Domingo de la Gloriosa Pascua de Resurrección
Los acusadores de Dios y el Testigo del Padre
“Nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación se pierda” (Jn 11:50)
Es cierto que no faltaban razones para decidir la muerte de Jesucristo. Su accionar y Su testimonio a favor de Su Padre molestaban. En esta perspectiva, es notable lo dicho por Caifás: “Vosotros no sabéis nada; ni pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación se pierda” (Jn 11:49-50); lo que san Juan comentó directamente: “Mas esto no lo dijo de sí mismo; sino que, como era el sumo sacerdote de aquel año, profetizó que Jesús había de morir por la nación; y no solamente por aquella nación, más también para que reuniera en uno los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn 11:50-52).
Si son muchos los que asumen una responsabilidad directa en la muerte del Señor, sin embargo, esta muerte los trasciende, tanto a nivel temporal como a nivel geográfico, pues en dicha decisión no se implicaba solamente a los protagonistas directos, sino también a otros, o mejor dicho a todos, desde Adán. Pues, en la muerte de Jesucristo, se reflejaba la responsabilidad de cada uno de nosotros: todos nos hemos alejado de Dios y hemos desobedecido a Su voluntad. No hemos sabido asumir la responsabilidad de nuestros actos, tampoco el manejo de nuestra libertad. Es así que se expresó Adán después de la caída: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí” (Gn 3:12). ¡Echó primero la culpa a Dios mismo! Y nosotros, en pos de este ancestro nuestro, repetimos la misma actitud, justificándonos y echando la culpa al Creador.
Frente a este círculo vicioso, y más, por la muerte tanto corporal como espiritual que reinaba en el mundo, el Padre envió a su propio Hijo, al Verbo de Dios, quien se encarnó de la Virgen María, a fin de asumir, como hombre, como nosotros, la responsabilidad que la humanidad negaba tomar. Si bien ella se encontraba esperando al Salvador que la liberara de toda muerte, sin embargo, hemos visto cómo este Salvador fue recibido. Lamentablemente, hemos fallado de tal modo, que este Salvador debió aceptar incondicionalmente que, al usar nuestro libre albedrío, lo rechazáramos, y que llegáramos a juzgarlo y condenarlo, los mismos que Lo esperaban como Salvador.
En realidad, la humanidad reprochaba a Dios la propia imperfección de su criatura, la existencia del mal, de la muerte, de la enfermedad, de las catástrofes, etc., en fin de todo lo que ponía énfasis en su mortalidad, su finitud, su impotencia, etc. Es por ello que cuestionaba la propia sabiduría de Dios, Su justicia, Su omnipotencia, Su omnisciencia y Su amor, sin saber que el crecimiento del ser humano, según la Providencia Divina, no puede llevarse a cabo sin el libre uso de su voluntad, y no expropiándola y sincronizándola mecánicamente en vista de su perfección.
Así se encontró Jesucristo frente a una corte muy particular, en donde Su Padre era el acusado, acusado por su propia criatura. Es allí que tenía que presentar Su apología, frente al juzgado constituido por parte de la humanidad. Fue llevado de una corte a otra; en ambas fue condenado a morir, pero de una muerte particular, la más brutal y atroz: crucificado.
¡No nos equivoquemos! El Señor sabía de antemano de nuestro servilismo al pecado; no se huyó del destino trágico que lo esperaba. Es Él quien se fue delante de los eventos y los complots, por su propia voluntad, prediciendo a sus propios discípulos, la sentencia que iba a dictarse. Había previsto todo lo que iba a suceder: el tiempo de la entrega, la detención, la traición, la negación, el martirio, las acciones tanto de los amigos como de los enemigos, de parte de todos, mientras que los mismos protagonistas buscaban la forma y la hora para detenerlo.
