Carta a los jóvenes que participaron del encuentro de Termas de Rio Hondo

8 Marzo 2012

Carta dirigida a los jóvenes que participaron del Encuentro Arquidiocesano de la Unión de Juventud Ortodoxa en Termas de Río Hondo del 25 al 29 de enero de 2012

Muy esperanzadora y fructífera fue la experiencia con los jóvenes universitarios y trabajadores en Termas de Río Hondo, en el marco del encuentro arquidiocesano de la juventud de nuestra Iglesia, durante los días del 25 al 29 de enero pasado.

Los jóvenes vinieron con muchas ganas, gracias al testimonio de terceros sobre estos encuentros o a su propia experiencia en estos. Lo más importante es que ellos acompañaron estas ganas con una expresa necesidad, que solían formular como “sus expectativas del encuentro”, la de una comunión genuina con Dios y con sus hermanos.

No cabe duda que el lema del encuentro - “Yo estoy a la puerta y llamo” (Apoc 3:20) - ayudó a que los jóvenes prestaran más atención a sus corazones. Todos ellos, al unísono, expresaron su alegría por haber trazado un camino espiritual a lo largo del encuentro. Para cada uno, fue un reencuentro consigo mismos, con sus hermanos y con el Señor. Creo que el encuentro fue para ellos una especie de trampolín que les permitió saltar por encima del ritmo de la vida y de la rutina que relegan al descuido y, luego, al olvido de la apertura tan preciosa de sus corazones.

Era agradable ver cómo el amor de Dios encontraba corazones sedientos para vivir una comunión verdadera, auténtica y genuina. “Yo estoy a la puerta y llamo” expresa justamente esta actitud de Dios y Su espera para que el hombre tenga una actitud análoga, la de prestarle atención, escuchar Su llamado, responderle y abrirle la puerta. En eso, ayudó la atmósfera y el clima de confianza que se armó y que prevaleció durante el encuentro, además de una actitud personal que los jóvenes manifestaron: su valentía. Muchos de ellos, al enfrentar muchas circunstancias difíciles en su vida, mostraron una gran valentía y, pese a su falta de un mejor conocimiento de su fe, han respondido con un “acto de fe”: optaron por seguir el camino de Dios y disponerse en ese camino en las manos de Dios.

En esta perspectiva, las reflexiones sobre temas bíblicos fueron determinantes para ellos a fin de poder pulir su experiencia personal. A través de las figuras bíblicas que analizaron, tal como las de Abraham, Moisés, Samuel, David o de la mujer Samaritana, vieron su vida como en un espejo, y empezaron a prestarle más atención a la acción de Dios en la vida de cada uno, dándose cuenta de Su llamado, confiando en abrirle el corazón, creer en la fidelidad de Dios a Su palabra y en el cumplimiento de Sus promesas. ¡Un verdadero encuentro con la Palabra y redescubrimiento de la Biblia! En todos, nacieron deseos y compromisos de no faltar más a esta escucha, no perder otra vez el llamado, y conservar esta preciosa experiencia para siempre. ¿Acaso tal testimonio no da gusto para leer la Biblia a diario?

¡Qué lindo dejar que la luz de la Palabra de Dios ilumine nuestro ser y nuestro día! Recibíamos todos los días, en el momento de la comida, versículos bíblicos que se repartían a cada uno. Seguramente, la intención fue que el alma se nutriera mientras comíamos. Aquí algunos versículos que me tocaron recibir: “Tan pronto como llamo al Señor, me responde desde su monte santo” (Sal 3:5); “Dios mío, desde la aurora te busco. Mi alma tiene sed de ti” (Sal 63:2); “Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad situada en la cima de un monte que no se puede ocultar” (Mt 5:14); “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Jn 15:13); “Busquen primero el Reino y la Justicia de Dios, y lo demás vendrá por añadidura” (Mt 6:33). Los recibía como el aire fresco que sopla en un tiempo de verano caluroso.

Toda nuestra vivencia fue coronada por la celebración de la Divina Liturgia. Fue una vivencia particularmente sentida para los jóvenes. Al finalizarla, sacamos una foto souvenir, todos parados alrededor del altar improvisado, sobre el cual reposaba el libro del Evangelio. Era una foto que, desde muy lejos, se asemejaba al ícono del Juicio Final, que tendrá lugar al final de la historia, cuando toda la humanidad se encontrará congregada delante del trono de Dios, y en el epicentro, el libro del Evangelio puesto sobre la mesa. Ojala la alegría que la foto reflejaba nos acompañe también en aquel temible día, en el que seremos testigos de la veracidad de la Palabra de Dios, cosecharemos lo sembrado en nuestra vida acorde al Evangelio, y viviremos el cumplimiento de la promesa de Dios.

Para todos nosotros, el encuentro fue memorable para la vida. En esto, destaco el acto de fe y la valentía que nuestros anfitriones han tenido, los jóvenes santiagueños, quienes por primera vez se hicieron cargo de tal responsabilidad: ni la lejanía del lugar, ni la escasez de recursos, ni la falta de experiencia o la enfermedad les impidieron brindar lo mejor - incluyendo sus corazones y sus sonrisas - a sus hermanos, y que los recibieran con una calidez sin igual. También, destacable es la actitud de los que por primera vez participaron. A estos se suman los que ya vienen participando año tras año. Ambos supieron crear una atmósfera y un espacio de intercambio, de servicio, de fraternidad y de amor.

Es cierto que nadie quiere perder lo que ha descubierto y adquirido durante estos días. Para cada uno, el llamado del Señor “Yo estoy a la puerta y llamo” tiene su respuesta: “¡Ven Señor Jesús!” (Apoc 22:20), expresión con la que los cristianos del primer siglo manifestaban su anhelo de ver al Señor volver pronto. Así, para nosotros, y hasta que vuelva el Señor en gloria por segunda vez, el tiempo después de nuestro regreso del encuentro a nuestras parroquias es tiempo para vigilar la perla encontrada y preciosamente guardada. A los que creen que vigilarla es difícil o parece ser un yugo pesado en el mundo, les basta recordar esta palabra del Señor: “Vengan a Mí, todos los que están cansados y cargados, y Yo los haré descansar. Tomen Mi yugo sobre ustedes y aprendan de Mí, que Yo soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas” (Mt 11:28-29), o aquella otra palabra que dijo a Sus discípulos antes de la Pasión: “Estas cosas les he hablado para que en Mí tengan paz. En el mundo tienen tribulación; pero confíen, Yo he vencido al mundo” (Jn 11:33), o en fin, Su última promesa antes de subir al cielo: “¡He aquí! Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28:20). Amén.

 

+ Metropolita Siluan