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San Cosme y San Damián No deben confundirse Cosme y Damián de Asia Menor con los Santos Cosme y Damián de Roma (el 1 de julio), o los Santos Cosme y Damián de Arabia (el 17 de octubre).
Los Santos Médicos Cosme y Damián y su madre Santa Teodota fueron nativos de Asia Menor (algunas fuentes dicen Mesopotamia). Su padre pagano murió mientras ellos eran todavía niños pequeños. Su madre los educó en la piedad cristiana con su propio ejemplo, y leyéndoles las sagradas escrituras manteniéndoles en la pureza de la vida según la enseñanza del Señor, y fue así que Cosme y Damián crecieron como hombres virtuosos. Estudiaron medicina en Siria y ejercieron la profesión por pura devoción, recibieron del Espíritu Santo el don de sanar las enfermedades del cuerpo y del alma por el poder de la oración. Incluso atendieron animales. Con ferviente amor a Dios y al prójimo, nunca tomaron pago por sus servicios. Ellos cumplieron estrictamente el mandato de nuestro Señor Jesucristo, "gratuitamente has recibido, da gratuitamente." (Mt. 10:8). La fama de san Cosme y san Damián se extendió a lo largo de toda la región circundante, por lo que se les conocía como "Anargyroi" (palabra griega que quiere decir sin plata o sin dinero, y que designaba a los que no aceptaban honorarios por su trabajo). Una vez, los santos fueron llamados por una mujer enferma de nombre Palladia, a quien todos los médicos se habían negado atender debido a su aparentemente desahuciada condición. Por la fe y la oración ferviente de los santos hermanos, el Señor sanó a Palladia y ésta se levantó de la cama absolutamente sana y dando alabanzas a Dios. En gratitud por sanarse y ansiando darles un pequeño regalo, Palladia fue calladamente a Damián. y le ofreció tres huevos y dijo, "Tome este regalo pequeño en el Nombre de la Santa Trinidad Vivificadora, el Padre, Hijo, y Espíritu Santo." Pese a haberse negado previamente con insistencia, siendo el nombre de la Santísima Trinidad, el santo no se atrevió negarse a recibir el regalo.
Cosme, indignado y triste, porque pensó que su hermano había roto su voto
estricto, dispuso que tras su muerte su cuerpo no
debería ser enterrado con el de su hermano, actitud que dio lugar más tarde a un
milagroso suceso que más tarde comentaremos. Sucedieron muchos milagros después de la muerte de los misericordiosos santos. Cierto día ocurrió que un hombre llamado Malco, que vivía en Thereman, cerca de la iglesia de Cosme y Damián, debía realizar un viaje y dejar a su esposa sola por un largo tiempo. Este la confió devotamente a la protección celestial de los santos hermanos. Pero el enemigo de la humanidad asumió la apariencia de uno de los amigos de Malco, y planeó asesinar a la mujer. Pasó un tiempo, y este hombre fue a la casa de la mujer diciéndole que Malco lo había enviado para que la llevara a donde él estaba. La mujer le creyó y se fue con éste. Entonces la llevó a un lugar solitario pensando matarla. La mujer, al darse cuenta de la adversidad que le esperaba, clamó a Dios con profunda fe. En ese momento aparecieron dos hombres de la nada, y el diablo soltó a la mujer y huyó. Los dos hombres llevaron a la mujer hasta su casa. Al llegar, ella se postró ante ellos y les preguntó: "Mis rescatadores a ustedes agradeceré hasta el fin de mis días, ¿cómo son sus nombres?" Ellos contestaron, "Nosotros somos los siervos de Cristo, Cosme y Damián", y desaparecieron. La mujer temblando y con alegría comenzó a contar a todos en el pueblo sobre lo que había sucedido. Glorificando a Dios hasta las lágrimas, fue ante el icono de los santos hermanos para ofrecer oraciones de acción de gracias por su liberación. Desde ese momento San Cosme y San Damián son venerados como los protectores de la santidad e inviolabilidad del matrimonio cristiano, y como los dadores de armonía en la vida conyugal. Su veneración se extendió también a Rusia.
