 3:12). ¡Echó primero la culpa a Dios mismo! Y nosotros, en pos de este ancestro nuestro, repetimos la misma actitud, justificándonos y echando la culpa al Creador.

Frente a este círculo vicioso, y más, por la muerte tanto corporal como espiritual que reinaba en el mundo, el Padre envió a su propio Hijo, al Verbo de Dios, quien se encarnó de la Virgen María, a fin de asumir, como hombre, como nosotros, la responsabilidad que la humanidad negaba tomar. Si bien ella se encontraba esperando al Salvador que la liberara de toda muerte, sin embargo, hemos visto cómo este Salvador fue recibido. Lamentablemente, hemos fallado de tal modo, que este Salvador debió aceptar incondicionalmente que, al usar nuestro libre albedrío, lo rechazáramos, y que llegáramos a juzgarlo y condenarlo, los  mismos que Lo esperaban como Salvador.

En realidad, la humanidad reprochaba a Dios la propia imperfección de su criatura, la existencia del mal, de la muerte, de la enfermedad, de las catástrofes, etc., en fin de todo lo que ponía énfasis en su mortalidad, su finitud, su impotencia, etc. Es por ello que cuestionaba la propia sabiduría de Dios, Su justicia, Su omnipotencia, Su omnisciencia y Su amor, sin saber que el crecimiento del ser humano, según la Providencia Divina, no puede llevarse a cabo sin el libre uso de su voluntad, y no expropiándola y sincronizándola mecánicamente en vista de su perfección.

Así se encontró Jesucristo frente a una corte muy particular, en donde Su Padre era el acusado, acusado por su propia criatura. Es allí que tenía que presentar Su apología, frente al juzgado constituido por parte de la humanidad. Fue llevado de una corte a otra; en ambas fue condenado a morir, pero de una muerte particular, la más brutal y atroz: crucificado.

¡No nos equivoquemos! El Señor sabía de antemano de nuestro servilismo al pecado; no se huyó del destino trágico que lo esperaba. Es Él quien se fue delante de los eventos y los complots, por su propia voluntad, prediciendo a sus propios discípulos, la sentencia que iba a dictarse. Había previsto todo lo que iba a suceder: el tiempo de la entrega, la detención, la traición, la negación, el martirio, las acciones tanto de los amigos como de los enemigos, de parte de todos, mientras que los mismos protagonistas buscaban la forma y la hora para detenerlo.

Es con toda la plena conciencia que bebió en Getsemaní el cáliz de nuestra ingratitud, de nuestra insensatez, y de nuestra ignorancia e indiferencia ante Su persona y su Providencia. Es por ello que la única apología que Él presentó era someterse a nuestra sentencia y subir Él mismo voluntariamente sobre la cruz, dejando manifestar Su amor y mostrar en qué consiste la sabiduría de Su Padre, Su omnipotencia, Su omnisciencia y Su justicia. En realidad, la omnipotencia de Dios es un poder de amor, que otorga la vida, y no la destruye o la oprime. Su omnisciencia es también una ciencia de amor: Si bien Dios conoce todo, pero no es aquel conocimiento agresivo que penetra nuestro ser a fin de violar su intimidad y desnudarla, o exponer sus secretos, como muchos imaginan ser el “Ojo de Dios”. Todo lo contrario, este es un ojo que cuida y vela: “Pues aun vuestros cabellos están todos contados” (Mt 10:30). Si Él se preocupa de nuestros cabellos es a fin de preservarlos; y más bien, quiere despertar en nosotros las energías de vida ocultas y ponerlas a nuestra disposición. Es el ojo que trasciende nuestros pecados y nuestras culpas, a fin de restaurar nuestras facultades asumiendo nuestro crecimiento y llevándonos a la perfección. Es una expresión de Su justicia, justicia de amor, que trasciende la pequeñez de nuestro razonamiento, en la generosidad que le caracteriza a Dios.

De repente, toda la escena cambia de perspectiva en la pasión de Cristo: la víctima se torna en juez, y los jueces a su vez son juzgados por su propia sentencia. Es lo que declaró Jesús en el interrogatorio judío: Él iba a venir, pero en gloria, en la figura justamente del juez. Frente a la corte romana, aparece la majestuosidad de un Rey y de un Reino cuya Constitución es la Verdad y la Vida verdadera. Desde ahora, este juez se entroniza sobre su trono de gloria, la cruz, y desde aquella altura deja saber su dictamen imparcial: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23:34).

