Santa Jaritini
Tropario (Tono 4)
“Tu Corderilla Jaritini, Jesús, hacia Ti, en voz alta, exclama diciendo: “A Ti anhelo, Novio mío, y lucho buscándote; Pues, por Tu Bautismo, estoy crucificada y sepultada contigo; por Ti sufro, para reinar contigo y por Ti muero para que en Ti viva”. Recibe, pues como sacrificio sin mancha, a aquella que con anhelo por Ti, fue sacrificada. Y como eres Compasivo, salva, por sus intercesiones a nuestras almas”.
Su Vida
Santa Mártir Jaritini de Roma quedo huérfana a muy corta edad y fue criada como una hija por un piadoso cristiano llamado Claudio. De joven era rica en virtudes de humildad y obediencia. Habiendo estudiado la Ley de Dios y prometido vivir su vida como novia pura del Señor Jesús, hablaba a los demás de su amor por Cristo, y por ello muchos abrazaron el camino de la salvación.
Durante el tiempo de la persecución bajo el emperador Diocleciano (284-305), fue llevada a juicio por su influencia sobre la gente. Con gran valentía defendió su fe ante las acusaciones del juez, por lo que la condenó a la tortura. Una y otra vez fue salvada por el Señor de la crueldad de los soldados. Por último, el juez envió algunos hombres jóvenes para que la violaran. Jaritini rogó a Dios que proteja su virginidad. Mientras oraba, su alma dejó su cuerpo y murió en gloriosa pureza en el año 304.
El antiguo nombre griego de Jaritini significa "gracia" o "bondad".
San Sergio y San Baco
Tropario (Tono 4)
“Tus mártires Sergio y Baco, Señor, por su lucha, recibieron de Ti las
coronas incorruptibles, Oh Dios nuestro. Porque obteniendo Tu Poder,
destruyeron a los tiranos y aniquilaron el poderío de los demonios
impotentes. Salva, pues, Cristo Dios, por sus intercesiones, a nuestras
almas”.
Sus
vidas
San Sergio y San Baco
fueron importantes militares del emperador
Maximiano a principios del siglo IV, Maximiano les tenía en gran estima por la valentía militar
desempeñada en sus cargos: Sergio como primicerius (jefe-comandante de la
escuela de los gentiles) y Baco como secundarius.
Probablemente debido al alto cargo desempeñado y a la confianza personal
con el emperador, se desató una fuerte envidia entre sus subalternos,
quienes informaron al Emperador de la fe en Jesucristo de los dos
militares.
Maximiano se negó a creerlo y los llamó para preguntárselo personalmente, puesto que el cristianismo era condenado a la tortura y la muerte. Entonces les ordenó a Sergio y a Baco que ofrecieran ofrendas a los ídolos. Ante la declaración de fe cristiana de Sergio y de Baco, el emperador les dio una última oportunidad: si hacían una ofrenda a los ídolos, no sólo serían perdonados sino además serían restituidos en sus cargos otorgándoles más privilegios. Sergio y Baco se negaron respondiéndole que la honra es solo para Dios y a Él únicamente rendirían culto. Maximiano ordenó que los mártires fueran despojados de las insignias de rango militar (sus cinturones, colgantes de oro, y anillos) y, a continuación, fueran disfrazados con ropa femenina. Fueron también exhibidos a través de la ciudad con una cadenas de hierro alrededor de sus cuellos, para que el pueblo se burlara de ellos.
Cuando llegaron nuevamente al palacio, Maximiano les recriminó afablemente su decisión de permanecer firmes en su fe, tratando de disuadirlos. Pero los santos una vez más refutaron las palabras de Emperador y las creencias en los dioses paganos.
