Los tres primeros siglos del Patriarcado de Antioquía

Agradecemos al Dr. Daniel Ayuch por permitirnos la publicación de este artículo

El nacimiento del Cristianismo en la antigua ciudad de Antioquía

Antioquía del Orontes fue fundada como capital del helenismo de Medio Oriente por el rey Seleuco I Nicator en el año 300 a.C., quien la nombró así en honor a su hijo Antioco. Cuando el cristianismo llegó a Antioquía a mediados de los años 40 A.D., el Imperio Romano llevaba un siglo de dominación en esa ciudad y en todo su alrededor. En ese entonces Antioquía era una típica ciudad helenística, capital de la provincia romana de Siria y sede de su gobernador. Contada junto a Roma y Alejandría entre las tres ciudades más importantes del imperio, Antioquía era la metrópolis de una basta zona que va desde las costas del Mediterráneo en Asia Menor hasta las riveras de la Mesopotamia y desde el Ponto hasta la Arabá. Los numerosos y variados pueblos que habitaron estas tierras se encontraban en Antioquia para el comercio, la ciencia y la política. El griego y la cultura helenista facilitaban este encuentro y permitían el intercambio de todo conocimiento y opinión. Pero el griego no era el único idioma hablado en la ciudad. También el arameo tenía una destacada presencia en Antioquía y en toda la provincia de Siria y sus alrededores. El arameo era el idioma regional más importante que representaba la cultura local y tradicional, en contraposición al griego, que, como diríamos hoy, era modernista e innovador. Siendo una ciudad cosmopolita, aparte de las comunidades de habla griega y aramea, Antioquía conoció también minorías árabes, persas y armenias.

Se estima que a mediados del s. I d.C. la población de esclavos y libres de Antioquía oscilaba entre unos trescientos y seiscientos mil habitantes, entre los cuales había una grande y activa comunidad judía (las fuentes hablan de 22.000 a 45.000 miembros) que gozaba de sus privilegios tradicionales y de una relativa prosperidad económico-social. En esta comunidad encontraron refugio los primeros cristianos dispersados de Jerusalén a causa del martirio de Esteban a fines de los años treinta. Con ellos también llegaron hombres de Chipre y Ciriene que predicaron el Evangelio del Señor Jesús a los griegos de la ciudad. De estos dos diferentes tipos de testimonio se formó en Antioquía una única comunidad cristiana sin distinciones étnicas o ideológicas, una comunidad fundamentada en la predicación de los apóstoles y especialmente en la de San Pablo gracias a cuya labor “los discípulos en Antioquía recibieron por primera vez el nombre de christianoi” (Ac 11:26). Hechos de los Apóstoles relata programáticamente cómo San Pablo, acompañado a veces  por Bernabé, Juan Marcos o Silas, tiene como base central de sus viajes la ciudad de Antioquía, la capital política pagana más importante de Medio Oriente, y de cómo Pablo finalmente llegará a la misma Roma en la que dará su testimonio final del mensaje de salvación frente a quienes representaban la totalidad del mundo habitado de la Antigüedad.

La Iglesia de Antioquía y el Nuevo Testamento

El Nuevo Testamento, la colección canónica constituyente de todo el cristianismo, es el testimonio escrito más importante de la fe cristiana antioquena. No sólo la tradición sino también los estudios bíblicos contemporáneos coinciden en determinar el lugar de procedencia y actuación de la mayoría de los autores y destinatarios de estos escritos en la basta zona de influencia antioquena. San Mateo, el evangelio más leído entre los cristianos, fue redactado para la comunidad cristiana de Antioquía por los años 80 A.D. La díptica Lucas-Hechos que la tradición atribuye al médico Lucas de Antioquía, está dirigida, según la crítica moderna, a alguna comunidad cristiana de la gentilidad en Asia Menor, probablemente Éfeso. Las epístolas de San Pablo de Tarso y apóstol de Antioquía reflejan los problemas y la fe de los cristianos del lugar y son leidas casi diariamente en los servicios liturgicos de toda la cristiandad. El Evangelio de Marcos y las epístolas de Pedro cargan también con una fuerte tradición antioquena.

