4 de septiembre
San Babilas de Antioquia
Su Vida
El es el duodécimo obispo de Antioquia después del
apóstol San Pedro; su obispado duró desde 237 hasta 250. El historiador Eusebio
de Cesárea (340) en su libro “Historia Eclesiástica” nos describe algo de este
santo Mártir: cuando el emperador romano Felipe, siendo cristiano, deseó en la
noche de Pascua participar con la muchedumbre en las oraciones de la iglesia y
comulgar el Cuerpo y la Sangre del Señor, el obispo se lo impidió por la
multitud de crímenes y pecados que había cometido pidiendo como condición que
confesara abierta y sinceramente sus pecados y que se incorporara con los
arrepentidos. El emperador, ante tal pedido, aceptó la exigencia del obispo.
Así, San Babilas fue conocido por su braveza, la que san Juan Crisóstomo alabó
diciendo: “¿acaso había un sólo hombre al que San Babilas pudo temer después de
que se paró frente al emperador?; con eso dio a los reyes una lección sobre que
no traten de extender su autoridad más allá de lo que Dios permite; y, a la vez,
dio a los varones de la Iglesia un ejemplo de que cómo se debe usar la autoridad
otorgada a ellos.”
San Babilas fue martirizado durante la persecución de los cristianos en el
tiempo del emperador Dacio (250); así murió en la cárcel por el maltrato y las
torturas. Se dice que, antes de morir, pidió que lo arrojaran en la tumba junto
a sus cadenas ya que le eran instrumento de victoria. Posteriormente, los
cristianos construyeron una Iglesia sobre su sepulcro.
Sus reliquias estuvieron en Antioquia hasta que los cruzados las trasladaron a
Occidente. Lo más probable es que estén ahora en la ciudad italiana de Cremona.
Gran Mártir Eustaquio
El día 20 de septiembre se conmemora al gran santo y Mártir Eustaquio, a su esposa Teopistis y a sus hijos Agapio y Teopisto.
San Eustaquio era llamado Placidas y su esposa Tatiana, antes de que ellos y sus hijos se convirtieran a Cristo. Placidas fue un general que vivió en Roma en tiempos de Trajano (98-117). A pesar de ser pagano, era notablemente virtuoso y tenía un especial amor hacia los pobres. Viendo su naturaleza bien intencionada, Dios se le reveló como lo había hecho con San Pablo.
Un día cuando Placidas estaba cazando en el bosque y tenía acorralado a un gran ciervo, vio entre sus astas una cruz mas brillante que el sol, en la cual él vio a Cristo. También escuchó una voz: “¿Placidas por que me persigues? Yo soy Cristo, a quien inconscientemente has honrado con tus buenas obras. Yo vine al mundo como hombre para salvar a la humanidad, y me aparezco hoy como tal para atraparte en la red de mi amor por los hombres”. Asombrado y aterrorizado, Placidas cayó de su caballo y quedó inconsciente por varias horas. La veracidad de su visión fue indudable cuando Cristo se le apareció por segunda vez y le dio a conocer que Él es el Dios, quien hizo los cielos y la tierra, quien, por su amor a la humanidad, tomó nuestra naturaleza humana.
Entonces Placidas creyó desde el fondo de su corazón y se bautizó con su esposa e hijos. Todos ellos recibieron nuevos nombres. Los nombres cristianos de los padres fueron Eustaquio y Teopiste, y Agapio y Teopisto los de los hijos. Viendo en él la virtud que proviene de la fe, el Señor se le apareció nuevamente a Eustaquio y le dijo de las tribulaciones que el diablo provocó a Job y que podría dárselas a él, pero que la Gracia Divina permanecería con él. Poco después perdió todas sus posesiones y decidió tomar un barco hacia Egipto con su esposa e hijos. El capitán del barco capturó a su esposa en el momento en el que desembarcaba con sus hijos. Con lágrimas en los ojos Eustaquio siguió su camino y mientras atravesaba un río, un lobo y un león ahuyentaron a sus hijos, dejándolo solo y arruinado, cuya fe y única esperanza estaban en la misericordia del Señor. Él, quien fuera una vez un miembro notable de la nobleza romana, ahora iba de un lugar a otro, con la paciencia de Job, viviendo de trabajos eventuales. Finalmente se estableció en un lugar llamado Badissos cuidando un huerto, no lejos de donde se encontraban sus dos hijos a quienes habían rescatado unos pastores, y crecían sin saber de él.
