Domingo de la Adoración de la Santa Cruz

18 Marzo 2012

Jesús

Simples Miradas hacia el Salvador (10)

Jesús se maravilla

El Evangelio nos cuenta que Jesús quedó maravillado sólo en dos oportunidades. En estos dos casos, se trataba de la fe.

En efecto, el primer episodio tiene lugar en Nazaret, cuando Jesús vuelve allí. Él enseñaba en la sinagoga, pero no lo recibieron ni a Él, ni Su mensaje. Es por eso que no pudo hacer allí ningún gran milagro, “y estaba maravillado por la incredulidad de ellos” (Mc 6:6).

El segundo episodio tiene lugar en Capernaúm (Cf. Mt 8:5-10), cuando el centurión romano implora la curación de su servidor paralítico; Jesús le dice: “Yo iré y lo sanaré”. Pero el centurión replica: “Señor, no soy digno de que Tú entres bajo mi techo; solamente di la palabra…”. Jesús, al haber escuchado al centurión, “se maravilló”; sanó al servidor a distancia; y declaró que, aún en Israel, no había encontrado una fe tan grande.

Comparando estos dos episodios encontramos algo que nos maravilla. La gente de Nazaret, israelitas, tienen la ley, los profetas y una creencia ritual correctos. Y el centurión, un extranjero con respecto al pueblo de la alianza (puede ser, como máximo, un proselito). Sin embargo, Jesús se maravilla de la incredulidad en Nazaret, y se maravilla de la fe del centurión. Porque la rectitud de la fe de Nazaret no es la fe viva que salva. Si tal fe les hubiera animado, los hombres de Nazaret habrían abierto sus corazones a Jesús. Quedaron encerrados en una creencia correcta, pero estéril. Por ello, sus corazones permanecen cerrados. Ignoramos lo que podía ser, exactamente, la creencia del centurión; pese a que no sabía sobre Jesús lo que nos ha sido dado a conocer; sin embargo, él se abre a Jesús; presiente en Él un Salvador y un Señor. Su fe está compuesta de confianza y de obediencia (no de sentimentalismo). Ella es un ímpetu de todo el ser. Él no duda que Jesús podrá y querrá sanar al servidor enfermo. Cuelga su vida, en cierta forma, de la palabra de Jesús: “Solamente di la palabra…”. ¡Qué espera humilde y ferviente!

Sabemos ahora lo que Jesús llama “incredulidad”; y sabemos lo que Él llama la fe, “…una fe tan grande”.

Jesús ve lo que está en nosotros. ¿Acaso encontrará en nosotros la fe del centurión, o la incredulidad de Nazaret? ¿De qué se maravillará Jesús: de nuestra fe, o de nuestra incredulidad?

“Señor, creo, ayuda mi incredulidad” (Mc 9:24). ¿Acaso esta antítesis, este grito paradójico que el padre de un niño poseído echó a Jesús, no es la frase que conviene a mi propia situación?

Creer en Jesucristo: pero ¿por qué? Es tarea de cada uno de nosotros darse cuenta de sus razones de creer; pues los caminos que llevan a Cristo son tan diversos como los hombres.

Señor, en cuanto a lo que a mí concierne, y en nombre de los que creen en Ti, por Ti mismo, creo en Ti, porque, con la ayuda de Tu gracia, ninguna imagen puede reemplazar o borrar en mí Tu imagen; y porque ninguna palabra puede, tanto como la Tuya, penetrar hasta lo más profundo de mi corazón. Creo en Ti, porque Tú me has dado a conocer la belleza de Tu rostro. Creo en Ti, porque -para reiterar la frase del oficial enviado para detenerte- “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre habla!” (Jn 7:46). Y creo en Ti, porque para mí, todo es vano, sin Ti.

Padre Lev Gillet

 

Tropario de la Resurrección (Tono 7) 

 Destruiste la muerte con tu Cruz y abriste al ladrón el Paraíso; a las Miróforas los lamentos trocaste, y a tus Apóstoles ordenaste predicar que resucitaste, oh Cristo Dios, otorgando al mundo la gran misericordia.