El Emperador ordenó
entonces que se los lleven al gobernador de la parte oriental de Siria, Antíoco, quien odiaba implacablemente a los cristianos. Antíoco había
recibido su posición con ayuda de Sergio y Baco. Cuando los vio les dijo:
"Mis padres y benefactores, tengan piedad de vosotros y también de mí. No
quiero condenarlos a tratos penosos y a crueles torturas." Los santos
mártires respondieron: "Para nosotros la vida es Cristo y el morir es
ganancia." Eso enfureció al gobernador y ordenó que golpearan a Baco sin
piedad hasta la muerte, y que Sergio corriera 18
millas con calzado de hierro que tenía clavos en su interior, los que atravesaron los pies
al santo, fue enviado a otra ciudad donde fue decapitado con la espada (año 303).
Posteriormente fueron construidas iglesias en conmemoración a sus memorias
en Constantinopla, Acre y Roma.
Santa Pelagia, la penitente

Tropario (Tono 4)
En Ti, Madre Pelagia, con exactitud fue preservada la imagen, porque llevaste la Cruz, seguiste a Cristo, obraste y enseñaste a ignorar el cuerpo siendo perecedero y a preocuparnos por las cosas del alma que es inmortal. Por eso se regocija tu alma, piadosa, junto a los ángeles.
Kondakion (Tono 2)
Con ayunos consumiste tu cuerpo; con oración vigilante recibiste perdón total de tus hechos pasados, oh madre. Nos has revelado el camino del arrepentimiento, madre Pelagia.
Su vida
Nuestra Santa Madre Pelagia fue una prominente actriz de la ciudad de Antioquia, pagana, quien por su forma de vida, había conducido a la perdición a muchas personas. Fue convertida a Cristo y bautizada por un obispo llamado Nonnus (a quien conmemoramos el 10 de Noviembre). Decidió ir a vivir al Monte de los Olivos en Jerusalén donde vivió como ermitaña. Su santidad y su vida de arrepentimiento fueron tales que entregó su vida a los tres años de su conversión. Durmió en el Señor a mediados del siglo V. Su tumba, en el Monte Olivos, es, hasta el día de hoy, un lugar de peregrinaje.
San Luciano, Presbítero Mártir
Tropario (Tono
4)
Tu mártir Luciano, Señor, por su lucha, recibió de Ti la corona incorruptible, Oh Dios nuestro. Porque obteniendo Tu Poder, destruyó a los tiranos y aniquiló el poderío de los demonios impotentes. Salva, pues, Oh Cristo Dios, por sus intercesiones, a nuestras almas.
Kondakion (Tono 2)
Todos te aclamamos con himnos, San Luciano, porque eres el iluminado de Dios. Primero mostraste ser ilustre en el ascetismo y luego brillaste en tu martirio. Intercede sin cesar por nosotros.
Su vida
San Luciano es originario de la ciudad de Samosata, hijo de padres piadosos, y recordado como el fundador de la primera escuela catequística de Antioquia. Inició su ministerio enseñando la correcta doctrina de fe y proclamando con claridad aquellas partes difíciles de entender de la Sagrada Escritura. Editó la primera traducción del Antiguo Testamento, escrito en Hebreo, y lo publicó en una excelente edición. Se dirigió hasta Nicomedia para fortalecer a los creyentes que allí se encontraban y fue acusado ante Maximiano. Defendió su fe en Cristo abiertamente y fue condenado a la prisión donde murió en 311 de hambre y sed.
San Lucas el Evangelista
Tropario (Tono III):
Oh Santo Apóstol y evangelista Lucas, intercede ante Dios misericordioso, para que perdone los pecados de nuestras almas.
Kondakion (Tono II)
Alabemos al divino Lucas, heraldo de la verdadera piedad, orador de los inefables misterios, estrella de la Iglesia; porque el Verbo, que es el único que conoce los secretos del corazón del hombre, lo ha escogido junto al sabio Pablo como maestro de las naciones.
