ARZOBISPADO DE BUENOS AIRES Y TODA LA ARGENTINA

Iglesia CATÓLICA  APOSTÓLICA  ORTODOXA  DE  ANTIOQUIA

 

 

 

 

Carta pastoral por la festividad de Epifanía

La Festividad de la Revelación Divina

“Viniste al mundo y te manifestaste, oh Luz inaccesible”

 

 

Queridos hijos en el Señor:

La Iglesia resume el significado de la festividad de Epifanía en el condaquio de la misma que dice: “Te has revelado hoy al universo, y tu luz, oh Cristo Dios, ha resplandecido sobre nosotros que te alabamos con comprensión: ¡Te has manifestado, oh Luz inaccesible!”. El condaquio explica como los cristianos comprendieron el bautismo de Jesús realizado por Juan el Bautista en el Jordán. El condaquio habla de una “revelación”: lo que celebramos hoy es la “revelación de Dios” porque Él se nos ha manifestado, claramente, por primera vez, Él mismo se da a conocer como un solo Dios en Tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Se nos ha revelado como Dios y nosotros aceptamos esta revelación y creemos en él. Nadie ascendió a los cielos, vio a Dios y nos habló de él, sino que Dios mismo desciende a nosotros, se nos da a conocer, y todo esto debido a su gran amor hacia nosotros. Ahora bien, ¿Cómo se dio a conocer a sí mismo? Dice el Evangelio que mientras el Hijo – Verbo estaba en las aguas, se escuchó la voz del Padre desde los cielos y se vio al Espíritu Santo descender en forma de paloma. Y mientras esto sucedía, Juan observaba todo. Por supuesto que no se intenta decir que Dios es semejante a los hombres tomando labios y teniendo voz, ni tampoco que el Espíritu asume distintas formas, sino que ésta era la forma en la que Dios se expresaba como Dios único, pero al mismo tiempo tres personas.

El bautismo de Jesús fue el primer suceso revelador que manifestó dos temas esenciales: por un lado reveló que Jesús es el Hijo de Dios encarnado, a partir del bautismo comienza la predicación reveladora, y por otro lado reveló a la Santísima Trinidad. Por eso éste himno que denominamos “condaquio” se centra en estas dos revelaciones que forman dos dogmas cristianos centrales. El primero de ellos es el dogma de la Encarnación, el mismo que hemos celebrado en el día de la Navidad, el Verbo, Hijo de Dios, vino a ser hijo de la Virgen, Dios y hombre a la vez. El segundo dogma es el de la Santísima Trinidad, o sea, un solo Dios, con una sola esencia divina, formada por tres personas: el Padre (Principio de la divinidad), el Hijo (nacido del Padre antes de todos los siglos), y el Espíritu Santo (que procede del Padre). La tradición Ortodoxa expresó su fe en estos dos dogmas en el Credo pero así también la expresó de una forma más práctica: cuando hacemos la señal de la Cruz, cuando unimos los tres primeros dedos representando nuestra fe en la Santísima Trinidad, y cuando colocamos los otros dos dedos de nuestra mano sobre la palma representando nuestra fe en la encarnación del Hijo, diciendo que tiene dos naturalezas, divina y humana. El segundo medio práctico para enseñar esta fe es el uso que hace el obispo de dos elementos con las cuales bendice al pueblo: estos dos elementos se llaman “Dikario” palabra griega que significa “de dos velas” que simbolizan las dos naturalezas de Cristo y el “Trikario”, palabra griega que significa “de tres velas” y que es el símbolo de las tres personas de la Trinidad.

El dogma no es un pensamiento ni un principio. Es nuestro conocimiento personal de Dios y de Jesús en la Iglesia. Ella ha conservado estos dogmas porque siempre entendió que son componentes que hacen a su existencia y a su vida, o, en otras palabras, a su salvación. La Iglesia entendió el dogma de la Trinidad diciendo que el Padre ama su creación, El es quien formó todas las cosas; el Verbo, el Hijo Unigénito, es el hacedor y el Creador de todas las cosas siguiendo a Su Padre; el Espíritu Santo es el dador de la vida y el hacedor del bien por el Padre en el Hijo. Usando otra expresión, la Iglesia entendió que la Trinidad es quien crea el universo y todo lo que en él hay, y que el amor de Dios para el hombre es tan grande que envió a Su Hijo Unigénito para compartir, corporalmente, con los hombres sus vidas elevando al cuerpo a tal lugar que pueda participar de la vida de Dios por la gracia. La Iglesia vive esta verdad en sus ritos, en su vida espiritual y en su testimonio al mundo.

Esta nueva vida y este conocimiento divino es “luz”, por eso la Iglesia expresó dicha verdad en el condaquio de la celebración diciendo: “tu luz ha brillado sobre nosotros”. El Evangelio lo había anticipado para contarnos como estaba el pueblo de Dios antes del nacimiento de Cristo, viviendo en las tinieblas, sin conocimiento, y en las sombras de la muerte, sin vida. Dios ha concedido la vida y el conocimiento verdadero. El gran amor de Dios y su providencia hacen que el hombre pueda sentirse reconfortado, porque es colmado de vida y de esperanza.

La primera manera que los cristianos expresaron su agradecimiento a Dios fue por medio de alabanzas, como lo dice el Condaquio: “por eso te alabamos con comprensión diciendo: “has llegado (o sea, “te has encarnado”) y te has manifestado (o sea, se manifestó la Trinidad) oh Luz inaccesible”. Nuestras celebraciones y festividades litúrgicas son el camino que como creyentes reunidos en la Iglesia utilizamos para expresar nuestra gratitud y gozo.

El otro camino es el de nuestro testimonio personal. El don de Dios no es alegórico sino real e impregna todo nuestro ser. Por eso, si la luz de Dios ha brillado sobre nosotros, y ha brillado desde nuestro bautismo, entonces no podemos más que cargar esta luz en nuestras vidas a partir del día de hoy. La recibimos en nuestro bautismo y la llevamos con nosotros cuando participamos de los Santos Sacramentos y cuando damos testimonio de ella en nuestras vidas diarias. Lo ha dicho Jesús: “Yo soy la Luz del mundo”, pero también agregó: “vosotros sois la luz del mundo”. Y san Juan el Bautista aclara: “No soy yo la luz sino que he venido para dar testimonio de la luz”. Si cargamos esta luz no hay dudas que cambiara totalmente nuestra forma de comportarnos.

El mundo necesita de la luz verdadera. Jesús nos ha puesto como sus testigos entre la gente. Y habiendo recibido este rol debemos regresar a los fundamentos para ver si hemos tenido cuidado de él. La celebración de Epifanía es la oportunidad para recordar esto, la oportunidad de volver a reflexionar sobre nuestra forma de pensar, sabiendo que hoy puede haber un nuevo punto de partida. La luz que cargamos es la que nos hace ver el mundo con otros ojos, vivir nuestra fe y confesar a Aquel en quién creemos y a quien glorificamos, para poder hacer realidad lo dicho por el evangelio: “así brille vuestra luz delante de los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”. Amén.

Feliz Fiesta de la Epifanía.

 

+ Siluan                   

Arzobispo de Buenos Aires

Y toda la Argentina