 

Así vemos que hablar de los comienzos del cristianismo en Antioquía es hablar de la cuna del cristianismo universal y sobre todo es hablar de la lucha de sus creyentes por hacer extenso el mensaje de Jesucristo a todo ser humano, sin importar su procedencia o su religión anterior. Fue en Antioquía donde San Pablo revindicó el derecho de que cualquier persona que escuche el mensaje de Jesucristo y lo acepte sea capaz de seguir su camino sin tener que atarse a los yugos de ninguna ley o a las costumbres de ninguna etnia. San Pablo y sus discípulos lucharon por la igualdad de todos los cristianos como siervos e hijos de un mismo Dios y Señor y como hermanos que comen en una misma mesa y pertenecen a un mismo lugar, a la casa de Dios Padre Misericordioso. “Ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús,” predicaba Pablo a viva voz.

 

En el Evangelio de Mateo, es decir en Antioquía de los años 80, se escucha todavía los ecos de esta afirmación. Para ese entonces la iglesia de Jerusalén habia sufrido el martirio de Santiago el Hermano del Señor (60 d.C.) y se habían dispersado por la región. Además, el Templo había sido destruído por los Romanos (70 d.C.) y la sinagoga judía de la diaspora se ponía cada vez mas estricta en cuanto a la definición de su propia religión frente a un movimiento cristiano cada vez más numeroso y con más miembros de la gentilidad. Estos sucesos repercuten en la ciudad de Antioquía y marcan sus huellas en el Evangelio de Mateo donde leemos fuertes controversias entre corrientes judaizantes y corrientes abiertas a la gentilidad. Recordemos por ejemplo la parábola de los trabajadores de la viña en Mt 20:1-16 o la parábola de los dos hijos en Mt 21:28-32 en las que Jesús muestra su repudio a la discriminación: “Yo quiero dar al último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a llevar mis cosas de la manera que quiero? ¿O será porque soy generoso y tú envidioso? (Mt 20:14-15)”

 

Las Persecusiones en Antioquía y San Ignacio Teóforo

Sin lugar a dudas, la iglesia antioquena contemporánea a Mateo entendía  que la fe en Cristo debía unir a judíos y gentiles en una nueva comunidad creyente que de ninguna manera podría ser definida como una herejía del judaísmo oficial protegido por Roma. Sin embargo, desde la perspectiva gubernamental romana, la separación de los cristianos de la sinagoga judía hace del cristianismo un movimiento nuevo e independiente de la religión judía que gozaba de tolerancia por ser tradicional y por estar bajo la lista de las religiones lícitas del imperio. Esta es una de las razones principales por la que los cristianos se verán expuestos a persecusiones ya a fines del primer siglo. 

 

Cabe mencionar que las persecusiones anteriores al 250 son sólo fenómenos aislados de tipo pogromista contra una minoría en crecimiento en todos los territorios de las costas del Mediterraneo. El emperador Decius (249-51) es el primero en tomar medidas sistemáticas y drásticas contra los cristianos del Imperio. Todos sus habitantes deben participar en el culto a los dioses y deben recibir un “certificado de ofrendas” después de haber sacrificado por el emperador. Estas medidas trajeron como consecuencia castigos vehementes en contra de los cristianos y despertó en la opinión pública romana el sentimiento de infidelidad politica de los miembros de la secta cristana. De todas maneras, este tipo de persecusiones duraron poco tiempo y  conocieron sus momentos más duros, sobre todo en Oriente, durante los dos úlitmos años del reinado de Diocleciano (284-305) y hasta los comienzos del gran cambio constantiniano. Esta persecusión, la más violenta de la antigüedad, prohibió el culto cristiano, torturó y ejecutó un  número importante de creyentes y confiscó todos los bienes públicos de la iglesia. A esta tormenta que azotó en contra de la religión cristiana le sigue una bonanza marcada por el Edicto de Tolerancia del Cesar Galerio en el 311 y la famosa Convención de Milano del 313 entre el Cesar Licinio y el nuevo Augusto Constantino el Grande quien acababa de reestablecer la dirección de un imperio decaído internamente.

 

A pesar de las persecuciones, las comunidades cristianas se expandieron por todo el territorio de Siria y Asia Menor antioqueno. Valga como ejemplo el importante número de obispos conocidos por su saber y su cultura en la zona costera de Latakia, Beirut y Tiro durante la segunda mitad del s. II. Es famosa la actividad educativa de Orígenes en Tiro desde el año 251 hasta su muerte.  En el 325 llegan a Nicea decenas de obispos representando en el primer concilio ecuménico a los cristianos de Siria, Cilicia, Asia Menor y la Mesopotamia.

