Solemne conmemoración de San Procopio

8 Julio 2012

Experiencias y consejos sobre el sacerdocio

Con motivo de la ordenación sacerdotal del Diácono Gabriel, compartimos estas reflexiones sobre el ministerio sacerdotal, para la edificación de nuestras almas, con la plena conciencia de la providencia de Dios por haber honrado a los hombres con dicha dignidad. Aquí van algunos conceptos, experiencias  y consejos.

San Juan Crisóstomo (+407), en sus libros “Sobre el Sacerdocio”, manifiesta que se trata de un ministerio angélico, el cual necesita que el candidato esté armado con una multiplicidad de virtudes: el amor a Dios y al rebaño; santificar su vida para trabajar por la santificación de los demás; armarse con la oración (como intercesor delante de Dios a quién pide por el crecimiento espiritual de su rebaño) y la lectura para poder predicar (como profeta que trasmite la palabra de Dios) y enseñar (como pedagogo que guía a su rebaño en el camino del arrepentimiento y de la salvación); ayudar a su feligresía a santificar su vida por la participación consciente de los sacramentos; ejercer la caridad y ser un ejemplo en el amor a los pobres; ejercer el perdón y la paciencia, y ser un hombre de perdón y de reconciliación entre los hombres, soportando toda situación, manteniendo la paz, la alegría y dando gracias a Dios; y por último, mantenerse vigilante en la lucha espiritual, pues si se descuida, ¿cómo va a poder socorrer a los demás?

San Juan de Kronstadt (+1908), gran santo ruso, hablando de su propia experiencia, escribe en su libro “Mi vida en Cristo”“Cuando fui sacerdote y pastor, aprendí rápidamente por la experiencia de la lucha llevada en mi vida espiritual contra el jefe de este mundo lleno de destrucción, de irritación y del fuego del infierno. Esto significa que el Señor, el buen pastor, me puso en la tentación, y empezó mi aprendizaje espiritual a través de la experiencia para que sea capaz de distinguir a mis enemigos; lo pude lograr con las armas de la fe, de la oración, del arrepentimiento, de la participación en los sacramentos purísimos del Señor. Aprendí por experiencia la lucha, la fe verdadera, la esperanza, la paciencia, la rectitud espiritual, la pureza del corazón, y la invocación continua del nombre de Jesucristo”. Para él, el sacerdote debe experimentar “la fuerza de la fe, la suave oración, el perdón de los pecados, el consuelo bendito, y entonces, puede decir en su oración para los fieles: '¡Señor, dales la misma gracia con la que me has gratificado, a mí el indigno!' Dirige esta oración teniendo la plena conciencia de los dones de Dios y de sus bendiciones por medio de tu propia experiencia”.

El Archimandrita Sophrony Zacharov (+1993), discípulo de San Siluan el Athonita (+1938), escribiendo a un clérigo en Londres en la década del ´30, habla de los distintos peligros que se encuentran en el ejercicio de tal ministerio, a saber, la desesperación, la frustración, la acedía y el miedo: desesperar por la falta de preocupación espiritual de la feligresía por su vida; frustrarse ante la constatación de la ausencia de frutos, al momento de evaluar el trabajo pastoral; caer en la “acedía”, o sea no preocuparse más ni por su propia salvación ni por la de su rebaño; y por último, tener miedo ante el peso de la responsabilidad y el deseo de cumplir debidamente su ministerio que excede la medida humana. Por ello, el padre Sophrony manifiesta que el ejercicio de este sublime y grandioso ministerio no está sólo a cargo del sacerdote, sino se comparte mayormente con Dios (con estrecha unión con Él), quien instituyó este ministerio para la salvación de los hombres. El intento progresivo por parte del sacerdote, asiduo, constante y perseverante, crea una atmósfera espiritual de paz, de seguridad y de confianza. La entrega de uno mismo, la oración a favor de los demás, la compasión con la naturaleza humana, el intento de trabajar para la salvación de los hombres, todo se vuelve una cruz bendita, que se la lleva con mucho amor y cariño: “El ministerio del sacerdote parece ser una constante labor no solamente física sino también espiritual a favor de su rebaño, un sacrificio propio, tanto de su alma, como de su tiempo, tal vez de su paz, o también de sus recursos materiales o cualquier otra privación de este tipo. Al que le tiene confianza, el Señor lo provee de todo lo necesario para llevar a cabo su ministerio; y la alegría que Él da compensa incomparablemente todo sacrificio”.