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San Acindino sufrió el martirio en Persia juntamente con los Santos Pegaso, Aftonio, Elpidoforo, Anempodisto, y otros siete mil cristianos en tiempos del Rey Sapor II (310-381). Estos santos pertenecían a la corte de Sapor, y secretamente cristianos. Cuando el rey inició la persecución contra los cristianos, los paganos envidiosos los denunciaron. Convocados a la presencia de Sapor para el interrogatorio, los santos mártires confesaron su fe en la Santísima Trinidad valientemente. Entonces el rey ordenó que fueran castigados con latigazos. Sapor decretó que Acindino, Pegaso, Anempodisto y Elpidoforo fueran decapitados, y que no se les permitiera a los cristianos enterrar sus cuerpos. Una notable muchedumbre , glorificando a Cristo, acompañó a estos santos cuando eran conducidos a las afueras de la ciudad para la ejecución. Entonces por orden de Sapor, los soldados masacraron a todos los cristianos en la procesión (aproximadamente siete mil), incluso san Elpidoforo. Acindino, Pegaso, y Anempodisto fueron quemados al día siguiente con la madre del emperador. Unos cristianos, fueron de noche secretamente al lugar de la ejecución, y encontraron los cuerpos de los santos mártires indemnes, y los sepultaron dignamente.
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El Obispo Aquepsimo, el Presbítero José y el Diácono Aithalas, mártires en Persia
Sus Vidas
El Obispo Aquepsimo, el
Presbítero José y el Diácono Aithalas, mártires en Persia, eran líderes de la
Iglesia cristiana en la ciudad pérsica de Naeson. Su rebaño amaba a su jerarca
fervientemente por su vida ascética y su incansable trabajo pastoral . |
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San Juanicio el Grande
Sus Vidas
San Juanicio el Grande nació en Bitinia en el año 752 en el pueblo de Maricat. Sus padres eran pobres y no podían proporcionarle ni siquiera los medios esenciales para su educación. Desde la niñez tuvo que cuidar el ganado familiar, su única riqueza. El amor a Dios y la oración dominaron el alma del niño completamente. A menudo, habiendo resguardado al ganado con la Señal de la Cruz, se iba a un lugar apartado y pasaba orando el día entero, y ni los ladrones ni las bestias salvajes se apoderaron jamás de su rebaño. Por orden del emperador Leo IV (775-780), una multitud de oficiales recorrieron las ciudades y pueblos para alistar a los hombres jóvenes para el servicio militar. El joven Juanicio también se enroló en el ejército imperial. Y se ganó el respeto de sus compañeros soldados por su buena disposición, pero también era un soldado valiente que propinó miedo en los corazones de sus enemigos. San Juanicio sirvió en el ejército imperial durante seis años. Más de una vez él fue condecorado por sus comandantes y el emperador. Pero el servicio militar afectó pesadamente en él, su alma tenía sed de los hechos espirituales y la soledad. San Juanicio, renunció entonces al mundo, ansiando entrar prontamente en el desierto. Sin embargo, por consejo de un anciano experimentado en la vida monacal, el santo permaneció dos años en el monasterio, instruyéndose en la obediencia monacal, las reglas monacales y sus prácticas. Él aprendió también a leer y escribir, y sabía treinta Salmos de David de memoria. Después de esto, el monje sintiendo el llamado de Dios para ir a cierta montaña, se retiró al desierto. Durante tres años él permaneció en la profunda soledad del desierto, y sólo una vez por mes un pastor le acercaba un poco de pan y agua. Pasaba el día y la noche en oración y salmodia. Luego de recitar cada verso de los Salmos, Juanicio repetía una oración que la iglesia ortodoxa guarda hasta este día de una forma algo modificada: "El Padre es mi esperanza, el Hijo es mi refugio, el Espíritu Santo es mi protección." Sólo después de doce años de vida ascética lograron que el ermitaño aceptase la tonsura monacal. Y éste pasó tres años en el aislamiento, envuelto en cadenas, después de ser tonsurado. Luego el santo fue a un lugar llamado Chelidon para ver al gran asceta Jorge (21 de febrero). Los ascetas se pasaron tres años juntos. Durante este tiempo san Juanicio aprendió el Salterio entero de memoria. Al envejecer, se estableció en el monasterio de Antidiev y vivió en aislamiento hasta su muerte. San Juanicio vivió setenta años como asceta y logró un alto grado de perfección espiritual. A través de la misericordia de Dios el santo adquirió el regalo de profecía, como ha relatado su discípulo Pacomio. El anciano también levitaba cuando oraba. Cierta vez, cruzó un río desbordado por una inundación. El santo obró también muchos otros milagros por la providencia de Dios. Presintiendo su muerte, San Juanicio durmió en el Señor el 4 de noviembre de 846, a la edad de noventa y cuatro años.
