
Palabras de Su Eminencia Reverendísima Monseñor Siluan Muci en ocasión de su Ordenación Episcopal
Catedral Patriarcal de Nuestra Señora (Mariamieh) en Damasco, 15 de octubre de 2006
Su Beatitud Patriarca Ignacio:
Hoy es un día de fiesta, pues en la Iglesia, Santa, Católica y Apostólica, estamos reunidos, por la gracia del Espíritu Santo, alrededor del Padre de los padres y Pastor de los pastores, junto a los Metropolitas, a los Obispos y al pueblo creyente. Esta reunión es nuestra gran fiesta.
Y estando, como lo habéis mencionado, en la celebración del “Nuevo Novio”, en esta que es mi ordenación como Metropolita de Argentina, quisiera inspirarme en tres imágenes de la vida de nuestro Señor Jesucristo para meditar sobre el servicio al cual, unánimes, junto a los obispos me habéis elegido. Ellas son: la imagen del Novio; la del Pastor y las ovejas y, finalmente, la de la vid y los sarmientos.
Todos sabemos que el icono más hermoso, en la memoria de la Iglesia, es el del Novio. En él aparece Cristo revestido de un manto púrpura, con una corona de espinas llevando una caña en Su Diestra. Este es el icono del “Novio” por excelencia, pues en él, la Iglesia contempla, por un lado, la última encarnación del Amor de Cristo por el hombre; y, por el otro, Su Amor a Dios y Su Obediencia hasta la muerte y muerte de Cruz. El Obispo es “novio” de acuerdo a esta imagen, pues su ornamento sacerdotal simboliza el manto púrpura, su mitra a la corona de espinas y el báculo pastoral a la caña. Es un novio a la medida de su Señor que dice: “por ellos me santifico” (Juan 17: 19). Y la santificación se realiza en la entrega y en la obediencia a la Voluntad de Dios. Por esto la imagen del Novio representa el misterio de la santificación.
Y si esta imagen es la más recordada en la memoria de la Iglesia, y la más bella y conmemorativa figura de la Vida del Señor, según los iconógrafos, es porque contiene la esencia del misterio de Su Pasión. El contenido del mismo no radica, para nada, en que Cristo soportó el tormento corporal en azotes, ni tampoco en que soportó insultos y humillaciones, sino que radica en el misterio de la Paternidad “herida” y en el misterio de la filiación “perdida”. Y llamamos a la paternidad de Dios “herida” porque el hombre eligió alejarse de Dios; y a la filiación la denominamos “perdida” porque el hombre no vive con Dios la relación de un hijo con su Padre ni justifica durante su vida el hecho de haber recibido el poder de ser hijo de Dios. Por eso la imagen del Pastor y la oveja restituye la relación de padre-hijo entre Dios y el hombre, así como sucede en el misterio de la relación personal que tienen el Pastor y Sus ovejas, a quienes llama a regresar a la casa paterna. El Omofórion -palabra griega que significa: “llevado sobre los hombros”, vestidura con la que el Obispo reviste precisamente sus hombros- es símbolo de la oveja perdida que el Pastor ha encontrado y que lleva de vuelta al corral. Este es el misterio sobre el cual Cristo hace referencia al decir: “Yo soy el Buen Pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí; las llamo una a una y doy mi vida por ellas” (Juan 10: 14, 15 y 3).
Pero el regreso de la oveja perdida al rebaño no es suficiente en absoluto, porque es necesaria la unión del rebaño. Esta es la verdad a la que el Señor se refiere cuando dice: “Yo soy la vid; vosotros los sarmientos” (Juan 15: 5). Aquí se revela el misterio de la unión de la fe y el amor. Y pese a que la mayor expresión de esta imagen es estar unidos, en un corazón, en la Eucaristía, también debemos extender esto a las obras y no solo a los dichos, extenderlo a los brazos, a las mentes y a los corazones, en la planificación, en el trabajo y en la construcción, siempre y cuando en ellos encontremos la santificación de las almas y la edificación del hombre.
Tanto la santificación, el pastorear a las almas, como el velar por la unidad de la Iglesia en la fe y el amor, necesitan más bien de rodillas reverentes y de ferviente oración. La imagen del Señor arrodillado en el monte de los olivos, antes de Su Pasión, une estas tres imágenes anteriores en el corazón del Obispo, en un corazón que debe unir a la Iglesia –a él, a sus sacerdotes, a su pueblo, a toda la Iglesia Católica y hasta toda la Creación- y ofrecerla a Dios. Esta debe ser su Oración, con gotas de sudor como si fuesen gotas de sangre, por todo hombre y por todo el hombre y por su salvación.
No hay duda que la gracia más honorable en la Iglesia es la dignidad episcopal porque hace del Obispo un depósito del Espíritu Santo, vasija viva de la unción en medio de su pueblo. Ni hay duda que ningún hombre es digno de esta gracia, pero Dios quiere obrar en el mundo en secreto, y quiere que obremos con Él y nos honra a nosotros en Su Lugar, porque nos ama y quiere aumentar en nosotros la “gracia sobre gracia” (Juan 1: 16).
Me siento en deuda desde ya con Dios y con Su Gracia, así como con muchos otros. Endeudado con Su Beatitud y con los Metropolitas miembros del Santo Sínodo Antioqueno por la confianza que han depositado en mí para pastorear la Arquidiócesis de Buenos Aires y toda la Argentina, con los Metropolitas Iohanna (Latakia) y Pablo (Alepo) quienes afirmaron mis pasos en la vida clerical, y con muchos de los padres, profesores y educadores quienes me han acompañado en los senderos de la vida espiritual, del servicio, del conocimiento y del saber, así como con mi familia, parientes y amigos. Reconozco que no puedo pagarles esta deuda, pero me reconforta la palabra del Evangelio: “Gratis lo recibisteis; dadlo gratis” (Mateo 10: 8). Por lo tanto devolveré esta deuda dando a otros lo que ellos me han dado con amor, entrega y gran sacrificio.
Agradezco la presencia de todos, de las autoridades de las iglesias cristianas en Damasco y en Alepo, de los ministros y diputados que vinieron del Líbano y de Siria, de los miembros del Cuerpo Diplomático en Damasco, de las Monjas de los conventos de Saidnáia y Maálula, de los monjes del monasterio de San Jorge en Saidnáia, de los amigos y parientes, y todos los que vinieron de Alepo, y particularmente de los jóvenes de la Catedral de San Elías, de Homs, Latakia, Trípoli y Beirut, de los representantes de la Universidad del Balamand -esta gran institución-, de los representantes del Movimiento de la Juventud Ortodoxa y del grupo del Mina.
Finalmente, Su Beatitud, espero que, por vuestras oraciones, logre decir al Señor, cuando esté de pie ante Su Trono para entregarle lo que Él me ha confiado: “¡Aquí estoy con los hijos que me has dado”. Amén.