 

Tropario de la Santa Cruz (Tono 1)

 Salva, oh Señor, a Tu pueblo y ben­dice Tu here­dad, concede a los fieles la vic­to­ria sobre el enemigo y a los tuyos guarda por el poder de Tu Cruz.

 

Kontakion (Tono 8)

Yo soy Tu siervo ¡oh Madre de Dios! Te canto un himno de triunfo;  ¡Combatiente Defensora! Te doy Gracias, ¡Liberadora de los pesares! Y como posees un poder invencible, líbrame de todas las desventuras, para que pueda exclamar: ¡Salve! ¡Oh Novia sin novio!”

 

Carta a los Hebreos (4:14-5:6)

 Hermanos, ya que tenemos en Jesús, el Hijo de Dios, un Sumo Sacerdote insigne que penetró en el cielo, permanezcamos firmes en la confesión de nuestra fe. Porque no tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades; al contrario él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado. Vayamos, entonces, confiadamente al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno. Todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y puesto para intervenir en favor de los hombres en todo aquello que se refiere al servicio de Dios, a fin de ofrecer dones y sacrificios por los pecados. El puede mostrarse indulgente con los que pecan por ignorancia y con los descarriados, porque él mismo está sujeto a la debilidad humana. Por eso debe ofrecer sacrificios, no solamente por los pecados del pueblo, sino también por los propios pecados. Y nadie se arroga esta dignidad, si no es llamado por Dios como lo fue Aarón. Por eso, Cristo no se atribuyó a sí mismo la gloria de ser Sumo Sacerdote, sino que la recibió de aquel que le dijo: “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy”.Como también dice en otro lugar: “Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec”.

 

Santo Evangelio según San Marcos (8:34-9:1)

En aquel tiempo Jesús llamó a la gente, a la vez que a sus discípulos, y les dijo: “Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por Mí y por el Evangelio, la salvará. Pues ¿qué aprovecha al hombre si gana el mundo entero y pierde su vida? O, ¿qué recompensa dará el hom­bre por su vida? Porque quien se avergüence de Mí y de Mis Palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de Su Padre con los santos Ángeles,” Les decía tam­bién: “En verdad les digo, que entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean venir con poder el Reino de Dios”.

 

¿A quién conmemoramos hoy?

A los Santos Mártires Trófimo y Eucarpio de Nicomedia

Los santos mártires Trófimo y Eucarpio fueron soldados en Nicomedia durante la persecución contra los cristianos bajo el emperador Diocleciano (284-305). Ellos se distinguieron por su gran ferocidad en la realización de todos los decretos del emperador.

Una vez, cuando estos soldados habían alcanzado a algunos cristianos, de pronto vieron una gran nube de fuego que había bajado del cielo, y que se acercaba a ellos. De la nube salió una voz que decía: “¿Por qué son tan celosos en amenazar a mis siervos? No seáis engañados. Nadie puede suprimir a aquellos que creen en mí por la fuerza, es mejor unirse a ellos y descubrir el Reino Celestial”.

Los soldados cayeron al suelo del susto, sin atreverse a levantar los ojos, y sólo se decían unos a otros: “Verdaderamente este es el gran Dios, que se ha manifestado a nosotros. Haremos bien en ser sus siervos”. Entonces el Señor habló diciendo: “Levántense, arrepiéntanse, sus pecados son perdonados”. Cuando se levantaron, vieron dentro de la nube la imagen de un hombre radiante y una gran multitud, alrededor de él.

Los soldados atónitos gritaron con una sola voz: “Recíbenos, pues nuestros pecados son indeciblemente malos. No hay otro Dios sino Tú, el Creador y Dios verdadero, y  nosotros aún no hemos sido contados entre tus siervos”. Pero apenas dijeron esto, la nube retrocedió y se levantó hacia el cielo.

