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¿Qué es
la Ortodoxia?
Índice
1)
Aspecto Histórico
A.
Fundación de la Iglesia
B. La
Iglesia bajo persecución en sus tres primeros siglos
C. Los
Cinco Patriarcados Históricos
D. Los
Concilios Ecuménicos
E. El
Gran Cisma Católico (1054)
F.
Expansión y crecimiento de la Iglesia Ortodoxa en todo el mundo
2)
Aspecto Litúrgico
A. La
Espiritualidad Ortodoxa
B. La
Liturgia Bizantina (Música Bizantina)
C.
Características Particulares
D. Los
Sacramentos
E. La
Iconografía Ortodoxa
3)
Aspecto
Teológico y Doctrinal
A.
Dios, Trinidad y Unidad
B.
Cristología
C.
Neumatología Ortodoxa
D. La
Virgen María y los Santos
4)
Algunas Diferencias con
las otras Iglesia Cristianas
A.
Diferencias Administrativas
B.
Diferencias Litúrgicas
C.
Diferencias Dogmáticas
*
Bibliografía
Contenido
1)
Aspecto Histórico
En esta primera parte del estudio, analizaremos el desarrollo histórico de
la Iglesia Ortodoxa. Vamos a definir primeramente el significado la palabra
“Ortodoxa” proviene de la unión de dos vocablos griegos, Ortho Recta,
Doxa, Glorificación, gloria, fe, doctrina. Es decir, un cristiano ortodoxo
es aquél que sigue la fe transmitida por los Apóstoles de Cristo.
A- La Fundación de la Iglesia
“En el año quince del
gobierno del Emperador Tiberio, Poncio Pilato era gobernador de Judea,
Herodes gobernaba en Galilea, su hermano Felipe gobernaba en Iturrea y
Traconite, y Lisanias gobernaba en Abilinia. Anás y Caifás eran los sumos
sacerdotes. Por aquel tiempo, Dios habló en el desierto a Juan, el hijo de
Zacarías...”(Lucas 3:1-2) Con estas precisiones históricas, el Evangelistas
Lucas, comienza a narrar la obra mesiánica de Jesús. La religión cristiana
está, en efecto, basada en la creencia de una intervención de Dios en la
historia concreta de la humanidad. Este carácter histórico de la obra
mesiánica queda atestiguado también por la manera en que el evangelio fue
transmitido al mundo grecorromano, y a las generaciones posteriores.
Los actos realizados por Jesús debieron ser
confirmados por testigos. Estos testigos fueron los Discípulos, quienes
fueron los testigos oculares de Cristo resucitado. Ellos fueron necesarios
para la creación de la comunidad de la Nueva Alianza, y con la venida del
Espíritu Santo sobre ellos (la Iglesia) se confirmó la veracidad del
testimonio y pronto comenzaron a manifestarse los frutos de la predicación
apostólica.
Por eso, decimos que la Iglesia nació en la
Fiesta de Pentecostés, cuando un pequeño grupo de Galileos, “fueron llenos
del Espíritu Santo” (Hechos 2:4). Este sucedió en Jerusalén, ciudad
fronteriza del Imperio Romanos, frente al Oriente in conquistado. La religión
se difundió rápidamente por la vía de comunicación dentro de la Diáspora
judía. Durante la vida de los Apóstoles, esta expansión llegó hasta España y
probablemente hasta la India; Roma, Alejandría, Antioquia y otras grandes
ciudades se convirtieron en centro de actividades cristianas.
Durante esta expansión, los seguidores de
Cristo tropezaron con muchos inconvenientes. El primero de ellos fue la
adaptación a la comunidad Judía en la que nació su religión. Los judíos
ocupaban una posición única en el estado Romano. Formaban un grupo
densamente compacto, resistiéndose forzosamente a la fusión con sus vecinos
(los habitantes de Siria y Arabia) Esto era consecuencia no sólo de su
profesión de un monoteísmo intransigente (en oposición contra el politeísmo
dominante de las otras naciones de la región), sino que además, creían que
Dios había concretado un pacto personal con Israel, ordenando a Su pueblo
elegido que obedeciera Su ley, y prometiéndole a su vez redimirle del pecado
y de la opresión. La ardiente esperanza de liberación de todas sus
aflicciones, que vendría ligada al advenimiento de un mensajero divino
especial (el Mesías), alcanzó su máxima expresión en la época que vio el
nacimiento de la Iglesia. Después de un período de independencia política
(168- 63 a. C.), Palestina se incorporó al Estado romano y se expuso cada
vez mas a la forzada helenización. Bajo Herodes el Grande (37-4 a. C.), que
gobernó sobre Judea, Samaria y Galilea como rey nombrado por el senado
romano, y bajo sus sucesores, se fundaron ciudades paganas en Palestina,
donde los extranjeros helenizados adoraban a sus numerosos dioses. Algunos
judíos comenzaron a mezclarse con los gentiles y a renunciar a su
exclusividad religiosa. Todo esto, produjo en los demás un renovado celo por
el judaísmo y afirmaban su confianza en la liberación prometida y trataban
de evitar todos sus contactos con el mundo externo. En esa atmósfera
floreció una literatura apocalíptica y cualquier rebelde que afirmaba
ser el Mesías fácilmente reunía partidarios fanáticos.
Como es claro en el Libro de los Hechos de los
Apóstoles, se ve que al principio, el mensaje del Evangelio se dirigió
exclusivamente a esa nación oprimida. La respuesta fue mixta: se
convirtieron algunos judíos, pero la mayoría se negaron a aceptar a
Jesucristo como el Mesías prometido. La figura de un redentor crucificado se
contradecía con la figura convencional de un libertador nacional.
La actividad religiosa de los cristianos en
los comienzos no estaba separada del Templo judío, pues los primeros adeptos
eran judíos: “Los creyentes,...todos los días se reunían en el
templo...”(Hechos 2:46, 3:1). Pero, cuando tomaron conciencia de la
universalidad del mensaje cristiano y decidieron incorporar a su sociedad a
los conversos del paganismo, también tomaron la crucial decisión de
separarse de Israel.
Cabe destacar que el judaísmo proporcionó al
cristianismo su afirmación básica de que el Dios de Israel había elegido a
su pueblo para el propósito de la reconciliación con la humanidad, y
de que Jesús era el Mesías prometido, que ofrecía la liberación del pecado a
los que creían en Él. El judaísmo proporcionó a la Iglesia las Sagradas
Escrituras, y los ritos de iniciación que se convirtieron en las piedras
fundamentales del culto y la organización de los cristianos. Del
judaísmo, la naciente Iglesia aprendió a congregar a sus miembros en la
celebración de los servicios semanales regulares, en los que se leían las
Escrituras, se daba instrucción y se hacía verdadera la presencia divina
mediante el encuentro corporativo, en el ágape eucarístico.
Durante los tres primeros siglos, la nueva
religión (el cristianismo) se edificó en las más importantes ciudades del
Imperio romano. Y las comunidades cristianas se componían principalmente del
proletariado urbano, aún cuando poco a poco, se unían a la Iglesia cierto
número de hombres de cultura y alto rango social. Cada comunidad era una
unidad autónoma, dirigida por un obispo asistido por presbíteros, diáconos y
diaconizas. Las Iglesias estaban en comunicación regular con sus vecinos; se
recogían limosnas y se enviaban a las comunidades necesitadas. No había
autoridad central, pero las Iglesias fundadas por los Apóstoles en ciudades
importantes gozaban de prestigio y su liderazgo era aceptado
voluntariamente, siendo las mas destacadas entre ellas las Iglesias de Roma,
Alejandría y Antioquia.