Es con toda la plena conciencia que bebió en Getsemaní el cáliz de nuestra ingratitud, de nuestra insensatez, y de nuestra ignorancia e indiferencia ante Su persona y su Providencia. Es por ello que la única apología que Él presentó era someterse a nuestra sentencia y subir Él mismo voluntariamente sobre la cruz, dejando manifestar Su amor y mostrar en qué consiste la sabiduría de Su Padre, Su omnipotencia, Su omnisciencia y Su justicia. En realidad, la omnipotencia de Dios es un poder de amor, que otorga la vida, y no la destruye o la oprime. Su omnisciencia es también una ciencia de amor: Si bien Dios conoce todo, pero no es aquel conocimiento agresivo que penetra nuestro ser a fin de violar su intimidad y desnudarla, o exponer sus secretos, como muchos imaginan ser el “Ojo de Dios”. Todo lo contrario, este es un ojo que cuida y vela: “Pues aun vuestros cabellos están todos contados” (Mt 10:30). Si Él se preocupa de nuestros cabellos es a fin de preservarlos; y más bien, quiere despertar en nosotros las energías de vida ocultas y ponerlas a nuestra disposición. Es el ojo que trasciende nuestros pecados y nuestras culpas, a fin de restaurar nuestras facultades asumiendo nuestro crecimiento y llevándonos a la perfección. Es una expresión de Su justicia, justicia de amor, que trasciende la pequeñez de nuestro razonamiento, en la generosidad que le caracteriza a Dios.
De repente, toda la
escena cambia de perspectiva en la pasión de Cristo: la víctima se torna en
juez, y los jueces a su vez son juzgados por su propia sentencia. Es lo que
declaró Jesús en el interrogatorio judío: Él iba a venir, pero en gloria, en la
figura justamente del juez. Frente a la corte romana, aparece la majestuosidad
de un Rey y de un Reino cuya Constitución es
Y, ¿qué más? ¿Acaso
hubo alguna sensibilidad frente al testimonio de este particular testigo del
Padre celestial? Sí, uno, que se encontraba con Él en la cruz, aceptó a este
rey y a su reino: “Acuérdate de mí,
cuando vengas en Tu reino” (Lc 23:42); y un otro, un centurión romano, que
debajo de la cruz, confesó: “Verdaderamente
este hombre era justo” (Lc 23:47). Y desde entonces, se multiplicaron tales
testimonios; y a aquellos testigos se los llamaba cristianos. He aquí el punto
de inflexión de
Sí, la recuperación de la humanidad es posible. Sí, se puede enviar a los discípulos. En los seres humanos, la llama está todavía encendida; ahora hay que alentarla por la fe en Jesucristo, crucificado y resucitado. “Pues, he aquí, por la Cruz vino la alegría al mundo. Bendigamos siempre al Señor y cantemos Su Resurrección; porque soportando la crucifixión por nosotros, ha destruido la Muerte por la muerte” (Oficio de matutinos de la Resurrección). Amén.
+ Monseñor Siluan
Tropario de Pascua (Tono 5)
Cristo resucitó de
entre los muertos, pisoteando
Kondakio de Pascua (Tono 8)
Aunque descendiste al sepulcro, Tú que eres Inmortal, borraste el poder del infierno y te levantaste Victorioso, ¡Cristo Dios! Y a las mujeres portadoras del bálsamo dijiste: ¡Regocijaos! Y a Tus discípulos otorgaste la paz, Tú que otorgas la resurrección a los caídos.
Hechos de los Apóstoles (1:1-8)
El primer libro lo
escribí, Teófilo, sobre todo lo que Jesús hizo y enseñó desde un principio hasta el día en que,
después de haber dado instrucciones por
medio del Espíritu Santo a los apóstoles que había elegido, fue llevado
al cielo. A estos mismos, después de su pasión, se les presentó dándoles
muchas pruebas de que vivía,
apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca de lo referente al Reino de Dios.
Mientras estaba comiendo con ellos, les
mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen
Santo Evangelio según San Juan (1:1-17)
En el principio
existía el Verbo y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el
principio con Dios. Por Él fueron hechas todas las cosas, y sin Él no se ha
hecho cosa alguna de cuantas han sido hechas. En Él estaba la vida, y la vida
era la luz de los hombres. Y la luz resplandece en medio de las tinieblas, y
las tinieblas no pudieron retenerla. Hubo un hombre enviado por Dios que se llamaba
Juan. Éste vino como testigo para dar testimonio de la luz, a fin de que por
medio de él todos creyeran. No era él la luz, sino quien daría testimonio de la
luz. El Verbo era la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene al
mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue por Él hecho, pero el mundo no lo conoció.
Vino a su propia casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a todos los que lo
recibieron, que son los que creen en su Nombre, les dio poder de llegar a ser
hijos de Dios. Los cuales no nacieron de sangre, ni de deseo de carne, ni de
voluntad de hombre, sino que de Dios nacieron. Y el Verbo se hizo carne y
habitó entre nosotros; y nosotros hemos visto su gloria, gloria que tiene del
Padre como el Unigénito, lleno de gracia y de verdad. De Él da testimonio Juan,
y clama diciendo: “He aquí Aquél de quien yo les decía: el que viene detrás de
mí, se ha puesto delante de mí, por cuanto era antes que yo”. Así pues de la
plenitud de Él hemos participado todos nosotros y recibido gracia sobre gracia.
