Homilía de Su Eminencia Reverendísima Monseñor Siluan Muci
Correspondiente al Domingo Décimo Tercero de Lucas
(Lc. 18: 18-27)
“La perfección en los dos testamentos”
Los mandamientos en el Antiguo Testamento tuvieron un rol educativo ético para los judíos que esperaban la Encarnación de Cristo. Fueron enseñados a guardar los diez mandamientos de tal manera que llegaron a la convicción que las riquezas eran el signo de la gratificación divina y de su amor por el hombre. En el evangelio de hoy Lucas nos presenta a un hombre que podría considerarse de cualidades perfectas de acuerdo a las medidas corrientes: un hombre que conservaba los mandamientos desde su niñez y que, además, era rico. Podríamos decir que era un hombre bendecido. Éste se acerca a Jesús “ensayando” una pregunta: qué debía hacer para heredar la vida eterna. No hay duda de su convicción de haberlo hecho todo, pues ésta es la forma en que se piensa la perfección individual, la perfección del hombre que se deleita en su edificación, en su moral.
En la conversación que se entabla entre Jesús y éste hombre rico se desprenden lo que podríamos llamar las características de la perfección: la pregunta del rico es la búsqueda de esa perfección a la que no sabe cómo llegar, la respuesta de Jesús de venderlo todo, entregarlo a los pobres, y seguirlo es el llamado a salir de “lo coloquial”, esto es que quien desea llegar a la perfección cristiana no debe estar atado a nada. Este es el desprendimiento que pide Jesús. El mandato de repartir todo a los pobres significa más bien la concreción de ésta perfección exteriorizada en la comunión con los demás. Finalmente, el seguir a Jesús es el llamado a que éste hombre sea apóstol y testigo de la verdad que es camino a la perfección, a la herencia del reino de los cielos, no a la concreción de metas u objetivos personales, sino el lograr comunión con los demás (por medio del despojarse de todo lo que posee) y llenarse de Dios (despojándose de si mismo para seguirlo).
Se entristeció el hombre rico con la respuesta de Jesús. El pedido era que diera un paso decisivo, y había comenzado a darlo al vivir los mandamientos. Pero un despojarse como éste significa el depender de Dios más que de cualquier otra cosa.
¿Es posible vivir así? La pregunta posee la esencia de nuestra vida cristiana. No hay dudas que la mayor riqueza es la vida con Dios, como también no hay dudas de que el hombre posee diferentes tipos de riquezas en su vida: la educación, la enseñanza, la diligencia, la riqueza material de las posesiones, la inmaterial de, por ejemplo, el status o la posición, o la espiritual, como el conocimiento y la cultura, etc. Todas ellas son importantes, pero ninguna llega a calmar la sed del hombre por el Dios Vivo ni a lograr que el hombre tenga comunión con Dios y con su hermano. Los logros son importantes, sin embargo la generosidad, el entregar lo que se ha logrado, es superior. Los primeros forman la ley del Antiguo Testamento, pero el segundo, la generosidad, representa el contenido del Nuevo Testamento. Los logros y lo que obtenemos es una muestra de la respuesta de Dios a los hijos del Antiguo Testamento, sin embargo la generosidad y el ofrecimiento libre son la esencia del Nuevo Testamento. La verdadera riqueza del hombre se encuentra en la comunión, no en la individualidad; en el dar y en el ser generoso y no en el tomar. Sin embargo parecería que tenemos miedo de vestirnos con los valores del Nuevo Testamento, que nos llevan más allá de nosotros mismos: al prójimo y a Dios. Estos valores surgen de la primera ley, de la antigua, para conducirnos a la perfección que está edificada por un lado sobre la fe en Dios, en su amor, en la confianza a su palabra y a su providencia, y por el otro sobre el amor al prójimo.
Esta fe y éste amor otorgan el poder para el cambio, para ser generosos con nuestras riquezas, las espirituales y las materiales, sin sentir con ello perdida sino ganancia.
¿Es posible el cambio si no se posee la fuerza de despojarse de lo que posee para vivir de acuerdo a la fe y el amor? Se puede entender la sorpresa de quienes escuchaban cuando dijeron: “quien podrá salvarse”. La respuesta podría haber sido negativa pero Jesús dice lo contrario: “lo que es imposible para los hombres es posible para Dios”. Por eso nuestra respuesta, la de nosotros los fieles, la expresamos de un modo simple: en el ayuno de la Navidad. El despojarnos durante el ayuno de algunos de los alimentos y practicando las virtudes son expresiones de esta fe y la encarnación de este amor. Si Dios se hace “pobre” y desciende de los cielos hacia nosotros en la Navidad, entonces, en éste ayuno corporal y espiritual, caminamos para ser llenados de él.
Nos enriquezcamos de él y empobrezcámonos de todo lo demás, y despojémonos de todo para llenarnos de él aun poseyéndolo todo.
El valor no procede del poder humano, sino que es el camino para heredar la vida eterna, al ingreso al reino celestial, para regocijarnos no solo por la respuesta divina sino por su presencia y su comunión. Las leyes del Antiguo Testamento brillan en los ojos de la gente, mientras que la del Nuevo Testamento en los ojos de Dios. Las primeras abren el camino a las segundas y estas son la meta de aquellas. Quien pase de las primeras a las segundas conseguirá acercarse a Dios y enriquecerse de él. Amén.