Al principio la Iglesia pareció a las
autoridades romanas una secta judía más; pero pronto se vio con claridad la
diferencia entre ésta y el judaísmo, y para los cristianos éste fue el
comienzo de trescientos años de persecución. El segundo problema que
encontraron los cristianos fue cómo sobrevivir en un mundo romano hostil.
B- La Iglesia bajo la
persecución durante los tres primeros siglos
Durante casi tres siglos, el Imperio Romanos
había adoptado una postura hostil frente al cristianismo. Esta actitud
oscilaba entre una tolerancia benéfica y la persecución más abierta y más
violenta, que al principio eran casuales y carecían de consistencia; pero
que gradualmente se planificaron mejor y se hicieron de mayor alcance. El
más elevado número de victimas se atribuye a la última y más feroz de todas
las persecuciones, la de Diocleciano y sus compañeros de gobierno en el
siglo IV.
Sin embargo, los primeros predicadores
cristianos trataron al Imperio con mucho respeto; incluso pusieron en él
ciertas esperanzas, reconociéndole un papel de educador, en la medida en que
el Reino de Dios todavía no se había realizado en la tierra. Pero
todas esas esperanzas pronto se desvanecieron, pues aquél Imperio exigía a
los discípulos de Cristo que renegasen de Su Maestro.
El primer asalto contra los cristianos fue
ejecutado por Nerón (57-68) que en Roma ordenó su ejecutó en masa para
apaciguar la insatisfacción popular causada por el gran incendio que
destruyó gran parte de la capital. Así dieron muerte a los Apóstoles Pedro y
Pablo, con cierto número de sus seguidores. Sus sucesores no siguieron una
política uniforme pues algunos de ellos, como Domiciano (81-96), fueron muy
severos; y otros, tales como Cómodo (180-192) migaron la tensión de la
persecución.
Era difícil para el gobierno precisar la
ofensa cometida por los cristianos, y generalmente se percibía que la
Iglesia constituía una sociedad subversiva, cuya propia existencia desafiaba
a las afirmaciones de que se debía obedecer al Estado romano en todos los
asuntos civiles y religiosos. Tal era la opinión de Marco Aurelio (161-180)
quien condenaba a los cristianos como fanáticos e inflexibles. Y cuando los
emperadores se percataron del carácter verdadero de la oposición cristiana
inauguraron una campaña anticristiana que aspiraba al exterminio total de
esta nueva religión.
Lo positivo de las persecuciones fue que
la Iglesia tuvo la oportunidad de extenderse por todo el territorio del
Imperio.
C- Los Cinco Patriarcados
Históricos
Por la época en que la persecución de
Diocleciano había estremecido a la Iglesia y desequilibrado al Imperio,
Constantino, un joven teniente del temido y anciano Emperador, estableció
una cooperación entre la Iglesia y el Estado romano. A partir de aquel
entonces, se produjo un cambio radical en las relaciones entre ambas partes.
Y sólo un hombre pudo armar un plan capaz de unir a dos elementos opuestos:
la Iglesia y el Imperio.
En el año 312, y luego de lograr una
impresionante victoria en una de sus más decisivas empresas militares, la
batalla del Puente Milvio, Constantino se reunió en Milán con su par
oriental Licinio. Como resultado de esta reunión, Licinio publicó en el año
313 el famoso edicto de tolerancia religiosa conocido con el nombre de
Edicto de Milán. Este decreto establecía la igualdad entre los
cristianos y los paganos; pero después de su victoria sobre Licinio en el
año 324, Constantino comenzó a acentuar más su inclinación hacia el
cristianismo mediante su activo interés en los asuntos de la Iglesia.
Convocó y presidió los concilios y aprobó sistemáticamente la legislación
del Imperio de acuerdo a las enseñanzas del Evangelio. Sin embargo
Constantino no se bautizó hasta el final de su vida ni tampoco renunció al
título pagano de Pontifex Maximus. Con esto, la Iglesia se estableció
en paz y se oficializó en el Imperio.
Por su lado la administración de la Iglesia
siempre fue ejercida por los Obispos. Al Obispo de más alto rango, que
pertenecía a un centro (ciudad) muy importante, con el tiempo se le otorgó
el título de Patriarca. Y por razones administrativas, la Iglesia se
organizó en los siguientes distritos eclesiásticos:
1- Roma, fundada por San Pablo, fue la
primera capital del Imperio Romano.
2- Constantinopla, fundada por san Andrés
y fue la segunda capital del Imperio.
3- Alejandría, el principal centro
político, cultural y filosófico de África, predicada por san Marcos.
4- Antioquia, centro principal de Oriente,
llamada la Ciudad de Dios, de la cual San Pedro fue su primer obispo.
5- Jerusalén, llamada la Madre de las
Iglesias, en la cual el Señor Jesucristo predicó y obró la redención.
En la era apostólica fue presidida por el Apóstol Santiago, quien fue su
primer obispo.
Cada uno de estos distritos era presidido por
un Patriarca. Todos ellos tenían los mismos derechos; eran independientes en
la administración de su distrito (o iglesia) y además, iguales entre sí.
Dentro de dicha independencia y siendo Roma la capital del Imperio, se
consideraba a su Patriarca el primero entre sus iguales (primos inter
paris), es decir, tenía una primacía de honor solamente (1er Concilio
Ecuménico, Art. 6; 2° Concilio Ecuménico, Art. 3; 4° Concilio Ecuménico,
Art. 28; 6° Concilio Ecuménico, Art. 36).
Posteriormente, con el establecimiento de la
capital en Bizancio, se dieron honores similares al Patriarca de
Constantinopla.
D- Los Concilios Ecuménicos
Desde el siglo IV hasta el siglo VI los
emperadores otorgaron diversos privilegios a la Iglesia, le cedieron una
parte del poder judicial y le concedieron el monopolio de las obras
benéficas. En los lugares santos cristianos, así como en las tumbas de los
mártires, edificaron grandes templos y en su nueva capital (Constantinopla,
la nueva Roma) levantaron templos dedicados, no ya a la Victoria o a la
Justicia, como lo hicieran los emperadores paganos, sino a la Sabiduría de
Cristo (Hagia Sofía) o a la Paz Divina (Hagia Irene).
Al adoptar la nueva religión y al intentar,
cada vez más, hacer de ella la base de toda su política, los emperadores
querían darle al Estado una nueva alma y asegurarle su unidad. Seguro ya de
la protección imperial, el cristianismo aceptaba en su seno las masas cada
vez más crecidas, y con el cierre de la última universidad pagana (la de
Atenas), Justiniano, en 529, podía considerarse el jefe de un estado
enteramente cristiano.
En este clima de paz social y política, la
Iglesia se vio perturbada por las herejías, es decir, por las
interpretaciones incorrectas y opuestas a la verdad que ella encierra. Por
eso, y para defender esta verdad y dar las correctas interpretaciones,
además de otras materias normativas eclesiásticas, se realizaron los
Concilios Ecuménicos. Dichos Concilios Ecuménicos fueron los siguientes:
1. Concilio
de Nicea (325). Condenó a Arrio y definió al Hijo de Dios encarnado como
consubstancial al Padre.
2. Concilio de Constantinopla (381). Dio
una solución a las consecuencias de la crisis arriana. A este Concilio se le
atribuye la adopción del Símbolo denominado Niceno-constantinopolitano.
