22 de junio de 2008 - Domingo de Todos los Santos

 

"Renunciar y seguir"
“Todo el que dejare (…) por mi nombre, recibirá el céntuplo…”


El domingo posterior a Pentecostés, nuestra Iglesia conmemora a todos los santos, conocidos y desconocidos. Este es el domingo de todos los santos, el domingo del fruto de Pentecostés.
En el evangelio que leemos en esta fiesta, escuchamos a Pedro hablando sobre el premio que los apóstoles obtendrán por haber abandonado todo y seguir a Cristo. En su respuesta, el Señor subraya dos aspectos característicos de la vida de sus apóstoles por los cuales serían gratificados con el honor de sentarse a su lado, compartir su gloria y juzgar a todas las naciones.
En efecto, el Señor habló del renunciación a todo en la perspectiva de seguirle, por amor a Su nombre. La renuncia y el seguirle son dos aspectos distintos pero complementarios en la actitud de los apóstoles. Por un lado, el renunciar a uno mismo es la base para poder concretar la voluntad de Dios. El ejemplo más característico es el de la Madre de Dios cuando le dijo al ángel en la Anunciación: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra” (Lucas 1, 38). Renunciar es dejar de lado todo lo que es propio a uno mismo, a saber: convicciones, tiempo, preocupaciones, etc. Renunciar es igual a “no existir”; es la mejor de las felicidades. El que “no existe” no se quejará, ni se preocupará, ni se molestará; vive sin inquietudes, sin preocupaciones. La renuncia es la parte negativa en la ejecución del ministerio de los apóstoles.
Sin embargo, ese ejercicio no tiene sentido en sí mismo, si no se abre a otra perspectiva de seguir al Señor por amor de su nombre. “No existir” para uno mismo se cumple en existir para otro, para el Señor. Es darse totalmente a la voluntad de Dios. En efecto, es conocida la oración de Cristo en Getsemaní cuando dijo a su Padre: “No se haga mi voluntad sino la tuya” (Lucas 22, 42). El negarse es seguido inmediatamente por el darse. Es decir entregar la existencia, la buena voluntad, el tiempo, las capacidades, los talentos, los sueños, como así también las debilidades, las incapacidades a favor y por amor del Señor. Este es el aspecto positivo del ministerio.
Efectivamente, renunciar y seguir por amor al Señor van de la mano. Los santos mostraron la validez de ese camino y los frutos que dan en el que cree y lo lleva a cabo. Ellos renunciaron a sí mismos, siguieron a Cristo y ahora reinan con Él, compartiendo su gloria. Por eso la Virgen María es llamada santísima, por su máxima negación a sí misma por un lado, y su máxima apertura a la voluntad de Dios, por otro lado, en un camino cotidiano que la condujo a Belén, a Egipto y a la pasión de su Hijo.
Hoy la Iglesia festeja la memoria de todos los santos queridos de Dios y nos muestra la manera con la cual podemos participar de la fiesta. La actitud de negarse para darse por amor del Señor puede concretarse en nuestros propios ámbitos y a todos los niveles. Este es un camino que se puede lograr a nivel familiar, social y eclesial.
Elegir ese camino para que sea el programa real de una vida más fructífera y beneficiosa, reflejar esa actitud, y seguir ese camino, puede seguramente sanar los múltiples problemas personales, familiares, sociales y políticos que nos aquejan.
No hay elección mejor que ese camino. Por eso la Iglesia siempre ruega en su culto cotidiano para que la palabra del Evangelio resplandezca e ilumine nuestras vidas como así también a nuestra nación y a nuestros gobernantes.
No hay duda de que nuestro Señor es la mejor elección y su palabra nos llevará al descanso y a la felicidad de acuerdo a lo que Él prometió a sus discípulos: “Recibirás al ciento por uno y heredarás la vida eterna”. Amén.
 


+ Metropolita Siluan