Domingo de Pascua de Resurrección

“Disfruten todos ustedes la fiesta de la fe, reciban todas las riquezas de la bondad amorosa” (Sermón de San Juan Crisóstomo que leemos en la fiesta de la Pascua).

La resurrección de entre los muertos de Jesucristo es el centro de nuestra fe cristiana. San Pablo dice que si Cristo no hubiese resucitado, nuestra predicación y nuestra fe serían en vano (I Cor 15:14). De hecho, sin la resurrección no habría predicación cristiana sobre la fe. Los discípulos de Cristo hubieran  seguido siendo el grupo temeroso y sin esperanzas que describe el Evangelio de Juan cuando habla de ellos como de gente escondida dentro de una casa por miedo a los Judíos. Ellos no fueron a ningún lugar y no predicaron nada hasta que vieron al Cristo resucitado, estando las puertas cerradas (Jn 20: 19). Luego comieron y bebieron con él. La resurrección se convirtió en la base de todo lo que dijeron e hicieron (Hec 2-4): “…porque un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo” (Lc 24:39).

La resurrección revela a Jesús de Nazaret no sólo como el Mesías esperado de Israel, sino como el Rey y Señor de la nueva Jerusalén: un cielo nuevo y una tierra nueva.  

“Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva… la ciudad santa, la nueva Jerusalén. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí la morada de Dios con los hombres. Él morará con ellos, y ellos serán su pueblo… Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá más muerte, ni llanto, ni gritos, ni fatigas, porque las primeras cosas pasaron” (Ap 21:1-4).

En su muerte y resurrección, Cristo vence al último enemigo, la muerte, y por lo tanto cumple con el mandato de su Padre de sujetar todas las cosas bajo sus pies (I Cor 15:24-26).

“Digno es el Cordero que fue inmolado, de recibir el poder, la gloria, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza” (Ap 5: 12). 

La fiesta de las fiestas

La fe cristiana se celebra en la liturgia de la Iglesia. La verdadera celebración implica siempre una participación viva. No es simplemente presenciar los oficios. Es la comunión en el poder del acontecimiento que se celebra. Es un regalo de Dios la alegría que se entrega a hombres espirituales como recompensa por su abnegación. Es la recompensa por el esfuerzo físico y espiritual que tuvo la preparación a la fiesta. La resurrección de Cristo, siendo el centro de la fe cristiana, es la base de la vida litúrgica de la Iglesia y el verdadero modelo de todas las celebraciones. “Este es el día elegido y santo, el primero de los sábados, rey y señor de todos los días, la Fiesta de las fiestas, el día sagrado de los días santos. En este día bendecimos por siempre a Cristo” (Irmos 8 del Canon Pascual).

La preparación

Once semanas de preparación tiene la “Fiesta de las fiestas”. En verdad, un largo viaje que incluye cuatro domingos previos a la cuaresma, seis semanas de Cuaresma y toda la Semana Santa, hasta que finalmente llega. El viaje se mueve desde el exilio del hijo pródigo soberbio a la entrada llena de gracia y de alegría en la nueva Jerusalén, que baja como una esposa ataviada para su esposo (Ap 21:2). El arrepentimiento, el perdón, la reconciliación, la oración, el ayuno, la limosna, y el estudio son los medios por los cuales se realiza este largo viaje.

La veneración de la Cruz en el punto medio de este viaje. Cuaresma revela que la alegría de la resurrección se logra sólo a través de la Cruz. “Por la cruz vino la alegría a todo el mundo”, cantamos en un himno pascual. Y en el Tropario pascual, que repetimos una y otra vez decimos que Cristo ha pisoteado la muerte. San Pablo escribe que el nombre de Jesús es exaltado sobre todo nombre, porque Él primero se despojó, tomando forma de un siervo humilde y obediente hasta la muerte en la cruz (Fil 2:5-11). El camino hacia la celebración de la resurrección es la crucifixión y la negación que experimentamos durante la Cuaresma. Pascua es el paso de la muerte a la vida.

“Ayer fuimos enterrados junto a ti, Oh Cristo. Hoy nos levantamos contigo en Tu resurrección. Ayer fuimos crucificados contigo: Glorifícanos contigo, Oh Salvador, en Tu reino” (Oda 3 del Canon Pascual).

La procesión

Los oficios divinos de la noche de Pascua comienzan cerca de la medianoche del Sábado Santo. En la Novena Oda del Canon Nocturno, el sacerdote, revestido en su brillante ornamento, se para ante los fieles en la oscuridad y prende una vela diciendo: “Vengan, tomen la Luz de la luz eterna”. Luego, uno por uno de los fieles, encienden sus velas de la vela ofrecida por el sacerdote y forman una gran procesión que sale de la iglesia. El Coro, los servidores, el sacerdote y el pueblo, encabezados por quienes llevan la cruz, los iconos y el libro del Evangelio, salen de la iglesia. Las campanas suenan sin cesar y el himno angélico de la resurrección se canta.

La procesión se detiene ante las puertas principales de la iglesia. Ante las puertas cerradas, los sacerdotes y el pueblo cantan el Tropario de la Pascua, “¡Cristo resucitó de entre los muertos…!”. Así ingresamos a la Iglesia nuevamente no ya en oscuridad sino ahora toda reluciente y llena de luces.

Los matutinos

Los matutinos se inician inmediatamente. El Cristo resucitado es glorificado en el canto del hermoso canon compuesto por San Juan Damasceno. El saludo pascual se intercambia varias veces. Cerca del final de los Matutinos los versos pascuales se cantan otra vez. Los himnos concluyen con las palabras que nos llaman a actualizar entre nosotros el perdón dado libremente por Dios:

“¡Este es el día de la resurrección! ¡Resplandezcamos con la fiesta! Abracémonos unos a otros! Llamemos “hermanos” incluso a aquellos que nos odian y perdonemos a todos por la resurrección”.

El sermón de san Juan Crisóstomo es leído por el celebrante. Este sermón fue compuesto originalmente como una instrucción bautismal. Se mantiene en la Iglesia durante la Pascua, porque todo lo relacionado con la noche de la Pascua recuerda el Sacramento del Bautismo: el lenguaje y la terminología general de los textos litúrgicos, los cantos específicos, el color incluso, el uso de las velas y la gran procesión en sí. Ahora el sermón nos invita a una reafirmación sincera de nuestro bautismo: a la unión con Cristo en la recepción de la Sagrada Comunión.

La Divina Liturgia

Iniciamos la Divina Liturgia. La mesa del altar está llena del alimento divino: el Cuerpo y la Sangre de Cristo resucitado y glorificado. Nadie se puede ir con hambre. Los libros de los oficios son muy específicos al decir que sólo aquel que participa del Cuerpo y la Sangre de Cristo participa de la Pascua verdadera. Los alimentos de los que se han abstenido los fieles durante el camino de la Cuaresma se bendicen y se comen sólo después de la Divina Liturgia. Así, inauguramos el tiempo de la Pascua que en definitiva es la inauguración de una nueva era. Se nos revela aquí y ahora el misterio del “octavo día”. Inauguramos el nuevo día sin fin del Reino de Dios.