Nuestros Padres entre los Santos y doctores ecuménicos : Gregorio Teólogo Basilio el Grande,y Juan Crisóstomo

Los días posteriores a la fiesta de la Epifanía están llenos de conmemoraciones litúrgicas de grandes santos de la Iglesia. Durante el mes de enero nos hemos encontrado con celebraciones en honor de santos como por ejemplo San Gregorio de Nisa, San Gregorio el Teólogo, San Juan Crisóstomo, San Máximo el Confesor, San Atanasio y San Cirilo de Alejandría y San Marcos de Éfeso; de la misma manera que con santos monjes como San Antonio, San Pablo, San Macario de Egipto, San Eutimios, San Teodosio y San Efrén de Siria. El mes de enero también incluye la memoria de mujeres mártires como Domnica, Tatiana y Xenia. Sin lugar a dudas este es uno de los momentos más ricos durante el año para contemplar la vida de la santidad cristiana.

El 30 del mes de enero, tal vez como un resumen del mes, la Iglesia celebra la fiesta de los tres santos Jerarcas: Basilio el grande, Arzobispo de Cesarea en Capadocia; Gregorio el Teólogo, Obispo de Nacianzo y Arzobispo de Constantinopla; y Juan Crisóstomo de Antioquia también Arzobispo de Constantinopla. Este día es conocido en la Iglesia Ortodoxa como la celebración de los Jerarcas y maestros ortodoxos, la fiesta de los estudios teológicos y de las escuelas teológicas.

Los tres santos Jerarcas fueron muy diferentes tipos de personas. Basilio el Grande (379) fue un diligente hombre de Iglesia, un pensador sólido, un pastor compasivo, un firme defensor de la ortodoxia y un líder monástico. Gregorio el Teólogo (389) fue su gran amigo. Se conocieron en la Universidad de Atenas donde estudiaron literatura, retórica y filosofía, solo para abandonarlo todo por la causa de seguir a Cristo. Después de pasar tiempo juntos llevando vida de monjes, Basilio asumió la tarea de defender la divinidad de Cristo como había sido definida por el Concilio de Nicea. El llegó a ser obispo y forzó a su reacio amigo a entrar también al episcopado y luchar por la fe ortodoxa.

Gregorio era una persona delicada, un contemplativo y un poeta. Se ofendía muy fácilmente y era insultado con frecuencia. Como pastor fue menos que un suceso. Pero como teólogo, fue el más grande. Sus homilías sobre la Santísima Trinidad, dichas frente a un pequeño grupo de fieles cristianos ortodoxos en Constantinopla cuando la Catedral y la masa de gente estaban en manos de los herejes Arrianos, continúan siendo hoy los grandes clásicos de la teología ortodoxa.

Juan Crisóstomo (407) fue un ardiente predicador. Es llamado “Crisóstomo”, que significa “boca de oro”, debido a sus remarcables dones en oratoria. San Juan fue sólidamente ortodoxo en todas sus enseñanzas, pero no es considerado primariamente un teólogo. Es recordado y alabado más por sus enseñanzas sobre la vida cristiana, sus denuncias proféticas de injusticia y de mal, su cuidado pastoral por los pobres y los oprimidos y su audaz oposición a aquellos que distorsionaban y traicionaban el evangelio de Cristo, especialmente aquellos en lugares altos de poder y responsabilidad. Murió en el exilio, expulsado de su Iglesia, en el año 407.

Los tres santos Jerarcas fueron rodeados por pequeños grupos de seguidores creyentes, incluyendo a miembros de sus propias familias, que los asistieron y los inspiraron en sus obras. La madre y la abuela de Basilio, Emilia y Macrina, al igual que su hermana Macrina, han sido canonizadas como santas de la Iglesia, junto con su hermano Gregorio de Nissa. Ambos, él y su hermano Gregorio, consideraron a su hermana Macrina como la gran maestra que tuvieron. La madre de Gregorio el Teólogo, Nona, fue canonizada también como santa. En la oración de su funeral, el santo Padre dijo que su madre le había dado todo lo que él tenía en el Señor incluyendo no solo su vida física, sino también su vida espiritual. La hermana de Gregorio, Teosebia, que algunos piensan fue la esposa de Gregorio de Nissa, fue alabada por su hermano como “más grande que los sacerdotes” junto a su hermana Gorgonia. La madre de Juan Crisóstomo, Anthusa es santa también en la Iglesia. Su mejor amiga y su colaboradora fue una diaconisa llamada Olimpia a quien él dirige sus más conmovedoras cartas en el fin de su vida. Así vemos que estos grandes obispos, teólogos y predicadores no estuvieron solos en sus esfuerzos. Ellos fueron, en un sentido real, el producto de la comunidad de la fe, la devoción y el aprendizaje; así como sus líderes y maestros.

Al contemplar las vidas y obras de Basilio, Gregorio y Juan nos damos cuenta que, más que cualquier otra cosa, un pequeño grupo de creyentes puede hacer muchísimo por la edificación de la Iglesia y la salvación de nuestras almas. Vemos también que nadie puede vivir en aislamiento, como aún los más grandes santos necesitaron a otros para inspirarlos y alentarlos, para instruirlos y apoyarlos en sus servicios. Vemos también que la inteligencia y el aprendizaje no son suficientes. Las mentes de la gente deben ser dedicadas a Dios y a la divina sabiduría y verdad, pero uno debe amar a Dios no solo con toda su mente sino con todo su corazón, alma y fuerzas. Los tres santos jerarcas fueron ascetas de disciplina y de oración ferviente; fueron hombres de la Iglesia y no académicos; fueron hombres que desearon no solo predicar sino también practicar lo que predicaban, no solo hablar sino también hacer; y no solo hacer sino sufrir por el Verbo de Dios que vino a este mundo no solo a predicar sino también a sufrir y a morir por la salvación de todos.

Los tiempos en que los tres santos Jerarcas vivieron fueron tiempos terribles para la Iglesia, seguramente no menos oscuros y deprimentes que los tiempos presentes, y tal vez más en muchos aspectos. Pero estos hombres y mujeres que estuvieron junto a ellos, pudieron perseverar con fe hasta el final. Se debe a esta gente del pasado que tenemos vida cristiana en la Iglesia de hoy.