3. Concilio
de Efeso (431). Condenó la herejía de Nestorio, declarando que en Cristo
no hubo una yuxtaposición de dos personas (Dios y un hombre llamado Jesús),
sino que la divinidad y la humanidad estaban unidas en una sola persona (Hypóstasis),
la del Verbo Hijo de Dios. Por consiguiente María, madre de Jesús es madre
de Dios (Theotokos).
4. Concilio de Calcedonia (451). Aprobando
al mismo tiempo la existencia en Cristo de una sola persona, condenó a los
monofisitas, quienes no distinguían los conceptos de “persona” (Hypóstasis)
y de “naturaleza” (Physis). Según ellos, si Cristo era una sola persona no
podía tener dos naturalezas, sino una sola, la divina. El Concilio sostuvo
la existencia de dos naturalezas en la persona única de Verbo encarnado, y
declaró que estas naturalezas “estaban unidas sin confusión, sin
modificación, sin división y sin separación.” A raíz de esta controversia,
muchas Iglesias Orientales (Copta, Etíope, Jacobita y Armenia) se separaron
de la Iglesia Ortodoxa y adoptaron confesiones de fe monofisitas.
5. Concilio de Constantinopla (553).
Este Concilio fue convocado por
el Emperador Justiniano, que quería demostrar a los monofisitas como el
Concilio de Calcedonia no había caído en nestorianismo, y así inducirles a
volver. El objeto del Concilio fue condenar a tres teólogos del S. V
sospechosos de tendencias nestorianas.
6. Concilio
de Constantinopla (680). Condenó una forma degenerada del monofisismo
llamada monotelismo. Según los monotelitas, Cristo, si bien tenía dos
naturalezas, no tenía más que una sola voluntad divina. El Concilio afirmó
que en Jesucristo la humanidad no era una realidad abstracta, sino que se
manifiesta por una voluntad propia, libremente sometida en todas las cosas a
la voluntad divina. Así pues, Cristo tiene dos voluntades.
7. Concilio de Nicea (784). Definió la
doctrina ortodoxa acerca de las imágenes (Iconos), que representan a Cristo
y a los santos. El Verbo de Dios se encarnó y se hizo un hombre verdadero.
Por consiguiente puede ser representado. Las imágenes han de ser veneradas y
no adoradas, ya que la adoración se reserva sólo para Dios. La veneración de
imágenes fue combatida por varios emperadores bizantinos iconoclastas.
Históricamente, para los ortodoxos, la época
de los Concilios Ecuménicos representa un período normativo. Fue entonces, y
no durante el transcurso de los siglos posteriores (como ocurre en el
Cristianismo Occidental) cuando quedo en gran parte definida la expresión
dogmática y canónica de su fe, tal como la conocemos hoy en día.
Pero cabe mencionar que la obra de los
Concilios Ecuménicos no se limitaba al aspecto puramente dogmático de la
vida eclesial, sino que se extendió también a la estructura y organización
de la Iglesia.
E- El Gran Cisma Católico
(1054)
Durante el periodo de los
problemas que originaron los emperadores iconoclastas,
se torcieron las relaciones entre Roma y Constantinopla. En Occidente, los
bárbaros habían comenzado a establecerse y a formar unidades políticas más
permanentes. Los Papas, cada vez más separados de los soberanos bizantinos,
buscaban la amistad y protección de los gobernantes bárbaros.
En esta época de tensión, ocurrió un
suceso que tuvo grandes consecuencias para el futuro de la Europa cristiana.
En el 800, el Papa León III coronó a Carlomagno como emperador en la vieja
basílica de San Pedro en Roma. Esta elevación de un bárbaro occidental
trastornó las relaciones entre los cristianos orientales y occidentales.
Carlomagno comenzó a perseguir herejes, pretendiendo establecer su derecho
como único sucesor de Constantino. En una época en que la uniformidad del
ritual se consideraba, cada vez más, como un signo indispensable de
ortodoxia doctrinal, no era difícil tildar de hereje a cualquier comunidad
cristiana. Los cristianos orientales y occidentales habían seguido siempre
sus propias tradiciones, y allá por el S. IX habían divergido éstas
considerablemente, de manera que los obispos occidentales que apoyaban a
Carlomagno le proporcionaron fácilmente la necesaria evidencia, consistiendo
la más grave acusación en la supuesta corrupción del Credo, por omisión de
la frase Filioque.
La disputa sobre
el
Filioque hubiera podido reducirse como en muchas oportunidades
anteriores. Pero en el S. XI, la situación tenía el agravante de que Oriente
y Occidente habían perdido el criterio eclesiológico común, que en tiempos
pasados les permitió entenderse. Cuando intentaban restablecer la unión, sus
conceptos divergentes de la Iglesia impedían encontrar un lenguaje común.
Para uno, la sede de Roma era el criterio único de la verdad, para otros, el
Espíritu de verdad reposaba en la Iglesia entera y se expresaba normalmente
por vía conciliar.
El Patriarca de Constantinopla, Miguel Cerulario, había emprendido las
reformas de las Iglesias Latinas que estaban situadas dentro de su diócesis
e incluso las del todo el Patriarcado. Los fieles de estas Iglesias
conservaban las costumbres latinas que provocaban controversias en el
pueblo. Por eso el Patriarca resolvió imponerles las costumbres bizantinas y
al tropezar con su oposición, decidió sencillamente suprimirlas.
Durante todo este tiempo, en Occidente,
había reformadores que llevaban a cabo sus propias reformas, cuyos elementos
esenciales ya habían sido aceptados en el mundo franco, pero que encontraban
gran resistencia en Italia. El Papa León IX y sus seguidores apoyaban a esos
movimientos, que en Italia pretendían, entre otras reformas, promover el
celibato del clero.
Todo esto provocaba controversias
interminables sobre temas bastantes benignos entre interlocutores muchas
veces bien intencionados, pero mal informados sobre la gran tradición de la
Iglesia.
Como consecuencia de todo esto, los Occidentales dictaron una sentencia de
excomunión que acusaba a los Orientales de las cosas más inverosímiles, por
ejemplo, de haber quitado el Filioque del Credo y haber admitido el
matrimonio de los clérigos. Como respuestas, el Patriarca de Constantinopla,
ordenó que su Sínodo anatemizara a quienes dictaron dicha sentencia.
Todo esto produjo que en el 1054 se
produjese lo que la historia llama el Gran Cisma Católico; aunque algunos
historiadores afirman que la ruptura verdadera y definitiva se produjo en la
época de las Cruzadas
F-
Expansión y crecimiento de la Iglesia Ortodoxa en todo el mundo
La desafortunada división de la Cristiandad se
complicaría posteriormente, ya que Occidente, a partir del siglo XVI,
sufriría un desmembramiento con motivo de la Reforma, apareciendo de esta
forma un número de comunidades protestantes y dividiendo la Iglesia en
materia doctrinaria.
La Iglesia Ortodoxa, por su lado, continuó su
misión natural de propagar el Evangelio y ensanchar sus fronteras. Así llegó
a los Balcanes, a los Serbios y Croatas, luego a los Eslavos, Búlgaros y
Ucranianos. Con el correr del tiempo, fueron organizadas otras misiones que
alcanzaron a China, Japón y las tierras del Norte de Europa, Alaska, América
y el sur de África donde muchos que desconocían el Evangelio del Señor,
abrazaron la fe con mucha convicción.