 

Una persecución que repercutió fuertemente en Antioquía fue la del emperador Tarajano (98-117)  a comienzos del s. II. San Ignacio, segundo obispo de Antioquía y Mártir, perecerá por ella en la arenas del circo romano alrededor del año 115. Durante su camino al martirio entre Antioquía y Roma, que duró aproximadamente una década, San Ignacio Teóforo escribió siete epístolas que desempeñarán un rol clave en el desarrollo de la iglesia universal. Se trata de las epístolas a las comunidades de Éfeso, Magnesia, Tralles, Roma, Filadelfia y Esmirna; como así también al obispo de esta última, Policarpo. En ellas articula la estructura organizativa de las comunidades cristianas de ese entonces. Un solo obispo administra una comunidad rodeado de presbíteros y diáconos. Es el famoso modelo del episcopado monárquico o quizás mejor llamado como monoepiscopado. De esta manera Antioquía ofrece el modelo de transición entre la época novotestamentaria, la era apostólica, y el comienzo de la era preconciliar. San Ignacio será además el primero en emplear la expresión iglesia católica  para designar a la totalidad de los creyentes cristianos en la orbe romana (Esmirna 8:2). San Ignacio es también el primer padre en citar el Evangelio según San Mateo, lo cual es otro testimonio que confirma, según los especialistas, el origen antioqueno de Mateo. Valgan como ejemplo la cita de Mt 3:15 en la epístola a los Esmirneos 1:1 y la de Mt 10:16b en Policarpo 2:2.

 

La fecha de celebración de la Pascua

En el s. II la cristiandad conoce un intenso conflicto interno entre las iglesias de Antioquía y el obispo romano Víctor I a causa de la fecha de celebración de la Pascua, festividad que expresa la esencia de la fe cristiana. Desde los principios del cristianismo se desarrollaron dos tradiciones paralelas para la fijación de esta fecha, una tradición oriental común con el judaísmo y otra abierta a la gentilidad. La tradición oriental se basaba en el calendario lunar y hacía coincidir la pascua judía con la cristiana. El obispo Melito, obispo de Sardia en Asia Menor y autor del sermón Sobre la Pascua, representaba esta tradición antiquísima en la que no era condición que la pascua cayera en Domingo. La tradición occidental se basaba en el calendario solar juliano que era el calendario oficial del imperio y celebraba la pascua siempre en Domingo. El calendario lunar y el solar son inconmensurables no sólo en cuanto a la semana y los meses sino también en lo que respecta a la determinación del comienzo y final del día lo cual produjo intercalaciones muy complejas. Hubo que esperar hasta el Concilio de Nicea para que se decretase que el día y la fecha de celebración de la Pascua cristiana sería el primer Domingo posterior a la primera luna llena del equinoccio de primavera fijado como el 21 de Marzo del calendario juliano. Posteriormente la controversia pascual volverá a suscitarse cuando en Occidente se aplicara el calendario gregoriano (s. XVI) y se establecieran nuevos listados pascuales con fechas diferentes y que son válidos hasta el día de hoy.

 

La fe de los antiguos antioquenos y sus contemporáneos

Teófilo, sexto obispo de Antioquía, (+ 185) tiene una destacada obra bibliográfica en griego de la que sólo nos restan las tres epístolas a Acólito que conforman un conjunto interrelacionado de escritos. En ellas Teófilo hace una exposición elaborada de la fe cristiana y la defiende en comparación con la mitología y la filosofía pagana. En la tercera epístola responde a las acusaciones levantadas en contra de la ética cristiana, exponiendo la forma de vivir  inmoral de los paganos. Teófilo comprueba la antigüedad de la religión cristiana valiéndose de la antigüedad  de sus escritos sagrados: ya Moisés debió haber vivido unos mil años antes de la guerra troyana (3:21). Es importante su diferenciación entre el respeto al emperador y el culto a Dios: “Yo respeto al emperador, lo honro y rezo por él. Sin embargo, no lo adoro, pues yo adoro a Dios que fue quien creó al emperador” (1:11).