Espiritualmente renacidos después de este milagro, los soldados liberaron a todos los cristianos encarcelados. Por esta razón Trófimo y Eucarpio fueron entregados a terribles tormentos. Ellos dieron gracias a Dios, seguros de que el Señor les había perdonado sus pecados anteriores. Finalmente, los santos mártires fueron arrojados al fuego y entregaron sus almas a Dios.

 

El Domingo de la Adoración a la Santísima Cruz

En este día, el tercer domingo de la Cuaresma, celebramos la “adoración ante la preciosa y vivificadora Cruz”. Permaneciendo en la constancia del ayuno, tal vez, nos sentimos cansados. La Cruz fue plantada por los santos Padres en medio de la Cuaresma para que nos conceda descanso y consuelo. Unos caminantes atraviesan un camino escabroso, al cansarse se sientan abajo de un frondoso árbol, para descansar y, fortaleciéndose, completan lo que les falta. Hay dos formas o modos del ayuno: el “ayuno total”: una abstinencia total de comer y de beber por un tiempo determinado. Desde el inicio del cristianismo, este ayuno ha sido practicado como un estado de preparación o de espera; un estado espiritual que enfoca toda la atención en “el que viene”. Por lo que encontramos este ayuno total en la tradición litúrgica de la Iglesia, en la preparación final de una fiesta grande o antes de un acontecimiento espiritual importante y, sobre todo, es aplicado en el ayuno eucarístico, que precede la comunión. A este ayuno la primera Iglesia le llamó Vigilia, un término militar que implica estar en alerta: la Iglesia permanece en vigilia en espera de su Novio; lo espera con alegría y serenidad. El otro es llamado “ayuno ascético”: y consiste en la abstinencia de ciertos alimentos y en disminuir, en general, el consumo alimenticio. Aquí, el objetivo es librar al hombre de la esclavitud de la carne. Él, sólo con la lucha constante y paciente, descubre que “no sólo de pan vive el hombre” y recupera la primacía del Espíritu. Este ayuno implica una lucha larga y constante, y el factor tiempo es esencial, porque desarraigar la enfermedad general del hombre y curarlo requiere de tiempo y esfuerzo. El arte del ayuno ascético ha sido purificado y madurado dentro de la tradición monástica y luego fue aceptado por la Iglesia entera. La Iglesia ha consignado para el ayuno ascético cuatro temporadas: Antes de Pascua, Antes de Navidad, antes de la fiesta de los santos Apóstoles, y antes de la Dormición de la Madre de Dios. Durante este ayuno, vivimos constantemente cierta hambre que conserva la memoria de Dios en nosotros y clava nuestro pensamiento en Él. Quien lo ha practicado, conoce que éste no nos debilita, más bien, nos vuelve alertas, complacientes, resplandecientes, puros y alegres. En él, el hombre recibe la comida como verdadera dádiva de Dios, y enfoca su pensamiento en el mundo interior que inexplicablemente se le vuelve, a su vez, un modo de alimentarse.

 

La Divina Liturgia (X)

Explicando la Liturgia semana a semana

El amor y la fe

Antes que la Divina Liturgia continúe, hay dos condiciones que deben cumplirse para los fieles: las expresiones solemnes de amor y de fe que son esenciales para la vida cristiana, y sin las cuales no puede haber ni una ofrenda de sí mismo ni comunión con Dios. Por lo tanto, en este momento el sacerdote exclama: “Amémonos los unos a los otros para que en unanimidad confesemos…”. Y los fieles continúan esta frase diciendo: “Al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo,  Trinidad Consubstancial e Indivisible”.

El amor es el fundamento de la vida. Esta es la verdad fundamental cristiana. Sin amor no hay vida, no hay verdad y no hay comunión con Dios, porque Dios es amor (Jn 4:8,16). Así Jesucristo nos ha enseñado que toda la ley del Antiguo Testamento y los profetas dependen de los dos grandes mandamientos del amor a Dios y a los hombres, y él ha dado su propio “nuevo mandamiento” que sus discípulos deben amar “como yo los he amado” (Jn 13:34).

