Domingo del ciego

En el sexto domingo después de Pascua se conmemora la curación del hombre ciego desde su nacimiento. Nos identificamos con el varón que llegó a ver y creer en Jesús como el Hijo de Dios. El Señor ha ungido nuestros ojos con sus propias manos divinas y los ha lavado con las aguas de nuestro bautismo.

Jesús  usó lodo hecho con su saliva, y le dijo al hombre que se lavara en las aguas de Siloé. Jesús así lo hizo porque era el sábado, el día de reposo, en que estaba estrictamente prohibido hacer lodo, escupir, y lavarse. Al romper estas leyes rituales de los judíos, Jesús demostró que en verdad Él es el Señor del Sábado, y como tal, Él es igual a Dios Padre, el Único que trabaja en el día del Sábado ya que Él dirige el mundo de Su creación.

El escándalo transciende sobre el hecho de haber sanado al ciego en el día de reposo y él es expulsado de la sinagoga debido a su fe en Cristo. La Iglesia entera sigue a este hombre en su destino, sabiendo que los verdaderos ciegos son aquellos que no reconocieron a Jesús como el Señor y aun permanecen en sus pecados. Los demás tienen la luz de la vida y pueden ver y conocer al Hijo de Dios, pues “le has visto, y el que habla contigo, él es”.

 

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