Organizadas por el esfuerzo misionero de los
primeros Patriarcados, se establecieron Iglesias locales, a las que les fue
concedida posteriormente la Autocefalía o Autonomía, lo cual en ningún caso
afecta a la unidad de la fe, doctrina y sacramentos de la Iglesia. Entre
ellas: Rusia, Grecia, Servia, Rumania, Georgia, Albania, Bulgaria, Polonia,
Finlandia y Checoslovaquia. Cada una tiene un Primado y un Sínodo que
asegura su unidad con las otras Iglesias. Los Patriarcados primitivos y
estas Iglesias locales existen hasta la actualidad, sin perder su comunión
entre sí, ni alterar la unidad de la Iglesia.
A partir del siglo XI, los ejércitos islámicos
invadieron y tomaron posesión de la región sur oriental del Imperio
Bizantino, Bulgaria, Servia y Rumania. Al mismo tiempo, los feroces tártaros
cayeron sobre los territorios rusos, amenazando la existencia de la
civilización oriental y su cristiandad. Más la férrea resistencia de la
Iglesia y su poder de sacrificio por la fe, obtuvieron un doble resultado:
La Cristiandad Oriental mantuvo su propia existencia y también logró que la
cristiandad Occidental quedara indemne.
En los siglos XI, XII y XIII, Occidente
organizó siete expediciones militares llamadas las Cruzadas, cuya intención
original era rescatar los santos lugares que habían caído en mano de los
musulmanes
seldjúcidas, quienes en el año 1055 invadieron Mesopotamia y tomaron la
ciudad de Bagdad. En 1071, derrotaron al ejercito bizantino.
El final del siglo XI se puede considerar como
el principio de la decadencia del Imperio Bizantino. El Islam en Oriente y
los cristianos latinos en Occidente se hallaban igualmente decididos a
aniquilar al Oriente cristiano. Durante cuatrocientos años, el Imperio luchó
contra dos frentes.
Uno de los Emperadores bizantinos más
capacitados de ese período fue Alejo Comneno I (1081-118), y fue durante su
reinado cuando los cristianos latinos lanzaron su cruzada contra el Islam.
El principio de las Cruzadas fue espectacular: el 27 de noviembre de 1095,
el Papa Urbano II (1088-1099) predicó su trascendental sermón en el Concilio
de Clermont, en el que exhortó al Occidente cristiano para que rescatase los
Santos Lugares de la tiranía de los infieles y asegurar el camino a los
peregrinos que se dirigían al lugar de nacimiento de Cristo y a la ciudad de
Su muerte y Su Resurrección.
Los Cruzados resultaron
victoriosos al principio, y en 1099 tomaron Jerusalén. Sin embargo no mejoró
la relación con los cristianos orientales. Cuando se tomaba una ciudad por
asalto, toda la población sufría a manos de los invasores, sin mostrar los
Cruzados ningún respeto por la vida y los bienes de los cristianos. E
incluso, las relaciones empeoraron cuando trataron de sustituir al clero
local por sus propios hombres, y en 1100 obligaron a salir de la ciudad a
Juan, Patriarca griego de Antioquia; lee sustituyeron por un prelado latino.
Esta fecha marcó un paso más en el alejamiento de Oriente y Occidente y creó
una nueva razón para el antagonismo entre su clero.
El siglo XII vio el rápido declive del Imperio
Oriental y la degeneración moral y política de los Cruzados, que, aunque
incapaces de expulsar a los Islámicos y establecer un orden político
permanente, consiguieron varias plazas fuertes en
Siria y Palestina.
El hundimiento gradual del ideal original
hasta el punto de una guerra de rapiña alcanzó su cumbre a principios del
siglo XIII, en la denominada Cuarta Cruzada. El pontífice romano Inocencio
III (1198-1216), inspirado por la misma visión de Urbano II, quiso ver a las
naciones cristianas marchando como una fuerza unida contra los seguidores
del Islam. Inocencio excomulgó a los Cruzados, pero pronto les perdonó,
esperando que dirigieran su atención a la guerra contra los invasores
islámicos.
Un príncipe bizantino, Alejo, hijo del
depuesto emperador Isaac Ángelo, llegó al campamento cruzado para pedir al
marqués Bonifacio de Montferrato, quien acaudillaba al ejercito en aquel
entonces, que le ayudase a recuperar el trono de su padre. Los Cruzados se
prestaron a ayudar a Alejo, y los venecianos ofrecieron su flota. En Abril
de 1203, los Cruzados zarparon de Zadar y llegaron a Constantinopla en el
mes de junio. Los ciudadanos apoyaron a Alejo III y ofrecieron resistencia.
Pero como Alejo II no era un hombre de coraje, huyó de Constantinopla y los
oficiales repusieron apresuradamente en el trono al ya ciego Isaac Ángelo.
Los Cruzados aceptaron una tregua, a condición de que su candidato, Alejo
IV, fuese proclamado coemperador con su padre. Alejo
confirmó por su parte su disposición a respetar todas las obligaciones que
había contraído en Zadar, incluyendo la sumisión al papado y las concesiones
comerciales a Venecia.
Las precipitadas promesas que hizo el joven
príncipe resultaron difíciles de cumplir. El tesoro estaba vacío, el
Patriarca y el pueblo se negaron a reconocer al Papa como cabeza de la
Iglesia. En febrero de 1204, la excitada población destronó a Alejo IV. Los
Cruzados decidieron atacar, y después de una breve, pero feroz lucha,
entraron en la ciudad el Viernes Santo de 1204, y durante tres días
saquearon salvajemente la gran capital del Oriente cristiano, que nunca
había sido conquistada con anterioridad. El saqueo de Constantinopla es uno
de los mayores desastres de la historia de la cristiandad. En aquellos tres
días la Iglesia perdió su unidad; el Imperio la fuerza de resistencia a los
invasores asiáticos.
Por último, Miguel VII el Paleólogo
(1260-12282) expulsó a los Cruzados y retornó a Constantinopla desde Nicea,
donde el gobierno griego había encontrado refugio temporal. Bizancio
sobrevivió durante otros doscientos años, pero ya no era una vida normal,
sino una agonía de muerte.
Para finalizar con este capítulo, podemos
concluir que los cristianos ortodoxos se encuentran en todos los continentes
del mundo. A pesar de las diferencias administrativas e idiomáticas, sea el
español, el portugués, el Inglés, el griego, el árabe, el chino, el japonés,
el eslavo, etc., todos tienen las mismas enseñanzas, la misma Tradición
Apostólica, la misma Liturgia, los mismos Sacramentos, servicios litúrgicos
y prácticas esenciales. Los fieles que participan en cada una de sus
Iglesias locales no pertenecen a cada Iglesia en particular sino a la
Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa.
2)
Aspecto Litúrgico
La
vida espiritual en la Ortodoxia conoce una gran riqueza de formas, de entre
las cuales el monacato permanece como la más clásica. Sin embargo,
contrariamente al monacato occidental, en el Oriente no comprende una
multiplicidad de diferentes órdenes. Esto se explica por el concepto mismo
de la vida monástica, cuyo fin no pudo ser sino la unión con Dios en la
renuncia total a la vida de este mundo. Los monjes
toman el hábito ante todo para consagrarse a la vida de oración, la obra
interior, en un claustro o una ermita.