Así, en la Divina Liturgia los cristianos están continuamente llamados a amar. La expresión externa de este amor en la liturgia de hoy es el beso de paz intercambiado por el clero durante la celebración, y que en el pasado era un intercambio también entre los fieles. Sin este amor, la liturgia no puede continuar.

Después de la llamada al amor, el Símbolo de la Fe, o también llamado “Credo”, es recitado por toda la comunidad de los fieles. La introducción tradicional a la recitación del Credo en la liturgia es la exclamación: “¡Las puertas! ¡Las puertas! Atendamos con sabiduría”. Las puertas a las que se hace referencia aquí son las puertas del edificio de la iglesia, ya que esta es una llamada para asegurarse que todos los catecúmenos se han ido y que los comulgantes no se han ido, y que ahora nadie puede entrar o salir de la asamblea litúrgica. La razón histórica de esa exclamación en la Divina Liturgia no sólo tiene que ver con el orden propio de la iglesia, sino también con la idea de que el Credo podía ser pronunciado sólo por aquellos que ya habían sido recibidos oficialmente en el bautismo, y continuaban confesando esta fe en la vida de la Iglesia.

La recitación del Símbolo de la fe en la Divina Liturgia se erige como el reconocimiento oficial y la aceptación formal por parte de cada miembro de la Iglesia de su bautismo, de su propia crismación y la pertenencia al Cuerpo de Cristo. La recitación del Credo es el único lugar en la Divina Liturgia (con la excepción de la oración muy similar que hacemos antes de la comunión) donde se utiliza el verbo en primera persona: “Creo”. Mientras que a lo largo de la liturgia de la comunidad rezamos en plural, sólo aquí cada persona confiesa por sí mismo su propia fe personal: yo creo.

Nadie puede creer por otro. Cada uno debe creer por sí mismo. Una persona que cree en Dios, en Cristo, en el Espíritu Santo, en la Iglesia, en el bautismo y en la vida eterna, en definitiva, una persona que afirma y acepta su condición de miembro por el bautismo en la Iglesia, es competente para participar en la Divina Liturgia. Una persona que no puede hacer esto, no puede participar. Sin esta fe, la liturgia no puede seguir adelante.

Es costumbre en la Iglesia que los clérigos agiten un paño sobre los dones eucarísticos durante la recitación del Credo. Este acto de veneración era propio de hacerlo ante un emperador terrenal en el período bizantino, durante el cual este acto fue incorporado a la liturgia de la Iglesia, y se utiliza como un acto de veneración hacia la “presencia” del Rey Celestial, en medio de su pueblo, es decir, hacia el libro de los Evangelios y los dones eucarísticos. (En algunas iglesias, durante la liturgia, se llevan pantallas especiales en todas las procesiones y en las exposiciones del libro de los Evangelios y los dones eucarísticos.)

Continúa la semana próxima

 

Nuevo curso de SOFIA

Los Santos Padres de la Iglesia

Desde los orígenes hasta el Concilio de Nicea

A partir del pasado jueves 15 de marzo comenzó un nuevo curso en SOFIA. En este caso se buscará profundizar en la lectura de la vida y la obra de los Santos Padres que lucharon por la Iglesia desde la muerte del último Apóstol hasta la convocatoria al primer Concilio Ecuménico en la ciudad de Nicea. 

Los invitamos a que juntos podamos leer la obra que nos han heredado, que podamos analizar los tiempos que les tocaron vivir (tiempos de persecuciones y de mártires), los distintos problemas a los que tuvieron que enfrentarse, el primer surgimiento de herejías en el seno de la comunidad cristiana y muchos otros temas más. Para inscribirte envíanos un email a arzobispado@acoantioquena.com. Las inscripciones están abiertas hasta el jueves 22 de marzo.