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15 al 17 de noviembre de 2007 Mensaje de Apertura de S. E. R. Monseñor Siluan Muci en la Reunión del Consejo Central Arquidiocesano
La gran alegría “Alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en los cielos” (Lucas 10, 20)
Agradecemos a Dios por la posibilidad de encontrarnos participantes de toda la Argentina, tanto sacerdotes como miembros de los centros ortodoxos. Agradecemos también a los obispos, sacerdotes y laicos – sus padres y abuelos, pioneros del trabajo misionero - y sus continuadores, por la construcción de las Iglesias y las diversas instituciones educativas, sociales y caritativas, predicando nuestra fe y enseñando nuestros valores. Les agradecemos por su paciencia, su labor, su sacrificio a nuestro favor. Es cierto que nuestra presencia en Argentina no abarca solamente a los descendientes sirio-libaneses, sino también a sus pares argentinos que se integraron hace unas décadas a nuestra comunidad a lo largo y lo ancho del país, y son hoy miembros de nuestra Iglesia comprometidos con mucha entrega y dedicación. Sin embargo, hay que destacar que nuestra Iglesia en Argentina no está alienada de sus orígenes y raíces, sino que fue y aún hoy es miembro de nuestro Patriarcado. En la última reunión del Santo Sínodo, se presentó un informe sobre nuestra presencia aquí, nuestro testimonio, nuestras actividades, nuestros proyectos, nuestras dificultades, el desarrollo tanto a nivel parroquial y nacional como a nivel espiritual y administrativo. Se apreció mucho el enfoque del análisis, algo que fue comentado por Su Beatitud el Patriarca Ignacio IV con estas palabras: “esta gente no se queja ante las dificultades, sino más bien siguen trabajando con paciencia y esperanza”. Los arzobispos de Latinoamérica se sumaron al enfoque, el análisis y el procedimiento para proyectar a nivel del censo parroquial, la gira pastoral, las pautas a favor de una pastoral dirigida hacia todos los miembros de la familia, y también la búsqueda de ingresos para sostener dicha pastoral. Durante los últimos meses, mi primera preocupación consistió en poder conocerlos, a todos ustedes, sus familias, su trabajo, sus dificultades y sus sueños. Estoy muy agradecido por las recepciones y la organización de estas visitas a sus parroquias y a sus familias. Fue una alegría conocerlos y transmitirles el amor, el cariño, el respeto y la llamada de nuestra Iglesia. Ya es conocido mi lema que propago a diario: “Su casa es mi casa, y mi casa (la iglesia) es suya”. La alegría que se generó en los corazones transmitió una bendición para todos nosotros, y nos pone, al mismo tiempo, ante la responsabilidad de mantener la alegría y la esperanza que tenemos y poder llamar a otros para compartirlas con nosotros. En la gira pastoral, quise reflejar nuestra identidad, ofrecer nuestro patrimonio de fe y afirmar tanto la presencia como la misión de nuestra Iglesia, la que es la del Patriarcado de Antioquia. Nuestro honor, orgullo y también bendición es que Antioquia representó durante los cinco primeros siglos de la era cristiana la sede eclesiástica del territorio donde nació nuestro Señor Jesucristo, se escribieron los evangelios, se llamaban cristianos los discípulos del Señor y se formaron las misiones de los apóstoles para predicar la fe cristiana tanto en oriente como en occidente. Se dice, habitualmente, que Antioquia es la “madrina” de la fe de todos los cristianos, incluidas Roma y Constantinopla. Este honor se transmitió hasta Argentina, cuando sus antepasados emigraron de sus tierras en el Patriarcado de Antioquia y vinieron hacia aquí. El honor de ser ortodoxo fue acompañado de la responsabilidad de reflejar y propagar el testimonio de los santos Pedro y Pablo. Como verdaderamente dignos sucesores de los corifeos de los apóstoles, los fundadores de nuestro Patriarcado, sus antepasados, con sus valijas apenas llenas, trajeron nuestra fe en sus corazones y construyeron iglesias, formaron instituciones, establecieron familias y administraron negocios. Nosotros hoy tenemos que imitar la vida de fe de nuestros padres, una vida de entrega a la voluntad