Nuestro Venerable Padre Macario, el egipcio

San Macario el Grande de Egipto nació alrededor del año 331 en el pueblo de Ptinapor en Egipto. Por deseo de sus padres contrajo matrimonio pero pronto enviudó. Después de enterrar a su esposa, Macario se dijo a sí mismo: “Es necesario que tenga cuidado de mi alma. Es apropiado que abandone esta vida mundana”.

El Señor recompensó al santo con una larga vida, pero a partir de ese momento, el recuerdo de la muerte estaba constantemente en él, impulsándolo a hechos ascéticos acompañados de oración y penitencia. Comenzó a visitar la iglesia de Dios con más frecuencia y meditó en las Sagradas Escrituras más profundamente, pero sin dejar a sus padres de edad avanzada, cumpliendo así con el mandamiento de honrar a los padres.

Hasta que sus padres murieron, San Macario se dedicó a ayudarles y comenzó a orar fervientemente para que el Señor le mostrara el camino de la salvación. El Señor le envió un anciano experimentado, que vivía en el desierto, no lejos de la aldea. El anciano aceptó guiar al joven con amor, lo guió en la ciencia espiritual de la vigilancia, el ayuno y la oración, y le enseñó a tejer canastos. Después de la construcción de una celda separada, no muy lejos de la suya, el anciano instaló a su discípulo allí mismo.

El obispo local llegó un día a Ptinapor y, sabiendo de la vida virtuosa del santo, lo ordenó en contra de su voluntad. San Macario estaba abrumado por esta perturbación de su silencio, y así se fue en secreto a otro lugar. El enemigo comenzó una lucha tenaz contra el asceta, tratando de aterrorizarlo, sacudiendo su celda y sugiriendo pensamientos pecaminosos. San Macario repelió los ataques del diablo defendiéndose con la oración y la señal de la cruz.

La gente malvada calumnió al santo, acusándolo de seducir a una mujer de una aldea cercana. Ellos lo sacaron de su celda y se burlaron de él. San Macario soportó la tentación con gran humildad. Sin un murmullo, le envió el dinero que había obtenido por sus cestas para el apoyo de la mujer embarazada.

La inocencia de San Macario se manifestó cuando esta mujer pasó varios días sin poder dar a luz. Y ante esta situación, ella confesó que había calumniado al ermitaño, y reveló el nombre del verdadero padre. Cuando sus padres se enteraron de la verdad, se sorprendieron y pidieron perdón al santo.

Por lo tanto, Macarios entendió que la maldad humana contribuye a la prosperidad de los justos. Después de haber vivido en el desierto durante tres años, se fue a conocer a San Antonio el Grande, el Padre del monacato egipcio, porque había oído que él todavía estaba vivo en el mundo, y anhelaba verlo. San Antonio lo recibió con amor, y Macario se convirtió en su discípulo devoto. Vivió con él durante mucho tiempo y luego, con el asesoramiento del padre santo, se fue al monasterio Skete (en el noroeste de Egipto). Allí brilló en el ascetismo tanto que llegó a ser llamado “un joven anciano”, porque se había distinguido como un monje experimentado y maduro, a pesar de que aún no tenía treinta años de edad.

San Macario sobrevivió muchos ataques demoníacos. Una vez, llevaba ramas de palma para tejer cestas, y un demonio le encontró en el camino y quiso golpearlo con una hoz, pero no era capaz de hacer esto. Él dijo: “Macario, sufro una gran angustia por ti porque no soy capaz de derrotarte. Haces todo lo que hago. Ayunas siempre y yo no como nada en absoluto. Te mantienes en vigilia y yo nunca duermo. Me superas sólo en una cosa: la humildad”.

Cuando el santo llegó a la edad de cuarenta años, fue ordenado al sacerdocio y establecido como abad de los monjes que viven en el desierto de Skete. Durante estos años, San Macario visitaba a menudo a San Antonio el Grande, recibiendo orientación de él en conversaciones espirituales. Macario fue considerado digno de estar presente en la muerte de San Antonio y recibió su bendición personal. También recibió una doble porción del poder espiritual de Antonio, al igual que el profeta Eliseo recibió una doble porción de la gracia del profeta Elías, junto con el manto que se le cayó de la carroza de fuego.

San Macario llevó a cabo muchas curaciones. Las personas se agolpaban en busca de ayuda y de asesoramiento, pidiendo sus santas oraciones. Todo esto perturbó la quietud del santo. Por lo tanto, excavando una cueva profunda debajo de su celda, se escondió allí para la oración y la meditación.

San Macario logró tal audacia ante Dios que, a través de sus oraciones, el Señor resucitó a los muertos. A pesar de alcanzar tales alturas de santidad, continuó conservando su humildad inusual.

Una vez, mientras estaba orando, San Macario oyó una voz que le decía: “Macario, aún no has alcanzado la perfección en la virtud como dos mujeres que viven en la ciudad”. El humilde asceta fue a la ciudad a buscar la casa donde vivían las mujeres. Al encontrar dicha casa las mujeres lo recibieron con alegría, y él les dijo: “He venido del desierto con el fin de aprender cuales son sus buenas obras. Háblenme de ellas y no me oculten nada”.