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Los hiero-mártires Nicandro, obispo de Mira, y el presbítero Hermas
Sus Vidas
Los hiero-mártires Nicandro, obispo de Mira, y el presbítero Hermas, eran discípulos del apóstol Tito de los setenta ( 25 de agosto), y fueron consagrados al sacerdocio por éste. Llevando una vida austera en medio de los incesantes trabajos pastorales, los santos convirtieron a muchos paganos a Cristo. Por esto fueron arrestados y llevados ante el prefecto de la ciudad, Libanio. Ni elogios ni amenazas movieron a los santos mártires para renunciar a Cristo. Entonces Libanio ordenó que fueran torturados. Los santos soportaron crueles e inhumanos tormentos: los ataron a caballos y arrastraron sobre piedras, sus cuerpos fueron rastrillados con ganchos de hierro, y lanzados en horno caliente. Sin embargo, el Señor los ayudó a soportar este martirio, que un hombre por su propia fuerza, no podría soportar. Por último, les martillaron uñas de hierro en sus cabezas y corazones, los tiraron en una fosa, y los enterraron. Ahora después de soportar una muerte tan cruel, San Nicandro y San Hermas viven para siempre en la alegría del Señor (Mt. 25:21).
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San Galactio y su esposa Epistemia
Tus mártires Galactio y Epistemia, Señor, por su lucha, recibieron de Ti la corona incorruptible, Oh Dios nuestro. Porque obteniendo Tu Poder, destruyeron a los tiranos y aniquilaron el poderío de los demonios impotentes. Salva, pues, Oh Cristo Dios, por sus intercesiones, a nuestras almas. Sus Vidas Cleitofon y Leucipe, eran una pareja rica y distinguida, de la ciudad Siria de Homs y durante mucho tiempo no pudieron engendrar hijos. Por esos años, la ciudad de Homs era gobernada por Secundo, puesto allí por el César de Roma. Era éste un perseguidor implacable de los cristianos y para intimidarlos ordenó que se exhiban los instrumentos de tortura en las calles. La sospecha más ligera de pertenecer a "la secta del Galileo" (así los cristianos eran llamados por los paganos), era bastante para que un hombre fuese arrestado y torturado. A pesar de esto, muchos cristianos se entregaban voluntariamente en las manos de los ejecutores, en su deseo de sufrir para Cristo. Había en la ciudad, un anciano llamado Onofrio, que ocultaba su dignidad monacal y sacerdotal bajo los trapos de mendigo, y aprovechaba cualquier oportunidad para volver a las personas del error pagano, predicándoles sobre Cristo. Una vez, él vino a la casa de Leucipe. Aceptando limosnas de ella, él se dio cuenta del sufrimiento de la mujer, y le preguntó cuál era la causa de esta tristeza. Ella le confesó al anciano sobre su infortunio familiar. Consolándola, Onofrio le habló sobre el verdadero Dios, sobre Su omnipotencia y misericordia, y cómo Él siempre concede la oración de aquéllos que se vuelven a Él con fe. La fe llenó el alma de Leucipe. Ella creyó y aceptó el Santo Bautismo. Poco después de esto Dios le mostró en un sueño que ella tendría un hijo que sería un verdadero seguidor de Cristo. Al principio, Leucipe le ocultó lo sucedido a su marido, pero después de que el niño nació, ella le reveló el secreto y también lo persuadió para ser bautizado. Los padres llamaron al bebé: Galactio y lo instruyeron en la fe cristiana y procuraron darle una destacada educación. Éste podría haber ejercido una carrera prestigiosa, pero Galactio buscó la vida monacal en la soledad y oración. Cuando Galactio cumplió venticuatro años, su padre decidió casarlo y le encontró una novia, una muchacha bonita e ilustre llamada Epistemia. El hijo no se opuso a la decisión de su padre, pero por voluntad de Dios, la boda se pospuso durante un tiempo. Visitando a su