Por eso, se podría decir que el monacato oriental es exclusivamente
contemplativo. Para los espirituales orientales (Ortodoxos) la vida
contemplativa como la vida activa son dos vías inseparables, la una no puede
ejercer sin la otra, puesto que la maestría ascética y la escuela de la
oración interior, reciben el nombre de actividad espiritual. Si bien
los monjes realizan a veces trabajos físicos, el propósito del mismo es
ascético, para conseguir romper la naturaleza rebelde, también para evitar
la ociosidad que es enemiga de la vida espiritual. Para alcanzar la unión
con Dios, es preciso un esfuerzo continuo. La naturaleza humana debe
cambiar, debe ser transfigurada por la Gracia, en el camino de la
santificación que tiene un alcance no sólo espiritual sino también corporal.
El papel de los grandes focos de
espiritualidad fue sobremanera considerable tanto en la vida
eclesiástica como en la cultura y la política. Los monasterios del Monte
Sinaí; de Studión, cerca de Constantinopla; de Monte Athos; Monasterios en
Bulgaria y las grandes abadías de Rusia, fueron
ciudadelas de la Ortodoxia, escuelas de la vida espiritual cuya influencia
religiosa y moral fue de primerísimo orden en la formación cristiana de los
pueblos.
Las distintas Iglesias en que se encuentra
dividido el Cristianismo hoy, no sólo tienen diferencias dogmáticas en el
concepto teológico de la Eucaristía, sino también difieren en la forma de
realizarla.
Para celebrar la Eucaristía (y los demás
sacramentos) la Iglesia Ortodoxa utiliza el rito Bizantino, llamado así,
porque surgió en el siglo IV en Constantinopla (o Bizancio como era
llamada).
Ya a fines de este siglo, dos grandes Padres y
Doctores de la Iglesia, San Basilio Magno y San Juan Crisóstomo, habían
trazado los lineamientos casi definitivos, dentro de los cuales se debía
realizar la Divina Liturgia (o misa). En esta época
surgen tres Liturgias de rito Bizantino, a saber, la Liturgia de san Basilio
Magno, la Liturgia de san Juan Crisóstomo y la Liturgia de los Dones
Presantificados, comúnmente atribuida a San Gregorio. Estas son las
liturgias que hasta hoy perduran y se realizan en la Iglesia Ortodoxa;
siendo la de san Juan Crisóstomo la que se usa con más frecuencia; la de San
Basilio se realiza solamente los domingos de la Cuaresma (excepto el Domingo
de Ramos), el Jueves y Sábado santo, las vísperas de Navidad y Epifanía, y
el 1° de Enero, día del mismo san Basilio. La Liturgia de los Dones
Presantificados, se realiza los miércoles y viernes de la Cuaresma.
Las principales características son:
1) Para celebrar el Santo Sacrificio se
utiliza pan leudado, a diferencia de la liturgia católica romana en la que
se una pan ácimo (sin levadura)
2) Se comulga bajo las dos especies, es
decir, se da a los fieles Cuerpo y Sangre del Señor Jesucristo.
3) La Liturgia (Misa) es totalmente
cantada.
4) La concelebración; es decir, más de un
sacerdote pueden celebrar juntos la Misa en un solo y mismo Altar. Esta es
una costumbre muy notable en la liturgia bizantina.
La Iglesia Ortodoxa acepta siete sacramentos,
aunque no afirma que sólo este número de sacramentos son los canales
visibles de la Gracia Invisible del Espíritu Santo. Hay teólogos ortodoxos
que consideran sacramento no sólo a aquellos siete, sino también a las
diferentes acciones litúrgicas y sacramentales de la Iglesia, tales como la
bendición del Agua en la Fiesta de la Epifanía (6 de enero), las bendiciones
de objetos, etc. Hay otros teólogos ortodoxos, más occidentalizados, que
llaman sacramentos sólo a los siete, y a los demás los llaman sacramentales.
Entonces, los sacramentos en la Iglesia
Ortodoxa son: Bautismo, Crismación, Comunión, Confesión, sacramento del
Orden Sagrado, Matrimonio y Santa Unción.
Los íconos (imágenes) no son meramente
adecuadas decoraciones para los centros de culto, ni tampoco son
considerados como medios de instrucción visual. Para los cristianos
ortodoxos, revelan la última finalidad de la creación: ser templo del
Espíritu Santo; y manifiestan la realidad de ese proceso de transfiguración
del cosmos que empezó el día de Pentecostés y que gradualmente se extiende a
todos los aspectos de la vida terrenal. El cristiano ortodoxo, cuando
ve los íconos, contempla a través de ellos el mundo que existe más allá del
tiempo y del espacio; y se asegura que su peregrinación terrenal es
únicamente el principio de otra vida diferente y más completa.
El Icono es un instrumento de oración,
alabanza y súplica, además, un medio para glorificar al Creador. Ante él nos
postramos haciendo la señal de la Cruz, encendemos velas, lo incensamos y
recibimos de la bendición. De su presencia obtenemos fuerza espiritual.
Quien dice que adoramos los íconos, ha tomado, desde el principio, una
posición en contra de éstos. Aquel que estudió su historia, conoce que ellos
son una presencia sensible de Dios entre nosotros, por medio de Su Hijo
Único, Su Madre y sus santos. La persona santifica al ícono que lo
representa. Esto significa que en la Iglesia Ortodoxa honramos al prototipo,
traspasamos los colores y las imágenes para llegar a la persona que vivió la
fe e imitar su vida, aprendiendo cómo se debe vivir un cristianismo
correcto.
Esto lo expresa San Basilio el
Grande, cuando se dirige a los iconógrafos de su época diciendo: “Completad,
con vuestros dones y vuestra capacidad iconográfica, la descripción
imperfecta que hice con mis palabras... Vuestra pintura de este mártir va a
mostrar la impresión en una forma viva; vuestro cuadro va a aclarar, con
sabiduría, el brillo de la santidad en el rostro de este santo fallecido.”
Consideramos que este es un testimonio muy importante ya que se remonta al
siglo IV.
El Icono en el Antiguo Testamento
La prohibición al pueblo hebreo de
realizar estatuas o esculturas y de adorarlas (Éxodo 24:5; Levíticos 19:14)
fue para insistir sobre la idea de que Dios es el primero y el último y que
fuera de Él no hay ningún Dios (Isaías 44:6) Y la desobediencia a este
mandamiento tiene como consecuencia la muerte. Había un gran temor de que el
pueblo se volcase a la idolatría, porque alrededor del pueblo hebreo
existían muchos pueblos idólatras. Pero, a pesar de todo esto, vemos que
Dios dio a Moisés los Diez Mandamientos esculpidos en dos tablas de piedras
(Éxodo 34:1), y le explicó la forma de construir el Arca del Pacto, la mesa
de la ofrenda, el altar y el tabernáculo de reunión (Éxodo 25-27) Todo esto
nos lleva a comprender que Dios, cuando ordenó o prohibió la realización de
ídolos, no prohibió el uso de algunos instrumentos en la adoración. Él
prohibió la idolatría, pero no prohibió el uso de los símbolos e
instrumentos en la adoración a Dios, pues recuerdan siempre al Dios Vivo.
El Icono en el Nuevo Testamento
En el Nuevo Testamento no hay
algún texto que hable específicamente acerca de los iconos. No existen
textos que los prohíban, ni tampoco que ordenen la realización de los
mismos. La razón es que Jesús estaba presente en la Tierra y la gente podía
verlo y adorarlo.
