Fiesta de la Anunciación a la Madre de Dios

25 Marzo 2012

Jesús

Simples Miradas hacia el Salvador (11)

 La luz de Jesús

 La atmósfera de Jesús es enteramente luminosa. “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8:12). No hay, en Él, ninguna huella de nubes y de tormentas, que tienen el peso y la intensidad de una tempestad, o de tinieblas desgarradas con relámpagos. No hay siquiera penumbra. Todo, en Jesús, tiene una claridad cristalina; pero ella no excluye, a menudo, una agudeza dolorosa.

Alrededor de Jesús, no hay tragedia, porque ningún problema queda sin solución. Y la dificultad del discípulo no está en el hecho de no conocer lo que hay que hacer, sino de tener la fuerza de hacerlo. Lo que llamamos la tragedia de la existencia humana desaparece ante la pura luz de Cristo. Aquel que ve la luz, puede caminar en la luz.

Durante la transfiguración, las vestiduras de Jesús “se volvieron resplandecientes, muy blancas, tal como ningún lavandero sobre la tierra las puede hacer tan blancas” (Mc 9:3). No es posible separar la visión de Jesús - ni la imagen que formamos de Él en nosotros mismos - de esta impresión de luz, de blancura, de pureza deslumbrante.

Jesús es el mar de inmensidad tremenda; el mar de un azul profundo al atardecer; el mar que el sol de mediodía cubre de una blancura cegadora. Y como se funden, en el horizonte, la línea del mar con la línea del cielo, de igual modo, Señor, Te veo, hasta donde mi mirada puede seguirte, perderte en la gloria del Padre.

¿Qué es lo que pasa en la Transfiguración? El Maestro, que vivía con los discípulos y al aspecto del cual estaban acostumbrados, se les aparece de repente transformado, encubierto de luz, resplandeciendo. Y a nosotros también nos está dado, a veces, experimentar una cierta impresión de Jesús, totalmente nueva, y muy conmovedora. No se trata de esta visión corporal del Salvador que era el privilegio de algunos (quizás de muchos también) a lo largo de los siglos, sino que ocurre, a veces, que la presencia de Jesús se impone a nosotros, arremete contra nosotros y nos agarra. Sentimos Su luz sin verla; o más bien, la presentimos; tal el sol de la mañana que se filtra a través de los parpados cerrados del durmiente. Pues, el Maestro, cuyo aspecto cotidiano es tan manso y humilde, nos hace estremecer al contacto de Su poder. Estos son minutos de transfiguración.

Los hebreos no conocían otra luz divina que aquella de la columna de fuego que guiaba a Israel en el desierto (Cf. Ex 13:21-22). Es una luz limitada, temporaria, que concierne a un pueblo y a una época determinados. Por otro lado, Jesús se proclama la luz “del mundo” (Jn 9:5), luz eterna y universal, que es la Luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1:9). Bendito eres Tú, oh Señor, porque Tu luz opera en todas las almas y la hallamos - aunque sea tan refractada - en todas las razas, todas las creencias.

 

Padre Lev Gillet

 

Tropario de la Resurrección (Tono 8) 

 

Descendiste de las alturas, Compasivo, y aceptaste la sepultura por tres días, para liberarnos de las pasiones; ¡Oh Vida y Resurrección nuestra, gloria a Ti!

 

Tropario de la Anunciación (Tono 4)

 

Hoy es la corona de nuestra sal­vación y la manifestación del miste­rio que está desde la eternidad. Pues, el Hijo de Dios se deviene en Hijo de la Virgen, y Gabriel anuncia la buena noticia de la Gracia. Por lo tanto, nosotros tam­bién, vengan junto a él exclamemos a la Madre de Dios: “¡Alégrate, Oh Llena de gracia, el Señor está contigo!”

 

Kontakion (Tono 8)

 

Yo soy Tu siervo ¡oh Madre de Dios! Te canto un himno de triunfo;  ¡Combatiente Defensora! Te doy Gracias, ¡Liberadora de los pesares! Y como posees un poder invencible, líbrame de todas las desventuras, para que pueda exclamar: ¡Salve! ¡Oh Novia sin novio!”

 

Carta a los Hebreos (2:11-18)

 

¡Hermanos!, el que santifica y los que son santificados, todos  tienen el mismo origen. Por eso Él no se aver­güenza de llamarlos hermanos, cuando dice: “Yo Anunciaré Tu Nombre a mis hermanos, Te alabaré en medio de la asam­blea”. Y también: “En Él pon­dré mi confianza”. Y además: “Aquí estamos yo y los hijos que Dios me ha dado”. Y ya que los hijos tienen una misma sangre y una misma carne, Él también debía participar de esa condición, para reducir a la impoten­cia, mediante Su muerte, a aquel que tenía el dominio sobre la muerte, es decir, al demonio, y liberar de este modo a todos los que vivían completamente esclavizados por el temor de la muerte. Porque Él no vino para socorrer a los Án­geles, sino a los descendientes de Abraham. En consecuencia, debió hacerse semejante en todo a Sus hermanos, para llegar a ser un Sumo Sacerdote Misericordioso y Fiel en el servicio de Dios, a fin de expiar los pecados del pueblo. Y Por haber experimentado personalmente la prueba del su­frimiento, Él puede ayudar a aquellos que están sometidos a la prueba.

