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Mensaje de S. E. R. Monseñor Siluan Muci en el Cierre del Retiro Espiritual de Sacerdotes de nuestra Iglesia en Argentina, Esperanza (Santa Fe), viernes 15 de febrero 2008
"La alegría del Padre" "Vosotros, pues ahora tenéis tristeza; pero de nuevo os veré, y se alegrará vuestro corazón, y nadie será capaz de quitaros vuestra alegría" (Jn 16:22)
Al contemplar la voluntad de Dios y su manifestación en el evangelio y en nuestra vida, extrañamos cuánto Dios ama al hombre y cómo busca oportunidades, maneras y ocasiones para ofrecerle la alegría que nadie le puede quitar. Es una disponibilidad del Señor sin límites que el mismo afirma: "Vosotros, pues ahora tenéis tristeza; pero de nuevo os veré, y se alegrará vuestro corazón, y nadie será capaz de quitaros vuestra alegría" (Jn 16, 22). Sin embargo, la realidad de la vida contemporánea absorbe al hombre hasta la última gota de sangre, dejándolo sin vitalidad o sin ganas, un cuerpo sin alma viva. Por ello, hablar de alegría en este contexto, por medio del ministerio que nos había sido dado de parte de nuestra Iglesia, aparece como una aberración, una utopía, etc. Dios quiere ofrecer la alegría al mundo, a pesar que desconocemos la dimensión de esta alegría. La realidad aparente nos convence que nuestro emprendimiento es casi imposible; nuestra observación se base solamente en constatar el revés de una tela cosida, mientras que la realidad trascendente es otra: esta misma tela es un traje o una ropa muy linda. Una cosa es lo que nos propone ver la luz del sol, y otra es lo que nos ofrece ver la luz divina. La dificultad de tener y mantener esta perspectiva no reside en la generosidad o la clemencia de Dios, sino en que desarrollemos la capacidad o la receptividad para contener esta alegría en nuestro corazón. La alegría se ajusta según la capacidad del receptor no del donador. Nuestro ministerio es, por lo tanto, muy útil e irremplazable: preparar el recipiente, lo nuestro y lo de nuestro rebaño, a recibir esta alegría. Como viñadores, tenemos el amparo de la Madre de Dios y podemos acudir a Ella, así cómo La pedimos en el Oficio de Intercesión (Paráklisis): "Tú que posees la perfecta alegría, oh virgen, llena de gozo nuestro corazón, y aleja de nosotros la tristeza del pecado"; "¡Oh Purísima! Tú que engendraste la causa del verdadero júbilo, llena de alegría nuestras almas y nuestras vidas". Como Ella fue la madre de los apóstoles después de la ascensión del Señor, también Ella continúa siendo nuestra madre en este ministerio. Por otra parte, como colaboradores del Señor, tenemos que estar dispuestos a seguir su voluntad, no mirando al Señor desde afuera, sino poniéndonos en la misma perspectiva que Él. "Amar no es mirar uno a otro, sino mirar juntos en la misma dirección" como dice Antoine de Saint-Exupéry (+ 1944), un escritor y aviador francés, autor de "El Principito". El evangelio lo hace como en paráfrasis: "No viene el reino de Dios ostensiblemente… porque está dentro de vosotros" (Lucas 17, 20-21). Por lo tanto, si nos quedamos mirando a Dios para verlo ante nosotros, pasaremos nuestra vida esperándolo. Sin embargo, Él no está ante nosotros, sino al lado nuestro, en nuestro corazón. Nuestro ministerio exige que miremos con Él hacia el mundo. Mirar en la misma dirección, o mejor dicho, tener los ojos de Dios para ver al mundo. Mirar en la misma dirección es también tener, tanto la misma preocupación que el Señor, como caminar junto con Él para la realización de este objetivo. El Señor describió esta actitud diciendo: "En verdad os digo que no puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre… porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todo lo que Él hace, y le mostrará aún mayores obras que éstas, de suerte que vosotros quedéis maravillados" (Juan 5, 19-20). Eso es verdad no solamente para el Señor mismo sino también para todos los viñadores, a través los siglos, quienes observan y viven a diario los milagros que Él hace por su sacerdocio. Si el Señor nos aceptó como colaboradores y servidores en la obra de la salvación, intentaremos entregarnos. Esto es nuestro honor, y también nuestra alegría. Un sacerdote alegre en su misión en el mundo contemporáneo es una señal de la presencia de la gracia y un reflejo de la bendición de Dios hacia nosotros. Lamentablemente, el mundo se satisface de la alegría más barata, que se consume rápidamente, pero siente el vacío en su corazón. Quizás se acostumbró a tal miseria o pobreza fuera de un testimonio vivo verdadero de la fe cristiana. Quizás tenga muchas preocupaciones, sufre del egoísmo, de la ignorancia, del olvido, de la pereza, y por lo tanto, no se da cuenta de que hay en realidad una alegría imperecedera, la que Dios quiere ofrecer. Por lo tanto, y a pesar de toda la locura que nuestro mundo muestra y vive, el sacerdote, como cada cristiano, está invitado a ser tanto un "loco" de Cristo como un testigo del amor "loco" de Dios hacia nosotros (como los Padres de la Iglesia describen este amor), y a mantener una sonrisa frente a toda la locura del mundo. Desafiar el dolor, el sufrimiento, la soledad, etc., por la alegría de estar bajo el amparo de Dios. Somos los testigos de la misericordia y de la alegría de Dios en el mundo. El único miedo es que se tuerce nuestra identidad por pérdida de este testimonio en el ejercicio de nuestro ministerio. Preservar ésta identidad significa concurrir a la fuente, por medio de la oración que constituye nuestro medio de comunión permanente con nuestro Padre. Que Dios les de la fuerza de tener y mantener siempre la alegría en su corazón, en sus familias y en la palabra de aliento para el mundo. Amén.
+ Metropolita Siluan
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