Las mujeres respondieron con sorpresa: “vivimos con nuestros maridos y no tenemos ninguna virtud”. Pero el santo siguió insistiendo, y las mujeres entonces le dijeron: “Nos casamos con dos hermanos. Después de vivir juntos en una casa durante quince años, no hemos dicho ni una palabra maliciosa ni vergonzosa, y nunca hemos peleado entre nosotros. Le preguntamos a nuestros maridos para poder entrar en un monasterio de mujeres, pero no estan de acuerdo. Prometimos no pronunciar una sola palabra mundana hasta la muerte”.

San Macario glorificó a Dios y dijo: “En verdad, el Señor no busca ni vírgenes ni mujeres casadas, ni monjes ni seglares, sino que valora la intención libre de una persona, aceptando su voluntad. Él concede a todos el libre albedrío de la gracia del Espíritu Santo, el cual opera en un individuo y dirige la vida de todos los que desean ser salvados”.

Durante los años del reinado del emperador arriano Valente (364-378), San Macario el Grande y San Macario de Alejandría fueron perseguidos por los seguidores del obispo arriano Lucio. Se apoderaron de ambos ancianos y los pusieron en un barco, enviándolos a una isla donde vivían sólo paganos. Por las oraciones de los santos, la hija de un sacerdote pagano fue liberada de un espíritu maligno. Después de esto, el sacerdote pagano y todos los habitantes de la isla fueron bautizados. Cuando se enteró de lo que había pasado, el obispo arriano temía un levantamiento y permitió a los ancianos que regresaran a sus monasterios.

La mansedumbre y la humildad del monje transformaron las almas humanas. “Una palabra dañina”, decía San Macario, “hace que las cosas buenas sean malas, sin embargo la buena palabra hace bueno lo malo bueno”. Cuando los monjes le preguntaron cómo orar correctamente, él respondió: “La oración no requiere de muchas palabras. Es necesario decir solamente: “Señor, como quieras y como tú sabes, ten misericordia de mí”. “Si un enemigo cae sobre ustedes, sólo tienen que decir: “Señor, ten piedad”. El Señor sabe lo que es útil para nosotros, y nos concede la misericordia”.

Cuando los hermanos le preguntaron cómo debe comportarse un monje, el santo respondió: “Perdónenme, yo no soy un monje, pero he visto monjes. Les pregunté qué debo hacer para ser un monje. Ellos respondieron: “Si un hombre no renuncia a sí mismo de todo lo que hay en el mundo, no es posible que sea monje”. Entonces me dije: “Yo soy débil y no puedo ser como ustedes. Los monjes respondieron: “Si no puedes renunciar al mundo como lo hemos hecho, ve a tu celda y llora por tus pecados”.

San Macario aconsejó así a un joven que quería convertirse en monje: “Huye de la gente y serás salvo”. Aquél le preguntó: “¿Qué significa que huya de la gente?” El monje respondió: “Siéntate en tu celda y arrepiéntete de tus pecados”.

San Macario envió a este joven a un cementerio para reprender y luego elogiar a los muertos. Entonces él le preguntó qué le habían respondido. El joven dijo: “Se quedaron en silencio tanto con la alabanza como con los insultos”. “Si quieres ser salvo se como un muerto. No te enfades cuando te insulten, ni satisfecho cuando te alaben”. Y luego le dijo: “Si la calumnia es como un elogio para ti, la pobreza como riqueza, la falta como abundancia, entonces serás salvo”.

El monje vivió hasta la edad de noventa años. Poco antes de su muerte, los santos Antonio y Pacomio le aparecieron, llevando el mensaje gozoso de su partida a la vida eterna en nueve días. Después de instruir a sus discípulos para preservar la regla monástica y las tradiciones de los padres, los bendijo, y comenzó a prepararse para la muerte. San Macario partió al Señor diciendo: “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”.

San Macario pasó sesenta años en el desierto siendo muerto para el mundo. Pasó la mayor parte de su tiempo en conversación con Dios, a menudo en un estado de éxtasis espiritual. Pero nunca dejó de llorar, de arrepentirse y de trabajar. Profundos escritos teológicos del santo se basan en su propia experiencia personal. Cincuenta homilías espirituales y siete tratados ascéticos sobreviven como el precioso legado de su sabiduría espiritual. Varias oraciones compuestas por san Macario el Grande todavía son utilizadas por la Iglesia en las oraciones antes de dormir y también en las oraciones de la Mañana.

La meta más alta del hombre, la unión de su alma con Dios, es un principio fundamental en las obras de San Macario. Al describir los métodos para alcanzar la comunión mística, el santo se basa en la experiencia de los grandes maestros del monacato egipcio y en su propia experiencia.

Los milagros y las visiones de la Virgen que tuvo Macario se registran en un libro escrito por el presbítero Rufino. Su vida fue compilada por San Serapión, obispo de Tmuntis (en el Bajo Egipto), uno de los historiadores reconocidos de la Iglesia en el siglo IV. Sus reliquias se encuentran en la ciudad de Amalfi, en Italia.