Su Vida
El Santo evangelista Lucas nació en la ciudad Siria de Antioquia. Sus padres no fueron miembros de la raza hebrea, al mismo tiempo el nombre "Lucas" revela en parte que se trata de una forma abreviada del nombre latino "Lucanus." Asimismo, en un pasaje de su Epístola a los Colosenses, el Santo Apóstol Pablo hace una clara distinción entre Lucas y "los que son de la circuncisión," o sea, los judíos (Col. 4:10-15). En sus propios escritos, sin embargo, Lucas demuestra un profundo conocimiento de la ley de Moisés y de las costumbres del pueblo judío. De aquí podemos concluir que Lucas ya había adoptado la religión judía antes de convertirse a Cristo. Además, en su país natal, que era conocido por su floreciente actividad en las artes y ciencias, Lucas había desarrollado su intelecto con numerosos estudios eruditos. De la Epístola a los Colosenses de San Pablo, deducimos que Lucas estudió medicina (Col. 4:14). La tradición señala también que fue pintor. Indudablemente que recibió una excelente educación en general, por la calidad del griego empleado en sus escritos, el cual es mucho más puro y correcto que el de los otros escritores del Nuevo Testamento.
Cuando se corrió el
rumor de los milagros y enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo
desde Galilea
hasta Siria y toda la región circundante, Lucas viajó de
Antioquia a Galilea, donde el Señor había comenzado a sembrar las
semillas de su salvadora enseñanza. Estas semillas encontraron un buen
terreno en el corazón de Lucas y dieron frutos cien veces más. El Santo
Lucas pronto fue considerado como merecedor de un lugar en el grupo de los
setenta Apóstoles y, después de recibir las instrucciones de viaje del
Señor y el poder para obrar milagros, fue ante la presencia del Señor
Jesucristo, predicando la inminencia del reino de Dios y preparando el
camino.
En los días finales de la vida terrenal del Salvador, cuando el Pastor fue abatido y las ovejas de su rebaño se diseminaron, el Santo Lucas permaneció en Jerusalén, lamentándose y llorando por su Señor, que había aceptado voluntariamente el sufrimiento. Con toda probabilidad, Lucas permaneció también "distante" de los demás que conocían a Jesús y miraban al crucificado. Pero pronto su pena se transformó en regocijo, porque el Señor resucitado consoló a Lucas el mismo día de su resurrección, considerándolo digno de ver y conversar con él, tal como el mismo Lucas señala en forma detallada y vívida en su Evangelio (Lc. 24:13-32). Apenado por la muerte de su Maestro y dudando que éste resucitara, lo que una mirófora le había informado, Lucas partió de Jerusalén a Emaus en compañía de Cleofás, otro discípulo del Señor. En el camino a esa ciudad, tuvo el honor de convertirse en el compañero de viaje de él, quien es "el Camino, la Verdad y la Vida." Ambos discípulos caminaban y conversaban entre sí cuando el mismo Jesús les dio alcance y caminó con ellos. El Señor se les apareció, como relata el evangelista Marcos, "de otra manera (Mc. 16:12), y no de la manera en que ellos lo conocían antes." Asimismo, por la especial providencia de Dios, "mas los ojos de ellos estaban embargados" (Lc. 24:16), para que no pudieran reconocer al Señor que se les había aparecido. Ellos suponían que su compañero era uno de los peregrinos que había venido a Jerusalén para la fiesta de la Pascua.
"¿Qué es lo que van conversando juntos por el camino y estáis tristes?" les preguntó el Señor. "¿Eres un extranjero en Jerusalén y no sabes las cosas que han acontecido allí en estos días?" preguntó a su vez Cleofás. "¿Qué cosas?" preguntó de nuevo Jesús. "En relación a Jesús de Nazaret, que fue un profeta, de poderosas acciones y palabras ante Dios y toda la gente; y sobre cómo los sumos sacerdotes y nuestros gobernantes lo han condenado a muerte haciéndolo crucificar. Pero esperamos que sea El quien haya salvado a Israel; y aparte de todo esto, hoy es el tercer día desde que pasaron estas cosas. Sí, y algunas mujeres también de nuestro grupo nos hizo asombrar, ellas estuvieron temprano en el sepulcro; y cuando no encontraron el cuerpo de Jesús, salieron diciendo que habían visto una visión de ángeles, que decían que él estaba vivo. Algunos que estaban con nosotros fueron al sepulcro y hallaron todo tal como habían dicho las mujeres, pero a El no lo vieron."