 

Santo Evangelio según San Lucas (1:24-38)

 

En aquel tiempo, concibió Isabel, mujer de Zacarías; y se mantuvo oculta durante cinco meses diciendo: “Esto es lo que ha hecho por mí el Señor en los días en que se dignó quitar mi oprobio entre los hombres”. Al sexto mes, fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: “Alégrate, oh Llena de gracia, el Señor está contigo”.  Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El Ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin”. María respondió al Ángel: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” El Ángel le respondió: “El Espíritu vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que ha de nacer de ti será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el sexto mes de aquélla que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios”. Dijo María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Y el Ángel dejándola se fue.

 

¿Qué conmemoramos hoy?

La anunciación a la Madre de Dios

 

La fiesta de la Anunciación es una de las primeras fiestas cristianas, que era celebrada ya en el siglo IV. Hay inclusive una pintura de la Anunciación, en las catacumbas de Priscila en la ciudad de Roma, que data del siglo II. El Concilio de Toledo en el año 656 la menciona, y el Concilio de Trullo en 692 dice que la Anunciación se celebraba durante la Gran Cuaresma.

El nombre griego, eslavo y árabe de la fiesta puede ser traducido como “las buenas noticias”. Esto, por supuesto, se refiere a la Encarnación del Hijo de Dios y a la salvación que Él trae. El relato de la Anunciación se encuentra en el Evangelio de San Lucas (1:26-38) que leemos en la Liturgia de hoy. El tropario describe a la fiesta como el “comienzo de nuestra salvación y la revelación del misterio eterno”, porque en este día el Hijo de Dios se hace el Hijo del Hombre.

Hay dos componentes principales en la Anunciación: el mensaje en sí mismo, y la respuesta de la Virgen. El mensaje de la fiesta es el cumplimiento de la promesa de Dios de enviar un Redentor (Gen 3:15): “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje: él te aplastará la cabeza, y tu le morderás el talón”. Los Padres de la Iglesia entienden “tu linaje” como refiriéndose a Cristo. Los profetas dan a entender la venida del Redentor, pero el Arcángel Gabriel proclama ahora que la promesa está a punto de cumplirse.

Este texto bíblico, de hecho, se hace eco en la Liturgia de San Basilio: “Pues, al modelar al hombre tomando polvo de la tierra, y al honrarlo con Tu imagen, lo pusiste, oh Dios, en el Paraíso de dicha, prometiéndole una vida inmortal y el gozo de los bienes eternos si observaba Tus mandamientos. Pero cuando, seducido por la serpiente, Te desobedeció a Ti, el Dios verdadero que lo habías creado, y fue sometido a la muerte por sus propias transgresiones, lo expulsaste, oh Dios, en Tu justa sentencia, del Paraíso a este mundo, y lo devolviste a la tierra de la que fue tomado, preparándole ya la salvación por la regeneración en la persona misma de Tu Cristo”.

A diferencia de Eva, que fue engañada fácilmente por la serpiente, la Virgen no acepta inmediatamente el mensaje del ángel. En su humildad, no creía ser merecedora de estas palabras. El hecho de que ella le pidiera una explicación pone de manifiesto su sobriedad y prudencia. Ella cree en las palabras del ángel, pero no puede entender la forma en que se puede cumplir esto, porque el Ángel habla de algo que está más allá de la naturaleza.

El icono de la fiesta muestra al Arcángel con un bastón en su mano izquierda, lo que indica su papel de mensajero. A veces, sus alas están hacia arriba, como para mostrar su rápido descenso desde el cielo. Su mano derecha se estira hacia la Santísima Virgen en señal de entrega del mensaje.

La Virgen se representa de pie o sentada, por lo general con un ovillo de hilo o sosteniendo un pergamino en la mano izquierda. Su mano derecha se levanta para indicar su sorpresa ante el mensaje que está escuchando. Su cabeza está inclinada, mostrando su consentimiento y obediencia. El descenso del Espíritu Santo en ella es representado por un rayo de luz que sale de una pequeña esfera en la parte superior del icono, que simboliza el cielo. En un famoso icono del Sinaí, una paloma blanca se muestra en el rayo de luz.

La Anunciación cae siempre durante la Cuaresma, pero siempre se celebra con gran alegría. La Liturgia de San Juan Crisóstomo se celebra en este día, incluso si cae en los días de semana de la Cuaresma. Este es uno de los dos días de la Gran Cuaresma en el que se relaja el ayuno y el pescado está permitido (Domingo de Ramos es el otro día).

