
Iglesia CATÓLICA APOSTÓLICA ORTODOXA DE ANTIOQUIA
Mensaje
Pastoral por la Fiesta de la Ascensión 2007
"La
alegría y el compromiso apostólicos"
“Ellos se postraron ante Él y se volvieron a Jerusalén
con grande gozo.
Y estaban de continuo en el templo bendiciendo a Dios”
(Lucas 24,36-53)
La ascensión al cielo es el último evento de la vida terrenal de Jesús antes de su regreso definitivo a la diestra del Padre, en la espera de su segunda venida en la gloria.
En la ascensión, Cristo dejó en la tierra a la comunidad constituida por sus discípulos como núcleo de la Iglesia la cual es una presencia concreta y permanente suya para la humanidad. Además, prometió a los discípulos que les enviará al Espíritu Santo como su guía en toda la verdad y quien se encargaría de advertirles con respecto a todo lo que Él les había dicho anteriormente. También, les asignó la misión de la predicación “en su nombre la penitencia para la remisión de los pecados a todas las naciones”.
Sin embargo, el cuanto de la Ascensión presenta dos paradojas, a saber el gozo de los discípulos en el último encuentro con Cristo y el cambio radical en la actitud de los apóstoles antes y después de la Ascensión.
En efecto, los discípulos experimentaron un gran gozo en el momento de la separación corporal definitiva entre ellos y Cristo, aunque, anteriormente, la perspectiva de una eventual separación era causa de tristeza inmensa para los apóstoles (Jn 16, 6). San Siluan el Atonita (+ 1938) explica en que consiste el contenido de esa alegría que el Señor dio a sus discípulos. La primera alegría era conocer al verdadero Señor, Jesucristo; la segunda, amarlo; la tercera, conocer la vida eterna y celestial; la cuarta, desear la salvación tanto para todo el mundo como para sí mismos; y por último, conocer al Espíritu Santo y constatar como Él obraba en ellos.
Por otra parte, la segunda paradoja consistía en el cambio impresionante y radical en la actitud de los apóstoles. En los sucedidos durante la Semana Santa se dibujó un panorama lamentable por el miedo de los apóstoles para subir con Cristo a Jerusalén en vista de su Pasión; la traición de Judas; la triple negación de Pedro; la escapada de los discípulos al momento de la detención de Cristo en el jardín; su regreso después de la crucifixión a sus ocupaciones primitivas; sus temores al huir de los judíos; la falta de esperanza; sus incredulidades ante las varias anunciaciones referidas a la resurrección; como así también sus repugnancias en las varias apariciones de Cristo resucitado a ellos.
Efectivamente, el cambio fue tan grande hasta que encontramos a los discípulos desde la Ascensión en una disposición diametralmente opuesta: en lugar de la tristeza existía la alegría; en lugar del temor y del miedo, la valentía; en lugar de la escapada y la auto-protección, el compromiso y la exposición de su vida propia al peligro; en lugar de la dispersión, la reunión; en lugar del individualismo, la solidaridad; en lugar de la soledad, el sentimiento comunitario; y por último, en lugar de la negación y la traición, la bendición continua a Dios en el Templo.
La alegría y el compromiso apostólicos iluminaron desde entonces la actualidad de la iglesia. La actitud de los apóstoles es un ejemplo a seguir. La esperanza siempre existía debido a la seguridad que tenemos al saber que Cristo no nos abandona ni nos deja huérfanos en el mundo, ya que nos brinda abundantemente su gracia y su alegría, y nos ilumina para asumir nuestra responsabilidad como a los apóstoles de aquel entonces. Es decir, asumir la responsabilidad sin miedo, sin indeferencia, superando la carencia de todo tipo y la debilidad voluntaria e involuntaria. Nada ni nadie puede convencernos que la alegría en la Iglesia y el compromiso apostólico no existen o no pueden existir hoy, sólo si nos negamos a recibir la alegría o a comprometernos.
Para concluir, es útil y necesario de inspirarnos en
la actitud de los apóstoles que tuvieron ante la Ascensión de Cristo, cuando se
reunieron en el templo bendiciendo a Dios, y esto, nos sirve para enseñarnos a
asumir nuestro destino propio y el de nuestra Iglesia dignamente. Amén.
+ Siluan
Arzobispo Metropolitano
de Buenos Aires y toda la Argentina