Entonces el Señor les dijo: "Oh necios e incrédulos de todo lo que los profetas han dicho." "¿Acaso Cristo no debe haber sufrido estas cosas y entrar a la gloria?" Entonces el Señor comenzó a explicarles, comenzando con Moisés, pasajes de todos los profetas que hablaron de El en las Escrituras. Así, conversando con el Señor, los discípulos llegaron a Emmaus sin siquiera darse cuenta de ello; y como su conversación les resultaba agradable y su compañero supuestamente iba a un lugar más lejano, le pidieron que se quedara con ellos, diciendo: "Quédate con nosotros; porque se está anocheciendo y el día ya se ha ido."
De esta forma el Señor entró al pueblo y se quedó con ellos en una casa. Cuando se reclinó con ellos para cenar, él tomó un pedazo de pan de la mesa y, luego de bendecirlo, lo partió y se los dio. Tan pronto como el Señor hizo esto, sus discípulos lo reconocieron inmediatamente. Con toda probabilidad, el Señor había realizado anteriormente esta acción en presencia de sus discípulos; asimismo, éstos pudieron haberlo reconocido por las heridas de los clavos que habían perforado sus manos. Pero en ese momento el Señor se desapareció ante los ojos de ellos, quienes se dijeron entre sí: "¿No se consumió nuestro corazón dentro de nosotros, mientras que El hablaba con nosotros en el camino y nos abrió las Escrituras?" (Lucas 24:13-35).
Con el deseo de compartir su alegría con los demás discípulos del Señor, Lucas y Cleofás dejaron inmediatamente la comida y partieron hacia Jerusalén. Allí encontraron a los Apóstoles y los demás discípulos que estaban reunidos en una casa, y naturalmente les anunciaron de inmediato a éstos que Cristo había resucitado y que ellos habían conversado con él. Por su parte, los Apóstoles les confirmaron que el Señor había resucitado realmente y se le había aparecido a Simón. Después Lucas y Cleofas narraron en detalle todo lo sucedido en el camino y cómo habían reconocido a Cristo el Señor cuando partía el pan. Repentinamente, en medio de la conversación se apareció ante los Apóstoles el mismo Señor resucitado, y les concedió la paz y calmó sus turbados corazones. Para convencer a aquellos que pensaban que lo que estaban viendo no era sólo el alma de su maestro muerto, el Señor les mostró las heridas que le habían hecho los clavos en sus manos y pies, comiendo luego un poco de alimento. Después el evangelista Lucas fue nuevamente honrado con escuchar del Señor una explicación de todo lo dicho por el Señor en las Sagradas Escrituras del Antiguo Testamento, recibiendo el don de comprender las Escrituras (Lc. 24:18-49).
Después
de la Ascensión del Señor, el Santo Lucas se quedó con los demás Apóstoles
en Jerusalén durante un tiempo; pero después se fue, según afirma la
tradición, a Antioquia, su ciudad natal, en donde ya había muchos
cristianos. En su camino a esta ciudad, pasó por Sebaste, la principal
ciudad de Samaria. Allí proclamó las buenas nuevas de la llegada del
Mesías, en donde también encontró las intactas reliquias de San Juan el
Bautista. Cuando llegó el momento de partir de Sebaste, el Santo Lucas
quiso llevarse consigo estos restos a su tierra natal, pero los cristianos
del lugar, que honraban fervorosamente al Bautista del Señor, no le
permitieron sacar las sagradas reliquias. Entonces San Lucas sacó sólo el
brazo derecho, bajo el cual Cristo había inclinado su cabeza cuando
recibió el bautismo de Juan. Con su invalorable tesoro el Santo
Lucas llegó a su tierra natal, para gran alegría de los cristianos de
Antioquia, ciudad que abandonó sólo después que se hizo compañero de viaje
y colaborador del Santo Apóstol Pablo, quien, en palabras de varios
escritores antiguos, era incluso uno de sus parientes. Esto sucedió
durante el segundo viaje misionero del Apóstol Pablo. Por ese tiempo, San
Lucas y el Apóstol Pablo viajaron a Grecia a predicar el Evangelio; pero
el Apóstol dejó al santo evangelista con los gentiles, para establecer y
organizar la iglesia en la ciudad Macedonia de Filipos; desde entonces, el
Santo Lucas trabajó durante varios años difundiendo el cristianismo en
todos aquellos lugares.