de Dios, de sacrificio, de generosidad, de solidaridad, de educación y transmisión de nuestros valores, de amor hacia la Iglesia y la colectividad, de apertura, de dedicación y de compromiso. Para poder tener una presencia radiante, y sobre todo expresiva de nuestro patrimonio tan rico, y cumplir con las necesidades que impone nuestra realidad, tenemos que formar a aquellos líderes, los nuevos viñadores en la viña del Señor. Además, necesitamos trabajar a nivel parroquial en dos direcciones: la pastoral y la administración. La Iglesia quiere acompañar a la familia, llamar a los jóvenes, y enseñar a los niños. Suele asumir, además de la preocupación pastoral, el deber administrativo y proyectar la forma y la manera del crecimiento espiritual de la comunidad y las medidas que se deben tomar a fin de sostenerlos. Sin embargo, primero se debe pautar el espíritu con lo cual se van a realizar nuestros sueños. No sirve un proyecto terminado con una comunidad dividida. Construimos los proyectos en paz, cuidamos el trabajo con la unión y ejercemos el amor entre nosotros y con los demás. Institucionalmente, nuestra Iglesia en Argentina pudo lograr a través de su trayectoria dos etapas en su crecimiento. En primer lugar, se construyeron las Iglesias para vivir la fe y transmitirla a nuestros hijos. Luego, se establecieron instituciones educativas para enseñarles nuestros valores y aprender nuestro patrimonio de fe. El camino que queda en este desarrollo es la creación de monasterios que son los pilares y la base y la cuna para cimentar la solidez espiritual de la Iglesia, y la revalorización de vocaciones que van a servir en sus Iglesias. En está perspectiva, se pensó en el seminario en Córdoba para la formación de los catequistas y de las vocaciones sacerdotales, sin que pudiera, lamentablemente, concretarse como se deseaba. Y, por último, la construcción de una sede arzobispal como el punto por excelencia de encuentro de las parroquias, centro de elaboración de la estrategia pastoral y fachada de nuestra presencia espiritual, administrativa y social. Ya se decidió acceder a esta etapa con el compromiso de todos. A este nivel, me suelo detener a meditar sobre una visión de nuestra presencia. La situación pastoral y la realidad que se viven en nuestras iglesias indica que somos una Iglesia misionera. Sí, es una institución, pero todavía con una impronta misionera: obispo y clero misioneros, y también una iglesia misionera hacia ambas direcciones: interior hacia los hijos y nietos de los descendientes, y exterior hacia los argentinos que quieren acercarse a nosotros. Es cierto que somos una minoría y que nuestra presencia carece de obreros y de medidas, sin embargo, esta realidad no lastima para nada tanto la riqueza espiritual de nuestra Iglesia como la verdad y la gracia que tiene. Tenemos la certeza y la fe que nuestra Iglesia, con Dios y su gracia, por medio de los sacramentos y la santificación de nuestra vida por el ejercicio de las virtudes y de los mandamientos, suele contestar a todas las inquietudes y ofrecer la plenitud de la gracia y de la verdad. Por lo tanto, a pesar de las apariencias, nuestra Iglesia no es pobre y no lo va nunca a ser. Mientras tanto, sigue navegando en las aguas del mundo, especialmente aquí, para ofrecerles la fe y el camino y el descanso verdadero. Vuestra Iglesia les abre su corazón y les invita a participar del banquete del reino de los cielos. Es una alegría poder estar juntos para rezar, reflexionar, analizar, compartir y proyectar sobre nuestra misión. Es cierto que el trabajo en la Iglesia tiene siempre un aspecto voluntario, y por lo tanto refleja el espíritu de caridad y de sacrificio. Si tenemos ante nuestros ojos este espíritu de sacrificio, no vamos a perder de vista nuestra misión, tampoco nuestro compromiso y dedicación, por elegir un camino equivocado al querer dominar, imponer u oponerse. Por lo tanto, les agradezco vuestra presencia, participación y colaboración en todo. Que el Señor les ilumine en estos días y siempre. Amén.
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Siluan
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