27/11/2013

Primera carta de San Pablo a los Tesalonicenses 2:1-8

Hermanos, ustedes saben muy bien que la visita que les hicimos no fue inútil. Después de ser maltratados e insultados en Filipos, como ya saben, Dios nos dio la audacia necesaria para anunciarles su Buena Noticia en medio de un penoso combate. Nuestra predicación no se inspira en el error, ni en la impureza, ni en el engaño. Al contrario, Dios nos encontró dignos de confiarnos la Buena Noticia, y nosotros la predicamos, procurando agradar no a los hombres, sino a Dios, que examina nuestros corazones. Ustedes saben -y Dios es testigo de ello- que nunca hemos tenido palabras de adulación, ni hemos buscado pretexto para ganar dinero. Tampoco hemos ambicionado el reconocimiento de los hombres, ni de ustedes ni de nadie, si bien, como Apóstoles de Cristo, teníamos el derecho de hacernos valer. Al contrario, fuimos tan condescendientes con ustedes, como una madre que alimenta y cuida a sus hijos. Sentíamos por ustedes tanto afecto, que deseábamos entregarles, no solamente la Buena Noticia de Dios, sino también nuestra propia vida: tan queridos llegaron a sernos.

Santo Evangelio según San Lucas 20:1-8

En aquel tiempo, un día en que Jesús enseñaba al pueblo en el Templo y anunciaba la Buena Noticia, se le acercaron los sumos sacerdotes y los escribas con los ancianos, y le dijeron: "Dinos con qué autoridad haces estas cosas o quién te ha dado esa autoridad". Jesús les respondió: "Yo también quiero preguntarles algo. Díganme: El bautismo de Juan, ¿venía del cielo o de los hombres?. Ellos se hacían este razonamiento: "Si respondemos: 'Del cielo', él nos dirá: '¿Por qué no creyeron en él?'. Y si respondemos: 'De los hombres', todo el pueblo nos apedreará, porque está convencido de que Juan es un profeta". Y le dijeron que no sabían de dónde venía. Jesús les respondió: "Yo tampoco les diré con qué autoridad hago esto".