Cuando el Apóstol Pablo visitó nuevamente Filipos, al final de su tercer viaje misionero, Lucas partió a Corinto, por orden de aquél y a instancias de todos los fieles, a fin de recolectar limosnas para los cristianos pobres de Palestina. Una vez que concluyó la tarea encomendada, San Lucas partió con el Apóstol Pablo hacia Palestina, visitando en su camino las iglesias de las islas del archipiélago Egeo, a lo largo de la costa del Asia Menor, en Fenicia y Judea. Cuando el Apóstol Pablo fue encarcelado en la ciudad de Cesárea de Palestina, San Lucas permaneció a su lado, no dejándolo ni siquiera cuando aquél fue enviado a Roma para ser juzgado ante el César. Junto al Apóstol Pablo, soportó todas las dificultades de su viaje por mar, perdiendo casi la vida. (Hechos de los Apóstoles, cap. 27 y 28).
Al llegar a Roma, el Santo Lucas permaneció siempre al lado del Apóstol; asimismo, junto a Marcos, Aristarco y varios otros compañeros de los Apóstoles, anunció a Cristo en la ciudad principal del mundo antiguo (esto se desprende de la información dada en la Epístola de San Pablo a Filemón). En Roma, el Santo Lucas escribió su Evangelio y el Libro de los Hechos de los Apóstoles. En este Evangelio describe la vida terrenal de nuestro Señor Jesucristo, no sólo en base a lo que él mismo vio o escuchó, sino tomando también en cuenta todo lo que entregaron "los que desde un comienzo fueron testigos y ministros de la Palabra" (Lc. 1:2). el Santo Apóstol Pablo lo guió en su tarea y aprobó posteriormente el Evangelio escrito por San Lucas. El Libro de los Hechos de los Apóstoles fue escrito de la misma manera, según dice la tradición de la Iglesia, por orden del Apóstol Pablo.
Luego de permanecer dos años encadenado en las mazmorras de Roma, el Apóstol Pablo fue dejado en libertad; éste abandonó Roma y se dedicó a visitar las numerosas iglesias que había fundado antes. En esta ocasión el Santo Lucas también fue su compañero. Sin embargo, poco después el emperador Nerón inició una cruel persecución en contra de los cristianos de Roma, por lo cual Pablo regresó a esta ciudad, a fin de poder alentar, con su predicación y ejemplo, a la Iglesia perseguida, afirmarla y compartir con los fieles, si esto complacía a Dios, la corona del martirio. Pronto fue arrestado por los paganos y encarcelado nuevamente. Tampoco en esta oportunidad se olvidó el Santo Lucas de su maestro; entre todos los colaboradores de los Apóstoles, él permaneció solo a su lado durante ese período de tiempo tan terrible que el Apóstol se comparó a una víctima predestinada a ser sacrificada. "Ahora estoy listo para ser ofrecido — escribía a su discípulo Timoteo — y está muy cerca el momento de mi partida. Porque Demas me ha desamparado, amando este siglo; y se ha ido a Tesalónica; Crescente a Galacia, Tito a Dalmacia. Lucas sólo está conmigo" (II Tim. 4:6, 10-1 .
Es bastante probable que Lucas haya sido también testigo del martirio del Apóstol Pablo en Roma. Después del descanso de su maestro, el Santo Lucas difundió el Evangelio de Cristo, según señala la tradición de la Iglesia, en Italia, Dalmacia, Galia y, especialmente, en Macedonia, en donde había trabajado antes durante varios años. También evangelizó Acaya, que limita con Macedonia.
