Cuarto Domingo de Pascua: del Paralítico

6 Mayo 2012

La conversión de Cornelio y los de su casa

“Todos nosotros estamos aquí presentes delante de Dios, 
para oír todo lo que el Señor te ha mandado”
(Hec 10:33)

Carta de conclusión del IV E.N.A.C.O.

Dirigida a los Catequistas de nuestra Iglesia en Argentina

Cada encuentro arquidiocesano tiene su belleza y vivencia, compartiendo entre ellos un denominador común que es la excelente disposición de los participantes para reunirse y trabajar juntos. Con esa disposición se reencontraron todos los catequistas de nuestra Iglesia en el marco del IVº E.N.A.C.O. realizado del 31 de marzo al 2 de abril en Santiago del Estero.

El lema del encuentro se basaba en la solicitud de Cornelio a Pedro, al recibirlo en su casa en Cesarea: “Todos nosotros estamos aquí presentes delante de Dios, para oír todo lo que el Señor te ha mandado” (Hec 10:33). En estas palabras está resumida la actitud propia a los catequistas y los catequizados. En efecto, los catequistas son “enviados” por la Iglesia para anunciar Su palabra, ofrecerla con fe y la entera conciencia que es una palabra de salvación que proviene de Dios; mientras los catequizados han de estar atentos a “escuchar” y recibir dicha palabra con la conciencia que es una palabra de salvación para su propia vida. De esa forma, la catequesis se vuelve un espacio sagrado de comunión en el Señor. Catequista y catequizado están en comunión en la palabra de Dios, anunciada y recibida a la vez, siempre en Su presencia, “delante de Dios”.

Particularmente, ese encuentro fue un punto de inflexión en el trabajo a nivel arquidiocesano para con la catequesis. Ya podemos distinguir dos testimonios y aportes distintos pero complementarios entre los catequistas, ya sean jóvenes o adultos. En efecto, gracias a la catequesis parroquial, muchos padres de los catequizados se han acercado más a la parroquia, han descubierto nuestra vida litúrgica y han experimentado una linda recepción en la comunidad. De ahí nació en el corazón de ciertas madres la vocación de colaborar en la catequesis. Además, la juventud encontró en la catequesis un espacio dentro de la Iglesia que les gusta, y tomaron progresivamente conciencia de la necesidad de formarse para formar “en Cristo”.

En ese ministerio de la palabra de Dios, se complementan los catequistas jóvenes y adultos. Es remarcable constatar que entre ellos ha crecido un espíritu fraterno, el respeto mutuo, la apreciación de los dones y los talentos, la creatividad, la humildad y las ganas de aprender uno de otro. Ambas edades tienen mucho para brindar en la catequesis, tanto a los catequizados como a sus padres, demostrando cariño, brindando contención, preocupándose por ellos y trabajando para acercarlos más todavía a la fuente de la Vida. Contenidos por la Iglesia, se vuelven ellos mismos los que contienen a otros. En ese clima, la catequesis, en algunas parroquias, fue una verdadera “pesca” de los padres de los catequizados.

¡Cuán preciosa es esa vivencia y ese crecimiento en la Iglesia! La experiencia demuestra que la catequesis, especialmente para los catequistas jóvenes que la asumen con seriedad y buscan formarse, es un gran aprendizaje en la vida en general, y en la fe y el amor a la Iglesia, en especial. Para ellos, es una experiencia que apreciarán cuando empiecen a elegir su pareja, formar su familia y criar a sus hijos. En cuanto a los adultos, en su mayoría mujeres, encuentran en la vida de la Iglesia una fuente de vida verdadera y un espacio de servicio a una altura de su vida llena de experiencias.

Además, estos encuentros del E.N.A.C.O., desde 2008 hasta ahora, permitieron responder progresivamente a las distintas necesidades de la catequesis a nivel de la formación, del intercambio de material, de la comunicación entre los catequistas, de la orientación y organización de la misma. En especial, el trabajo de los dos últimos años permitió dar a la formación un contenido que refleja la vivencia, la espiritualidad, la enseñanza y la tradición de nuestra Iglesia, tratando de poner a disposición de los catequistas las herramientas necesarias para descubrir y trabajar los elementos y los modos para anunciar la Buena Nueva. En ese porvenir, redescubrieron su propia identidad de catequistas, profundizaron su fe, con el anhelo de un modo de vida consecuente con ella. En ese proceso de renovación personal, ya las miradas entre sí, la alegría en la misión confiada a ellos, la capacidad de mejora y de aprendizaje, aparecen en las caras y los corazones de cada uno, siempre acompañadas con una actitud colectiva donde descubrir, escuchar, aprender, ejercitarse, trabajar en equipo, respetar al otro, acompañar al recién incorporado prevalecen entre todos.

