La Santa Epifanía de Nuestro Señor, Dios y Salvador Jesucristo

“Epifanía” es la fiesta que manifiesta a la Santísima Trinidad en el mundo a través del Bautismo del Señor (Mt 3:13-17; Mc 1:9-11 y Lc 3:21-22). Dios el Padre habló desde el cielo sobre el Hijo, el Hijo fue bautizado por San Juan Bautista y Precursor, y el Espíritu Santo descendió sobre el Hijo en forma de una paloma. Desde tiempos antiguos, esta fiesta se llamaba “el Día de la Iluminación” y “la Fiesta de las Luces”, ya que Dios es Luz, y apareció en el mundo para iluminar a “los que estaban sentados en la oscuridad”, y “en las regiones de la sombra de la muerte” (Mt 4:16), y para salvar a la raza caída de la humanidad por la gracia.

En la Iglesia primitiva existía la costumbre de bautizar a los catecúmenos en las vísperas de la Epifanía, por lo que el bautismo también se revela como la iluminación espiritual de la humanidad.

El origen de esta fiesta se remonta a los tiempos apostólicos, y se menciona en las Constituciones Apostólicas (Libro V, 13). Desde el siglo II tenemos el testimonio de San Clemente de Alejandría sobre la celebración del Bautismo del Señor, y la vigilia de la noche anterior a la fiesta.

Hay un “diálogo”, entre el santo mártir Hipólito y San Gregorio Taumaturgo que existe hasta el día de hoy y que data del siglo III sobre los oficios de Epifanía. En el siglo siguiente, a partir del siglo IV, todos los grandes Padres de la Iglesia: Gregorio el Teólogo, Juan Crisóstomo, Ambrosio de Milán, Juan de Damasco, escribieron comentarios sobre esta fiesta.

Los monjes José el Estudita, Teófanes y Bizancios compusieron la música litúrgica para esta fiesta, que se canta hoy en día. San Juan Damasceno dijo que el Señor fue bautizado, no porque él mismo tenía necesidad de limpieza, sino “para enterrar al pecado del hombre por el agua”, cumplir la Ley, revelar el misterio de la Santísima Trinidad, y, por último, para santificar “la naturaleza del agua” y ofrecernos la forma y el ejemplo del bautismo.

En la fiesta del Bautismo de Cristo, la Santa Iglesia proclama nuestra fe en el misterio más sublime e incomprensible para la inteligencia humana: Un solo Dios en tres Personas. Nos enseña a confesar y glorificar a la Santísima Trinidad, una en esencia e Indivisible. Expone y derroca los errores de las antiguas enseñanzas que trataron de explicar al Creador del mundo por la razón, y en términos humanos.

La Iglesia muestra también la necesidad del bautismo para los creyentes en Cristo, y nos inspira en un sentimiento de profunda gratitud por la iluminación y la purificación de nuestra naturaleza pecaminosa. La Iglesia enseña que nuestra salvación y purificación del pecado es posible únicamente por el poder de la gracia del Espíritu Santo, por lo tanto, es necesario mantener dignamente estos dones de la gracia del santo bautismo. Mantener limpias nuestras vestiduras no tiene precio, ya que “los que se han bautizado en Cristo, también se han revestido de Cristo” (Gal 3:27).