Quince años después, los bárbaros que tenían cautiva a Teopiste se preparaban para invadir en multitud al imperio; los romanos no podían encontrar un general lo suficientemente hábil que resistiera el ataque. El Emperador recordó las muchas victorias y el valor de Eustaquio y lo mandó buscar. Cuando se presentó en la corte, estaba apenas reconocible, pues la pobreza y la aflicción habían dejado huellas en su semblante. El Emperador le restituyó su cargo y posesiones y le dio el mando de la legión que, con la ayuda de Dios, alejaron a los bárbaros. Durante la campaña, Eustaquio se reunió con su esposa y sus hijos, así que su paciencia no quedó sin recompensa en esta vida.
A su regreso triunfal a la Roma, Adriano, el nuevo Emperador, lo llenó de regalos y le preguntó que si en agradecimiento iba a ofrecer un sacrificio a los ídolos por su victoria. Eustaquio le contestó que solamente a Cristo le correspondía la victoria y no a la fuerza imaginaria de dioses falsos. Esta respuesta encolerizó al tirano. Una vez más le fueron confiscados todos sus bienes. Y llevaron a San Eustaquio, su esposa e hijos para alimentar a los leones; pero las bestias no se atrevieron a tocarlos y se recostaron con reverencia ante ellos, los Santos Mártires fueron arrojados a un caldero en forma de toro, lleno de bronce al rojo vivo, donde entregaron sus almas a Dios, sin que sus cuerpos tuvieran cambio alguno. Esto asombró a los paganos y llenó de júbilo a los fieles, quienes por estas señales reconocieron que la Gracia de Dios moraba en los cuerpos de los Santos Mártires y permaneció en ellos para consuelo en su sufrimiento.
24 de Septiembre
Su Vida
San Siluan nació en el año 1866 en una aldea de la
provincia de Tambov, Rusia. Llegó al monte Athos en 1892, fue ordenado monje en
1896. Cumplió la obediencia debida al monje en un molino del monasterio de Rusik,
haciéndose cargo de la economía. Falleció el 24 de septiembre de 1938. A los 19
años de edad sintió un cambio dentro de si y la atracción a la vida monacal. Le
pidió a su padre el permiso de entrar en el monasterio Lavra en Kiev. Su padre
fue categórico: “Primero el servicio militar y después podrás irte.” Siendo
joven, hermoso y fuerte y para este tiempo rico, él gozaba de la vida. Era amado
por su carácter alegre y tranquilo y las jóvenes lo miraban como a un novio
conveniente. San Siluan recordaba a su padre diciendo: “Yo no llegue a la medida
de mi padre. El era sencillo y analfabeto. Aprendió a rezar el Padre Nuestro,
escuchando en la iglesia, pero era un hombre dócil.” Un día de la fiesta
parroquial, Simeón (su nombre civil) paseaba por la calle y tuvo un entredicho
con un par de jóvenes y golpeó a uno de ellos que todos se asustaron. Simeón
pensó que lo había matado. Cerca de dos meses estuvo enfermo, pero, por suerte,
no murió. Así, en bullicio de la vida, comenzó a desaparecer en el alma de
Simeón el primer llamado de Dios para la vida monacal. Pero Dios, que lo había
elegido, lo llamo de nuevo por medio de una visión. Simeón, dormido, vio como
una serpiente penetraba su boca. Sintió un fuerte asco, se despertó y al mismo
tiempo escucho las palabras: “Tu tragaste en el sueño la serpiente y te dio
asco; así a Mi no Me gusta ver lo que estas haciendo.” Simeón no vio a nadie,
solo oyó la voz que por su hermosura y dulzura era totalmente singular. Según la
indudable convicción de San Siluan esta fue la voz de la Madre de Dios. Hasta el
fin de sus días dio gracias a la Virgen por no haberlo despreciado. El decía:
“Ahora veo como el Señor y la Virgen María se apiadan de la gente”. Este segundo
llamado, ocurrido un poco antes del servicio militar, decidió la elección de su
futuro camino. Lo primero que paso fue un cambio radical en su vida. Simeón
sintió una profunda vergüenza por su pasado y empezó a arrepentirse muy
profundamente ante Dios. La decisión de entrar en un monasterio, después del
servicio militar, se duplicó. Y empezó a cambiar su conducta sobre lo que el
veía en la vida. El cambio no fue solamente en sus cosas, también en sus muy
interesantes conversaciones con la gente. Poco tiempo antes de terminar su
servicio militar en la Guardia, Simeón juntamente con un amigo fueron a ver al
padre Juan de Kronstadt, para pedirle su bendición y rezos.
