ARZOBISPADO DE BUENOS AIRES Y TODA LA ARGENTINA

Iglesia CATÓLICA  APOSTÓLICA  ORTODOXA  DE  ANTIOQUIA

 

 

Mensaje Pastoral Año Nuevo 2007

Recibiendo el Año Nuevo

“Es tiempo de celebrar al Señor”

 

Queridos hijos en el Señor:

He aquí que recibimos un nuevo año, el mundo entero celebra, los hombres transitan pensando como concluyó éste año, tiempo de trabajo, de inquietudes y de cansancio. El año nuevo es para algunos de nosotros la oportunidad de hacer un “balance” recontando el año que se va y estableciendo un plan para el año que llega. ¿Cómo debemos los cristianos despedir un año y recibir otro nuevo? Tratemos de buscar la respuesta para poder encontrar cual es el sentido del tiempo en nuestras vidas y así alcanzar un modo de vida que permita que nuestros corazones vivan llenos de alegría y nuestras conciencias puedan estar tranquilas.

El tiempo en la vida del hombre transcurre desde el día de su concepción hasta el día de su partida; pasa desde la infancia a la adolescencia y desde la madurez a la vejez. Durante estos periodos se afianza la formación, se logran conocimientos, se adquiere experiencia, educación, se forjan relaciones, se consiguen posiciones, puestos, éxitos, etc.  Y así cada persona establece distintos tipos de metas que intenta alcanzar: uno puede ser que ansíe reputación, otro quiere alcanzar buena posición, hay quien tal vez busca placer, alguno solo intenta alcanzar conocimientos, otro quizás busca riquezas… son muchas las ambiciones y las metas que tiene el hombre y hasta terminan mezclándose las unas con las otras. Y éstas metas no son ni buenas ni malas en si mismas, sino que necesitamos poseer ciertas pautas que nos guíen para poder beneficiarnos de las metas, o sea, que podamos llevarlas a cabo sabiendo que nos guían en verdad al fin de nuestras vidas.

Y nos dirigimos al Evangelio pues estamos seguros que nos traerá luz en ésta búsqueda y nos revelará las medidas precisas que necesitamos. Nuestro Señor Jesucristo compara nuestras vidas sobre la tierra con el tema del “negocio” y lo explica de distintas maneras. Decimos “negocio” porque se nos habla de alcanzar tesoros en el Reino de los Cielos por medio de nuestras acciones en la tierra. Naturalmente, estas acciones tienen como única meta al amor, tanto en el corazón del hombre como en su trato con los demás.

El amor es la meta de la vida del hombre. Dios es amor y el hombre ha sido creado a imagen de Dios. En el amor encontramos gozo real, paz verdadera; en el amor el hombre se descubre a si mismo e intenta que todos los demás habiten en su corazón. Para llegar a este fin el Señor ha depositado paz en tres grados o, como lo dijimos anteriormente, nos ha dado de encargarnos de tres “negocios”: el primero de ellos nos concierne a nosotros mismos y es el “negocio” de los talentos, el segundo lo continua y corresponde a nuestras relaciones con los demás y es el “negocio” del perdón y de la caridad, el tercero corresponde a Dios y es el del testimonio de confesarlo en nuestras vidas.

Del negocio de los talentos nos habla el evangelio en la parábola. Los talentos son los carismas naturales y los sobrenaturales, como la fe, que posee el hombre o que le han sido entregados como don. Se nos pide que trabajemos por  fructificarlos y así revelar nuestro amor para con nuestro prójimo y para con Dios.

El “negocio” del perdón y de la caridad es la cruz que cargamos todos los cristianos. Cristo nos ha encomendado de una manera especial el “negocio” del perdón en la gran oración: “el Padrenuestro”, allí se nos asegura que si perdonamos a quienes nos han ofendido, nuestras deudas serán perdonadas. El “negocio” de la caridad nos lo enseña el evangelio en la parábola del juicio final, cuando se condenará o se justificará todo ser humano dependiendo de como se haya comportado con su hermano, con aquel necesitado de ropa, de comida o de visitas ya sea en la enfermedad o en la prisión. Todo lo que hagamos por nuestros hermanos es como si lo hiciéramos por el mismo Dios.

El último “negocio” es el del “testimonio”, o sea el confesar la fe que tenemos en Cristo para que El nos confiese ante Su Padre Celestial. ¿Cómo puede un cristiano dar testimonio de esta fe? El Evangelio nos dice: “pedid primeramente el Reino de los Cielos y lo demás os será añadido”. No debemos afligirnos por ningún tema en la vida porque creemos que Dios cuida de sus hijos, siempre y cuando ellos clamen a El en primer lugar. La aflicción y la turbación son contrarias a nuestra fe y a nuestra vida de acuerdo a la voluntad de Dios, aquella voluntad que se cumple “así en la tierra como en el cielo”.

Y al haber analizado estos tres negocios podemos ver el verdadero significado del tiempo en nuestras vidas. Si el fin de nuestra existencia es el amor, entonces el tiempo es una oportunidad para vivirlo. La vida cristiana es el arte supremo de cómo se puede vivir el amor. Los tres “negocios” nos enseñan y nos instruyen como debemos amar en verdad, a nosotros mismos, a nuestro prójimo y a nuestro Señor. Así, la Iglesia llama al tiempo de nuestra vida como tiempo de “arrepentimiento”, tiempo en el que somos llamados a salir del camino del egoísmo, de la desesperación, de la aflicción, de la falta de fe hacia la senda del amor, hacia el dar, el orar y el agradecer. En otras palabras, el tiempo material se convierte en tiempo divino y espiritual, en tiempo para acercarnos a Dios. Y así decimos que éste es “el tiempo de celebrar al Señor”, como lo dicen los sacerdotes antes de iniciar la Divina Liturgia. El tiempo material viene a ser espiritual si vivimos en alerta y buscando siempre el fin: el amor a Dios que es Amor.

Todo tiempo es bueno, siempre y cuando vivamos para el Señor. Así debemos reflexionar al revisar el tiempo pasado y esto debemos tener en cuenta cuando planificamos el tiempo que se aproxima. Debemos ascender desde el asunto terrenal hacia el “negocio celestial”, y de usar como “ganancia” no ya los triunfos, los conocimientos o la gloria sino el dar, el amor, el perdón, la comunión y la acción de gracias.

El año nuevo es un “tiempo de celebrar al Señor”. Amén.

 

 

+ Siluan                                           

Arzobispo de Buenos Aires y Toda Argentina      

Y ferviente suplicante ante Dios por todos vosotros.