novia, Galactio le reveló su fe gradualmente. Pasado un tiempo, ella se convirtió a Cristo y él la bautizó en secreto. Después del casamiento se conservaron en virginidad. Además de Epistemia, él también bautizó a uno de sus sirvientes, Eutolmio. El recién bautizado decidió, como Galactio, consagrarse a la vida monacal. Dejando la ciudad, ellos se escondieron lejos en la Montaña Publio dónde había dos monasterios uno para hombres y el otro para mujeres. Los nuevos monásticos tenían que realizar todo el trabajo físico, puesto que los habitantes de ambos monasterios eran débiles ancianos. Durante varios años los monjes se esforzaron en el trabajo, ayuno y oración. Una vez, Epistemia tuvo una visión en sueño: ella y Galactio estaban de pie en un palacio maravilloso ante un Rey radiante, y el Rey colocaba coronas sobre ellos. Esto fue un anuncio de su inminente martirio. Los paganos se dieron cuenta de la existencia de los monasterios, y una división militar fue enviada para apresar a sus habitantes. Pero los monjes y las monjas consiguieron esconderse en los montes. Galactio, sin embargo, no quiso huir y permaneció en su celda, leyendo las sagradas Escrituras. Cuando Epistemia se supo que los soldados aprehendieron a Galactio, ella imploró a la Abadesa que le permitiera también ir, pues ella quería soportar el martirio por Cristo junto con su esposo y maestro. La Abadesa, llorando bendijo a Epistemia para que hiciera lo que deseaba. Los santos soportaron terribles tormentos, mientras oraban y glorificaban a Cristo. Sus manos y piernas fueron mutiladas, sus lenguas fueron cortadas, y luego los decapitaron. Eutolmio, el anterior sirviente de Epistemia, y quién se había convertido en su hermano en Cristo y compañero asceta en la vida monacal, en secreto enterró los cuerpos de los santos mártires y escribió el relato de su memorable vida y de su glorioso martirio, para sus contemporáneos y para la posteridad.
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San Pablo el Confesor Su Vida
Tras la muerte de Constantino el Grande, sus hijos Constancio II, Constantino II y Constante reinaron sobre el Imperio de Roma dividiéndolo. Recibiendo Constantino II Britania, Galia e Hispania; Constante reinó sobre Italia, África y las provincias ilíricas, quedando Constantinopla y todo Oriente para Constancio. El emperador Constancio II (317-361), simpatizaba con los arrianos. Éste no estaba en Constantinopla para la elección del Arzobispo, que tuvo lugar sin su consentimiento. A su regreso, el emperador convocó a un concilio que ilegalmente depuso a San Pablo, y lo desterró de la capital. En lugar del santo eligieron a Eusebio de Nicomedia, un hereje impío. El Arzobispo Pablo se retiró a Roma dónde otros obispos ortodoxos también fueron desterrados por Eusebio. Eusebio no gobernó la Iglesia de Constantinopla por mucho tiempo. Cuando murió, San Pablo fue restituido a Constantinopla, y fue recibido por su grey con amor. Pero Constancio II desterró al santo otra vez, y lo envió nuevamente a Roma. El Emperador Occidental Constante escribió una carta a su hermano y la envió a Constantinopla junto con el santo arzobispo desterrado, y san Pablo retomó el trono del episcopal. Pero pronto el piadoso Emperador Constante, defensor del ortodoxo, fue asesinado. Y San Pablo fue desterrado otra vez, y enviado en el destierro a Armenia, a la ciudad de Cucusus dónde sufrió la muerte de un mártir. Cuando el Arzobispo estaba celebrando la Divina Liturgia , unos arrianos lo atacaron y lo estrangularon con su propio omophorion. Esto ocurrió en el año 350. En 381, el santo Emperador Teodosio el Grande solemnemente trasladó las reliquias de San Pablo el Confesor de Cucusus a Constantinopla.
