|
18- 21 de enero del 2007 Retiro Espiritual de Jóvenes Ortodoxos del Norte Mensaje de Su Eminencia Reverendísima Monseñor Siluan Muci
¿Qué podemos ofrecerte, Cristo?
Queridos hijos en el Señor: (…) en esta iglesia en donde decimos que no hay nadie que haga las cosas, nosotros los jóvenes somos los que debemos ayudar. Por eso, quiera Dios, que alguno de ustedes piense seriamente, en que debemos trabajar por la iglesia. Si decimos que no sabemos música, por ejemplo, debemos seriamente pensar en aprender cómo hacerlo. Si pensamos que no tenemos sacerdotes, pensemos en serlo nosotros mismos, si pensamos que el sacerdote no tiene a nadie que lo ayude, alguien debe pensar en que tiene que ayudarlo, si pienso que no hay nadie que le enseñe a los más chicos en la iglesia, debo ser YO quien se decida a hacer eso. Así Jesús se para ante nuestra puerta y llama. El no envía cartas, ni Fax ni e-mail, Él te dice: “Hijo, se tú quien lo haga”. Debo mirar hacia adelante y buscar donde hay necesidad, para saber de donde Dios me está llamando. No debemos pensar en que tiene que ser otro quien haga todo, debo pensar en mi mismo como quien debe hacer las cosas. Así Jesús llama a nuestra puerta: sabiendo que cada uno de ustedes tiene dones, tiene ganas, y si ven que hay alguna necesidad, debo sentirme llamado a hacer las cosas. No digamos los unos a los otros “porque la Iglesia no hace esto o aquello”, debemos decirnos “yo lo haré”. Cada uno de nosotros tiene algo para hacer en la Iglesia. Vamos a crear los lugares donde servir, donde ubicarnos. (…) no puedo más que recordar junto a ustedes aquella cita del Evangelio de Lucas, que habla de Jesús diciendo que “crecía en estatura, en sabiduría y en gracia ante Dios y los hombres” (Lucas 2:52). Cuando Lucas menciona que Jesús crecía en sabiduría, estatura y gracia ante Dios y los hombres, también vemos nuestra vida revelada aquí. En la vida vemos que existe sabiduría, también hay crecimiento físico, crecimiento humano, y así mismo también existe eso divino que tiene cada uno: la gracia. El evangelista nos dice que esta gracia era ante los ojos de Dios y ante los ojos de los demás. Jesús crecía como Dios siempre ha querido que cada uno de nosotros crezca: sabía que tenía que escuchar y como debía responder, sabía obedecer a sus padres y obedecer la voluntad de Dios. Quisiera que también nosotros en esta oportunidad que tenemos, aprendamos como lo hizo Jesús. Pero para hacerlo como lo hizo Jesús debemos tener algo siempre presente: debemos pensar siempre en ser los mejores. Si estudiamos, debemos buscar hacerlo de la mejor manera posible, si emprendemos algo debemos hacerlo con todo el corazón, si servimos a la Iglesia, debemos dar lo mejor de nosotros. No debemos dar la mitad, ni dar como si no importara. Nuestro “dar” siempre debe ser desde el corazón. Debo buscar hacerlo con toda el alma, y para eso debemos esforzarnos. Una persona debe esforzarse para comentar un texto del evangelio, debe esforzarse para leerlo y aprenderlo, si deseo enseñar un himno, debo esforzarme primero yo por aprenderlo. Si quiero dar consejos, debo pensar más de una vez cuales son las palabras correctas para compartir con esta persona. Todo debe ser de tal manera en que el amor se haga realidad en nuestras obras. No solamente esto debe ser para aquellos a quienes va dirigido este trabajo, sino también para aquellos que trabajan conmigo, para aquellos que me acompañan en lo que hago. Debe haber paz, amor y humildad en nuestras obras. El más lindo de los caminos es aquel en donde aprendemos primero a escuchar, hasta a aquel que es más pequeño que nosotros, para después aprender como debemos hablar aun a aquellos más grandes que nosotros mismos. (…) También hay otra cosa muy importante en este momento de nuestras vidas: nuestras vidas espirituales. No hay dudas que a esta edad vivimos muchos cambios: hoy tengo muchas ganas, mañana no; hoy tengo ganas de hacer las cosas de corazón, mañana no tengo fuerzas, un día rezamos todo el día, al otro día no rezamos nada. Vivimos en un momento de cambios. Pero si recordamos lo que le pasó a Jesús, nos daremos cuenta que lo más importante fue que supo decidir donde debía poner sus fuerzas. Tal vez muchos nos gusta pasar tiempo frente a una computadora, o tal vez dando vueltas por ahí, en muchas cosas, pero si supiéramos que nuestro tiempo tiene valor si lo pasamos en la iglesia, nos daremos cuenta que este tiempo nos ayudará a encontrar a nuestro Señor. (…) lo tercero que tengo para decirles es hablarles de este crecimiento en la gracia de Dios: hay dos cosas que nos ayudan. Lo primero es nuestra atención espiritual, lo que quiere decir es que debo hacer de mi vida una oración, de buscar tener un tiempo especial de oración, de lectura del evangelio, de leer algún libro de espiritualidad, la vida de los santos, de llenarme de cosas que me ayuden en el espíritu y que hagan a mi fe poderosa. Lo segundo que nos ayuda es la confesión: hoy están en este retiro, en este encuentro, busquen, pues pensar, reflexionar y confesarse. La confesión es siempre ante Dios, cuando estamos frente al sacerdote debemos saber que nos confesamos ante Dios. Y después de hablar, debo decirle a ese sacerdote que tengo frente mío: “Padre, dígame algo que ayude a mi vida espiritual”, y mientras él habla debo orar y pedirle a Dios que guíe a su siervo para decirme lo que Dios me quiere decir. Dios bendice y ayuda y no nos deja permanecer en el pecado. La iglesia está con ustedes para ayudarlos, para acompañarlos con el consejo y la oración, para edificar esta iglesia todos juntos. Ella es una familia, una familia que debe vivir en paz y en donde se viva el amor. Y porque es familia debemos darnos cuenta que cada miembro es importante. Si ustedes viven esto a diario, aquellos que están cerca vuestro sentirán ese celo que tienen por la iglesia y querrán ser como ustedes: esta es la verdadera evangelización, cuando pienso en lo que yo debo hacer para dar testimonio a los demás. El ejemplo se da en nuestras acciones. La gente nos ve y aprende el evangelio, si nos ve que hacemos cosas malas, se dará cuenta que somos solo palabras. Nuestras vidas deben comenzar en el corazón. Que Dios esté con ustedes, rezaré por cada uno. Que Dios los bendiga y les dé muchas fuerzas. Que este retiro sea de mucha bendición .
|