Mensaje Pastoral por la Pascua de la Resurrección 2012

Los acusadores de Dios y el Testigo del Padre

“Nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación se pierda” (Juan 11, 50)

Es cierto que no faltaban razones para decidir la muerte de Jesucristo. Su accionar y Su testimonio a favor de Su Padre molestaban. En esta perspectiva, es notable lo dicho por Caifás: “Vosotros no sabéis nada; ni pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación se pierda” (Juan 11, 49-50); lo que san Juan comentó directamente: “Mas esto no lo dijo de sí mismo; sino que, como era el sumo sacerdote de aquel año, profetizó que Jesús había de morir por la nación; y no solamente por aquella nación, más también para que reuniera en uno los hijos de Dios que estaban dispersos” (Juan 11, 50-52).

Si son muchos los que asumen una responsabilidad directa en la muerte del Señor, sin embargo, esta muerte los trasciende, tanto a nivel temporal como a nivel geográfico, pues en dicha decisión no se implicaba solamente a los protagonistas directos, sino también a otros, o mejor dicho a todos, desde Adán. Pues, en la muerte de Jesucristo, se reflejaba la responsabilidad de cada uno de nosotros: todos nos hemos alejado de Dios y hemos desobedecido a Su voluntad. No hemos sabido asumir la responsabilidad de nuestros actos, tampoco el manejo de nuestra libertad. Es así que se expresó Adán después de la caída: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí” (Génesis 3, 12). ¡Echó primero la culpa a Dios mismo! Y nosotros, en pos de este ancestro nuestro, repetimos la misma actitud, justificándonos y echando la culpa al Creador.

Frente a este círculo vicioso, y más, por la muerte tanto corporal como espiritual que reinaba en el mundo, el Padre envió a su propio Hijo, al Verbo de Dios, quien se encarnó de la Virgen María, a fin de asumir, como hombre, como nosotros, la responsabilidad que la humanidad negaba tomar. Si bien ella se encontraba esperando al Salvador que la liberara de toda muerte, sin embargo, hemos visto cómo este Salvador fue recibido. Lamentablemente, hemos fallado de tal modo, que este Salvador debió aceptar incondicionalmente que, al usar nuestro libre albedrío, lo rechazáramos, y que llegáramos a juzgarlo y condenarlo, los  mismos que Lo esperaban como Salvador.

En realidad, la humanidad reprochaba a Dios la propia imperfección de su criatura, la existencia del mal, de la muerte, de la enfermedad, de las catástrofes, etc., en fin de todo lo que ponía énfasis en su mortalidad, su finitud, su impotencia, etc. Es por ello que cuestionaba la propia sabiduría de Dios, Su justicia, Su omnipotencia, Su omnisciencia y Su amor, sin saber que el crecimiento del ser humano, según la Providencia Divina, no puede llevarse a cabo sin el libre uso de su voluntad, y no expropiándola y sincronizándola mecánicamente en vista de su perfección.

Así se encontró Jesucristo frente a una corte muy particular, en donde Su Padre era el acusado, acusado por su propia criatura. Es allí que tenía que presentar Su apología, frente al juzgado constituido por parte de la humanidad. Fue llevado de una corte a otra; en ambas fue condenado a morir, pero de una muerte particular, la más brutal y atroz: crucificado.

¡No nos equivoquemos! El Señor sabía de antemano de nuestro servilismo al pecado; no se huyó del destino trágico que lo esperaba. Es Él quien se fue delante de los eventos y los complots, por su propia voluntad, prediciendo a sus propios discípulos, la sentencia que iba a dictarse. Había previsto todo lo que iba a suceder: el tiempo de la entrega, la detención, la traición, la negación, el martirio, las acciones tanto de los amigos como de los enemigos, de parte de todos, mientras que los mismos protagonistas buscaban la forma y la hora para detenerlo.

Es con toda la plena conciencia que bebió en Getsemaní el cáliz de nuestra ingratitud, de nuestra insensatez, y de nuestra ignorancia e indiferencia ante Su persona y su Providencia. Es por ello que la única apología que Él presentó era someterse a nuestra sentencia y subir Él mismo voluntariamente sobre la cruz, dejando manifestar Su amor y mostrar en qué consiste la sabiduría de Su Padre, Su omnipotencia, Su omnisciencia y Su justicia. En realidad, la omnipotencia de Dios es un poder de amor, que otorga la vida, y no la destruye o la oprime. Su omnisciencia es también una ciencia de amor: Si bien Dios conoce todo, pero no es aquel conocimiento agresivo que penetra nuestro ser a fin de violar su intimidad y desnudarla, o exponer sus secretos, como muchos imaginan ser el “Ojo de Dios”. Todo lo contrario, este es un ojo que cuida y vela: “Pues aun vuestros cabellos están todos contados” (Mateo 10, 30). Si Él se preocupa de nuestros cabellos es a fin de preservarlos; y más bien, quiere despertar en nosotros las energías de vida ocultas y ponerlas a nuestra disposición. Es el ojo que trasciende nuestros pecados y nuestras culpas, a fin de restaurar nuestras facultades asumiendo nuestro crecimiento y llevándonos a la perfección. Es una expresión de Su justicia, justicia de amor, que trasciende la pequeñez de nuestro razonamiento, en la generosidad que le caracteriza a Dios.

De repente, toda la escena cambia de perspectiva en la pasión de Cristo: la víctima se torna en juez, y los jueces a su vez son juzgados por su propia sentencia. Es lo que declaró Jesús en el interrogatorio judío: Él iba a venir, pero en gloria, en la figura justamente del juez. Frente a la corte romana, aparece la majestuosidad de un Rey y de un Reino cuya Constitución es la Verdad y la Vida verdadera. Desde ahora, este juez se entroniza sobre su trono de gloria, la cruz, y desde aquella altura deja saber su dictamen imparcial: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lucas 23, 34).

Y, ¿qué más? ¿Acaso hubo alguna sensibilidad frente al testimonio de este particular testigo del Padre celestial? Sí, uno, que se encontraba con Él en la cruz, aceptó a este rey y a su reino: “Acuérdate de mí, cuando vengas en Tu reino” (Lucas 23, 42); y un otro, un centurión romano, que debajo de la cruz, confesó: “Verdaderamente este hombre era justo” (Lucas 23, 47). Y desde entonces, se multiplicaron tales testimonios; y a aquellos testigos se los llamaba cristianos. He aquí el punto de inflexión de la Historia de la humanidad; he aquí la Providencia de Dios cumplida en toda su magnificencia.

Sí, la recuperación de la humanidad es posible. Sí, se puede enviar a los discípulos. En los seres humanos, la llama está todavía encendida; ahora hay que alentarla por la fe en Jesucristo, crucificado y resucitado. “Pues, he aquí, por la Cruz vino la alegría al mundo. Bendiga­mos siempre al Señor y cantemos Su Resurrección; porque soportando la crucifixión por nosotros, ha des­truido la Muerte por la muerte” (Oficio de matutinos de la Resurrección). Amén.

 

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci