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Las virtudes del sacerdocio
La vida sacerdotal es un ministerio angélico, y necesita no solamente una
virtud, sino una multiplicidad de virtudes: 1) el amor a Dios, 2) el amor
al rebaño, 3) la santificación de sí mismo, 4) la oración y la lectura, 5)
la predicación y la enseñanza, 6) la vida cultual y los sacramentos, 7) el
amor a los pobres, 8) la paciencia y el perdón, y 9) el esfuerzo
espiritual.
Como base, encontramos a las dos virtudes fundamentales del amor. La
primera es el amor máximo a Dios. Sin esta virtud primordial, el amor a
Cristo, no sirven las demás virtudes, y no se pueden llevar a cabo. La
segunda consiste en el amor absoluto al rebaño, como reflejo de su amor al
que entregó Su sangre para él. Es Él que dijo a Pedro: “¿Me amas?
Apacienta mis ovejas” (Juan 21, 17). Ese amor al rebaño es un amor a cada
uno sin discriminación o excepción, sin hesitación por los pecados de unos
u otros, porque el Señor vino para los pecadores, y por y para ellos nos
acercamos al sacerdocio.
Luego, encontramos a dos virtudes pertenecientes a la persona del
sacerdote. En primer lugar, es su amor a la santificación de sí mismo. De
esta manera, deviene un verdadero maestro y líder en la vida de la
parroquia, y un ejemplo que sirve a sus fieles. Y en segundo lugar, es la
oración fuerte y la lectura permanente. Son los dos elementos para que el
sacerdote pueda realizar su rol pedagógico. Por la oración y la lectura el
sacerdote se prepara para la predicación y la enseñanza. Sobre todo, como
intercesor, él reza para su rebaño y pedir en sus oraciones para el
crecimiento espiritual de sus ovejas. La enseñanza es un arte, y no sólo
un don natural o un fenómeno piadoso. La enseñanza es una virtud que se
adquiere con la tentativa y la preparación continua. “Algunos (de los
sacerdotes) no deben justificarse que no aprendieron y por lo tanto no
predican. Tenemos que intentar, porque la parroquia espera del sacerdote
la predicación y la enseñanza, y más bien lo aprecian en primer lugar por
este rol”.
Por otra parte, el rol del sacerdote implica tres otras virtudes, la del
predicar y enseñar, la de la vida cultual y de los sacramentos, y la del
amor a los pobres.
El sacerdote es “la boca de Cristo” porque él no predica de su propia
palabra, pero como un profeta anuncia la palabra de Dios y la explica y
estimula a vivirla. La enseñanza tiene dos roles; por una parte, educa a
los fieles con respecto a la palabra divina viva, y por otra parte,
amonesta y excluye a los que causan daños a la iglesia, a los heréticos y
a las enseñanzas seculares no evangélicas. La palabra divina es el
criterio de la vida de la Iglesia. El predicador y el maestro son los
líderes de las almas y las guían hacia el arrepentimiento y la vida con
Dios. La alegría del sacerdote proviene de cumplir este rol ante Dios, y
no se interesa en ver los frutos. La enseñanza profética debe estar
acompañada por el amor sincero, pues será eventualmente aceptado, aunque
duro. El maestro amonesta ante el pecado, pero respeta y ama al pecador.
La fuerza de la enseñanza debe estar acompañada por la mansedumbre. El
maestro profético es firme pero, al mismo tiempo, tierno.
Los sacramentos de la iglesia, la vida de santificación con toda la vida
cultual forman el contexto más importante para la vida, el trabajo y el
ministerio del sacerdote. La enseñanza forma una parte que puede tener
lugar dentro o fuera del sacramento. Los sacramentos forman el contexto
primordial donde el sacerdote ejerce su ministerio. Los sacramentos son la
fuente de la enseñanza y su finalidad. Entre los más importantes,
señalamos la confesión, la divina liturgia y el bautismo. El rol del
sacerdote no consiste solamente en la enseñanza y la administración, sino
más bien y en primer lugar, revivificar la vida sacramental y cultual, y
enseñar a los fieles cómo practicar y vivir el culto cristiano consciente
y la participación viva. En este contexto, el cristiano vive la vida de
arrepentimiento, de renovación y de crecimiento espiritual.
El sacerdote debe ser un ejemplo a seguir en la caridad y el amor a los
pobres. San Juan Crisóstomo cuidaba a más de 3.000 viudas en Antioquia y a
más de 7.000 en Constantinopla, además de los extranjeros y enfermos y la
visitación de los encarcelados cada miércoles y viernes.
Para cumplir sus funciones, el sacerdote necesita dos virtudes
importantes, por una parte, la paciencia y el perdón, y por otra parte, el
esfuerzo espiritual.
La paciencia y el perdón son dos virtudes que acompañan el trabajo
pastoral, y que, a la vez, estimulan a muchos hacia el arrepentimiento. El
sacerdote es un padre espiritual que abraza a todos por su cariño y
ternura, aun más cuando lo tengan por enemigo. Cuando le tratan de tal
manera, él entiende sus impotencias humanas y se pone a su lado para
ayudarles. Tal actitud de parte del sacerdote conduce a muchos hacia la
confesión y el arrepentimiento. El sacerdote es un hombre de perdón y de
reconciliación entre los hombres, y el primer ejemplo en practicarlo y
realizarlo. Las tribulaciones, los insultos, las dificultades y las
enemistades forman parte de la providencia divina, la que las permitió y
las observa. El sacerdote no “soporta” estas situaciones, pero las vive en
paz, alegría, dando gracias a Dios, porque lo conduce hacia un ministerio
mejor: nada es malo para nosotros sino el pecado, y a ese último no lo
tenemos paciencia, tampoco lo perdonamos, sino lo rectificamos
inmediatamente. “Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos,
morimos para el Señor” (Rom. 14,8).
Y por último, es el esfuerzo espiritual. Las responsabilidades del
sacerdote imponen una lucha personal de su parte continua y dura. Si él no
puede cuidarse, ¿cómo pues puede ser un apoyo para los demás? Pero, esas
dificultades no nos incitan a desesperar, porque nuestro Señor nos apoya y
está luchando con nosotros.
+ Metropolita Siluan
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