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3 de agosto de 2008 - Domingo anterior a la Fiesta de la Transfiguración
"La compasión al servicio del apostolado de la beatitud" “Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, haré aquí tres tiendas”
La transfiguración del Señor en el monte Tabor representa un momento único en el Nuevo Testamento. Se trata de la transfiguración del Hijo del hombre en toda la gloria que tiene como Hijo de Dios. La única palabra que Pedro pudo dirigir al Señor en ese momento era: “Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, haré aquí tres tiendas”. Pedro experimentó la beatitud de conocer la gloria de Dios y expresó su deseo de permanecer en ese estado de comunión con Dios. Pasaron varios años antes que Pedro pudiera relatar el evento en su segunda carta diciendo: “Él (el Señor) recibió de Dios Padre el honor y la gloria, cuando de la magnífica gloria se hizo oír aquella voz que decía: este es mi hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias. Y esta voz bajada del cielo la oímos los que con Él estábamos en el monte santo” (II Pedro 1, 17-18). En realidad, conocer la gracia de Dios es una cosa, y vivir según ella es otra muy distinta. Asimilar tal gracia necesita de un proceso largo. Pedro habló de su experiencia después de haber llegado a una madurez espiritual y una conciencia cierta sobre la acción de la gracia. Anteriormente, él no pudo vivir como lo experimentado en el monte Tabor. Tuvo que enfrentar muchas pruebas, la mayor de las cuales era su triple negación del Señor. Sin embargo, su arrepentimiento y sus lágrimas abrieron el camino para su apostolado, cuando el Señor lo asignó, después de la resurrección, para pastorear a su rebaño. El deseo de Pedro en el monte Tabor de permanecer en la presencia de Dios reflejaba la intensidad de su experiencia de la beatitud que conoció. Sin embargo, la voluntad de Dios fue que Pedro no permaneciera en el monte para siempre, sino conocer un camino con dos facetas. A nivel personal, tuvo que vivir un arrepentimiento profundo antes de conocer la plenitud de la gracia en Pentecostés. Además, a nivel de su apostolado, el Señor quería que él se encargara del apostolado de convocar a otros para conocer la beatitud de la comunión con Dios. Desde Pentecostés, Pedro empezó el camino de predicar, llamaba a participar de la misma experiencia: vivir la plenitud de la gracia en Dios desde nuestra vida terrenal. El apostolado de Pedro es de la mayor importancia para nosotros en cuanto a la misión de la que los cristianos son investidos y a su apostolado cristiano cotidiano en el mundo. El que experimenta realmente la beatitud de estar en la presencia de Dios y trata de vivir según la predicación apostólica, va a madurar espiritualmente en la paz y el amor a tal punto que se desarrollará en él compasión hacia la gente, aunque pecadora, y deseará que todo el mundo conozca la gracia de Dios y viva en la presencia del Señor tal cual lo expresó Pedro en la transfiguración. El pasaje de la experiencia personal de la beatitud a una predicación asidua de la misma no es sin tener compasión. Sin amor y compasión no podemos permanecer en la beatitud. Sin amor hacia nuestro prójimo, no podemos permanecer en la paz. Perdemos la paz del alma por no amar a los demás. Los apóstoles y los santos deseaban la salvación de todo el mundo, y, mientras vivieron en el mundo, rezaban asiduamente por ellos. El Espíritu Santo les dio la fuerza de amar a los hombres. Tanto es el deseo del Señor que todos vayan a conocerlo que no quiso que solamente tres discípulos conocieran su beatitud, sino envió a los discípulos y a nosotros para llamar a todo el mundo a participar de la misma. A Pedro el Señor transmitió ese deseo y esa compasión. El deseo personal se transformó en un deseo compasivo hacia toda la humanidad. Sin tal compasión, no podemos evangelizar al mundo. La ausencia de la compasión nos conducirá a condenar la conducta de los demás y a perder la paz interior y la gracia de Dios. Tener compasión nos permite llevar a cabo nuestro deseo profundo: que todos conozcan al Señor y a la vida espiritual verdadera. Tal predisposición es un requisito de la educación cristiana, de la catequesis y de la predicación. Transmitir la verdad sin amor conduce a juzgar y a condenar. Ojala luchemos para tener un corazón compasivo y reflejar una parcela de la quietud de nuestra fe y de la presencia de Dios en nuestra vida. Amén.
+ Metropolita Siluan
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