Cuando tenía una edad bastante avanzada, el Apóstol Lucas emprendió un viaje al lejano Egipto, donde trabajó arduamente y pasó por muchas aflicciones por el Santo nombre de Jesús. Atravesando primero toda Libia, llegó a Egipto, en donde en la Tebaída convirtió a muchos a Cristo. En la ciudad de Alejandría ordenó como obispo a un tal Abilio como sucesor de Annas, quien había sido ordenado por el evangelista Marcos y realizado su ministerio durante veintidós años. Al regresar a Grecia, estableció nuevamente iglesias allí, principalmente en Beocia, ordenó sacerdotes y diáconos y sanó a enfermos de cuerpo y alma. Al igual que su amigo y consejero, el Apóstol Pablo, San Lucas peleó la buena batalla, concluyendo su recorrido y manteniendo la fe. A la edad de ochenta y cuatro años, murió como mártir en Acaya, crucificado a un olivo en lugar de una cruz. Su precioso cuerpo fue enterrado en Tebas, la principal ciudad de Beocia, en donde sus sagradas reliquias, que produjeron numerosas curaciones, se irían a encontrar recién en la segunda mitad del siglo IV, las que posteriormente fueron trasladadas a Constantinopla, capital del Imperio de Oriente.
El lugar de las reliquias del Santo Apóstol Lucas se conoció en el siglo IV debido a las curaciones que allí se obraban. Gracias a ellas se realizaron numerosas curaciones en los que sufrían de males a los ojos. El emperador Constantino, hijo del Santo emperador Constantino el Grande, de igual clase que los Apóstoles, al saber por el obispo de Acaya que el cuerpo de San Lucas yacía en Tebas, envió a Artemio, entonces prefecto de Egipto, para que trasladara las reliquias del Santo Lucas a la capital, tarea que Artemio llevó a cabo con gran solemnidad.
Durante el traslado de las sagradas reliquias de San Lucas de la costa a la iglesia, se produjo un hecho milagroso. Uno de los chambelanes imperiales, un eunuco de nombre Anatolio, sufría de una enfermedad incurable. Este había gastado gran cantidad de dinero en médicos, pero sin lograr resultados; sin embargo, cuando se acercó a las preciosas reliquias del Apóstol Lucas con fe en su milagroso poder, le pidió al Santo que lo sanara. Se aproximó al venerado relicario del Santo y ayudó a cargarlo, en la medida de sus posibilidades. Entonces, el mal lo abandonó antes de dar siquiera algunos pasos. Al ver esto, regocijado siguió cargando el precioso relicario hasta la iglesia de los Santos Apóstoles, en donde los restos de San Lucas fueron guardados bajo el altar, junto con las reliquias de los Santos Apóstoles Andrés y Timoteo. Allí, sus restos se convirtieron en una fuente de milagros y fueron venerados con especial afecto por los cristianos ortodoxos.
Los escritores de la antigua Iglesia señalan que San Lucas fue el primero en pintar, accediendo el piadoso deseo de los primeros cristianos, la imagen de la santísima Madre de Dios sosteniendo en sus brazos al Niño preeterno, nuestro Señor Jesucristo. Después pintó también otros dos íconos de la santísima Madre de Dios, a quien se los llevó para que ésta los aprobara. Al ver los íconos, ella dijo: "¡Que la gracia de él, que nació de mí, y mi misericordia estén con estos íconos!"
También el Santo Lucas pintó en tablas imágenes de los preeminentes Santos Apóstoles Pedro y Pablo, siendo así el iniciador de la buena obra de la iconografía, para la gloria de Dios, la Deípara y todos los Santos, para la decoración de las santas iglesias y la salvación de los fieles que los veneran con devoción. Amén.
Profeta Joel
Joel es uno de los así llamados “Profetas Menores” del Antiguo Testamento. Uno de los libros de la Biblia lleva su nombre que significa “El Señor es Dios”. Se cree que procedía del Reino de Judá y su predicación se desarrolló básicamente en Jerusalén. La tradición piensa que el libro fue escrito antes del año 750 a.C. y por esta razón es el segundo de los libros de los profetas menores. Pese a esto, la importancia que Joel atribuye al culto, el intenso uso del libro de Ezequiel que hace y alguna cita tomada del libro de Abdias nos hacen concluir que el libro fue redactado alrededor del año 400 a.C.