El icono no representa la
naturaleza humana caída, sino el nuevo hombre; señala la nueva criatura
de Dios (2 Corintios 5:17; Gálatas 6:15) La base más importante para la
veneración de los iconos es la misma Encarnación del Señor y Su presencia
entre nosotros. Por lo tanto el icono es la confesión de la Encarnación de
nuestro Señor Jesucristo. Acerca de esto habló San Juan Damasceno:
“Antiguamente la iconografía no era posible, porque Dios no había tomado aún
ni carne ni forma; pero ahora, después de su aparición en cuerpo y de su
vida con nosotros, yo pinto a Dios al cual puedo ver, y que se hizo carne
por mí. Por eso no voy a dejar de respetar el material en el cual se realizó
mi salvación.
Es necesario insistir que, en
la Iglesia Ortodoxa, no adoramos a los iconos santos, sino los honramos y
veneramos. Esto está claro en todos los escritos de los Padres de nuestra
Iglesia, especialmente en los Padres que vivieron en la época del
Iconoclasmo. El principal de ellos fue San Juan Damasceno, quien escribe:
“La veneración y la honra es una cosa y la adoración es otra cosa. Dios es
el único de todo lo que está en el cielo, en la Tierra y debajo de la
Tierra, que es digno de la adoración. Y nosotros nos postramos, los
Ortodoxos, nos postramos ante Él y sólo a Él adoramos; honramos y veneramos
a Sus santos, por el Espíritu Santo que los llena. No olvidamos que hacemos
esto conforme al deseo de nuestro Señor que dice: “Quien a vosotros recibe,
a mí me recibe” (Mateo 10:40)
El Séptimo Concilio Ecuménico
hizo la distinción entre la posibilidad de pintar al Hijo porque se encarnó
y entre la imposibilidad de pintar al Padre. Nosotros, cuando pintamos a
Dios, pintamos a la segunda Persona encarnada de la Trinidad. Mientras que
el fenómeno de pintar al Padre es rechazado por toda la Iglesia porque
sabemos que la única forma de conocer al Padre es a través del Hijo (Juan
12:45)
San Doroteo habla acerca del
rol del icono en nuestras vidas y dice: “El icono es una oración cuya tarea
es enseñarnos a ayunar con nuestros ojos... su propósito no es provocar
nuestros sentimientos humanos, sino dirigir nuestros sentimientos y sentidos
hacia el amor del Creador; su trabajo es semejante al trabajo del Evangelio.
Es un Evangelio gráfico para los que no saben leer. Todo lo que nos enseña
la palabra a través del sentido del oído, el icono nos lo muestra en
silencio”
Por eso, el icono fue siempre,
en la conciencia de los Ortodoxos, portador de la Gracia y fuente de eventos
milagrosos; tratados con devoción, como una concha marina en la que vive el
santo.
La Iglesia Ortodoxa tiene en su Credo, llamado
el Credo Niceno-Constantinopolitano, una síntesis de su doctrina, una
lectura analítica del mismo nos ayudará a entender la fe ortodoxa. El Credo
reza:
CREO en un solo Dios Padre,
Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra, de todo lo visible e
invisible.
Y en un solo Señor, Jesucristo, Hijo Unigénito
de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos; Luz de Luz, Dios
Verdadero de Dios Verdadero; nacido, no creado; Consubstancial al Padre, por
Quien todo fue hecho.
Quien por nosotros, los hombres, y para
nuestra salvación, descendió de los cielos, y se encarnó del Espíritu Santo
y de María Virgen y se hizo hombre.
Crucificado también por
nosotros bajo Poncio Piloto, padeció y
fue sepultado.
Y resucitó al tercer día conforme a las
Escrituras.
Y subió a los Cielos y está sentado a la
Diestra del Padre.
Y otra vez ha de venir con gloria, a juzgar a
los vivos y a los muertos y Su Reino no tendrá fin.
Y en el Espíritu Santo, Señor Vivificador, que
procede del Padre, que con el Padre y el Hijo es juntamente adorado y
glorificado, y que habló por los profetas.
En la Iglesia que es Una, Santa, Católica y
Apostólica.
Confieso un solo bautismo para la remisión de
los pecados.
Espero la resurrección de los muertos.
Y la vida del mundo venidero. Amén.
La Iglesia Ortodoxa cree en la Santísima
Trinidad, es decir, en Un solo y Único Dios que existe en Tres Personas
distintas que son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Estas tres personas
son Uno y Verdadero Dios. Según la tradición bíblica ortodoxa, decir que
Dios existe se debe calificar por la afirmación de que Él es tan único y tan
perfecto que no se puede comparar Su existencia con ninguna otra cosa. En
este sentido Dios está mas allá de la existencia o más allá de ser. Así
habría gran renuencia, según la doctrina ortodoxa, de decir simplemente que
Dios “es” o “existe” tal como todo lo otro “es” o “existe”, o decir que Dios
es simplemente al “Ser Supremo” en la misma cadena de existencia tal como
todo lo demás en la creación.
En este mismo sentido la Doctrina Ortodoxa
mantiene que la Unidad de Dios tampoco es meramente equivalente al concepto
matemático o filosófico de “uno;” ni tampoco es su vida, bondad, sabiduría y
todos los poderes y virtudes atribuidos a Él meramente equivalentes a
cualquier idea, aún la idea más alta que el hombre pueda tener acerca de la
realidad. Es este mismo Dios quien es formalmente confesado en la
Divina Liturgia de san Juan Crisóstomo como “...Dios, inefable, invisible,
incomprensible, siempre existente e inmutable.”
La definición cristológica de la Iglesia
Ortodoxa está expresada en el Credo Niceno-Constantinopolitano con la frase:
“Creo... en un solo Señor Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios, nacido del
Padre antes de todos los siglos; Luz de Luz, verdadero Dios de Dios
verdadero; Engendrado, no creado; Consubstancial al Padre, por quien fueron
hechas todas las cosas...”
El Hijo es nacido del Padre antes del comienzo
de los tiempos. El tiempo tiene su comienzo en la creación. Dios existe
antes del tiempo, en una existencia eternamente sin tiempo, que no tiene
principio ni fin. En el “ahora” eterno de Dios, antes de la creación
del mundo, el Hijo Unigénito de Dios nació de Dios Padre en lo que podemos
llamar una generación eterna, sin tiempo, siempre existiendo de ahora. Esto
significa que aunque el Hijo es “engendrado del Padre” y viene del Padre, su
generación es eterna. Así, nunca hubo un tiempo en el cual el Hijo de Dios
todavía no había nacido.
El Hijo pertenece a la misma naturaleza de
Dios según la Divina Revelación tal cual fue entendida en la Tradición
Ortodoxa, que Dios es un Padre eterno por naturaleza, y que debe tener
siempre con Él, Su Hijo eterno, no creado.
El Espíritu Santo, en la doctrina Ortodoxa,
recibe el título de Señor con Dios el Padre y Cristo el Hijo. Él es eterno,
no creado y divino; siempre existiendo con el Padre y el Hijo; perpetuamente
adorado y glorificado con ellos en la unidad de la Santa Trinidad.
Tal como el Hijo, nunca hubo un momento cuando
el Espíritu Santo no existía. El Espíritu existe antes de la creación. Él
procede de Dios Padre, en una procesión eterna, sin tiempo. “Procede del
Padre”, en la eternidad.(Juan 15:26)
La doctrina ortodoxa enseña que Dios Padre es
el origen y fuente eterna del Espíritu Santo, tal como es fuente para el
Hijo.
