Colocación de los restos de Nuestro Padre entre los Santos Juan Crisóstomo

San Juan Crisóstomo, el gran maestro y jerarca, murió en la ciudad de Comana en el año 407 en su camino a un lugar de exilio. Había sido condenado por las intrigas de la emperatriz Eudoxia, debido a su atrevida denuncia de los vicios que regían sobre Constantinopla. El traslado de sus reliquias se hizo recién en el año 438, treinta años después de la muerte del santo durante el reinado del hijo de Eudoxia el emperador Teodosio II (408-450).

San Juan Crisóstomo tenía el cálido amor y el profundo respeto de la gente, y el dolor por su muerte vivió en el corazón de los cristianos. Un discípulo de San Juan, San Proclo, Patriarca de Constantinopla (434-447), durante un oficio en la iglesia de Santa Sofía, predicó un sermón alabando a San Juan y dijo así: “Juan, tu vida estuvo llena de dolor, pero tu muerte fue gloriosa. Tu tumba ha sido bendecida y la recompensa es grande, porque la gracia y la misericordia de nuestro Señor Jesucristo te honra aún después de haber conquistado los límites del tiempo y del espacio. El amor ha conquistado el espacio, tu memoria eterna ha aniquilado los límites, y el lugar no es ya un obstáculo para tus milagros”.

Los que estaban presentes en la iglesia, profundamente conmovidos por las palabras de san Proclo, no le permitieron ni siquiera terminar su sermón. De común acuerdo comenzaron a implorar al Patriarca que interceda ante el emperador, para que las reliquias de San Juan pudieran ser devueltas a Constantinopla.

El emperador, abrumado por san Proclo, dio su consentimiento y la orden de traslado de las reliquias de San Juan. Pero aquellos que envió fueron incapaces de levantar las reliquias sagradas hasta que se dio cuenta que había enviado a los hombres a tomar las reliquias del santo con un edicto. Escribió humildemente una carta a San Juan pidiéndole que perdonara su audacia, y que regresara a Constantinopla. Después que la carta fue leída ante la tumba de San Juan, las reliquias fueron levantadas fácilmente, y luego en un barco llegaron a Constantinopla.

El féretro con las reliquias fue colocado en la iglesia de la Santa Paz. Cuando el Patriarca Proclo abrió el ataúd, el cuerpo de San Juan resultó estar incorrupto. El emperador se acercó al ataúd con lágrimas, pidiendo perdón por su madre, que había desterrado a San Juan. Todo el día y la noche la gente se acercó a ver el cuerpo de San Juan en el ataúd. Cuando el cuerpo de San Juan fue puesto en el trono, parado, durante el oficio que se celebraba, se escuchó su voz dando la paz: “la Paz sea con todos vosotros”. Por la mañana fue llevado a la iglesia de los Santos Apóstoles. La gente gritaba: “Padre, háblanos nuevamente”.

La celebración del traslado de las reliquias de San Juan Crisóstomo comenzó en el siglo IX.