 

La Didaché de los Doce apóstoles es también una de las obras literarias antioquenas del s. II  que fue conocida por todos los autores cristianos de la antigüedad. Sus primeros seis capítulos contienen instrucciones de carácter ético para los cristianos de la gentilidad. Estas instrucciones están dadas siguiendo el motivo literario de Los Dos Caminos, un dualismo entre el bien y el mal que presupone influencias semíticas precristanas. Por su parte, los capítulos 7-15 reflejan generosamente las prácticas litúrgicas de las comunidades antioquenas en lo que respecta al bautismo, el ayuno, la oración y la celebración dominical. Allí se puede también leer sobre la organización del clero y otros miembros de la comunidad como los maestros, profetas y apóstoles itinerantes. El registro de la Didaché tanto en Oriente  como en Occidente es un testimonio firme de la influencia constitutiva que tuvo el orden litúrgico antioqueno en sus comunidades hermanas de todo el Imperio. Un vivo ejemplo de la influencia de este escrito es su exhortación observada hasta el presente de ayunar los miércoles y viernes a diferencia de los judíos que ayunan los lunes y jueves (Did. 8:2).

 

Muchas corrientes heréticas se formaron y circularon entre las comunidades cristianas de Oriente y de Antioquía ya desde los principios del s. II. La filosofía griega, el gnosticismo y las religiones mistéricas de Oriente se combinaron bajo el égido de la cultura helenística para dar a luz a diferentes sistemas filosóficos y religiosos sincretistas en los que el cristianismo era un componente atractivo. Meneandro, Satornilo y Valentino son algunos de los nombres más conocidos del gnosticismo cristiano. Tatiano, gnóstico y filósofo oriundo de Siria, se hizo cristiano bajo la formación de Justino Mártir en Roma en la segunda mitad del s. II.  De regreso a Siria fundó un movimiento ascético riguroso y elaboró su obra más famosa: el Diatessaron de los Evangelios. Este libro contenía una presentación armónica de los cuatro evangelios en un único texto que seguía el marco cronológico del Evangelio de San Juan. Las comunidades de habla siriana utilizaron esta combinación de textos inclusive hasta el s. V. Es famosa la traducción al árabe del sacerdote nestoriano Ibn Al-Tayyeb del s. XI. Este intento de registrar una obra historiográfica de la vida de Jesús no tuvo aceptación entre los libros canónicos de la Iglesia y quedó registrado como un antecedente histórico en contra de toda modificación a cualquiera de las cuatro profesiones de fe narrativas que son los evangelios según Mateo, Marcos, Lucas y Juan. 

 

Entre los maestros cristianos más célebres y más discutidos de la Antioquía preconstantiniana se encuentra Pablo de Samosata, quincuagésimo obispo de Antioquía entre los años 260-269. Siendo un funcionario de alto rango en el estado autónomo de Palmira, consiguió que la reina Zenobia se muestre favorable a la propagación del cristianismo en su reino donde se desarrollará con fuerza el arrianismo bajo influencia de los escritos del Samosateño. En los años 264, 268 y 269 se celebran tres concilios antioquenos para juzgar la doctrina de Pablo. En el tercer concilio se condena a Pablo de Samosata de hereje y se condena el vocablo homoousion utilizado por primera vez en sus escritos; de aquí que Antioquía haya mostrado reacciones adversas al credo del primer concilio ecuménico que contenía este término (Nicea 325).

 

Los inicios de la Escuela de Antioquía

Siendo obispo de Antioquía, Pablo de Samosata funda la escuela teológica de Antioquía bajo la dirección de Luciano de Antioquía, sacerdote, estudioso y mártir. Condenado con Pablo en el concilio de Antioquía del 269 por sus enseñanzas cristológicas subordinacionalistas, recibe la corona del martirio en el año 312 en Nicomedia. Su revisión de la Septuagenta es famosa por su precisión y claridad en las expresiones y se convirtió rápidamente en el texto estándar de las iglesias de Siria, Asia Menor y Constantinopla. Su versión del Nuevo Testamento es muy similar al Textus Receptus, el texto encontrado en el grueso de los manuscritos griegos de la antigüedad.

