¡Me
sorprende un nuevo y maravilloso misterio!
Mis
oídos resuenan ante el himno de los pastores, que no entonan una melodía
suave sino un himno celestial ensordecedor.
¡Los
ángeles cantan!
¡Los
Arcángeles unen sus voces en armonía!
¡Los
Querubines entonan sus alabanzas llenas de gozo!
¡Los
Serafines exaltan Su gloria!
Todos
se unen para alabar en esta santa festividad, sorprendiéndose ante el
mismo Dios aquí… en la tierra y el hombre en el cielo. Aquel que está
arriba, por nuestra salvación reposa aquí abajo; y nosotros, que estábamos
abajo somos exaltados por la divina misericordia.
Hoy
Belén se asemeja a los cielos, escuchando desde las estrellas el canto de
las voces angélicas y, en lugar del sol, presencia la aparición del Sol de
la Justicia. No pregunten como es esto, porque donde Dios desea, el orden
de la naturaleza es cambiado. Porque Él quiso, tuvo el poder para
descender. Él salvó. Todo se movió en obediencia a Dios.
Hoy,
Aquel que es, nace. Y Aquel que es, se convierte en lo que no era. Porque
cuando era Dios, se hizo hombre sin dejar de ser Dios…
Y así
los reyes llegaron, viendo al Rey celestial que vino a la tierra, sin
traer ángeles, ni arcángeles, ni tronos, ni dominaciones, ni poderes, ni
principados, sino iniciando un nuevo y solitario camino desde un seno
virginal. Y sin embargo no olvidó a sus ángeles, no los privó de su
cuidado, porque por su encarnación no ha dejado de ser Dios.
Y,
miren: los reyes han llegado, para servir al Jefe de los ejércitos
celestiales; las mujeres vienen a adorarlo, pues ha nacido de una mujer,
para que cambie las penas del alumbramiento en gozo; las vírgenes, al hijo
de la Virgen…
Los
niños vienen a adorarlo pues se hizo niño, porque de la boca de los niños
perfeccionará la alabanza; los niños, al niño que levantó mártires por la
matanza de Herodes;
Los
hombres a Aquel que se hace hombre para curar las miserias de sus siervos.
Los
pastores, al Buen Pastor que da la vida por sus ovejas; los sacerdotes, a
Aquel que se hace Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec.
Los
siervos, a Aquel que tomó la forma de siervo, para bendecir nuestro
servicio con la recompensa de la libertad (Fil 2:7);
Los
pescadores, al Pescador de la humanidad;
Los
publicanos, a Aquel quien estando entre ellos los nombró evangelistas;
Las
mujeres pecadoras a Aquel que entregó sus pies a las lágrimas de la mujer
arrepentida, y para que pueda abrazarlos también yo; todos los pecadores
han venido, para poder ver al Cordero de Dios que carga con los pecados
del mundo.
Por
eso todos se regocijan, y yo también deseo regocijarme. Deseo participar
de esta danza y de este coro, para celebrar esta fiesta. Pero tomo mi
lugar, no tocando el arpa ni llevando una antorcha, sino abrazando la cuna
de Cristo.
¡Porque
ésta es mi esperanza!
¡Ésta
es mi vida!
¡Ésta
es mi salvación!
¡Éste
es mi canto, mi arpa! Y trayéndola en mis brazos, vengo ante ustedes
habiendo recibido el poder y el don de la palabra, y con los ángeles y los
pastores canto:
¡Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena
voluntad!