Y, ¿qué más? ¿Acaso hubo alguna sensibilidad frente al testimonio de este particular testigo del Padre celestial? Sí, uno, que se encontraba con Él en la cruz, aceptó a este rey y a su reino: “Acuérdate de mí, cuando vengas en Tu reino” (Lc 23:42); y un otro, un centurión romano, que debajo de la cruz, confesó: “Verdaderamente este hombre era justo” (Lc 23:47). Y desde entonces, se multiplicaron tales testimonios; y a aquellos testigos se los llamaba cristianos. He aquí el punto de inflexión de la Historia de la humanidad; he aquí la Providencia de Dios cumplida en toda su magnificencia.

Sí, la recuperación de la humanidad es posible. Sí, se puede enviar a los discípulos. En los seres humanos, la llama está todavía encendida; ahora hay que alentarla por la fe en Jesucristo, crucificado y resucitado. “Pues, he aquí, por la Cruz vino la alegría al mundo. Bendiga­mos siempre al Señor y cantemos Su Resurrección; porque soportando la crucifixión por nosotros, ha des­truido la Muerte por la muerte” (Oficio de matutinos de la Resurrección). Amén.

+ Monseñor Siluan

 

Tropario de Pascua (Tono 5) 

Cristo resucitó de entre los muertos, pisoteando la Muerte con Su muerte y otorgando la vida a los que yacían en los sepulcros.

 

Kondakio de Pascua (Tono 8)

Aunque descendiste al sepulcro, Tú que eres Inmortal, borraste el poder del infierno y te levantaste Victorioso, ¡Cristo Dios! Y a las mujeres portadoras del bálsamo dijiste: ¡Regocijaos! Y a Tus discípulos otorgaste la paz, Tú que otorgas la resurrección a los caídos.

 

Hechos de los Apóstoles (1:1-8)

El primer libro lo escribí, Teófilo, sobre todo lo que Jesús hizo y enseñó  desde un principio hasta el día en que, después de haber dado instrucciones por  medio del Espíritu Santo a los apóstoles que había elegido, fue llevado al cielo. A estos mismos, después de su pasión, se les presentó dándoles muchas  pruebas de que vivía, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles  acerca de lo referente al Reino de Dios. Mientras estaba comiendo con ellos, les  mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del  Padre, "que oísteis de mí: Que Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis  bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días". Los que estaban reunidos  le preguntaron: "Señor, ¿es en este momento cuando vas a restablecer el Reino  de Israel?" El les contestó: "A vosotros no os toca conocer el tiempo y el  momento que ha fijado el Padre con su autoridad, sino que recibiréis la fuerza  del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén,  en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra."

 

Santo Evangelio según San Juan (1:1-17)

En el principio existía el Verbo y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Por Él fueron hechas todas las cosas, y sin Él no se ha hecho cosa alguna de cuantas han sido hechas. En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz resplandece en medio de las tinieblas, y las tinieblas no pudieron retenerla. Hubo un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan. Éste vino como testigo para dar testimonio de la luz, a fin de que por medio de él todos creyeran. No era él la luz, sino quien daría testimonio de la luz. El Verbo era la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene al mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue por Él hecho, pero el mundo no lo conoció. Vino a su propia casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a todos los que lo recibieron, que son los que creen en su Nombre, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios. Los cuales no nacieron de sangre, ni de deseo de carne, ni de voluntad de hombre, sino que de Dios nacieron. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros; y nosotros hemos visto su gloria, gloria que tiene del Padre como el Unigénito, lleno de gracia y de verdad. De Él da testimonio Juan, y clama diciendo: “He aquí Aquél de quien yo les decía: el que viene detrás de mí, se ha puesto delante de mí, por cuanto era antes que yo”. Así pues de la plenitud de Él hemos participado todos nosotros y recibido gracia sobre gracia. Porque la Ley fue dada por Moisés; mas la Gracia y la Verdad fueron traídas por Jesucristo.

 

¿Qué conmemoramos hoy?

La gloriosa Pascua de Resurrección del Señor

“Disfruten todos ustedes la fiesta de la fe, reciban todas las riquezas de la bondad amorosa” (Sermón de San Juan Crisóstomo que leemos en la fiesta de la Pascua).