 

Esta escuela fundada por el obispo Pablo de Samosata conocerá su auge durante los siglos IV y V teniendo como máximos exponentes al maestro Diódoro de Tarso (+ 394), Teodoro de Mapsuestia (350-428), San Juan Crisóstomo (+407) y Teodoreto de Cirro (+466). Cada uno de estos padres y maestros desarrollará una obra exegética destacada con diferentes tendencias y tipos de contenido pero siempre aplicando los mismos métodos y principios que caracterizaron a la escuela de Antioquía desde su fundación. En contraposición al método alegórico que se practicaba en Alejandría, la escuela antioquena  procuraba buscar a través de la estructura misma del texto y de su situación histórica el mensaje que el autor quiso poner en él.  Un carácter científico severo y un trabajo racional sobrio distinguieron las obras de esta escuela. Conocer el idioma, el vocabulario y el contexto en el que fue  escrito el texto eran requisitos fundamentales para efectuar la interpretación de la Biblia.  Hoy en día la exégesis moderna aún considera estos fundamentos y los pone en práctica.  Es por ello que sin lugar a dudas el enfoque de interpretación  antioqueno ha desempeñado un rol fundamental a favor del desarrollo de las ciencias bíblicas y por lo tanto a favor del conocimiento y de la profundización de nuestra fe.

 

El arte sacro antioqueno antiguo

La arqueología conserva pocos testimonios del arte paleocristiano en general y del antioqueno en particular. El testimonio más claro del arte cristiano en el oriente siriano preconstantiniano se encuentra en la domus ecclesiae de comienzos del s. III en Dura Europos a orillas del alto Éufrates (cerca de As-salihieh, SO de Siria). Al encontrarse en la frontera oriental del imperio romano la comunidad cristiana de Dura Europos se expresó plásticamente con mayor libertad que las comunidades mediterráneas quienes se mostraron cautelosas en expresar la fe en imágenes por temor de caer en la idolatría. Las domus ecclesiae eran el lugar de reunión típico de los primeros cristianos. Allí celebraban el bautismo y la eucaristía, las reuniones comunitarias y se daba alojamiento a ciertos miembros y viajeros. En Dura Europos encontramos una gran sala, un baptisterio, un patio y un segundo piso para uso doméstico. En el baptisterio encontramos murales muy expresivos. Por encima de la cuba bautismal, por ejemplo, se ha representado al buen pastor cargando la oveja perdida sobre sus espaldas mientras cuida de su rebaño. A sus pies, bajo la tierra que el pastor pisa, se ven en escala reducida los cuerpos desnudos de Adán y Eva avergonzados por el pecado. Esta combinación de imágenes simboliza, sin lugar a dudas, la salvación otorgada por la fe en Jesucristo que rescata al hombre del terrenal mundo del pecado. Otra domus ecclesiae  de importancia se encuentra en Qirq Bize (sudeste de Turquía) a unas decenas de kilómetros de Antioquía. El edificio tiene su eje central de este a oeste y contiene una bêma en el interior de la sala principal para conservar las reliquias de mártires. Ya a comienzos de la era constantiniana, en el 316-317 se inaugura la segunda basílica de Tiro (Líbano) que en su planificación da al espacio una relación estrecha con el gesto y el ritual litúrgicos. Es el paso a los grandes templos cristianos en el que el arte de la basílica civil romana se impondrá a la sencillez y humildad de las domus romanas orientales.

 

Hacia la era de los concilios ecuménicos

Con la convención de Milano del 313 arriba mencionada comienza una nueva era del cristianismo en la que la Iglesia institucionalizada pasará paulatinamente a tomar un rol cada vez más decisivo dentro de la gobernación de este imperio a punto que sus cuestiones de dogma y fe serán capaces de desestabilizar o revindicar el gobierno de turno. El Cristianismo pasa a ser religión en el sentido romano de la palabra, es decir, una institución organizada por ritos y leyes que dictaminan la vida diaria de sus miembros. Frente a esta situación la iglesia oficial perderá parte de su esencia escatológica bíblica, a cambio de una vida social en paz y prosperidad. Es el período de la iglesia al poder. El arte iconográfico reflejará esta situación y comenzará a fundir las representaciones del Cesar con las del Cristo Triunfante y Creador del Cosmos. En un imperio que comienza a dividirse entre oriente y occidente los concilios ecuménicos confirmarán la unión de la Iglesia en ambos mundos y por lo tanto reafirmará la desgastada unión del imperio. Esta es una de las razones políticas más importantes por las que Constantino el Grande convoca a todos los obispos de la orbe romana a reunirse en Nicea en el 325.

Es el comienzo de una nueva era, la era conciliar y oficialista de la Iglesia. Una era en la que Antioquía ya no tendrá el mismo lugar para muchas comunidades de Asia Menor que de ahora en más se dirigirán a la nueva capital del imperio, a Constantinopla, fundada en el 330 y destinada a ser el centro eclesial y político de la Ortodoxia Medieval.

 

por Dr. Daniel Ayuch