El libro de Joel se encuentra dividido claramente en dos partes: en la primera de ellas una devastadora plaga de langostas destruye el país lo que produce un gran dolor en el pueblo. Dios aparece entonces teniendo misericordia del pueblo y el profeta anunciando el “gran día del Señor” en el que Jerusalén será toda ella un templo. La segunda parte es un texto totalmente escatológico. Entre sus anuncios se encuentra la venida del Espíritu Santo y su derrame sobre la tierra.
La enseñanza primordial que nos deja Joel es que solo el arrepentimiento permite que el hombre se reconcilie con Dios. Él reserva sus bendiciones para el momento oportuno, para el glorioso día en que Su Espíritu se derrame.
San Abercio
Obispo ( Siglo II d.C.)
Tropario (Tono
4)
Tus obras veraces, te han manifestado a tu rebaño, como canon de la fe, imagen de mansedumbre y maestro de la abstinencia, Padre y Obispo Abercio. Por consiguiente, por tu humildad lograste la exaltación y por la pobreza la riqueza; Intercede, pues ante Cristo Dios que salve nuestras almas.
Kondakion (Tono 2)
La Iglesia de los fieles te aclama, Abercio, como gran sacerdote y digno compañero de los doce apóstoles del Señor. Por tus Oraciones, bendito jerarca, conserva a la iglesia libre de toda herejía, oh milagroso.
Su vida
San Abercio, obispo
de Hierápolis en Frigia en tiempos de Marco Aurelio, fue bendecido con la
gracia de hacer milagros y del celo apostólico.
En una celebración en honor de Apolo, San Abercio fue instruido por revelación divina a destruir los ídolos. Durante la noche ingresó al templo de Apolo y dio vueltas todas las estatuas de ídolos que se encontraban allí. Al iniciarse el bullicio la mañana siguiente, Abercio desafió a la multitud diciendo que los dioses tal vez se emborracharon durante la noche después de haber recibido las ofrendas de sus fieles. Una multitud de enfurecidos hombres se abalanzó sobre él pero San Abercio, orando, expulsó los demonios de tres de los jóvenes que incitaban a la multitud. Así, el pueblo al ver el milagro aceptó a Cristo y se convirtieron todos. San Abercio durmió en paz en el año 167 (o de acuerdo a otros en el 186) luego de trabajar incansablemente por el rebaño que le había sido confiado.
W. M. Ramsay, un arqueólogo de finales del siglo XIX, descubrió cerca de Esmirna y en el lugar del emplazamiento de la antigua Hierápolis la tumba de San Abercio, cuyo epitafio grabado en piedra y en griego resume la historia del santo.
San Santiago, hermano del Señor
Entre
los Doce Apóstoles tenemos a dos que llevaban el nombre de “Santiago”. Es
necesario, pues, poder diferenciarlos: Santiago, Hermano del Señor, es
uno. El otro es el apóstol Santiago, hijo de Alfeo, cuya memoria la
Iglesia celebra el día 9 de octubre.
Santiago, del que hablamos, es mencionado en Mateo 13:15 y en Marcos 6:3 como uno de los cuatro hermanos del Señor. Los otros tres son: José, Simón y Judas. Respecto a la relación de estos “hermanos” con el Señor Jesucristo, desde el principio hubo varias explicaciones: la más relevante es que eran hijos de una prima de María. Parece que ninguno de los “hermanos” creyó en Jesús al principio como lo menciona claramente San Juan (7:1-5). ¿Qué es lo que transformó a Santiago para que se presentase en su Carta como el “siervo de Dios y del Señor Jesucristo” (según la carta atribuida a él)?, no lo sabemos claramente; pero el apóstol Pablo menciona en I Cor 15:7 que Jesús se manifestó a Santiago después de la Resurrección.