La catequesis ha crecido en nuestra Iglesia, y cada vez se tinta de una madurez y de un aporte reconfortante y esperanzador. Comparando nuestra situación con la que prevalece en otra iglesia, basándonos en experiencias personales y las del clero, llegamos a la conclusión de dar gracias a Dios por lo que somos y lo que tenemos, pese a la carencia en la metodología, el material, la formación, el diagnóstico eficiente de nuestra situación. Porque, a cambio, beneficiamos de aspectos muy positivos, como son las relaciones fraternas entre catequistas, la excelente colaboración para con el párroco y la parroquia, el grado de responsabilidad, la creatividad y las ganas de aprender. En cuanto a las carencias, estas se pueden suplir progresivamente.

Todos somos concientes de los desafíos actuales, a nivel de la familia, la pastoral, la moral y la vida social. Servir, acompañar, vivir y difundir su fe es un testimonio precioso e inigualable. Ojala los padres de los catequizados, y los fieles en general, puedan renovar su mirada hacia la Iglesia: en vez de verla como una institución, verla como comunidad y vida divina; en vez de considerar la catequesis como una obligación, descubrir en ella una oportunidad de crecimiento para ellos y para sus hijos en la vida divina y la fe; en vez de descuidar la vida sacramental, solicitar conocerla y vivir su esencia. Con tal mirada renovada y vivida, la vida personal e institucional en nuestra Iglesia tendrá otro alcance y contenido.

Con ciencia, consciencia y conocimiento, la familia del E.N.A.C.O. - los catequistas - crece y madura. Son frutos provienen de su sinergia con la gracia de Dios, y su voluntad y esfuerzo que la palabra de Dios eche primero raíces en sus corazones antes de pensar sembrarla en los corazones de los demás. En eso, verídica es la constatación del Señor: “Nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque entonces los odres se revientan, el vino se derrama y los odres se pierden; sino que se echa vino nuevo en odres nuevos, y ambos se conservan” (Mt 9:17). Todos somos concientes de ello, y nos alegramos al preparar nuevos odres para recibir vino nuevo en ella. Amén.

+ Monseñor Siluan

 

Tropario de la Resurrección (Tono 3)

Que se alegren los celestiales, y que se regocijen los terrenales, porque el Señor desplegó la fuerza de Su brazo, pisoteando la  muerte con Su muerte y siendo el primogénito de entre los  muertos nos salvó de las entrañas del Hades y concedió al mundo la gran misericordia. 

 

Kontakión de Pascua (Tono 8)

Aunque descendiste al sepulcro, Tú que eres Inmortal, borraste el poder de infierno y levantaste Victorioso, ¡Cristo Dios! Y a las mujeres portadoras del bálsamo dijiste: ¡Regocijaos! Y a Tus discípulos otorgaste la paz, Tú que otorgas la resurrección a los caídos.

 

Hechos de los Apóstoles (9:32-42)

En aquellos días, Pedro, que andaba recorriendo todos los lugares, bajó también a visitar a los santos que habitaban en Lida. Encontró allí a un hombre llamado Eneas, tendido en una camilla desde hacía ocho años, pues estaba paralítico. Pedro le dijo: “Eneas, Jesucristo te cura; levántate y arregla tu lecho.” Y al instante se levantó. Todos los habitantes de Lida  y Sarón le vieron, y se convirtieron al  Señor. Había en Jope una discípula llamada Tabitá, que quiere decir Dorkás. Era rica en buenas obras y en limosnas que hacía. Por aquellos días enfermó y murió. La lavaron y la pusieron en la estancia superior. Lida está cerca de Jope, y los discípulos, al enterarse que Pedro estaba allí, enviaron dos hombres con este ruego: “No tardes en venir a nosotros.” Pedro partió inmediatamente con ellos. Así que llegó le hicieron subir a la estancia superior y se le presentaron todas las viudas llorando y mostrando las túnicas y los mantos que Dorkás hacía mientras estuvo con ellas. Pedro hizo salir a todos, se puso de rodillas y oró; después se volvió al cadáver y dijo: “Tabitá, levántate.” Ella abrió sus ojos y al ver a Pedro se incorporó. Pedro le dio la mano y la levantó. Llamó a los santos y a las viudas y se la presentó viva. Esto se supo por todo Jope y muchos creyeron en el Señor.