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El Santo mártir Víctor era un soldado que servía en Damasco, durante el reinado del emperador Marco Aurelio (161-180). Cuando el emperador empezó a perseguir a los cristianos y a obligarlos a adorar a los dioses paganos, Víctor se negó a ofrecer los sacrificios, que eran una prueba de la lealtad de un soldado hacia los dioses, el emperador y el estado. El santo soldado de Cristo se entregó a la tortura, sin embargo, a pesar de todos los tormentos a los que fue sometido permaneció ileso. Por el poder de la oración, venció a un mago hechicero de tal manera que se convirtió al cristianismo. Por las oraciones de san Víctor ciertos soldados que estaban ciegos, recobraron milagrosamente la vista. Siendo testigo ocultar del milagro obrado por el Señor a través de san Víctor, Estefanía, la joven esposa cristiana de uno de los verdugos, glorificó abiertamente a Cristo, por lo cual fue condenada a muerte. Cuando apenas tenía 15 años, fue atada de pies y manos a dos palmeras dobladas a tierra, de tal manera que cuando se soltaron, la despedazaron. El verdugo pidió que el santo mártir Víctor sea decapitado. Oyendo la orden del comandante, san Víctor les dijo a sus ejecutores que morirían en doce días, y que el comandante sería capturado por el enemigo en veinticuatro días. Todo cuanto predijo, sucedió. Los mártires murieron en el siglo II en Damasco dónde sus veneradas reliquias fueron enterradas.
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Su Vida
Por ese tiempo , se originó una sangrienta persecución, decretada por los emperadores Diocleciano y Maximiano. En marzo del 303 se publicó el primer edicto imperial en este sentido, que llevó a cabo el prefecto Daciano, quien vino de Roma y permaneció en la Península dos años, ensañándose con fanatismo y crueldad en la población cristiana. Daciano llegó a Hispania por Gerona, donde encargó el cumplimiento de los decretos imperiales al juez Rufino, pasando él a Barcelona y después a Zaragoza. Fueron prendidos ambos en el año 303 por orden del gobernador Daciano, y trasladados a Valencia. Valero fue condenado al destierro y Vicente sufrió el martirio, muriendo finalmente. Cuando sometieron al obispo a la primera interrogación. El anciano permaneció callado, turbado y perplejo. Entonces San Vicente avanzó y dio el discurso más elocuente de su vida ante los jueces y se congregó mucha gente para oírlo. Después de enviar al obispo otra vez a la prisión, el perseguidor ordenó torturar al santo diácono. El mártir fue cruelmente torturado: Primero fue colocado en una cruz en aspa y después en la catasta, donde le rompieron los huesos, lo azotaron y le abrieron las carnes con uñas de garfios de acero. Pero, no pudiendo minar su resistencia, mandó entonces Daciano que fuese desollado y colocado en una parrilla en ascuas. Después de torturarlo metieron a Vicente nuevamente, en la prisión. Esa noche el guardia sorprendido le oyó cantar Salmos, y vio una luz radiante no terrenal en la prisión, al ver esto se convirtió. La mañana siguiente el santo mártir fue condenado para ser quemado. Su cuerpo también se arrojó al mar con una piedra de molino, pero fue devuelto a la orilla. Un cristiano tomó el cuerpo del santo y lo enterró a las afueras de Valencia. Esto ocurrió en el año 304.