- El Padre Lev Gillet (+1980), sacerdote ortodoxo francés y gran escritor, en su libro “Sé mi sacerdote”, escribe sobre lo que acontece en la Divina Liturgia: “Juntos, sacerdote y fieles, ofrecen a Jesús sacrificado. Pero el Cristo y su Iglesia piden también que el sacerdote y los fieles se ofrezcan ellos mismos, junto a Cristo y en Cristo. Todas las partículas de pan que el sacerdote ha dispuesto alrededor del “Cordero”, o la fracción de pan situada en el centro de la patena y consagrada – todas estas partículas que representan a los fieles vivos, y difuntos, y también a este o aquel fiel en particular, son vertidas en el cáliz. Este acto significa que todos somos espiritualmente sumergidos en la sangre de Cristo. Nos volvemos partícipes de Su Pasión, de Su Muerte y de Su Resurrección. ¿El sacerdote lo dice suficientemente a los fieles? Cada Eucaristía es en cierta forma, para el sacerdote y los fieles que participan, un suicidio. El hombre viejo pecador es inmolado. El hombre nuevo en Jesucristo lo remplaza. La espada de la Pasión de Cristo ha matado nuestros pecados y todos nuestros malos deseos. El hombre egoísta que hemos sido ha cesado de existir. Es así, por lo menos, que las cosas deberían pasar si somos realmente parte de la santa liturgia. Cuando, después de la liturgia, sale del templo, el hombre no debe ser el mismo que ha entrado. ¡Desgraciadamente, la mayoría de los fieles aún no sospechan que es lo que la liturgia les pide! El sacerdote debe saber más. Él, por lo menos, cada vez que se acerque al altar para ofrecer el sacrificio de Cristo, debe saber que sobre este mismo altar – si ofrece este sacrificio en espíritu y verdad – él mismo va a morir, para renacer. ¿Cómo el sacerdote se prepara a sacrificar sin un íntimo y profundo dolor, sin el sentimiento desgarrador de su desamparo y de su pecado, y al mismo tiempo, sin un grito de arrepentimiento y de confianza? Lo que ayuda al sacerdote a atravesar esta terrible prueba de fuego, es, por una parte, la seguridad que él mismo, en el altar, desaparece de cierta forma y es absorbido en la Persona del Sacerdote Invisible, Jesucristo; es, por otra parte, la conciencia que sus propias necesidades se borran aquí ante toda la miseria humana que él presenta a Dios, - esta agua que él ha mezclado al vino, poniendo en Jesús la vida y las lágrimas de los pobres hombres. Rezando con ellos, por el pecador, por el criminal, por la prostituta, él se identifica a ellos y agrega: 'entre los cuales yo soy el primero' (I Tim 1:15)”.

 

Tropario de la Resurrección (Tono 4) 

Las discípulas del Señor aprendieron del Ángel el alegre anuncio de la Resurrección: la sentencia ancestral rechazaron, y se dirigieron con orgullo a los apóstoles diciendo: “¡Fue aprisionada la muerte, resucitó Cristo Dios y concedió al mundo la gran misericordia!”

 

Tropario de San Procopio (Tono 4)

Tu mártir Procopio, Señor, por su lucha, recibió de Ti la corona incorruptible, Oh Dios nuestro. Porque obteniendo Tu Poder, destruyó a los tiranos y aniquiló el poderío de los demonios impotentes. Salva, pues, oh Cristo Dios, por sus intercesiones, a nuestras almas.