De los textos bíblicos, sabemos que Santiago era uno de los representantes más sobresalientes de la Iglesia de Jerusalén. San Pablo lo menciona entre las tres “columnas” de la Iglesia. También en Hechos de los Apóstoles cuando los apóstoles se reunieron para decidir si los convertidos de entre los gentiles debían aceptar la circuncisión o no, Santiago habló como la cabeza de la comunidad en Jerusalén, y pronunció el juicio del “concilio”.
Se atribuye a Santiago la primera de las siete cartas pastorales que forman parte del Nuevo Testamento. La Carta contiene una colección de enseñanzas e instrucciones sobre la conducta cristiana y la vida pastoral: la paciencia en las tribulaciones, la fe que obra en el amor, el control de la lengua, el peligro del dinero, entre otras cosas.
También la Tradición menciona otras cosas sobre él. Entre ellas, que a Santiago se lo llamaba “el Justo”; era nazareo, es decir que desde su niñez había sido separado para Dios; que no comía lácteos, ni probaba vino, y que su cabello “no conoció tijeras”; sabemos que permaneció casto toda su vida; que sus rodillas se endurecieron por sus constantes postraciones durante su oración.
Los apóstoles lo eligieron unánimemente como el primer obispo de Jerusalén, cargo que ocupó durante 30 años, durante los cuales atrajo a muchos, judíos y gentiles, hacia la fe en Jesucristo.
Molestos por esto, los escribas y los fariseos planearon juntos matar a Santiago. Condujeron al santo para arriba en el pináculo del templo de Jerusalén y le preguntaron lo que él pensaba de Jesús. El santo Apóstol comenzó a testimoniar que Cristo es el Mesías, respuesta que los fariseos no aceptaron. Encolerizados grandemente, los maestros judíos lo lanzaron de la azotea. El santo no murió inmediatamente, sino que reuniendo sus últimas fuerzas, rogó al Señor por sus enemigos mientras lo apedreaban. Uno de ellos le pegó con un palo en la cabeza con lo que se llevó a cabo el martirio de Santiago cerca del año 63 d.C.
El Apóstol Santiago compuso una Divina Liturgia, que estableció la base de las liturgias de San Basilio el grande y de San Juan Crisóstomo.
Santa Virgen Mártir
Anastasia de Roma
Tropario (Tono 4)
Tu Corderilla Anastasia, Jesús, hacia Ti, en voz alta, exclama
diciendo: “A Ti anhelo, Novio mío, y lucho buscándote; Pues, por Tu
Bautismo, estoy crucificada y sepultada contigo; por Ti sufro, para reinar
contigo y por Ti muero para que en Ti viva”. Recibe, pues como sacrificio
sin mancha, a aquella que con anhelo por Ti, fue sacrificada. Y como eres
Compasivo, salva, por sus intercesiones a nuestras almas.
Su vida
Santa Anastasia vivió en Roma a mediados del siglo III, cuando Probo era gobernador. Joven, bonita y poseedora de una gran riqueza, inspirada por el Espíritu Santo decidió deshacerse de todas las ataduras de este mundo y abrazar la vida angélica en un pequeño monasterio de Roma, dirigido por una sabia y virtuosísima monja llamada Sofía. Cuando el demonio vio a la joven Anastasia resistirse valientemente contra las pasiones de la carne, decidió tentarla con la prueba final de confesar a Cristo derramando su propia sangre. Ante su negativa de rendirle culto a los dioses de la ciudad y despreciando consecuentemente la religión imperial, Probo envió a los soldados para que la apresaran. Sofía lloró al perder a su discípula pero se regocijó por ofrecerle a Cristo una novia adornada con una túnica de variados colores, orlada con el forjado oro de las virtudes (Sal 44:14). Las amenazas de muerte y torturas inhumanas a que fue sometida no doblegaron su fe. Probo, enfurecido por sentirse vencido, ordenó darle muerte despedazando su cuerpo en forma atroz. De esa manera Santa Anastasia obtuvo la victoria en el transcurso de su martirio. Sofía fue visitada por un ángel que le dijo que recogiera sus santas reliquias, la mayor parte de las cuales son veneradas hasta hoy en el monasterio de Gregorio en el Monte Athos.