La resurrección de entre los muertos de Jesucristo es el centro de nuestra fe cristiana. San Pablo dice que si Cristo no hubiese resucitado, nuestra predicación y nuestra fe serían en vano (I Cor 15:14). De hecho, sin la resurrección no habría predicación cristiana sobre la fe. Los discípulos de Cristo hubieran  seguido siendo el grupo temeroso y sin esperanzas que describe el Evangelio de Juan cuando habla de ellos como de gente escondida dentro de una casa por miedo a los Judíos. Ellos no fueron a ningún lugar y no predicaron nada hasta que vieron al Cristo resucitado, estando las puertas cerradas (Jn 20: 19). Luego comieron y bebieron con él. La resurrección se convirtió en la base de todo lo que dijeron e hicieron (Hec 2-4): “…porque un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo” (Lc 24:39).

La resurrección revela a Jesús de Nazaret no sólo como el Mesías esperado de Israel, sino como el Rey y Señor de la nueva Jerusalén: un cielo nuevo y una tierra nueva.

“Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva… la ciudad santa, la nueva Jerusalén. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí la morada de Dios con los hombres. Él morará con ellos, y ellos serán su pueblo… Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá más muerte, ni llanto, ni gritos, ni fatigas, porque las primeras cosas pasaron” (Ap 21:1-4).

En su muerte y resurrección, Cristo vence al último enemigo, la muerte, y por lo tanto cumple con el mandato de su Padre de sujetar todas las cosas bajo sus pies (I Cor 15:24-26).

“Digno es el Cordero que fue inmolado, de recibir el poder, la gloria, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza” (Ap 5: 12).

 

La fiesta de las fiestas

La fe cristiana se celebra en la liturgia de la Iglesia. La verdadera celebración implica siempre una participación viva. No es simplemente presenciar los oficios. Es la comunión en el poder del acontecimiento que se celebra. Es un regalo de Dios la alegría que se entrega a hombres espirituales como recompensa por su abnegación. Es la recompensa por el esfuerzo físico y espiritual que tuvo la preparación a la fiesta. La resurrección de Cristo, siendo el centro de la fe cristiana, es la base de la vida litúrgica de la Iglesia y el verdadero modelo de todas las celebraciones. “Este es el día elegido y santo, el primero de los sábados, rey y señor de todos los días, la Fiesta de las fiestas, el día sagrado de los días santos. En este día bendecimos por siempre a Cristo” (Irmos 8 del Canon Pascual).

 

La preparación

Once semanas de preparación tiene la “Fiesta de las fiestas”. En verdad, un largo viaje que incluye cuatro domingos previos a la cuaresma, seis semanas de Cuaresma y toda la Semana Santa, hasta que finalmente llega. El viaje se mueve desde el exilio del hijo pródigo soberbio a la entrada llena de gracia y de alegría en la nueva Jerusalén, que baja como una esposa ataviada para su esposo (Ap 21:2). El arrepentimiento, el perdón, la reconciliación, la oración, el ayuno, la limosna, y el estudio son los medios por los cuales se realiza este largo viaje.

La veneración de la Cruz en el punto medio de este viaje. Cuaresma revela que la alegría de la resurrección se logra sólo a través de la Cruz. “Por la cruz vino la alegría a todo el mundo”, cantamos en un himno pascual. Y en el Tropario pascual, que repetimos una y otra vez decimos que Cristo ha pisoteado la muerte. San Pablo escribe que el nombre de Jesús es exaltado sobre todo nombre, porque Él primero se despojó, tomando forma de un siervo humilde y obediente hasta la muerte en la cruz (Fil 2:5-11). El camino hacia la celebración de la resurrección es la crucifixión y la negación que experimentamos durante la Cuaresma. Pascua es el paso de la muerte a la vida.

“Ayer fuimos enterrados junto a ti, Oh Cristo. Hoy nos levantamos contigo en Tu resurrección. Ayer fuimos crucificados contigo: Glorifícanos contigo, Oh Salvador, en Tu reino” (Oda 3 del Canon Pascual).