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Su Vida
Cierta vez él bajo a la ciudad durante una fiesta pagana. En medio del auge de los juegos el santo levantó su voz, predicando la fe en Cristo, el Salvador del mundo. Fu llevado entonces ante el prefecto Pirrus, ante quien el santo valientemente confesó su fe, diciendo que él había venido a denunciar la impiedad. El prefecto se llenó de ira, y Menas fue arrestado. Pirrus ofreció devolverle el rango que tenía en el ejército si Menas ofrecía el sacrificio a los dioses paganos. Cuando éste se negó, lo sometió a crueles torturas, y luego fue decapitado. Esto ocurrió en el año 304. Algunos cristianos recogieron las reliquias del mártir de noche y las escondieron hasta el fin de la persecución. Después, lo llevaron a Egipto y las colocaron en una Iglesia dedicada al Santo Menas, al sudoeste de Alejandría. El santo recibió la gracia de Dios de realizar milagros, y ayudar a quienes padecen necesidad: Sanar enfermedades, librar a las personas poseídas por demonios. Y es solicitado como protector, sobre todo durante tiempos de guerra.
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San Juan el Misericordioso Su Vida
Su celo espiritual le hicieron ganar honor entre los hombres, y hasta el emperador lo admiraba. Cuando el trono patriarcal de Alejandria quedo vacante, el Emperador Heraclio y todos los clérigos suplicaron a San Juan que ocupara el mismo. San Juan dignamente asumió su servio episcopal, dedicándose al cuidado moral y dogmático de su rebaño. Como Patriarca denunció cada herejía y consiguió que se retirara de Alejandría un monofisita llegado de Antioquia llamado Phyllonos. Consideró la caridad y el ayudar a aquellos en necesidad como su principal tarea . En los comienzos de su servicio patriarcal ordenó a sus colaboradores elaborar una lista con todos los pobres y carenciados de Alejandría, los cuales llegaban a casi siete mil personas. San Juan ordenó que todos aquellos que se encontrasen en infortunios recibieran cada día algo de comer y que fuera la iglesia quien los alimentara. Dos veces a la semana, los miércoles y los viernes, salía a las puertas del Patriarcado y, sentándose en la puerta de la iglesia, recibía a los necesitados. Tres veces a la semana visitaba los hogares de los enfermos, y asistía a los que sufrían. Durante este tiempo, el Emperador Heraclio fue con una importante fuerza armada contra el Emperador de Persia, Chosroes II. Los persas habían desvalijado Jerusalén y la habían incendiado, tomando a muchos cautivos. San Juan entregó una gran parte del tesoro de la iglesia por el rescate de estos. Juan nunca rechazó a los que venían a pedirle. Un día, cuando visitaba a un enfermo, encontró en su camino a un hombre pobre a quien le entregó seis monedas de plata. El hombre pobre se cambió de ropas, corrió hasta el Patriarca nuevamente y le volvió a pedir limosnas. El santo le entregó nuevamente seis monedas de plata. Cuando el suplicante volvió a pedir por tercera vez limosnas, y quienes ayudaban al Patriarca lo quisieron alejar, San Juan solo dijo: “dadle doce monedas de plata, tal ves es Cristo poniéndome a prueba”. Juan el Misericordioso era conocido por su gentileza para con la gente. Una vez, el santo tenía que sancionar por un tiempo a dos sacerdotes por ofensas en contra de él. Uno de ellos se arrepintió y el otro, molesto con el Patriarca cayó en pecados muchos más severos. Juan quiso calmarlo con palabras suaves pero ante la insistencia del primero, se molestó muchísimo. A los días, celebrando la Liturgia, el Patriarca recordó la frase del Evangelio que dice: “cuando traes tu ofrenda al altar y recuerdas que tu hermano tiene algo contra de ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve y reconcíliate con tu hermano y luego vuelve a presentar tu ofrenda” (Mateo 5:23-24). El santo salió por las puertas del altar buscando a este sacerdote y arrodillándose frente a él con todos los fieles a su alrededor, le pidió perdón. El sacerdote, ante esta situación, se arrepintió de sus pecados, corrigió su vida y luego fue encontrado digno de volver al sacerdocio. San Juan, fue un hombre estricto en sus oraciones y un asceta constante, no dejaba de preocuparse por su alma y su muerte. Ordenó le prepararan un féretro para si mismo, pero le pidió a quien lo hacía que no lo terminara. Finalmente fue llevado a acompañar al gobernador Nicetas en su visita al emperador de Constantinopla. En su camino para visitar al rey, soñó que un hombre vestido con ornamentos resplandecientes le decía: “el Rey de reyes te llama”. Viajó entonces a Chipre, su tierra natal, y durmió en el Señor en una ciudad llamada Amanthos entre los años 616 y 620.