 

Kontakion (Tono 4)

Oh Protectora de los cristianos indesairable; Mediadora ante el Creador irrechazable: no desprecies las súplicas de nosotros, pecadores, sino acude a auxiliarnos, como bondadosa, a los que te invocamos con fe. Sé presta en intervenir y apresúrate con la súplica, oh Madre de Dios, que siempre proteges a los que te honran

 

Carta a los Romanos (10:1-10)

Hermanos, mi mayor deseo y lo que pido en mi oración a Dios es que ellos (los israelitas) se salven. Yo atestiguo en favor de ellos que tienen celo por Dios, pero un celo mal entendido. Porque desconociendo la justicia de Dios y tratando de afirmar la suya propia, rehusaron someterse a la justicia de Dios, ya que el término de la Ley es Cristo, para justificación de todo el que cree. Moisés, en efecto, escribe acerca de la justicia que proviene de la Ley: “El hombre que la practique vivirá por ella”. En cambio, la justicia que proviene de la fe habla así: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo?, esto es, para hacer descender a Cristo. O bien: ¿Quién descenderá al Abismo?, esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos. ¿Pero qué es lo que dice la justicia?: La palabra está cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, es decir la palabra de la fe que nosotros predicamos. Porque si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios Lo resucitó de entre los muertos, serás salvado. Con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con la boca se confiesa para obtener la salvación.

 

Santo Evangelio según San Mateo (8:29-9:1)

En aquél tiempo, al llegar Jesús a la otra orilla, a la región de los gadarenos, vinieron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros, tan furiosos que nadie era capaz de pasar por aquel camino. Y se pusieron a gritar: “¿Qué tenemos nosotros contigo, oh Jesús Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?” Había allí a cierta distancia una gran piara de puercos paciendo. Y le suplicaban los demonios: “Si nos echas, mándanos a la piara de puercos.” Él les dijo: “Vayan.” Saliendo ellos, se fueron a los puercos, y de pronto toda la piara se arrojó al mar precipicio abajo, y perecieron en las aguas. Los porqueros huyeron, y al llegar a la ciudad lo contaron todo y también lo de los endemoniados. Y he aquí que toda la ciudad salió al encuentro de Jesús, y cuando lo vieron,, le rogaron que se retirase de su termino. Él, subiendo a la barca, pasó a la otra orilla y vino a su ciudad.

 

¿A quién conmemoramos hoy?

Al Gran Mártir Procopio

San Procopio, el gran mártir, nativo de Jerusalén, vivió y sufrió durante el reinado del emperador Diocleciano (284-305). Su padre, un eminente romano de nombre Cristóbal, era cristiano, pero su madre, Teodosia, pagana. Fue privado de su padre siendo niño, y criado solo por su madre. Después de haber recibido una excelente educación, fue presentado a Diocleciano, en el primer año de la asunción del emperador al trono, y rápidamente avanzó en la administración pública. Hacia el año 303, cuando la persecución abierta contra los cristianos comenzó, Neanius (el nombre que tenía Procopio) fue enviado como procónsul a Alejandría con la orden de perseguir a la Iglesia de Dios. En el camino a Egipto, cerca de la ciudad siria de Afamea, Neanius tuvo una visión del Señor Jesús, similar a la visión de Saulo en el camino a Damasco. Una voz divina exclamó: “Neanius, ¿por qué me persigues?” Neanius preguntó: “¿Quién eres, Señor?” “Yo soy el crucificado a Jesús, el Hijo de Dios”. En ese momento una cruz radiante apareció en el aire. Neanius sintió un gozo inefable y la felicidad espiritual en su corazón y se transformó de perseguidor en un seguidor entusiasta de Cristo. Desde ese momento las palabras del Salvador se hicieron realidad en su vida: “Los enemigos del hombre serán los de su propia casa” (Mt 10:36). Su madre se dirigió al Emperador para quejarse por la conversión de que su hijo. Neanius, entonces, fue convocado por el Procurador Judeo Justus, quien le entregó solemnemente el decreto de Diocleciano. Después de leer la directiva de presentar sacrificios a los dioses paganos, Neanius rompió el decreto ante los ojos de todo el mundo. Esto era considerado un crimen, que los romanos consideraban un “insulto a la autoridad”. Neanius fue llevado bajo vigilancia y en cadenas a Cesarea de Palestina. Después de terribles tormentos, el santo fue arrojado a una prisión húmeda. Esa misma noche, una luz resplandeció en la prisión, y el Señor Jesucristo mismo bautizó al sufrido confesor, y le dio el nombre de “Procopio” que significa “el que prospera”. Repetidamente se llevó a Procopio a la sala de audiencias, exigiendo que renunciara a Cristo, y lo sometieron a más torturas. Su ardiente fe hizo que Dios derramara abundantemente su gracia sobre los que fueron testigos de su ejecución. Inspirado por el ejemplo de Procopio, muchos de los guardias y algunos soldados romanos se convirtieron a Cristo, doce mujeres recibieron coronas de mártires, e inclusive la madre de Procopio, Teodosia se arrepintió, confesó la fe en Cristo y fue ejecutada. Por último, el nuevo procurador, Flavio, convencido de la inutilidad de las torturas, condenó al Gran Mártir Procopio a la decapitación. Por la noche los cristianos tomaron su torturado cuerpo, y con lágrimas y oraciones, lo enterraron. Este fue el primer martirio que se llevo a cabo en Cesarea (303).