 

La procesión

Los oficios divinos de la noche de Pascua comienzan cerca de la medianoche del Sábado Santo. En la Novena Oda del Canon Nocturno, el sacerdote, revestido en su brillante ornamento, se para ante los fieles en la oscuridad y prende una vela diciendo: “Vengan, tomen la Luz de la luz eterna”. Luego, uno por uno de los fieles, encienden sus velas de la vela ofrecida por el sacerdote y forman una gran procesión que sale de la iglesia. El Coro, los servidores, el sacerdote y el pueblo, encabezados por quienes llevan la cruz, los iconos y el libro del Evangelio, salen de la iglesia. Las campanas suenan sin cesar y el himno angélico de la resurrección se canta.

La procesión se detiene ante las puertas principales de la iglesia. Ante las puertas cerradas, los sacerdotes y el pueblo cantan el Tropario de la Pascua, “¡Cristo resucitó de entre los muertos…!”. Así ingresamos a la Iglesia nuevamente no ya en oscuridad sino ahora toda reluciente y llena de luces.

 

Los matutinos

Los matutinos se inician inmediatamente. El Cristo resucitado es glorificado en el canto del hermoso canon compuesto por San Juan Damasceno. El saludo pascual se intercambia varias veces. Cerca del final de los Matutinos los versos pascuales se cantan otra vez. Los himnos concluyen con las palabras que nos llaman a actualizar entre nosotros el perdón dado libremente por Dios:

“¡Este es el día de la resurrección! ¡Resplandezcamos con la fiesta! Abracémonos unos a otros! Llamemos “hermanos” incluso a aquellos que nos odian y perdonemos a todos por la resurrección”.

El sermón de san Juan Crisóstomo es leído por el celebrante. Este sermón fue compuesto originalmente como una instrucción bautismal. Se mantiene en la Iglesia durante la Pascua, porque todo lo relacionado con la noche de la Pascua recuerda el Sacramento del Bautismo: el lenguaje y la terminología general de los textos litúrgicos, los cantos específicos, el color incluso, el uso de las velas y la gran procesión en sí. Ahora el sermón nos invita a una reafirmación sincera de nuestro bautismo: a la unión con Cristo en la recepción de la Sagrada Comunión.

 

La Divina Liturgia

Iniciamos la Divina Liturgia. La mesa del altar está llena del alimento divino: el Cuerpo y la Sangre de Cristo resucitado y glorificado. Nadie se puede ir con hambre. Los libros de los oficios son muy específicos al decir que sólo aquel que participa del Cuerpo y la Sangre de Cristo participa de la Pascua verdadera. Los alimentos de los que se han abstenido los fieles durante el camino de la Cuaresma se bendicen y se comen sólo después de la Divina Liturgia. Así, inauguramos el tiempo de la Pascua que en definitiva es la inauguración de una nueva era. Se nos revela aquí y ahora el misterio del “octavo día”. Inauguramos el nuevo día sin fin del Reino de Dios.

 

Mensaje pascual de S.B. el Patriarca Ignacio IV

¡Cristo resucitó! ¡Verdaderamente resucitó!

“Cristo Resucitó y la Vida se estableció”

La Fiesta de la Resurrección es la Fiesta de la esperanza, porque aspiramos a ver un rostro que trasciende el rostro deslucido de la muerte. Contemplamos el divino rostro resplandeciente del autor de la Ley, en quien la Misericordia está por sobre toda ley y ordenanza. En esta circunstancia, en la que nuestros corazones se colman de aspiraciones y se aferran a la esperanza, contemplamos la vida eterna que se manifestó como realidad concreta en la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo en quien resucitaremos.

En la Fiesta de la Resurrección, grandes son nuestras esperanzas. Rogamos a Dios que las conserve en ustedes y las extienda en todas las naciones, y que bendiga la Fiesta.

 

¡Cristo resucitó!

Con el saludo del Ángel que anunció a las Mujeres Miróforas la Resurrección de Cristo diciendo: “No está aquí, ha resucitado. Id pues y anunciad a los apóstoles...”, Monseñor Siluan quiere felicitar a toda la feligresía ortodoxa en Argentina, al cuerpo clerical, a las comisiones laicas, a las instituciones educativas, a los jóvenes, a los niños y a todos y cada uno de nuestros hermanos en éste día tan especial: el de la Resurrección de Nuestro Señor. Rezamos especialmente por nuestra querida Siria, la tierra de muchas familias ortodoxas en Argentina, rezamos por nuestro país y por cada una de las personas necesitadas de nuestros padres y hermanos ortodoxos. Que la resurrección de Cristo ilumine nuestras vidas siempre y sea el motivo y la alegría de nuestra fe.