Domingo de Zaqueo

Meditación de Su Eminencia Reverendísima Monseñor Siluan Muci

 

“Hijo de Abraham y pariente de Cristo”

“Miró hacia arriba, lo vio y le dijo: hoy tengo que quedarme en tu casa”

Muchos conocieron a Cristo pero pocos fueron como Zaqueo. Éste fue una de las personas que el Evangelio presenta como “lejanas” a Jesús pero que llegaron a ser las más cercanas y, en este caso, el más cercano de todos, de acuerdo a San Gregorio Palamás. ¿Qué queremos decir con esto? Zaqueo era jefe de los cobradores de impuestos, los llamados “publicanos”. Vivía de los ingresos de otros, mediante los impuestos que establecía para cada uno de ellos, impuestos duros y exagerados. Establecía tributos que hacía que la misma gente lo despreciara debido a sus excelentes relaciones con la autoridad romana que gobernaba la zona y que aprovechaba estos ingresos. Sus conciudadanos lo consideraban un pecador y lo despreciaban.

 El encuentro de Zaqueo con Jesús sucede precisamente cuando toda la gente está reunida alrededor de Jesús y lo esperan a las puertas de la ciudad de Jericó. Zaqueo decide conocerlo, al menos poder verle el rostro, y lo único que pudo hacer para concretar su anhelo fue subir a un árbol porque era bajo de estatura. Jesús no vio entre la multitud sino a éste hombre subido en un árbol a quien le pide quedarse en su casa pero haciendo énfasis en esto por medio del uso de la expresión “tengo que quedarme”.

 ¿Porqué Jesús diferenció a este hombre solamente entre toda la multitud y porque “debía” quedarse en su casa? Zaqueo no era un necesitado ni de dinero, porque era rico, ni de autoridad porque era considerado importante en la sociedad, ni mucho menos de poder porque se ve que la gente le temía. Que en un hombre en la posición de Zaqueo subiera a un árbol era algo realmente extraño pues una persona en dicha posición no ocuparía ese puesto en la recepción. Sin embargo, su deseo de ver a Jesús fue superior a las consideraciones sociales y al honor personal. Jesús vio a Zaqueo en lo alto, estando sobre un árbol y sintió esto como una imagen de que él también iba a ser elevado sobre la cruz. Lo que vio Jesús fue el rostro de una persona que se le parecía, este hombre que deseó verlo: la ascensión sobre el madero, que significaba en aquel tiempo el deshonor y el oprobio, Zaqueo por si mismo y Jesús por la humanidad. Sin embargo esta ascensión simbólica de Zaqueo lo hizo ser un “pariente” de Cristo, no solo porque vino a estar cerca de él, sino por venir a ser su más cercano pariente, para que Jesús “tuviera” que quedarse en su casa. La multitud que esperaba a Jesús en su recepción no vio nada de esto, sino que juzgó la actitud de Jesús y su decisión de quedarse en la casa de este hombre pecador como algo impensable.

 Los sucesos posteriores justifican la decisión de Jesús. Zaqueo desciende del árbol con alegría y recibe a éste Jesús que “debía” quedarse en su casa. ¡Que recibimiento mejor que aquel nacido del corazón que quiere ser limpiado de todo pecado no solo por confesarlos sino también con obras de arrepentimiento! Así escuchamos a Zaqueo levantando su voz frente a todos diciendo que si había ofendido a alguien haría aún más de lo que le exigía la ley judía misma. El resultado fue que el mismo Jesús reveló frente a la multitud que la salvación había llegado a esa casa. Jesús creyó en el arrepentimiento de Zaqueo.

 La personalidad de este publicano trae luz sobre nuestra vida cristiana, especialmente en nuestra vida dentro de la iglesia. ¿Acaso tememos que exista algo que nos aleje o no nos permita ver a Cristo? ¿Queremos verlo y lo deseamos más que cualquier otra cosa? ¿Acaso si el mismo Jesús nos pidiera quedarse en nuestras casas, aceptaríamos el llamado con alegría y gozo ante su llegada? ¿O, tal vez, terminaríamos utilizando distintas excusas y  pretextos? ¿Lo recibiríamos como un gran invitado, ofreciéndole nuestro arrepentimiento y nuestro deseo de él? ¿Nos avergüenza esto ante la gente o consideramos como primero y último deseo el ver el rostro de Cristo quien es más que cualquier otra cosa?

¡Aquel quien había sido juzgado por los judíos como un hombre pecador vino a ser hijo de Abraham! Sí, Zaqueo se había desprendido de todo poder económico y social de la misma manera que lo había hecho Abraham cuando dejó a su familia y su casa para ir a la tierra que Dios quiso entregar a sus descendientes, quien ni siquiera tuvo problema de ofrecer a su mismo hijo cuando Dios se lo había pedido. ¡Así también vino a ser “pariente” de Cristo! Jesús decidió quedarse en su casa, en la casa de éste hombre, porque “debía” quedarse allí. Imitarlo sería para nosotros negarnos a nosotros mismos, arrepentirnos, cambiar, hacer obras buenas para recibir con todo esto a Jesús quien nos llama a quedarnos en su casa, su iglesia, para recibir su santo cuerpo y su preciosa sangre.

 ¿Quién de nosotros quiere ser Zaqueo? Todos nos parecemos a él antes de  que encontrara a Jesús. Pero, ¿Quisiéramos caminar junto a Zaqueo por el camino que llevó a Jesús quedarse en su casa? Nuestro anhelo en este mundo tendría que ser que Cristo también nos dijera: “la salvación ha llegado a ésta casa”. Amén.

 

+ Siluan                   
Arzobispo de Buenos Aires
Y toda la Argentina