 

La Divina Liturgia (XVIII)

Explicando la Liturgia semana a semana

 Bendición y despedida

Después de dar gracias a Dios por el precioso don de la santa comunión, se les dice a los fieles que partan en paz. Ellos responden a esta orden con las siguientes palabras: “En el Nombre del Señor”.

Una última oración se lee frente al icono de Cristo, llamada “la oración del ambón”, en la que el sacerdote pide la bendición de Dios y la paz para todo el pueblo, la Iglesia y el mundo. En esta oración los creyentes también afirman con el apóstol Santiago que “toda dádiva buena y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces” (San 1:17). Después de esta oración que da a Dios “gloria, alabanza y adoración”, los fieles cantan tres veces: “Bendito sea el Nombre del Señor  desde ahora y hasta el fin de los siglos”.

La bendición litúrgica final es la bendición de Cristo. Siempre empieza en el día del Señor con referencia a su resurrección de entre los muertos. En otros días se hacen otras referencias sobre la obra del Señor. En esta bendición final se pide que la misericordia y la salvación de Cristo, que ama a la  humanidad, descienda sobre el pueblo a través de la intercesión de la Madre de Dios y siempre Virgen María, y por las oraciones de los santos del día, el santo cuya liturgia se ha oficiado, los santos de la Iglesia particular, así como todos los otros santos especialmente venerados por la comunidad local.

Después de la bendición final, el pueblo venera la Cruz que sostiene el celebrante, y recibe el pan de donde se tomó la ofrenda eucarística en el comienzo de la liturgia. Este pan es llamado el antidoron lo que significa, literalmente, “en lugar de los dones”, ya que solía ser dado solamente a aquellos que en realidad no recibían la Sagrada Comunión en la liturgia. Hoy por lo general todas las personas reciben este pan para sí mismos, así como para los ausentes de la iglesia.

La despedida de la Divina Liturgia es tan acción litúrgica y sacramental como lo es el acto inicial de reunirnos. Es el último paso de todo el movimiento de la liturgia. En la despedida de la asamblea litúrgica, al Pueblo de Dios se le ordena que vaya en paz al mundo a dar testimonio del Reino de Dios del que fueron partícipes en la Liturgia de la Iglesia. Se les manda a tomar todo lo que han visto, oído y experimentado dentro de la Iglesia y darle vida en sus propias personas en la vida de este mundo. Sólo de esta manera puede la presencia y el poder del Reino de Dios que “no es de este mundo” extenderse fuera de la Iglesia y en la vida de los hombres.

Aquellos que han visto la luz verdadera, que han recibido el Espíritu celestial, que han encontrado la verdadera fe en la liturgia de la Iglesia, los que han participado de los misterios santos, purísimos, inmortales y dadores de vida, pueden hacer el mismo anuncio y dar el mismo testimonio que hicieron los apóstoles y todos los verdaderos cristianos en todas las edades y generaciones. Es por esta razón que la Iglesia de Dios y su Divina Liturgia existen.