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Santo Apóstol y Evangelista Mateo
El santo apóstol y evangelista Mateo se llamaba Levi (Mc 2:14 y Lc 5:27). Fue uno de los Doce Apóstoles y hermano del apóstol Santiago hijo de Alfeo (Mc 2:14). Cumplía la función de ser publicano, recaudador de impuestos de Roma, en el tiempo en el que los judíos se encontraban bajo el dominio del Imperio Romano. Vivía en la ciudad galilea de Cafernaum. Cuando Mateo escuchó la voz del Señor Jesucristo de “Ven y sígueme” (Mt 9:9) lo dejó todo y lo siguió. Tanto Cristo como sus discípulos no rechazaron la invitación de Mateo y visitaron su casa donde compartieron la mesa con otros publicanos. Este evento molestó severamente a los Fariseos y Escribas de aquel tiempo. Los publicanos que recolectaban impuestos de sus mismos compatriotas conseguían grandes ganancias para sí mismos. Habitualmente eran considerados por los mismos judíos como traidores de la patria y de la religión. La palabra “publicano” para los judíos tenía esta connotación de “pecador público”. El simple hecho de conversar con un publicano era considerado un pecado y asociarse con él era la misma traición. Pese a todo esto, los judíos de aquel tiempo no podían comprender que el Señor había venido a “llamar a pecadores y no a justos” (Mt 9:13) Mateo, reconociendo sus pecados, devolvió todo lo que había sacado a aquellos que había defraudado y distribuyó lo restante a los pobres y siguió a Cristo junto a los demás apóstoles. Después de recibir el Espíritu Santo en el día de Pentecostés, San Mateo predicó el Evangelio en Palestina por muchos años. Por el pedido de los judíos convertidos al cristianismo que vivían en Jerusalén, escribió su Evangelio describiendo la vida del Señor en esas tierras. De acuerdo al orden actual de los Evangelios, el de San Mateo es el primero. Se dice que el lugar en donde lo escribió fue en Palestina y el idioma usado fue el Arameo. Este texto luego fue traducido al griego. El texto original arameo no ha sobrevivido pero muchos son los lingüistas y los historiadores que encuentran los rastros arameos y las peculiaridades históricas y culturales judías del Evangelio. San Mateo predicó entre los pueblos que aguardaban la venida del Mesías. Su Evangelio aparece como una prueba viva de que Jesús es el Mesías anunciado por los Profetas y que después de Él no habría otro (Mt 11:3). El santo apóstol y evangelista llevó el Evangelio de Cristo a Siria, a Persia y finalizó su obra en Etiopía donde murió como mártir. Estas tierras eran habitadas por aquel entonces por tribus caníbales con costumbres y creencias primitivas. San Mateo convirtió a algunos de ellos a la fe en Cristo. Allí fundó una Iglesia y construyó un templo en la ciudad de Mirmena, donde puso a su compañero Platón como Obispo. La Iglesia Ortodoxa de Etiopía recuerda a San Mateo como su fundador.