Como no lo
encontraron, le dejó escrita unas pocas palabras: “Querido Padre, quiero hacerme
monje, rece para que el mundo no me retenga.” Regresaron a San Petersburgo y al
otro día sintió, que a su alrededor “resonaba una llama infernal.” Regresó a su
casa y permaneció ahí solo una semana. Simeón se despidió de todos y viajo a
Athos. Pero, desde el día cuando el padre Juan empezó a rezar por él, “la llama
infernal” resonaba alrededor de él sin parar, en todos los lados donde se
encontraba. Simeón llego a Athos en 1892, y empezó su nueva vida de sacrificios
y vigilias. Según las costumbres de Athos, el novicio “hermano Simeón” debía
pasar unos días en paz completa, para recordar los pecados de su vida y
anotarlos para decirlos al confesor. El tormento infernal, que no se quitaba, le
produjo un arrepentimiento muy fuerte. En el Sacramento de la Confesión Simeón
quería liberar su alma de todos los pecados y relató con buena disposición y
gran miedo todo lo que había hecho en su vida, sin ningunas justificaciones. El
hermano Simeón fue introducido, para su desarrollo espiritual, con la ayuda del
régimen sempiterno de la vida del monasterio, con el continuo recuerdo de Dios,
la oración en la celda solo, largos oficios en el templo, los ayunos y vigilias,
frecuentes confesiones y comuniones, lecturas, trabajos y obediencia. El hermano
Simeón era paciente, bondadoso, obediente: en el monasterio lo amaban, lo
elogiaban por los trabajos bien hechos y por el buen carácter y esto le
agradaba. Físicamente fuerte, un gigante, no se acostaba. Pasaba rezando todas
las noches, parado o sentado en un banco. En el mismo día, durante el servicio
vespertino, en la iglesia del Santo Profeta Elías, a la derecha de la puerta
central del Iconostasio, el vio a Cristo vivo. ”Incomprensiblemente el Señor
apareció al joven novicio” y todo su ser se llenó del Espíritu Santo. Con esta
visión, Simeón se quedó extenuado y el Señor se hizo invisible. Fue el momento
en que nacía por segunda vez. La mirada dulce de Jesucristo que todo perdona,
llena de amor, alegre, atrajo a todo el hombre y después de desaparecer, llevó
su alma a la contemplación Divina, fuera del mundo material... Mas adelante, en
sus escritos, él repetía constantemente que el conoció a Dios y lo vio por
intermedio del Espíritu Santo.
El joven monje Siluan gradualmente aprendió los más perfectos hechos ascéticos, los cuales parecen imposibles a la mayoría. Su sueño siguió entrecortado, varias veces durante las 24 horas dormía 15-20 minutos. No se acostaba, dormía sentado en un banco. De día trabajaba como un obrero, se dedicaba a la obediencia, renunciando a su propia voluntad. Aprendió a guiarse por la voluntad Divina, se abstuvo en la comida, se alejó de las conversaciones, reducía los movimientos. Durante largas horas rezaba la oración de Jesús. Comprendió por su propia experiencia que el campo de la lucha espiritual con el mal es el propio corazón del hombre. Espiritualmente, vio que la más profunda raíz del pecado es el orgullo, que alejó a los hombres de Dios y que hunde al mundo en innumerables sufrimientos. Entonces Siluan, prominente gigante del espíritu, concentró todas sus fuerzas por la humildad de Cristo. Esta acción lo llevo a la paz espiritual y a la oración pura. Pero aun y este camino ardiente resulto largo. “Nuestro hermano es nuestra vida” decía San Siluan. El mandamiento “amar al prójimo, como a si mismo” comenzó a comprenderlo no solamente como una norma ética, sino como la verdadera medida del amor.
Hasta el fin de su vida, a pesar de su debilidad y enfermedades, conservo la costumbre de dormir a ratos. Le quedaba mucho tiempo para la oración solitaria y siempre rezaba, cambiando según las circunstancias, la forma de oración. Pero su oración se hacia más fuerte sobre todo en las horas de la noche, antes de los matutinos. Entonces él rezaba por los vivos y los muertos, por los amigos y enemigos, y por todo el mundo.