 

Santo Evangelio según San Juan (5:1-15)

En aquel tiempo, subió Jesús a Jerusalén. Hay en Jerusalén una piscina, cerca de la puerta de las ovejas, llamada en hebreo Betesda, la cual tiene cinco pórticos. En ellos, yacía una gran multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos aguardando el movimiento de las aguas, pues un ángel del Señor bajaba de tiempo en tiempo a la piscina, y agitaba el agua; y el primero que después de movida el agua entraba en la piscina, quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese. Estaba allí un hombre que hacía treinta y ocho años que se hallaba enfermo. Jesús, al verlo tendido y al enterarse de que llevaba ya mucho tiempo, le dijo: “¿Quieres recobrar la salud?” El enfermo respondió: “Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua, por lo cual mientras yo voy, ya se ha metido otro”. Le dijo Jesús: “Levántate, toma tu camilla y anda”. De repente se halló sano este hombre, tomó su camilla y se puso a andar. Era aquél un día sábado; por eso le decían los judíos al que había sido curado: “Es sábado y es ilícito llevar a cuestas la camilla”. Les respondió: “El que me ha devuelto la salud me ha dicho: “Toma tu camilla y anda”. Le preguntaron entonces: “¿Quién es ese hombre que te ha dicho: “Toma tu camilla y anda”?” Pero el curado no sabía quién era, pues Jesús había desaparecido porque había mucha gente en aquel lugar. Más tarde, Jesús lo encontró en el templo y le dijo: “Mira que has quedado curado; no peques más, para que no te suceda algo peor”. El hombre fue a decir a los judíos que era Jesús quien le había curado.

 

¿Qué conmemoramos hoy?

El Domingo del Paralítico

Se dedica el cuarto domingo de Pascua a la curación por Cristo del hombre paralítico que recuerda el evangelio de San Juan. El hombre es sanado por Cristo mientras espera bajar a la piscina de agua. El mismo evangelio nos recuerda que, mediante el bautismo, nosotros también en la Iglesia, somos sanados y salvados por Cristo para la vida eterna. En la Iglesia se nos dice, junto al paralítico, “No peques más, para que no te venga alguna cosa peor” (Jn 5:14).

La curación del paralítico pone en evidencia el modo en que los judíos negaban la identidad y la autoridad de Cristo. San Cirilo, Patriarca de Alejandría (+444) explica en qué consiste la divergencia entre la misión del Señor y su propia interpretación del sábado.

En primer lugar, San Cirilo observa cuando ocurrió el milagro. En efecto, El Señor “subió a Jerusalén” después de haber predicado a los samaritanos y sanado al hijo de un cortesano en Cafarnaúm en Galilea. En ambas regiones, que no son judías, la presencia del Señor fue salvífica. Tanto en Samaria como en la casa del cortesano, muchos creyeron en Él. La recepción y la obediencia al mensaje evangélico fueron exitosas. En cambio, los judíos condenaron al Señor por haber sanado al paralítico en día sábado, en lugar de maravillarse y agradecer.

En segundo lugar, San Cirilo admira la benevolencia del Señor para con el paralítico. “Jesús le vio (al paralítico) acostado, y conociendo que llevaba ya mucho tiempo, le dijo: ¿Quieres ser curado?”. El Señor no esperó que él se lo solicitara, sino que Él se adelantó a su pedido, por Su extrema bondad y compasión, como si fuera corriendo hacia él y compartiendo su dolor.