 

La Divina Liturgia (XI)

Explicando la Liturgia semana a semana

 

El Canon Eucarístico: La Anáfora

 

Ahora comienza la parte de la Divina Liturgia llamada “el canon eucarístico” o también conocida como “la anáfora”, palabra griega que significa “la elevación”. En este momento los dones del pan y del vino que se han ofrecido en el altar se elevan hacia el altar de Dios el Padre, y reciben la santificación divina por el Espíritu Santo, que viene a cambiarlos en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

La forma general del canon eucarístico es propia del ritual de la pascua del Antiguo Testamento, que ahora se cumple y se perfecciona en la nueva y eterna alianza de Dios con los hombres en la persona y obra de Jesucristo, el Mesías, “nuestro Cordero Pascual, que ha sido sacrificado” (I Cor 4:7, ver también Heb 10:5).

La anáfora eucarística comienza así: “¡Estemos de pie respetuosamente! ¡Estemos con temor! Atendamos para ofrecer en paz la santa Oblación”, y el pueblo responde “¡La misericordia de la paz, el sacrificio de alabanza!”

La oblación es Jesucristo, el Hijo de Dios que se ha convertido en el Hijo del Hombre con el fin de ofrecerse a sí mismo al Padre por la vida del mundo. La propia persona de Jesús es la ofrenda de paz perfecta, que trae la misericordia divina y la reconciliación. Este es sin duda el significado de la expresión “la misericordia de la paz”, que ha sido siempre fuente de confusión en los últimos años en todas las lenguas litúrgicas.

Además de ser la ofrenda de paz perfecta, Jesús es también el único sacrificio de alabanza adecuado que los hombres pueden ofrecer a Dios. No hay nada en el hombre comparable con la gracia de Dios. No hay nada con que los hombres dignamente den gracias y alaben al Creador. Esto sería así incluso si los hombres no fueran pecadores. Así, Dios mismo da a los hombres su propio sacrificio más perfecto de alabanza. El Hijo de Dios es verdaderamente humano, para que los seres humanos puedan tener un ser de su propia naturaleza lo suficientemente adecuado a la santidad y a la gracia de Dios. De nuevo, es Cristo el sacrificio de alabanza.

Por lo tanto, en Cristo, todo se ha cumplido y realizado. En él todo el sistema de sacrificios del Antiguo Testamento, que en sí es la imagen del esfuerzo universal de los hombres por ser dignos de Dios, se cumple. Todas las ofrendas posibles son incorporadas y se perfeccionan en la ofrenda de Cristo en la Cruz. Él es la ofrenda por la paz, la reconciliación y el perdón. Él es el sacrificio de súplica, de acción de gracias y de alabanza. En él todos los pecados de los hombres y las impurezas son perdonados. En él todas las aspiraciones de los hombres pueden cumplirse. En él, y solo en él, están todos los caminos de los hombres hacia Dios, y los caminos de Dios hacia los hombres, puestos en una sola comunión. Sólo en él los hombres tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo (Ef 2:18; ver también Jn 14, II Cor 5, Col 1).

El celebrante se dirige ahora a la congregación con la bendición trinitaria del apóstol Pablo que podemos encontrar en II Corintios 13:14. Este es el saludo cristiano más elaborado del Nuevo Testamento: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros”. Y el pueblo responde: “Y con tu espíritu”.

La gracia de Cristo es lo primero. En esta gracia está contenida la plenitud del amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo. El celebrante ofrece toda esta abundante “emanación” de la vida interior de la Santísima Trinidad para el Pueblo de Dios. Y que a su vez responde con la oración para que esta “plenitud de Dios” sea con su espíritu.

El diálogo eucarístico continúa:

“En alto tengamos los corazones” y “Demos gracias al Señor”. “Digno y justo es adorar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, Trinidad Consubstancial e indivisible”.

Como los hombres en Cristo elevan los dones eucarísticos, elevan también sus corazones. En la Biblia el corazón del hombre es sinónimo de todo su ser y vida. Así, en la anáfora, como el apóstol Pablo lo dijo, el hombre completo es llevado a ese reino donde está Cristo sentado a la diestra de Dios.

 

“Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las cosas que están en la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Col 3:1-3)

 

La manera de elevarnos a Dios es a través de la acción de gracias. La palabra eucaristía en griego significa acción de gracias. La Divina Liturgia eucarística por excelencia es la acción de elevar el corazón y dar gracias a Dios por todo lo que ha hecho por el hombre y el mundo en Cristo y el Espíritu Santo: la creación, la salvación y la glorificación eterna.

El pecado del hombre, el origen de todos sus problemas, la corrupción y por último la muerte, es su incapacidad de dar gracias a Dios. La restauración de la comunión con Dios y con toda la creación en él, es a través de la acción de gracias en Cristo. Jesús es el único hombre verdaderamente agradecido, humilde y obediente a Dios. En él, como el único Hijo amado de Dios y el único perfecto Adán, todos los hombres pueden elevar sus corazones y dar gracias al Señor: “Porque hay un... solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, que se entregó en rescate por todos...” (I Tim 2:5).

Cabe señalar aquí que la afirmación: “Digno y justo es” se expande en forma más proporcionada solamente en la tradición eslava de la Iglesia. En otras iglesias queda solo la forma simple y más antigua.

 

Continúa la semana próxima