Debemos destacar que las Iglesia Católica
Romana y las Iglesias protestantes tienen conceptos diferentes acerca de
Dios, agregando que el Espíritu Santo procede del Padre “y del Hijo” (Filioque),
que es una adición doctrinal que no se condice con las enseñanzas de
las Escrituras.
Con la afirmación de la divinidad del Espíritu
Santo, y la necesidad de adorarlo y glorificarlo con el Padre y el Hijo, la
Iglesia Ortodoxa afirma la realidad divina, que es la Santísima Trinidad.
Para un cristiano ortodoxo, la virgen María es
la Madre de Dios y por lo tanto, se le debe veneración y honra.
María, tiene un lugar privilegiado en la Iglesia Ortodoxa, pues creemos que
ha llevado una vida de castidad y pureza, de tal manera que Dios la
consideró digna de ser la mujer, en la cual se encarnó el Verbo de Dios. Y
esta elección divina no se basó sobre un destino predeterminado, sino sobre
la plenitud de las virtudes que ella manifestaba. Dios miró su corazón
invadido por la fe y la humildad; esto está claro en sus palabras:
“...porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava.”(Lucas 1:47)
Este texto no necesita ninguna interpretación. Pues vemos, en la humildad de
la Virgen, la grandeza de sus virtudes. María se humilló y Cristo descendió;
ambas cosas, humildad y descenso, se unieron en la realización de la
Encarnación Divina.
En el texto de San Lucas (1:26-37), se ve
al arcángel Gabriel manifestándose a María. Ésta, maravillada por las
palabras del ángel, comenzó a dialogar con él, hasta que finalmente ella
misma acepta la propuesta divina diciendo: “He aquí la esclava del Señor;
hágase en mí según tu palabra.” Libremente ella aceptó la voluntad de
Dios, por lo tanto, en el divino misterio de la encarnación del Salvador, no
fue un simple instrumento sin opinión. La voluntad divina fue transmitida
por el ángel y la voluntad humana se pone de manifiesto en la respuesta de
la Virgen.
No podemos negar la lucha de María por
alcanzar y perfeccionar las virtudes. Tampoco podemos rechazar la ida de su
libertad. Ella opinó y eligió a Dios. Allí encontramos el acuerdo
divino-humano: Dios ofrece a la Virgen ser la Madre y ella acepta
voluntariamente y con alegría.
El ángel aseguró a María que sería la madre del Hijo del Altísimo. Como
creemos en la Santísima Trinidad, creemos que Jesucristo es Dios y el
Unigénito Hijo de Dios el Padre. Por lo tanto, los cristianos Ortodoxos
creemos y proclamamos que la Virgen María es la Madre de Dios. Hay grupos de
cristianos que consideran que esto es un error, pero ¿por qué no podemos
llamar a la Virgen, Madre de Dios?... San Mateo, haciendo referencia a una
profecía de Isaías, dice: “ ved que la virgen concebirá y dará a luz un
hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa: Dios con nosotros.”
(Mateo 1:23) Entonces Emmanuel es Dios. Por otro lado el ángel le dice a
José: “Dará (la virgen) a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús,
porque él salvará a su pueblo de sus pecados.”(Mateo 1:21) La palabra Jesús
es en hebreo Yehosu’a, que significa Yahveh salva (o el Señor salva)
Entonces Jesús es el Hijo del Padre, el Hijo del Altísimo, Emmanuel, Yahveh
el Señor. Y en consecuencia, la Virgen María es la madre del Hijo de Dios,
la madre del Hijo del Altísimo, la madre de Emmanuel, la Madre de Yahveh, en
definitiva la Madre de Dios.
Pero algunos dicen que María dio a luz la
naturaleza humana de Jesús y no la divina. Eso es cierto. Entonces, ¿porqué
la llamamos Madre de Dios? ...La llamamos Madre de Dios, porque Jesús es una
sola persona, a pesar de tener dos naturalezas. Ambas naturalezas están
unidas sin confusión ni mezcla en la persona de Jesucristo. Si hablamos de
nosotros, no decimos que nuestro padre y nuestra madre son los que
engendraron mi cuerpo, sino todo mi ser. Así tampoco podemos dividir al
Señor.
Cuando Jesús se dirige al Padre, no le
dice: “Oh Padre de mi esencia” o “Oh Padre de mi naturaleza divina,” sino lo
llama “Padre mío”. Todas la evidencias son claras, es por eso que para el
cristiano ortodoxo, María es la verdadera Madre de Dios y a ella honramos y
engrandecemos en cada Divina Liturgia, en cada oración y en todo momento nos
encomendamos a sus intercesiones ante su Hijo, el Salvador y Redentor de
nuestras almas.
Ella es el Paraíso místico, la Puerta
infranqueable del Señor, el Puerto seguro, la Muralla y protección de los
que buscan a Dios, la que intercede ante Cristo Dios por la salvación de
nuestras almas, la Defensora infalible de los cristianos, la siempre
bienaventurada, santísima, Purísima Madre de Dios.
Para hablar de la santidad y los santos, de
acuerdo la Iglesia Ortodoxa, primeramente vamos a decir que el único y
verdadero santo es Dios mismo. Esta idea es afirmada en nuestros himnos
litúrgicos y confirmada en las Escrituras: “...yo soy el Señor, vuestro
Dios; santificaos y sed santos, pues yo soy santo”. (Levítico 11:44) El
hombre puede llegar a ser santo y santificado por su participación en la
santidad de Dios. Por lo tanto, la santidad es un don que Dios otorga a los
hombres por medio del Espíritu Santo. Sin embargo, es indispensable el
esfuerzo del hombre para participar, en esta vida, de la santidad divina.
Pero la santificación misma es obra de la Santísima Trinidad, especialmente
a través del poder santificante de Jesucristo, quien se encarnó, sufrió la
crucifixión y resucitó de entre los muertos para conducirnos a una vida de
santidad, por medio de la comunión con el Espíritu Santo.
Ahora, ¿quién puede ser llamado santo?
¿Quiénes son aquellos hombres, mujeres o niños a los que la Iglesia, en
nuestros días, podría considerar santos?... Muchos teólogos ortodoxos
clasifican a los santos en seis categorías: 1- Los Apóstoles,
quienes fueron los primeros en difundir el mensaje de la encarnación del
Verbo de Dios y de la salvación por medio de Cristo; 2- Los Profetas,
pues estos profetizaron la venida del Mesías, como lo hizo San Elías; 3-
Los Mártires, porque sacrificaron sus vidas y con valor confesaron a
Jesucristo como Hijo de Dios y Salvador de la humanidad; 4- Los Padres y
Jerarcas de la Iglesia, quienes, con la palabra y las obras, explicaron
y defendieron la fe cristiana; 5- Los Monjes y Ascetas, que vivieron
en el desierto y se dedicaron al ejercicio espiritual, alcanzando, tanto
como les fue posible, la perfección en Cristo; 6- Los Justos,
aquellos que vivieron en este mundo, llevando vidas ejemplares como clérigos
o como laicos con sus familias, llegando así a ser ejemplos dignos de imitar
en nuestra sociedad.