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Abdías el Profeta Su Vida
El Santo profeta Abdías es el cuarto de los doce profetas menores. Vivió durante el siglo noveno antes de Cristo. Era originario de una aldea llamada Betharam, cerca de Siquem y sirvió como mayordomo de un rey israelita llamado Acab. En aquellos días todo Israel se había alejado del verdadero Dios y había comenzado a ofrecer sacrificios al dios Baal. Sin embargo, Abdías fielmente sirvió al Dios de Abraham, Isaac y Jacob en secreto. Cuando la esposa del rey Acab, una mujer depravada llamada Jezabel, persiguió a todos los profetas del Señor, fue Abdías quien se encargó de alimentarlos y vestirlos (I Reyes 18:3). El sucesor del rey Acab, Ocozías decidió enviar tres destacamentos de soldados para arrestar al profeta Elías. Uno de estos destacamentos fue encabezado por el Profeta Abdías. Por las oraciones de San Elías, dos de esos destacamentos fueron consumidos por el fuego pero el que dirigía Abdías fue separado por el Señor (II Reyes 1). Desde ese momento Abdías abandonó el ejército y se convirtió en discípulo del Profeta Elías. Posteriormente recibió el don de la profecía. El libro inspirado por Dios del Profeta Abdías es el cuarto de los libros de los doce profetas menores de las Escrituras y contiene predicciones sobre la iglesia del Nuevo Testamento. San Abdías fue enterrado en la ciudad de Samaria.
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Sus Vidas
San Alípio “el estilita” |
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San Níkon “el predicador del arrepentimiento” |
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San Estiliano |
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San Jacobo el Persa (Patrono del Monasterio de Mar Iaqub en Dedeh, El Koura, Trípoli, Líbano)
El gran mártir Jacobo el Persa (conocido como “el amputado”) nació en el siglo IV en el seno de una piadosa familia cristiana, conocida por su riqueza y su honorabilidad. Su esposa era cristiana, ellos juntos formaron a sus niños en la piedad, inspirándolos en el amor por la oración y por la lectura de las Sagradas Escrituras. Jacobo ocupó una muy importante posición en la corte del emperador persa Izdegerd (399-420) y en la de su sucesor Barakhranes (420-438). Pero en una de las campañas militares, Jacobo, seducido por la beneficencia del emperador, tuvo miedo de negar su fe en Cristo y de tener que ofrecer sacrificios a los ídolos y al emperador. Sabiendo sobre esto, la madre y la esposa de Jacobo le escribieron una carta, en la que lo llaman a arrepentirse. Cuando recibió la carta, Jacobo se dio cuenta de la gravedad de su pecado. Y enfrentando el horror de ser separado de su familia y de Dios mismo, comenzó a llorar, pidiendo a Dios el perdón. Los soldados que lo acompañaban, escuchándolo orar al Señor Jesús, contaron esto al emperador. Y habiendo sido interrogado, San Jacobo confesó su fe en el Verdadero Dios. Ninguna cantidad de dinero pudo hacerle cambiar su fe, entonces el Emperador ordenó que fuera muerto. Comenzaron amputando sus dedos uno por uno, luego sus manos y sus pies, sus brazos y sus piernas. Durante esta prolongada tortura, San Jacobo ofrecía oraciones de agradecimiento al Señor, quien le había permitido la posibilidad de la redención por sus pecados soportando esas torturas. Por ultimo, el mártir fue decapitado. Los cristianos se unieron alrededor de las piezas de su cuerpo y las enterraron con gran reverencia. En Líbano se ha edificado un monasterio bajo el amparo de San Jacobo. El mismo se encuentra en la aldea de Dedeh, cerca de Trípoli, donde las monjas que allí viven, protegen sus reliquias.
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