En tercer lugar, San Cirilo medita acerca de la curación. En efecto, el Señor ordenó al paralítico: “Levántate, toma la camilla y anda. Al instante quedó el hombre sano, y tomó su camilla y se fue”. No hay una previa oración para que no Lo consideren como uno de los santos profetas, sino que Él, como Señor de las Potestades, ordenó con autoridad que sea así, diciéndole que se vaya a su casa llevando su camilla como señal de su curación. Por su obediencia y fe, el paralítico ganó para sí la gracia tan deseada.

En cuarto lugar, San Cirilo comenta la reacción de los judíos acerca de lo ocurrido por la sentencia del profeta Jeremías: “Pueblo necio e insensato, que tiene ojos y no ve” (5:21), porque dijeron al paralítico: “Es sábado. No te es lícito llevar la camilla”. Así mostraron una ignorancia mayor. En lugar de maravillarse ante el poder del Sanador y su misericordia, se mostraron molestos al reprochar y revocar la obra de Dios.

En quinto lugar, San Cirilo explica la actitud del paralítico ante la acusación de los judíos. En una primera instancia, él les dijo: “El que me ha curado me ha dicho: Toma tu camilla y vete”. Siendo acusado con violencia de desobedecer la ley, el paralítico contestó que fue ordenado por Aquel quien es el Dador de la vida. Como si les dijera a los judíos que quien le había curado merece más honores que el sábado, porque ¿cómo hacer tales cosas es ilegal, o poseer tal poder divino es contra la voluntad de Dios? Además, en una segunda instancia, cuando el curado reconoció la identidad del Señor, informó a los judíos, no para que ellos puedan castigar al Señor, e incurrir por ello en un juicio peor, sino, para que puedan conocer al maravilloso Médico. La prueba que tal fue su intención se percibe en sus mismas palabras: no dijo que Jesús era quien forzó el sábado, sino que era quien le había curado.

En sexto lugar, San Cirilo examina la actitud del Señor hacia el curado. Después de la curación, el Señor desapareció de la escena, porque no era el tiempo adecuado para enfrentarse con los judíos, y aparece nuevamente para decirle al curado: “Mira que has sido curado; no vuelvas a pecar, no te suceda algo peor”. Si, en una primera instancia, le ofreció al paralítico la salud del cuerpo, ahora quiso dejarle un mensaje para su alma: guardar la gracia recibida, sino padecerás una molestia peor que la enfermedad.

 

La Divina Liturgia (XV)

Explicando la Liturgia semana a semana

El Padre Nuestro

Después de las conmemoraciones de la Divina Liturgia, el pueblo pide a Dios que les permita adorar “con una sola boca y un solo corazón”. Luego se desean los unos a los otros “las misericordias de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo”, y entonces, habiendo recordado a todos los santos, cantan la letanía en que ruegan a Dios que reciba los dones eucarísticos “en su santo, celestial y místico altar como aroma de fragancia espiritual” y que nos envíe a cambio “la gracia divina y el don del Espíritu Santo”.

Ponen fin a la letanía con la oración por “la unidad de la fe y la comunión del Espíritu Santo”, los fieles encomiendan sus propias vidas a Cristo pidiendo ser dignos “confiadamente y sin reproche de invocar al Padre Celestial y decir: Padre nuestro que estás en los cielos”.

En el Antiguo Testamento el pueblo de Dios no se atrevió a dirigirse a Dios en la oración íntima con el nombre de Padre. Sólo en Cristo y por Cristo, los hombres pueden tener tal osadía. Los cristianos sólo pueden usar adecuadamente la oración del Señor que les fue enseñada por el Hijo de Dios. Sólo aquellos que han muerto y resucitado con Cristo en el bautismo, y han recibido la potestad de ser hechos hijos de Dios por el Espíritu Santo en la crismación pueden acercarse al Dios Poderoso y Altísimo como su Padre (Jn 1:12, Mt 6:9, Rom 8:14, Gal 4:4).

En la Iglesia primitiva el Padrenuestro era enseñado a la gente sólo después de que se habían convertido en miembros de Cristo por el bautismo y la crismación. Justo antes de recibir los dones de la Santa Comunión “para perdón de los pecados y las transgresiones, para la comunión del Espíritu Santo y el Reino celestial”, los fieles que se han convertido en hijos de Dios en Cristo y el Espíritu ejercían su don de filiación divina con el Salvador. Ellos se atreven a orar a Dios como a su propio padre.

Continúa la semana próxima