Porque
¿Qué conmemoramos hoy?
La gloriosa Pascua de Resurrección del Señor
“Disfruten todos ustedes la fiesta de la fe, reciban
todas las riquezas de la bondad amorosa” (Sermón de San Juan Crisóstomo que leemos
en la fiesta de
La resurrección de entre los muertos de Jesucristo es el centro de nuestra fe cristiana. San Pablo dice que si Cristo no hubiese resucitado, nuestra predicación y nuestra fe serían en vano (I Cor 15:14). De hecho, sin la resurrección no habría predicación cristiana sobre la fe. Los discípulos de Cristo hubieran seguido siendo el grupo temeroso y sin esperanzas que describe el Evangelio de Juan cuando habla de ellos como de gente escondida dentro de una casa por miedo a los Judíos. Ellos no fueron a ningún lugar y no predicaron nada hasta que vieron al Cristo resucitado, estando las puertas cerradas (Jn 20: 19). Luego comieron y bebieron con él. La resurrección se convirtió en la base de todo lo que dijeron e hicieron (Hec 2-4): “…porque un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo” (Lc 24:39).
La resurrección revela a Jesús de Nazaret no sólo como el Mesías esperado de Israel, sino como el Rey y Señor de la nueva Jerusalén: un cielo nuevo y una tierra nueva.
“Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva… la ciudad santa, la nueva Jerusalén. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí la morada de Dios con los hombres. Él morará con ellos, y ellos serán su pueblo… Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá más muerte, ni llanto, ni gritos, ni fatigas, porque las primeras cosas pasaron” (Ap 21:1-4).
En su muerte y resurrección, Cristo vence al último enemigo, la muerte, y por lo tanto cumple con el mandato de su Padre de sujetar todas las cosas bajo sus pies (I Cor 15:24-26).
“Digno es el Cordero que fue inmolado, de recibir el poder, la gloria, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza” (Ap 5: 12).
La fiesta de las fiestas
La fe cristiana se
celebra en la liturgia de
La preparación
Once semanas de
preparación tiene la “Fiesta de las
fiestas”. En verdad, un largo viaje que incluye cuatro domingos previos a
la cuaresma, seis semanas de Cuaresma y toda
La veneración de
“Ayer fuimos enterrados junto a ti, Oh Cristo. Hoy nos levantamos contigo en Tu resurrección. Ayer fuimos crucificados contigo: Glorifícanos contigo, Oh Salvador, en Tu reino” (Oda 3 del Canon Pascual).
La procesión
Los oficios divinos
de la noche de Pascua comienzan cerca de la medianoche del Sábado Santo. En
La procesión se
detiene ante las puertas principales de la iglesia. Ante las puertas cerradas,
los sacerdotes y el pueblo cantan el Tropario de
Los matutinos
Los matutinos se inician inmediatamente. El Cristo resucitado es glorificado en el canto del hermoso canon compuesto por San Juan Damasceno. El saludo pascual se intercambia varias veces. Cerca del final de los Matutinos los versos pascuales se cantan otra vez. Los himnos concluyen con las palabras que nos llaman a actualizar entre nosotros el perdón dado libremente por Dios:
“¡Este es el día de la resurrección! ¡Resplandezcamos con la fiesta! Abracémonos unos a otros! Llamemos “hermanos” incluso a aquellos que nos odian y perdonemos a todos por la resurrección”.
El sermón de san
Juan Crisóstomo es leído por el celebrante. Este sermón fue compuesto
originalmente como una instrucción bautismal. Se mantiene en
Iniciamos
Mensaje pascual de S.B. el Patriarca Ignacio IV
¡Cristo resucitó! ¡Verdaderamente resucitó!
“Cristo Resucitó y
En
¡Cristo resucitó!
Con el saludo del
Ángel que anunció a las Mujeres Miróforas
Ultimos Boletines
| 19 Mayo 2013 | Domingo de las Mujeres Miróforas |
| 12 Mayo 2013 | Domingo Nuevo: de Santo Tomás |
| 5 Mayo 2013 | Domingo de la Gloriosa Pascua de Resurrección |
| 28 Abril 2013 | Domingo de Ramos |
| 21 Abril 2013 | Domingo de Santa María de Egipto |