Todos y cada uno de estos santos tienen su
propia vocación y característica; todos ellos han peleado “el buen combate
de la fe, y han conquistado la vida eterna a la que habían sido llamados”(1
Timoteo 6: 12)
Cuando hoy, en nuestros días, pensamos en los
santos, nos imaginamos superhéroes, poderosos, que no tenían problemas ni
preocupaciones. Sin embargo, cuando el Apóstol Santiago, en su carta, nos
habla del santo y glorioso Profeta Elías, nos dice que “era un hombre de
igual condición que nosotros”. Pero lo que distinguía al Profeta Elías, era
su profunda fe, su amor a Dios, su perseverancia, su veracidad, su
fidelidad, su justicia, su piedad. Valores que muchos de nosotros, hoy,
hemos perdido. Hablamos de los santos y de sus vidas como algo del pasado;
pero no nos animamos a responder al llamado divino: “Sed santos, porque yo
soy santo”. No nos atrevemos a enfrentarnos a nosotros mismos, a examinar
nuestro interior, a dejar nuestras miserias humanas, a despojarnos del
pecado y de la corrupción que cada día nos domina más y más. La santidad no
es algo del pasado, pues Dios no se quedó sólo en el pasado.
Los santos son aquellas personas que han
peleado (y pelean) el buen combate de la fe, y han conquistado la vida
eterna a la que somos llamados. El mayor objetivo del santo es imitar
a Dios y vivir una vida de deificación. San Máximo el Confesor (siglo VII)
comenta que los santos son aquellos que han alcanzado la deificación, han
dejado de lado el desarrollo innatural del alma, esto es, el pecado y han
tratado de vivir la forma natural de vida, es decir, una vida conforme a la
naturaleza creada, volviendo y mirando en todo tiempo hacia Dios; de esta
manera, obtuvieron una unión total con Dios por medio del Espíritu Santo (Sobre
la Teología, 7.73)
Por lo tanto, podemos decir que los
santos son, principalmente, “amigos” de Dios (Éxodo 33: 11; Santiago 2: 23;
Juan 15: 14 – 15) Ellos, a través de su piedad genuina y sincera, y su
obediencia absoluta al Señor, le complacieron y por consiguiente fueron
santificados tanto en alma como en el cuerpo; y subsecuentemente fueron
glorificados en el presente mundo. A ellos les fue otorgado el don de orar e
interceder por aquellos que aún viven en este mundo, luchando la “buena
batalla” para la gloria de Dios y su propia perfección en Cristo Jesús.
Entonces, ¿cómo no honrar a aquellos que nos muestran la misericordia y la
bondad de Dios?... Hoy, existen sectas y grupos religiosos que niegan la
realidad de la santificación, rechazan la veneración a los santos,
considerando idólatras a quienes enseñan pedir las intercesiones de los
santos. Consideramos que dichos grupos carecen de un conocimiento eclesiológico, histórico, teológico y doctrinal de la Iglesia; y es esa
misma ignorancia la que los lleva a pensar de esa manera. Por eso, vamos a
clarificar el concepto de la ortodoxia con respecto ala veneración e
intercesión de los santos.
Lo que se debe tener en claro que, en la Iglesia Ortodoxa, la adoración, que
es dada a Dios, es completamente diferente de la honra de amor y respeto, e
incluso veneración “que es ofrecida a aquellos revestidos de tal
dignidad”(San Juan Crisóstomo,
Homilía III, 40). Un cristiano ortodoxo honra a los santos para expresar
su amor y gratitud a Dios, quien ha perfeccionado a los santos. San Simeón
el nuevo Teólogo escribe: “Dios es el Maestro de los profetas, el Compañero
de viaje de los Apóstoles, el Poder de los mártires, la inspiración de los
Padres y Maestros, la Perfección de todos los santos...”(Catequesis I)
Antiguamente, los cristianos
acostumbraban reunirse en los lugares donde habían muerto los mártires.
Allí, construían Iglesias en honor de ellos, veneraban sus reliquias y
presentaban sus ejemplos para la imitación de los demás. Informaciones muy
interesantes, en cuanto a este tema, aparecen en el relato del Martirio de
San Policarpo, de acuerdo con el cual, los primeros cristianos recolectaban
reverentemente los restos de los santos y los honraban “más que a las
piedras preciosas”. También se juntaban el día de sus muertes para
conmemorar “el nuevo cumpleaños, el día en el que entraron a una nueva vida
en los cielos” Esta práctica litúrgica ha sido mantenida hasta hoy por la
Iglesia Ortodoxa; y el 7º Concilio Ecuménico, sintetizando ésta práctica de
la Iglesia, declara que “nosotros adoramos y respetamos a Dios, nuestro
Señor; y a aquellos que han sido verdaderos siervos de nuestro Señor, los
honramos y veneramos porque tienen el poder para hacernos amigos con Dios,
el Rey de todo”. Aunque la conmemoración de los santos y la celebración en
su honor ha llegado a ser una práctica común ya en el siglo IV.
Como vemos, los Padres y los primeros cristianos han demostrado un
particular respeto a las reliquias de los mártires. Y además de las
mencionadas, hay numerosas fuentes escritas que confirman todo esto. Por
ejemplo, en la Constitución Apostólica, los mártires son llamados
“hermanos del Señor” y “vasos del Espíritu Santo”. San Basilio el Grande,
San Gregorio de Niza, San Cirilo de Jerusalén y San Juan Crisóstomo no
recuerdan que las reliquias de los están “llenas de una gracia espiritual” y
que incluso sus tumbas están llenas con una “bendición especial”.
Queda claro que no hemos inventado la
veneración a los santos; esto es algo que hemos recibido de nuestros santos
Padres. Veneramos y honramos a los santos pues ellos son ejemplo de lucha
espiritual, son quienes nos recuerdan cada que unirse es posible vivir
conforme a la voluntad del Señor; Ellos nos enseñan a amar a Dios y a creer
en Su amor por nosotros.
La autoridad máxima de todas las Iglesias,
según el punto de vista de la Iglesia Ortodoxa, es el Concilio Ecuménico.
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La Iglesia Ortodoxa usa pan con levadura en
la Eucaristía, mientras que la Iglesia Romana usa el pan ácimo. |
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En la Iglesia Ortodoxa el Bautismo se
realiza por inmersión (triple inmersión) mientras que el bautismo en la Iglesia Romana se realiza por aspersión. |
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La Iglesia Ortodoxa da los tres sacramentos
de iniciación (Bautismo, Crismación y Comunión) juntos en una misma
ceremonia. |
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La Iglesia Ortodoxa no exige el celibato del
clero; mientras que en la Iglesia Romana esto es una condición
indispensable. |
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En la Iglesias Ortodoxas no existen las
estatuas de los santos, de la Virgen o de Cristo; se usan solamente íconos
(o imágenes). |
 |
En la Iglesia Ortodoxa no hay extremaunción
sino santa unción (o unción de los enfermos). |
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En la Iglesia Ortodoxa, tanto el clero como
los fieles comulgan bajo las dos especies, es decir, Cuerpo y Sangre (pan
y vino). |
 |
La Ortodoxia afirma que el Espíritu Santo
procede del Padre solamente. La Iglesia Romana habla de la procedencia del
Espíritu Santo del Padre y del Hijo. |
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La Iglesia Ortodoxa no acepta la existencia
del Purgatorio; y cree que al morir, las almas van a un lugar,
que no es el paraíso ni el infierno, donde espera el Juicio Final. |
 |
La Iglesia Ortodoxa cree que la Santísima
Virgen nació en forma natural, es decir que no
acepta la Inmaculada Concepción de la Virgen María. |
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La Iglesia Ortodoxa, por supuesto, no acepta
el dogma de la Infalibilidad Papal. |
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Bibliografía
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